Titulo: Birdie
Pareja: Prusia x Reino Unido
Resumen: Gilbert no podía evitar pensar que Arthur era como un pajarillo enjaulado, y Arthur simplemente reía, de forma enajenada a todo.
Advertencias: AU. Nombres humanos. Tal vez, es algo OoC. Más o menos beteado.
Beta: ¡Izhi (Scath Wolff) gracias por betearlo! Sí, sé que soy un fastidio con eso de "¿va bien?, ¿sí? ¡gracias!" xD pero te digo, sería un desastre sin ti manitu.
Notas: Debido a todas las incertidumbres que dejó la historia, decidí hacerle una continuación (bastante larga, así que la dividí en dos). Espero así poder responder a las dudas que les surgieron, por cierto, la enfermedad de Arthur es un tipo de "psicosis", pero no estaba completamente loco (por eso reconocía a sus hermanos).
Más notas y aclaraciones: La canción de "My Way" es una de Sex Pistols, mientras que "Crazy" pertenece a Simple Plan.
Cosa Random I: ¡Quería hacer algo como un mini concurso! x'D, así que les daré una pista y esperaré a ver quien lo resuelve, quien lo haga gana un premio.
La pista: Arthur da sus apodos en base a cuentos infantiles.
La pregunta: ¿Cuál es el nombre del cuento de dónde sacó el apodo para su mamá?
El premio: Un drabble de pareja a su elección (de hetalia), con excepción de un Canadá/Francia/Canadá. (Aclaro, la pareja simplemente no me sale. Y si llego a escribirla será completamente en plan familiar, si esto no les afecta, adelante entonces.)



Cuando Arthur murió, Matthew y Alfred fueron los más afectados, pues aunque sus padres nunca les dijeron que había sido su culpa, cada vez que sus miradas se cruzaban Alfred podía leerlo en los ojos de su madre, podía ver claramente grabadas aquellas palabras: Ustedes mataron a mi bebé. Y a Alfred le hubiese gustado decirle que ellos también eran sus hijos, (¡Somos tus hijos, mamá!) y que ella los estaba matando poco a poco con ese desdén no dicho, pero nunca lo hizo ni lo hará, porque Arthur no lo hubiera hecho.

Arthur… su querido y amado hermano mayor, quien le contaba un montón de historias sobre mundos fantásticos llenos de magia, hadas y otras cosas que Alfred pensaba sólo estaban en su imaginación; Arthur, quien podía mirarte con aquellos ojos llenos de… algo que Alfred no podía descifrar, ni si quiera entender, pero que su madre temía, porque decía que al mirarlos veía la locura que había en ellos; Arthur, su cómplice, víctima y carcelero, porque Alfred sabía que Arthur siempre asumiría la culpa de las pequeñas travesuras de los gemelos (—¿Han sido traviesos Alfie, Mattie?, ¿quieren que la bruja malvada los castigue? No, no, ¡yo los defenderé de la bruja malvada!—), y sabía lo que sucedía después, cuando Arthur comenzaba a gritar y a lanzar objetos hacia su madre, gritándole de cosas… y Arthur temía, sobre cualquier cosa, a la enorme jeringa llena de aquel liquido viscoso que lo tranquilizaba, pero aún así…

Aún así no dudaba en chillar, golpear y arrojar objetos al aire, con tal de que los gemelos evitasen algún castigo (que, sin duda, sería mucho menos aterrador que permanecer sedado el resto del día, como una marioneta inerte). Y Alfred podía recordar, lo que habían dicho los doctores que hicieron la autopsia en el cuerpo de su hermano "No fue un asesinato, su corazón dejó de latir." ¿No fue un asesinato?... ¿Y por qué sus padres los veían de aquella manera? Matthew no hablaba por culpa, y él permanecía como sumido en un letargo; por las noches, Alfred oía a su madre llorar por su hijo muerto. Muerto con una sonrisa de felicidad, la más feliz que le hubiesen visto nunca.

Arthur estaba muerto, se había ido por fin. Cuántas veces Alfred y Matthew no lo habían oído gritar desde su habitación: "El día que muera, ¡quiero oír a Sex Pistols y a The Police!, ¿Bruja malvada, estás oyendo? ¡No te atrevas a llorar cuando me muera!" en uno de sus famosos ataques, para después estallar en un coro de risas y cantar de una forma extraña "My way." Su padre subiría a mitad de la canción, siempre a mitad de la canción, y amenazaría con sedarlo, después todo quedaba en silencio, pero Matthew le aseguraba que lo oía llorar.

—Al… —susurró Matthew, mirando el techo de su habitación, sus rodillas estaban fuertemente apretadas contra su pecho, y el cuarto se encontraba pobremente iluminado con una pequeña lámpara de noche—. Cuando estábamos en la mansión… ¿pudiste oír como Arthur reía al despedirse? —preguntó, con la voz entrecortada, tenía la garganta rasposa por las semanas que llevaba sin hablar.

