Kaixoooo :3.
Ante todo quería dar gracias por los reviews. Es una pequeña ayudita en esto de que te motives a seguir escribiendo, así que eso: muchas graciaaas *-*. Y lo segundo... ah sí, que espero que os guste este capítulo, con este se entra más en calor y tal (o eso pretendía transmitir) y bueno, no os entretengo más. Espero que os guste! :D
2
Cuando John decide mirarse en el espejo por primera vez en todo lo que lleva de semana, se sorprende levemente por dentro al ver lo mucho que ha cambiado. Se acuerda de la persona a la que veía ahí hace medio año, a ese ex soldado portentoso con una mirada firme que estaba dispuesto a todo y más con tal de defender lo que consideraba valioso para él.
A ese hombre que, a pesar de desconocer la enorme carga que se le venía encima cuando vio por primera vez al extravagante detective, se decantó por arriesgarse y apostar por lo que parecía una vida no igual a sus añorados tiempos como militar pero semejante, aunque le supusiese estar constantemente sumergido en todo tipo de problemas. El hombre que empujado por un desmesurado y casi inconcebible coraje visualizaba el campo de batalla tal y como se le venía encima y se encaraba casi jactancioso contra él. No se achantaba, caminaba hacia delante e incluso se creó la seguridad y confianza que nunca pensó que volvería a tener cuando se retiró del servicio. Lo mejor de todo esto es que le encantaba. Disfrutaba sentirse casi beatificado por ser el flamante "Robin" personal de su querido Hat-man. Tenía la extraña sensación de que nunca se iba a acabar y casi agradecía sentir esas vibras, no tenía pinta de aborrecer toda esa vida, la verdad.
Y lo que empezó siendo una realidad acabó quedándose en la sombra del recuerdo de uno de los hombres más valientes que ha tenido el placer de conocer. Y ya está. Ya no hay más. Se acabaron las agallas y esa tentadora soberbia.
Ahora solo ve el reflejo de un cobarde que se encierra en sí mismo y no es capaz de hacer otra cosa que huir de su presente porque solo está dispuesto a aceptar todo lo relacionado con su pasado. El pobre infeliz que vive con miedo a lo que pueda surgir sin que él no lo tenga asimilado de antemano. Que en lugar de luchar –como hizo o intentaba hacer con todo por muy imposible que pareciera en un pasado no muy lejano- por salir adelante con lo que tiene, prefiere quedarse tumbado en su sillón, llorando durante tres, cuatro horas esperando a que ese berrinche se le pase como si fuera una epifanía. Sin hacer nada por cambiarlo. Solo ver el tiempo pasar. Y pasar.
Agh, qué asco. Un poco más y John no será capaz de sostenerse la mirada ni a sí mismo. No sabe si es por un inescrutable pánico hacia sí mismo o por mera vergüenza. Suspira profundamente mientras se palpa sus mejillas y labios, deslizando sus dedos con suavidad hacia sus pómulos, rozando casi con miedo las bolsas que se le han atenuado con el tiempo en los últimos meses. Puede ver cómo el cansancio se dibuja en sus ojeras. Están hinchadas, de un color violáceo. Afeitarse se ha convertido en una tarea difícil de llevar, a juzgar por ese rasurado tan irregular y la incipiente barba que se reparte por desigual en varias zonas de su rostro. Dios, y el pelo. Ese pelo tan descuidado, peinado con la mayor desgana que uno puede tener en su cuerpo. John enreda las yemas de sus dedos entre los mechones más largos, notando que le han empezado a sobrepasar la nuca. Otros tantos solo le dejan ver parte del lóbulo de sus orejas. Y le ha salido un flequillo que le empieza a cubrir parte de las cejas. Qué greñas, cómo se ha abandonado. Quién diría que ese hombre en su tiempo fue uno de los mejores doctores militares del ejército, con su aspecto tan pulcro y brillante.
John se encoge de hombro mientras piensa que debería cortarse el pelo. Pero no lo va a hacer. Le faltan ganas hasta para eso.
Soy un farsante.
Eso es lo que era. Un farsante. Un impostor. Un ser atormentado por la ambición que asesinaba a gente para perpetrar todos sus crímenes, para que pareciese que era un genio porque en realidad Sherlock Holmes sabía cómo había pasado. Sabía por qué habían muerto, cómo y dónde tenía que colocar las pruebas adecuadamente. Como si todo eso fuera un tablero de ajedrez. Es así como cambiando una puñetera palabra, el hombre más célebre conocido en Londres se vuelve el despojo humano más pérfido e insensible que servirá como objeto de burla y especulación hasta que las lenguas de todos esos cotillas sin remedio alguno acaben por caerse. Una sola mentira y el resto del mundo se lo ha creído de principio a fin porque el resto es verdad.
Sherlock Holmes coloca el cadáver donde le plazca y después resuelve las pistas que él mismo ha colocado previamente. Sublime, ¿no?
Y para dar más veracidad a la historia Sherlock Holmes decide contratar a un actor. Le paga para meterse en un puñado de líos, para jugarse el cuello con tal de formar parte de todo ese plan tan retorcido. Y después absorbido por la locura del impune y descubierto plan se suicidó, porque el actor ese no pudo morderse esa lengua de víbora durante mucho tiempo. Y misteriosamente el día del suicidio el tal Richard Brook desaparece de la faz de la Tierra, nadie sabe cómo, así sin más. Sin dejar rastro. Como si nunca hubiera existido. Venga ya.
