En el verano fuimos presas fáciles para el calor, era tan insoportable que ni la sombra del árbol sagrado podía apaciguarlo, pasábamos la mayor parte del día sumergidos en el agua. De cierta manera era divertido aunque no faltaron las tremendas cachetadas bien dadas por parte de Sango al pervertido Monje Miroku, quien no perdía oportunidad para coquetear con alguna de las aldeanas que también buscaban un lugar fresco, definitivamente ese monje nunca va a cambiar. Inuyasha también hacia de las suyas, pobre Shippo, tenía que aguantar todas esas bromas pesadas, aunque de cierta manera se llevan como hermanos, a decir verdad no me imagino a Sesshomaru como un maldoso hermano mayor a lado de Inuyasha. Ese par destruiría todo a su alrededor si blandieran a Colmillo de Acero y Colmillo Sagrado en sus peleas de hermanos.

Al ver a todos mis amigos ahí reunidos sentí un inmenso deseo por poder atravesar por el pozo una vez más para traer paletas y helados, no era mala la idea, sin embargo ya no podía hacerlo. Aunque no por ello me iba a privar de su delicioso sabor. Esta idea rondo mi cabeza por un largo rato.

La mirada curiosa de Inuyasha se clavo en mis ojos, como buscando la respuesta a todas las interrogantes que él mismo se había hecho.

—Kagome, ¿sucede algo?—su tono tenía un matiz de preocupación.

—Pues, veras Inuyasha, se me antojó un helado de sandia.

— ¿Qué tienes un que…?

—Un helado…no espera que es lo que estas pensando ¡Abajo!

— ¡Maldita, sea, Kagome! ¿Por qué demonios hiciste eso?

— ¿Pues tú que estabas pensando, acerca de los antojos?

—Kagome, malvada, es lo más natural del mundo que en algún momento tú y yo…bueno tú sabes…tengamos un cachorro.

El ruido estrepitoso provocado por el golpe y las palabras de Inuyasha hicieron que las miradas acusadoras y los cuchicheos de los presentes no se hicieran esperar, y de inmediato comenzaron a hacer especulaciones. Miroku, se acerco a Inuyasha y le susurró algo al oído haciendo que este se pusiera tan rojo como su Haori.

Sango se acercó sigilosamente a Miroku y jalándole la oreja, lo alejo de Inuyasha para que dejara sus cuchicheos.

—Miroku, ese tema les pertenece únicamente a Kagome e Inuyasha, no tienes porque avergonzarlos de esa manera. Tendrán hijos cuando ellos lo decidan.

—Pero, Sanguito, si sólo le estaba dando algunos buenos consejos a Inuyasha para que su cachorrito llegue más pronto.

La cara de Sango se puso más roja que un jitomate e inmediatamente le acertó un gran coscorrón con el hiraikotsu, no pudimos evitar reírnos ante el monumental chichón que se asomaba de la cabeza de Miroku. El aludido sobaba tiernamente su cráneo y se dirigía hacia su ahora esposa.

—Sango, aunque me hayas golpeado, no me vas a negar que mis consejos funcionaran, si Inuyasha los lleva a la práctica, mírate, yo los seguí y ya llevas tres meses de embarazo.

—Pues si quieres permanecer vivo, hasta el nacimiento de tu hijo, será mejor que guardes silencio de una buena vez.

El monje únicamente se encogió de hombros y asintió, una vez pasado el momento incomodo, volví a recordar esa mágica y fría sensación que provoca comer paletas y helados.

La tarde comenzaba a caer, pero no por ello el calor aminoraba, estuvimos reunidos por un rato más, platicando y recordando tantas cosas que pasamos juntos durante nuestros viajes por conseguir los fragmentos de la perla de Shikón, y desde que esta desapareció la tranquilidad perdura cada vez más. Un bostezo se escapó entre la concurrencia y un Shippo roncante se había quedado dormido en el regazo de Inuyasha.

Esta escena me pareció tan tierna, que por un momento lo imaginé, en la calidez nocturna de nuestro hogar, cobijando a nuestro cachorro.

—Kagome

— ¿Qué pasa Inuyasha?

—Creo que es hora de irnos a casa—tendiéndome una mano

— ¿Dónde está Shippo?

—Kaede, ya se lo llevó a dormir

Comenzamos el camino de regreso a casa, a Inuyasha no le incomodaba la vida de la aldea, pero prefirió que viviéramos en la periferia, así que eligió un hermoso claro en el bosque para construir nuestro hogar, nunca me hubiera imaginado lo dulce y atento que puede llagar a ser.

