¡Buenas tardes!

Gracias a Roxy Everdeen, damcastillo y Silvers Astoria Malfoy por los reviews del primer capítulo.


Capítulo 2: No el mejor aniversario

Oh, if there's one thing I hang onto,
that gets me through the night.
I ain't gonna do what I don't want to,
I'm gonna live my life.
Shining like a diamond, rolling with the dice,
standing on the ledge, I show the wind how to fly.
When the world gets in my face,
I say: have a nice day.
Have a nice day.
Bon Jovi-Have a nice day

Los días siguientes transcurren con normalidad en el piso que comparten James y Elijah: se levantan, desayunan, se van a sus respectivos trabajos, vuelven cuando ya es de noche, cenan y si no les apetece hacer nada se quedan dormidos después de hablar sobre cómo les ha ido el día y otros menesteres. Si les apetece hacer algo… bueno, la conversación es menos larga y tardan algo más en darle a la cama el uso más inocente.

Aunque James está un poco estresado. Apenas lleva tres días en su nuevo puesto y ya necesita con urgencia unas vacaciones; toda la gente a su cargo está consultándole cosas continuamente. Está seguro de que cuando él estaba a su altura no era tan pesado con Alfred. O quizá sí, y nunca se dio cuenta de lo plasta que podía llegar a ser. O a lo mejor no, pero como todos hacen lo mismo él está agobiado.

El viernes es para James como un oasis en medio del desierto para un aventurero sediento. Ni siquiera le importa tener que ir a Plymouth el sábado, porque la idea de cenar con Elijah por la noche le da fuerzas para superarlo.

Cuando el quinto día de la semana James entra en casa, Elijah ya ha llegado, algo extraño. No obstante, James no se plantea el motivo del rostro preocupado de su novio; simplemente se sienta junto a él y trata de borrarle esa expresión a besos. Lo consigue al cuarto aproximadamente, cuando logra hundirlo en el sofá.

—Eh, eh—comenta Elijah, sonriendo un poco—. ¿Te han explotado mucho?—James asiente con la cabeza y se tumba sobre su novio. Él le acaricia el pelo—. Ay… pobrecito mío, que lo tratan muy mal en el trabajo…

—¡No me consueles como si fuera un niño!—protesta James. Elijah ríe.

—Si quieres, te consuelo como un adulto.

James está a punto de aceptar la propuesta, pero entonces se da cuenta de la magnitud del brillo de los ojos de Elijah y decide que el sexo puede esperar.

—¿Qué te ha pasado? Tienes mala cara.

Elijah se muerde el labio.

—Va a haber un congreso de Medimagia en Helsinki—explica—. Sólo irán tres personas de cada hospital mágico de Reino Unido. Y probablemente me cojan a mí.

—¿Y cuál es el problema?—inquiere James, descolocado. No obstante, una varita se ilumina en su cerebro en cuanto termina de formular la pregunta.

Elijah Anderson es probablemente la persona que peor lo pasa cada vez que tiene que viajar. Está tan encariñado con su hogar que le cuesta lo indecible pasar un tiempo alejado de él, sobre todo si tiene que hacerlo solo. Para hablar claro, Elijah sufre un grave caso de mamitis. De hecho, tardó muchísimo en independizarse por eso mismo.

—No me gusta viajar lejos—como James esperaba, eso es lo que le ocurre a Elijah.

—Bueno, piensa que no será permanente—intenta animarlo—. Además, todavía no es seguro que vayan a mandarte, ¿no?—Elijah asiente con la cabeza—. Pues ya está. Haces una montaña de un grano de arena—aún atrapado entre James y el sofá, el ex Slytherin sonríe y atrae a James hacia sí. Hoy, sin embargo, ninguno de los dos tiene prisa.

—¿Estás muy cansado?—pregunta Elijah tras unos minutos, cuando ambos están ya desnudos. James, que tiene un calcetín en la mano, lo deja caer y se acerca a él para besarlo lentamente. Hoy lo están haciendo todo con una tranquilidad francamente pasmosa y poco habitual. James se encoge de hombros y hace un puchero.

—No quiero ir a esa convención de pijos mañana—protesta.

Elijah, que empieza a impacientarse, hace que James se pegue a él.

—¿Vas a dejar de quejarte y hacerlo?—inquiere, mordaz. Vale que hoy les haya dado por la parsimonia, pero Elijah tiene claro que no ha llegado hasta el viernes para escuchar las quejas de su novio—. ¿O lo hago yo?

—Tú te estás quieto hoy—replica James, repentinamente olvidado de cualquier asunto laboral. Coge a Elijah por las muñecas y se inclina para besarlo, sonriendo—. Y mañana la cena nos sabrá a gloria—comenta después, cuando logra arrancarle un jadeo a su novio.