Alfred dio un pequeño asentimiento de cabeza, medio ausente. Arthur había reído, disculpándose con ellos. Había reído de una forma hermosa, realmente parecía feliz. Pero no era posible, porque los muertos no hablaban, y así se lo hizo ver a su hermano.

—Matt, Artie está muerto, ¿sabes? Los muertos no hablan… ni pueden cantar, tampoco llorar… ¿es bueno, no crees? Ahora Artie no tendrá que llorar en las noches, cuando lo inyecten —susurró, careciendo de emociones en la voz.

Matthew no había llorado, Alfred no había llorado, su madre los tachaba de insensibles, ¿pero qué importaba? Hasta ese entonces, ninguno de los gemelos había creído que su hermano fuese vulnerable, porque Arthur parecía demasiado fuerte, demasiado solido y real como para imaginar que algún día despertarían con la noticia de que no volverían a oír a su hermano cantando a las tres de la mañana "Crazy" a todo pulmón, cómo para entender que llegaría un día en que Arthur no volvería a contarles todas esas aventuras que sólo vivían en él.

Sabían que la muerte era inevitable, pero había llegado de una forma inesperada y dolorosa. Nadie estaba preparado para eso, y todos buscaban un culpable.

—Pero lo oíste —replicó, testarudamente—. Artie está muerto, pero lo oíste. Puedo apostar a que mamá y papá lo oyeron, ¿por qué lo niegas ahora? —quitó la mirada del techo y la posó en su hermano—. Si Arthur estuviera vivo, y te contara todo esto, le creerías.

Y era verdad, y los dos lo sabían. Alfred le creería como un niño pequeño, a pesar de saber que no eran más que ilusiones en la mente trastornada de su hermano.

—Arthur estaba enfermo, y ahora está muerto. Y todo es culpa mía, nunca debí escucharlo, debí…

Pero Alfred no continuó, porque Matthew se aseguró de interrumpirlo.

—¡Arthur no estaba loco! —gritó, aunque apenas y parecía que había levantado la voz—. Y tú actúas como ellos.

Y Alfred cerró la boca, apretó los dientes y apagó la luz, sumiéndolos en la oscuridad. De esa forma, Matthew comenzó a tararear "my way", Alfred golpeaba la almohada, sin dejarse ganar por las lágrimas, y sus padres sentían que no sólo habían perdido un hijo, sino que estaban perdiendo tres.

Durante un par de noches esa conversación se repitió, de la misma forma y sin ninguna alteración. Un día, simplemente, Alfred pareció superarlo y volvió a sonreír, como si nada hubiese pasado, como si Arthur y su recuerdo no hubieran existido. Y si alguien, por mala suerte, le daba el pésame por su hermano mayor, Alfred sonreía diciendo "Está descansando en paz, sólo eso." Sus padres recibieron con agrado ese cambió, cuando Alfred lo superó, pareció como si toda la familia volviera a la normalidad.

Pasó un año completo para que la familia pudiera dignarse a hacer una pequeña ceremonia en honor a Arthur, si bien ya tenía mucho que el cuerpo yacía enterrado en el cementerio del pueblo, nunca le habían dado el sepelio adecuado.

Cuando los canticos terminaron (su madre se había negado a cumplir las exigencias de Arthur sobre la música que deseaba) y todos se estaban retirando, Matthew alzó la vista, y miró a lo lejos la vieja mansión Beilschmidt, y creyó, en medio de aquella conmoción, oír la voz de su hermano riéndose en el viento. Pero desechó la idea y la empujó a lo más profundo de su mente. Matthew, Alfred y el resto de la familia no volvieron a pensar en Arthur durante años.


Habían pasado cinco años desde aquel suceso trágico e inesperado, Matthew y Alfred tenían diecinueve años y acababan de ingresar a la universidad, Alfred estaba estudiando la carrera de Psicología, para sorpresa de todo el que le hubiera conocido (con excepción, quizás, de Matthew), mientras que Matthew se había decantado por Medicina. Sus padres estaban felices, tendrían dos médicos en la familia, aunque aún se preguntaban porque de aquella decisión, sabiendo la pasión de ambos por la informática y robótica, pero preferían no decir nada.

Era la víspera de Navidad, y los hermanos se encontraban en el ático buscando los adornos para decorar la sala y el árbol, Alfred iba cargando unas cajas etiquetadas con los nombres de: Luces, velas, muñecos, calcetines, entre otros. Matthew buscaba las guirnaldas y la escarcha falsa que pondrían al pie del pino, cuando una hoja amarillenta cayó al piso.