A mitad de la madrugada me desperté, por el calor que hacía y vi a Inuyasha mirando la luna por la ventana.

—Tú tampoco puedes dormir, Inuyasha

—No, ¿sabes? me quedé pensando en lo de esta tarde

— ¿En las paletas y helados?

—No, Kagome en lo del cachorro

— ¿Crees que no seriamos buenos padres?

—Lo que me preocupa es que por ser diferente, lo hagan sufrir, de verdad es cruel y doloroso para un niño no ser aceptado y desconocer el motivo.

—Inuyasha ¿Tú madre siempre estuvo a tu lado?

—Sí y ¿eso qué?

—De sobra sabes que nunca dejaríamos que lo lastimaran

—En eso tienes razón, los defenderé aún a costa de mi propia vida, el saber qué piensas así me da más confianza y tranquilidad, gracias por estar a mi lado. Por cierto de ¿que se trata? eso de los he…he ¿qué?

— ¡Helados!, Inuyasha, pues veras, es un postre frio, dulce y delicioso ¿Te gustaría probarlos?

—Pero, en esta época, no existen esas cosas o ¿sí?

—Nunca los he visto así que creo que no, pero yo tengo la receta para prepararlos ¿me ayudas?

—Bueno, andando a la cocina— me jalo de una mano para levantarme

Revise de extremo a extremo la cocina y nos faltaba lo más importante algunas frutas y ¡hielo!, me senté sobre mi futón desanimada y triste.

—Kagome, no te pongas así, enseguida te traigo lo que necesitas, pero ya no estés triste, no me gusta verte así—Inuyasha tomó a Colmillo de acero y después se perdió en la obscuridad de la noche.

No pude evitar sonreír, ante el gesto de Inuyasha, entonces comprendí que no me había equivocado en mi decisión, pose suavemente mi mano sobre mi vientre.

—Ves, mi cielo, no me equivoque al darte un padre como él, vas a ser muy feliz con nosotros.

En un santiamén sobre la mesa había una gran y colorida variedad de frutas y en un recipiente un enorme bloque de hielo. Así que manos a la obra en menos de media hora, unos cuantos trozos de fruta desperdigados por el piso y una frescura en la cocina, Inuyasha relamía sus dedos deleitándose con el sabor de un helado de mango y fresa.

—Kagome ¡esto es delicioso! dame más por favor

—sabia que te encantaría y bueno el mío también esta delicioso, el melón, sandia, mango, zarzamora, fresa y bayas son una combinación perfecta…

—Todas esas frutas le pusiste al tuyo, Kagome, malvada y a mí no me das de ese.

—Ya no puedo más, Inuyasha comí demasiado, creo que en un par de días no tendré antojo de helado otra vez. Y espero que no me antoje alguna cosa rara o difícil de conseguir.

—Eres una mujer muy rara Kagome—mientras seguía dando grandes bocados de helado.

—Oye Inuyasha ¿Crees que a Sesshomaru le moleste si Kishaya lo llama tío?

—Lo mataría sin lugar a duda, el pesado de Sesshomaru no tolera esas cosas, uh, espera ¡Qué Dijiste!, ¿acaso dijiste tío?—su cara se estampó en el cuenco con helado, ante su sorpresa—pero, pero tu esta tarde lo negaste

—Es que pensé que ya lo habías descubierto y yo quería darte la noticia—me abrazó dulcemente.

—Gracias, Kagome por hacerme tan feliz con esta noticia y ¿Cómo sabes que va a ser niño?

—El anciano Myoga me lo dijo, porque tú padre se lo comunicó

—Desde, mañana no saldrás sola a ningún lado, todo lo que se te antoje pídemelo, no importa lo que sea yo lo conseguiré, iré a ver a Jinenji, necesitas hierbas medicinales cerca de la casa no quiero que hagas esas travesías por una ridícula planta, si Kaede las necesita que venga por ellas, y sobre todo te advierto que si Kishaya quiere comer helado comerá todo el que quiera, plantaré árboles de frutas y buscare la manera de guardar hielo.

A veces Inuyasha puede ser un poquito desesperante y exagerado

—Inuyasha… ¡Abajo!

—Kagome, ¡Voy a ser papá!—gritó con todas sus fuerzas, sumamente emocionado