CAPÍTULO I

-No he podido conciliar el sueño desde aquella noche – le explicaba Karen al anciano director, mientras su chaqueta de cuero dejaba entrever la varita en uno de los bolsillos interiores, y su cara reposaba en las palmas de sus manos, sumida en una profunda reflexión.

-Pero… Karen… sabes que la muerte de tus padres la causó Voldemort. Venir a Londres es lo mejor que puedes hacer. En Hogwarts estarás segura – dijo Dumbledore.

-Igual que Harry Potter, ¿no?- replicó con ironía -. Y a él le han atacado ya cinco veces en cinco años.

-Estás siendo injusta. Ninguno de los ataques fue por culpa de los profesores. Si Harry no hubiera estado explorando, y hubiera obedecido un poco, nunca habría sido agredido. Sí es verdad que ha salvado varias vidas, pero si se hubiera quedado en la sala común…

-No lo dudo – ahora la chica estaba de pie -. Pero el caso es, profesor Dumbledore, que Voldemort ha conseguido entrar en el colegio. Bien es verdad que no hubiera podido deambular por los pasillos, y solo ha podido atacar desde la sombra o lugares escondidos. Pero eso no quita que, si reuniera un ejército, pudiera tomar el colegio.

-Voldemort está demasiado ocupado reuniendo a sus antiguos mortífagos como para reclutar nuevos.

La chica se quedó durante unos momentos callada, y luego asintió.

-Iré a Hogwarts. Y que decida el destino. – tras eso, salió de la habitación, dejando solo al director, que rodeo la enorme mesa de ébano y se sentó.

El despacho del ministro de magia estaba lleno de muebles de lujo, eso sin duda. Dumbledore se preguntó por qué motivo Cornelius Fudge le dejaba su despacho solo para hablar con una estudiante de intercambio. Ya se había disculpado bastante en las revistas y periódicos, no necesitaba más.

Intentó descubrir los motivos del ministro, mientras atusaba su barba y se colocaba las gafas de medialuna.

Harry se despertó con su cuerpo cubierto de perlado sudor. Se rascó la barbilla y luego pasó su mano por el cabello, apartándolo de la frente. La cicatriz brillaba, aunque el chico ya había olvidado el motivo por el cual lo hacía.

La pesadilla había permanecido en su mente hasta apenas dos segundos antes, y luego se había esfumado, desapareciendo completamente.

Se dirigió al baño del número doce de Grimmauld Place tratando de no hacer ruido, y cuando llegó allí se frotó con la toalla, intentando exterminar el sudor que llenaban su torso desnudo.

Se llevó la toalla a la cama y volvió a recostarse, con la intención de dormirse, pero no pudo conciliar el sueño.

El resto de la noche la pasó en vela, con la mirada perdida en el techo. Sus pensamientos volaban de un lado a otro, y no fue capaz de concentrarse en nada.

Se levantó de pronto, y bajo despacio las escaleras de la casa. Fue a la cocina, y tras echar un rápido vistazo al reloj, cogió la cafetera y empezó a verter el líquido negro dentro de una taza.

Después, lo acompañó con leche y se sentó a la mesa. Eran las ocho y media. En esos momentos ya tenía dieciséis años.

Bebió un sorbo del ardiente café que habían traído desde Puerto Rico. Al menos eso decían en el supermercado muggle donde lo había comprado.

Apoyó su cabeza en la mano derecha y percibió como la frente le ardía. No sabía si tenía fiebre, o si era por la reciente pesadilla, pero el caso es que la mano le ardía al estar allí.

Se llevó la mano al bolsillo de la camisa y agarró la varita. La observó fijamente, dándole vueltas sobre la palma de su mano, ayudándose con los dedos.

Cuanto desearía ser mayor de edad y poder utilizar la magia. Le sería muy cómodo hacer las cosas corrientes sin necesitar levantarse y moverse. Por ejemplo, atraer unas tostadas en vez de tener que ir a por ellas.

Sonrió al verse pensando en cosas tan patéticas y ordinarias como las tostadas teniendo a Voldemort a su espalda, esperando a que cometiera un fallo para exterminarlo.

Compartían la misma varita. La pluma de fénix en el núcleo de aquel aparato que canalizaba su energía.

-Joder, Sirius, ¿por qué tenías que morirte? – las lágrimas empezaron a aflorar y surcaron su rostro. Los sollozos cada vez eran más altos.

Escuchó los pasos de varias personas, pero no le importaba. Dio rienda suelta al llanto.

Unos brazos rodearon sus temblorosos hombros, pero nada consiguió acallarle.

-Harry… - escuchó el murmullo de una voz. No supo quien había sido, ni siquiera si era hombre o mujer, pero no le importo. Sentían lástima por él, y no quería que lo hicieran. No se lo merecía.

Se levantó con brusquedad y se apartó de quien le estuviera abrazando. Había dejado de llorar, y su expresión había sido reemplazada por una de extrema seriedad.

-Lamento haberos despertado – dijo cortante, y tras eso subió a su habitación, silencioso como una sombra.

Se tumbo sobre la cama y se preguntó que era lo que encontraba de débil en llorar. No estaba mal expresar sus sentimientos, y si era dolor lo que en esos momentos le acosaba, liberarlo no sería nada malo. .

Golpeó con fuerza el colchón y se levantó. Apoyó la espalda contra la pared y dejó que su cuerpo se deslizara lentamente, hasta quedar en cuclillas.

Echó la cabeza hacia atrás, hasta chocar con la pared. Cerró los ojos y reflexionó.