Elijah aferra las manos de James con una sonrisa, y le da un beso en una y luego en otra, al ritmo que marca su novio.

—Dudo que la mitad de bien que tú.


El sábado, después de que el viernes por la tarde ni James ni Elijah se diesen tiempo para pensar en convenciones en el extranjero o reuniones de pijos, ambos se despiertan sin ganas de ir a ningún lado.

James, sin embargo, no puede quedarse remoloneando hasta el mediodía, como le gustaría. Después de que Elijah casi lo arrastre hasta la ducha y lo convenza de una forma que nadie más podría para que cumpla sus obligaciones y dé ejemplo a sus subordinados, desayuna de buen grado y prepara sus cosas, y se anima para el aburridísimo día que le espera.

—Mira el lado bueno, puedes seguir ascendiendo, llegar a ser el pez gordo de allí y mandar representantes a las reuniones para no tener que ir tú—comenta Elijah, que tiene todo el día para hacer lo que le plazca.

—¿Qué vas a hacer tú?—pregunta James, intentando por enésima vez peinarse.

—Supongo que iré a ver a Eleonora; últimamente casi no hablamos—Elijah conoció a Eleonora Black (Weasley desde hace casi un año) en una de las reuniones semanales de los Weasley, y se llevan bastante bien.

—¡Ah!—James sonríe al acordarse—. Mi primo Fred me escribió el otro día. Parece ser que, después de un montón de peleas entre él y Eleonora, los bebés ya tienen nombre, aunque siento decir que no me gustan nada. Son horrorosos.

Elijah prefiere no preguntar cómo se llaman los gemelos que está esperando su amiga; sabe que James es tan egocéntrico que considera feos todos los nombres que no sean el suyo, llevándose la palma el de su hermano menor. Aunque el ex Slytherin tiene que admitir que llamar Albus Severus a un niño no es la idea más brillante que pudieron tener los padres de James.

Finalmente, James se desaparece hacia la empresa, donde debe tomar el traslador que lo llevará a Plymouth. Se encuentra a Rick dictando órdenes, como de costumbre, y a Sarah obedeciendo en todo lo que dice, y sonríe cuando escucha el suspiro de la muchacha; no obstante, se siente un poco mal por ella. Con la de hombres que hay y la pobre está perdiendo el tiempo con uno que no le hará caso jamás. Un ciertamente egoísta Ella sabrá lo que hace termina con el cargo de conciencia del joven, y para cuando está preguntándose qué hará Elijah de cenar el traslador está listo.

James aterriza en la puerta de la casa más grande que ha visto en su vida, incluyendo la de Scorpius Malfoy. Es una edificación blanca, enorme, que parece no tener sombra; está iluminada por todos los puntos cardinales. La mansión (aunque James está empezando a plantearse seriamente llamarla palacio) está rodeada por un jardín unas cuatro veces más grande que toda la parcela sobre la que se asienta la casa de sus abuelos. Sobre el césped se asientan estatuas de personas que James no reconoce, aunque acierta a leer Sócrates en el pie de la más cercana, una figura de un hombre calvo y con barba, con nariz ancha y labios gruesos.

—Y ésta es la casa del jefazo—comenta Rick—. ¿Qué te parece?

Si James ha de ser sincero, lo primero que se le ha pasado por la cabeza ha sido jodidamente espectacular. Sin embargo, no juzga conveniente hablar en esos términos con el director de su departamento.

—No está mal—comenta cuando logra recobrar la voz.

—¿No está mal?—repite Rick con sorna—. James, puedes decirlo. Es obscenamente lujosa—James se encoge de hombros para mostrar su conformidad—. Devlin Whitehorn es de todo menos humilde—explica—. A su hijo Davos le interesan mucho los muggles, sobre todo una disciplina muy antigua que tienen llamada fisolofía.

—Será filosofía—lo corrige James, que ha oído a Rose hablar de ello.

—Eso mismo—corrobora Rick—. Pues bien; cada fisó… fifo… cada tío que hace filosofía que le gusta a Davos, su padre manda construir una estatua en su jardín—explica—. Vamos, un niño mimado—concluye.

James, que sabe que su superior considera niño mimado a cualquier persona a la que le hayan concedido un capricho en alguna ocasión, se limita a entrar con el resto de su sección en la casa, mirándolo todo con aparente indiferencia. Está absolutamente maravillado con lo que está viendo. Como ha dicho Rick, es obscenamente lujoso.

Sin embargo, cuando se acostumbra a todo lo que hay a su alrededor, James se aburre. No son para tanto las enormes lámparas y los amplios ventanales, ni siquiera las piedras preciosas que adornan los marcos de las puertas. Es la casa de un pijo, opina.

Se encuentra deseando que la jornada acabe rápido para poder estar con Elijah cuando descubre a varios periodistas charlando con Rick. Él los maneja bastante bien, pero James se encuentra casi huyendo de ellos. Después de sus múltiples –y desagradables– experiencias con Rita Skeeter, no le atrae lo más mínimo ese montón de buitres.