—Al, ven a ver esto —llamó, después de haber revisado de pasada la caligrafía y el nombre. Algo dentro de Matthew latía fuertemente.

—¿Qué es? —preguntó su hermano, con una sonrisa infantil y emocionada. Le quitó la carta, y luego la dejó caer bruscamente, como si le hubiese quemado.

En el piso, la pequeña hoja doblada tenía escrito con marcador de tinte permanente. "Para: Gilbert Beilschmidt, De: Arthur Kirkland." Durante todo ese tiempo, si bien no le habían olvidado, pues los pocos retratos donde Arthur aparecía no habían sido quitados de las paredes, tampoco habían buscado hablar mucho sobre él.

—Tal vez… mamá movió sus cosas al ático para dejar libre la habitación, por si alguien venía de visita —intento explicar Alfred, aunque eso no le hacía gracia.

Matthew lo ignoró, tomando la carta otra vez, con delicadeza. Casi temiendo romperla si era descuidado. Miró a su hermano durante un rato, de forma intensa.

—Tú pasabas mucho rato hablando con Arthur, ¿sabes quién era ese tal Gilbert Beilschmidt? —le preguntó, tras meditarlo bastante tiempo—. ¿Crees que tenga relación con la mansión, con lo qué ocurrió?

Alfred le quitó la carta, la arrugo y la botó al otro lado de la espaciosa habitación. Desde que había logrado superar la muerte de su hermano, se había prometido no mirar nunca hacia tras, siempre avanzar y no vivir en el pasado. Para él era claro, Arthur había ido a esa mansión y había muerto de forma natural, tal vez la locura había acabado con él, no lo sabía, pero no se detenía a pensar en ello (pero, de todas formas, había decidido estudiar Psicología, como si pudiese ayudar a las personas como su hermano).

—Matt, prometimos no volver a pensar en eso. Vivir del presente y no del pasado… ¿no lo hicimos? —sonrió, forzadamente.

Matthew pensó en decirle que él no había prometido nada, que él a veces se preguntaba "por qué", pero era víspera de Navidad, y a su madre no le haría gracia. Dejó el tema, asintiendo una sola vez con la cabeza, pero se dijo a sí mismo que llegaría (aunque tuviese que hacerlo solo) al fondo de eso.

El resto de la semana transcurrió como si nunca hubiesen encontrado la carta, la cual tampoco salió a colación. Pero la noche del lunes de la siguiente semana, tras haber cenado y asistido a la iglesia (muy a pesar de sus quejas y las de Alfred), Matthew había salido de su habitación y había subido, silenciosamente, hasta el ático, cuando abrió lentamente y con cautela la puerta; descubrió la luz encendida y a Alfred en el fondo de la habitación, dormido entre varias cajas y con la hoja arrugada (que supuso era la carta) fuertemente sujeta en una mano.

Una pequeña sonrisa afloró en el rostro de Matthew ante aquella escena, Alfred, por mucho que se resistiera y lo negara, siempre había sido el hermano mimado de Arthur, y todos lo sabían. Él único que podía convencer a Arthur de comer cuando su madre se daba por vencida, él único que lograba que, aquellos ojos perdidos, reflejaran un poco de cordura.

—Aún lo extrañas, ¿no es así Al? —susurró, acercándose hasta la figura de su hermano, que parecía un niño pequeño aferrándose a su peluche favorito. Con cuidado le quitó la carta de la mano, y los lentes (mismos que puso encima de una caja); desarrugo la hoja, se sentó a un lado y comenzó a leerla.

La letra era algo irregular y tosca, muy diferente a la que Arthur tenía, además había varios tachones y borrones mal hechos, Matt supuso que debía ser más chico cuando la escribió. Eso lo llenó de curiosidad. Las letras estaban un poco tenues, así que se esforzó más al momento de leerla.

Gilbert Bielschmidt:

¡Soy Arthur Kirkland! ¡Mi nombre es ARTHUR KIRKLAND! ¡No cejas, ni nada por el estilo, idiota! Tu casa no es impresionante, ni nada. ¡Es horrible, como tú!
¡Eres insoportable, odioso y no me gusta tu voz! ¡Es chillona!... Pero las luces de colores, como hadas, son realmente bonitas… ¡pero aún así no me agradas!

¡Y no quiero invitarte a mi casa otra vez!

Sin amor, ARTHUR KIRKLAND.

Matthew suspiró cuando leyó la carta, definitivamente su hermano había sido un poco… bueno, no sabía explicarlo, ¿huraño? Podría decirse. Se paró, iba a decirle a Alfred que se fueran a dormir a la habitación, pues el ático estaba helado, cuando encontró otra hoja igual a la que sostenía, justo en el lugar donde había puesto las gafas de Alfred.