Pero se da tanta prisa que acaba chocando con alguien.

—Ay, lo siento—James se fija entonces en la persona que acaba de arrollar. Es una joven que tendrá más o menos su edad, con el pelo castaño y los ojos de un verde curioso, que lo mira apreciativamente. El muchacho suspira, anotando una más a la lista de tías babeando sin esperanza.

—No, lo siento yo, te he atropellado—se disculpa—. Hola, por cierto—la saluda—. Mm… ¿Cómo te llamas?—inquiere.

—Margaret—responde ella—. ¿Y tú?

—James—se alegra de no tener que decirle su apellido.

—Dime que tú también te aburres—comenta ella. James sonríe—. ¿A quién se le ocurre convocar una reunión un sábado? Con la de cosas interesantes que podría estar haciendo… Mira que me gusta mi trabajo, pero odio esto. Whitehorn es demasiado excéntrico. Además, podría utilizar su fortuna para algo más interesante que hacerle estatuas de filósofos muggles a su hijito.

James se queda hablando con Margaret durante un buen rato. Definitivamente, esa muchacha le cae muy bien.


Elijah, por su parte, pasa la mañana en casa de Eleonora. La joven está tan enorme que iría rodando si eso no supusiera hacer daño a sus dos hijos.

—Insensible—le reprocha cuando el ex Slytherin exterioriza su ocurrencia.

—Por cierto—comenta Elijah, recordando algo de repente—. ¿Cómo se van a llamar?

—¡Zipi y Zape!—se escucha a Fred desde la otra habitación. Eleonora entorna los ojos con rabia.

—¡Sobre mi cadáver!—replica.

—¡Si en el fondo te gusta, Ellie!

Eleonora sacude la cabeza y acaricia su enorme vientre.

—No le hagas caso—dice—. Se van a llamar Fabian y Gideon—explica—por unos tíos del padre de Fred; de hecho, fue él quien lo propuso cuando se enteró de que venían dos…

Elijah sonríe y le echa una mano a llevar la ropa al armario, antes de que Fred, que se pone celoso de todo el mundo aunque no tenga motivos para ello, le arrebate las prendas y se encargue él mismo de ayudar a su esposa. De modo que Elijah se conforma con hablar con ella hasta la hora de la comida, momento en que vuelve al piso a almorzar.

Cuando tiene el estómago lleno, se pregunta qué hacer. Tras unos minutos, se decide a bajar a comprar algo para preparar la cena. Sabe que no necesita nada mínimamente sofisticado para satisfacer a James, porque su novio se contenta con cualquier cosa que sea comestible, pero le apetece esmerarse. Después de todo, van a celebrar algo. No pueden comer lo primero que se le venga a la cabeza.

Tras cargarse los brazos con las bolsas de la compra, Elijah vuelve al piso y coloca los alimentos en la cocina. Cuando todo está ordenado, comienza a hacer la comida. Si ha de ser sincero, cocinar no es su fuerte, pero lleva viendo a su madre hacer esa receta desde que tiene uso de razón, y es en la que más práctica tiene. Además, con la presentación adecuada queda bastante bien.

Cuando tiene la comida preparada, se dedica a poner la mesa. Cambia siete veces de color el mantel antes de decidirse por el blanco; el motivo no es otro que poder reñir a James si tira algo (quizá suene malvado, pero decir otra cosa sería mentir). Coloca los platos con esmero y, cuando todo está listo, se deja caer en el sofá, admirando su obra, antes de mirar el reloj. Son casi las nueve; no debe de faltar mucho para que llegue James.

Para matar el tiempo, Elijah saca por enésima vez el libro que le regaló su novio para su último cumpleaños y se entretiene releyendo las partes que más le gustan. Es un espectáculo curioso para cualquiera que no entienda la magia de la lectura: un joven leyendo y de vez en cuando riéndose, en otras ocasiones adoptando una expresión triste y a veces mirando las letras con enfado.

Sin embargo, cuando Elijah vuelve al mundo real, están ya a punto de dar las diez y media. El joven suelta un bufido, comenzando a enfadarse con James; se supone que no le hacía gracia ir a esa reunión, ¿no? ¿Por qué diablos está tardando tanto en volver, entonces?

Sumido en sus pensamientos, Elijah clava la vista en la puerta de entrada, preparando la bronca que va a echarle a su novio cuando vuelva. No puede dejarlo plantado y salir airoso.


James se lo está pasando bastante bien desde que ha entablado conversación con Margaret. No obstante, se ha equivocado con ella, pues la muchacha no siente absolutamente nada por él; se ha pasado diez minutos hablando de lo increíble que es su prometido, y habría seguido si James no le hubiese parado los pies.

Durante la reunión propiamente dicha, James se las ha ingeniado para no soltar un bufido tras otro. Al menos treinta elfos domésticos correteando por la habitación y satisfaciendo los deseos de los invitados. El joven se pregunta qué tendrán que decir su tía Hermione y su primo Hugo al respecto.

Sin embargo, después de que terminen los asuntos aburridos se propone un brindis que se alarga cuando Whitehorn –padre– se atraganta y por poco no lo cuenta; ese hombre está muy mayor. Cuando logran desatascarle la garganta y consiguen brindar, es bastante tarde. James intenta irse, pero Whitehorn –hijo–, que hace rato que debería haber dejado de beber, insiste en que se quede un poco para hacer brindis por todo, y el joven no puede negarse.

Tras un rato, James se despide con educación y se desaparece hacia su casa, sin importarle que el traslador esté casi listo; no le apetece esperar más. Se materializa en la entrada del piso, y con cuidado saca las llaves y abre la puerta, haciendo el menor ruido posible.

Cuando llega al salón comedor se muerde el labio. Observa cómo Elijah lo ha decorado todo, desde las sillas hasta la lámpara del techo, y la fuente con la comida en el centro de la mesa, ya fría. Y Elijah… su novio está acurrucado, con la cabeza apoyada en el brazo del sofá, roncando suavemente.

James se siente fatal de repente. Acaba de dejar tirado a Elijah por estar en esa reunión de estirados, complaciendo los deseos de un niñato mimado y borracho. A sabiendas de que va a enfadarse, James se sienta junto a él en el sofá y le sacude el hombro para despertarlo, entre otras cosas porque va a resfriarse si pasa toda la noche ahí.

Elijah despierta con un respingo. Parpadea y mira alrededor, y ve la mesa preparada para la cena y a James observándolo con expresión culpable, y termina de atar cabos. Le dedica una mirada enfadada a su novio.

—A buenas horas…—mira su reloj de muñeca; son las dos de la madrugada—. Te informo de que la idea era cenar, no desayunar.

James se muerde el labio.

—Oye… lo siento, ¿vale? Pero no he podido venir antes, porque Whitehorn hijo se ha empeñado en…

—Que sí, James—lo corta Elijah, cansado—. No me interesa. Buenas noches.

Se levanta y se dirige hacia el dormitorio. Tras observarlo durante unos segundos, James lo sigue; no obstante, para cuando entra en la estancia descubre a Elijah tumbado en la cama boca abajo, con los brazos y las piernas estirados para evitar que él se tumbe también. Con un suspiro, el ex Gryffindor se deja caer en el borde del colchón, en un lugar que no está ocupado por ninguna extremidad de su novio, y lo observa hundir la cara en la almohada, como si quisiera ahogarse.

—Elijah, ¿me dejas explicártelo?—el joven niega con la cabeza, sin sacarla de la almohada—. Llevo varias horas intentando volver, pero cuando ha terminado la reunión Whitehorn se ha atragantado brindando y casi se va al otro barrio, y luego su hijo ha empezado a sugerir brindis por un montón de estupideces y Rick se ha empeñado en que me quede para que Whitehorn padre no me cogiera manía…

Elijah despega la cara de la almohada y se sienta en la cama, mirándolo con furia.

—No llevo toda la tarde preparando la cena para que llegues a las dos de la mañana y pongas de excusa las excentricidades de un borracho—declara—. Podrías haber avisado, al menos.

—¿Es que no se te mete en la cabeza? ¡No he podido!—protesta James, empezando a enfadarse también—. Llevo desde que he llegado a esa casa queriendo volver, pero no me han dejado, así que bien podrías comprenderlo un poco y dejar de lloriquear.

Elijah aprieta las mandíbulas, más cabreado si cabe que antes, y levanta un poco el brazo derecho. Apenas un segundo después de haber iniciado el gesto, sin embargo, baja la mano, y todo el enfado de sus ojos es sustituido por algo que James no comprende. Aparta la mirada, avergonzado sin motivo aparente.

—Buenas noches, James—murmura, tumbándose de nuevo con los brazos y las piernas extendidos y la cara hundida en la almohada.

—Eh… ¿te importaría dejarme la mitad de la cama?—inquiere James.

—No—responde él con un gruñido—. En el sofá tienes todo el espacio que necesitas.

Sin terminar de creerse que su novio lo esté mandando al sofá, James coge su pijama y sale del dormitorio, mirando a Elijah con rencor. Luego se cambia y se tumba en la que será su cama esta noche, sintiéndose demasiado culpable para dormir.

Y también demasiado ofuscado para oír el sollozo de Elijah en el dormitorio.


Notas de la autora: Ya sé que me he dejado a Albus por ahí olvidado hoy, pero no os preocupéis. Al final os empacharéis de él y todo XD

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