Venga. Ya.
Luego la gente confesará que, en el fondo –y no tan en el fondo-, sabía que Moriarty era real. Que Sherlock Holmes nunca ha dejado que una mentira saliera de su boca, porque todo lo que había dicho y/o hecho era la pura verdad, y todo pasará a ser algo increíblemente estúpido y patético. Qué susceptible puede llegar a ser el ser humano cuando solo está dispuesto a escuchar lo que le conviene.
La paciencia de John Watson está a punto de desbordar por algún lado. Han pasado tres meses. Tres jodidos meses y en los periódicos y telediarios no saben hablar de otra cosa. Todavía.
Por el amor de Dios, que estampa tan triste y degradante. Por primera vez en sus casi cuarenta años de vida, John siente pena y vergüenza ajena de su país. Adiós a todo ese sentimiento patriótico, adiós al profundo amor por todo lo relacionado con la Union Jack. John Watson no ha decidido el mejor momento para abrir los ojos, pero quizá la situación no se ha prestado hasta ahora. Ahí ve la actitud tan fácilmente presumible de Reino Unido, en su acto de demostrar su grandilocuencia y sabiduría a base de escribir gilipolleces en cuatro páginas de una revista. Cada vez que John dobla una esquina, se siente forzado a mirar hacia el suelo y contar hasta diez porque la mala hostia que se le forma dentro del pecho solo se puede describir viéndole coger un saco y sacudirlo hasta que se sacie por dentro, con tal de no hacer eso con todos los kioskos a la redonda.
John suspira, dirigiendo sus ojos hacia el cielo. En cualquier momento, se convertirá en el Jesucristo dominatrix que en su día defendió su templo con uñas y dientes, tipo Irene Adler. Cogerá una fusta cualquiera y se pondrá a repartir leches defendiendo sus ideales y, bueno, de paso comprobará si con tres o cuatro guantazos se consiguen sosegar y pensar con algo de coherencia, por un poco de cariño a sí mismo aunque sea. O simplemente lo hará en un arrebato de compasión por esa gente que vive de revolver en la vida de un difunto.
Aunque John con esos pensamientos va con demasiado optimismo y lo sabe.
-Ya ni siquiera puedo ir a comprar el periódico tranquilo. Manda huevos –murmura, observando cómo pregonan con exaltación una y otra vez la misma noticia de todas las semanas. Reconoce que echa de menos cuando en lugar de ver cómo ponen a su amigo de todos los colores estaba la típica columna con el dichoso artículo de opinión sobre si lo que tenían el detective y el doctor era meramente profesional, un amor platónico o algo mucho más profundo. Lo reconoce esbozando una débil sonrisa.
Después su mundo se derrumba.
-Es usted John Watson, ¿verdad? El famoso doctor John Watson.
El aludido se da la vuelta, uno de los vendedores de esas basuras le reclama, haciéndole un gesto con la mano para que se acercase. Tiene un aspecto desastroso, sinceramente, solo se deja ver de cintura para arriba, lo que le hace mostrar parte de esa chaqueta tan fea, desgastada y remendada, totalmente deplorable a su opinión. El tipo no supera el metro sesenta y cuatro y estará rozando los cuarenta. John ni siquiera le ha oído hablar como es debido y ya le tacha de fracasado. La suspicacia de Sherlock se le ha conseguido pegar de una manera u otra con demasiada facilidad, y a John le preocupa un poco que, en el fondo, el tener esa actitud tan insoportable y frívola hacia los demás le resbale lo suficiente como para llegar a casa y echarse sobre el sofá teniendo la conciencia totalmente tranquila.
-Sí. ¿Qué quiere? –John le mira interrogante, como si estuviera analizando cada movimiento facial con su mirada.
-Verá, mi mujer es periodista pero trabaja en una mierda de trabajo. No la tienen muy en cuenta y necesita alguna exclusiva morbosa para dejarles a todos a la altura de betún y empezar a ser más… apreciada, no sé si me entiende. ¿Podría concederme solo unas cuantas declaraciones?
-Oh, yo ahora no puedo, tengo prisa. Pero no se preocupe –John saca un trozo de papel y un bolígrafo de su bolsillo, apuntando un número-. Llame a este señor, estoy seguro de que obtendrá todo lo que deseé.
-Gracias. Y siento el palo tan duro que le ha dado. Jugar con usted de esa manera, como si fuera su perro. Y además lo engañó con esa frialdad, menudo cabronazo. Ahora está donde se merece.
-Sí. Qué terrible, ¿verdad? –el doctor suspira- Gente como esa hay en todo el mundo. Desgraciados que no saben qué hacer para darle algo de interés a su vida. Bueno, tengo que irme. Un placer.
John se da la vuelta, marchándose lentamente. Da cada pisada como con regocijo y lamiéndose los labios, su mirada lo dice todo. Espera algo con ansiedad, algo que en menos de diez segundos ya está llamando a su puerta. El móvil le empieza a vibrar en su bolsillo. Con una sonrisa maquiavélica como pocas, lo saca de su bolsillo, descolgándolo. Una voz familiar le pregunta:
-Buenos días. Busco una exclusiva acerca de Sherlock Holmes y John Watson me dio su teléfono. Esperaba que pudiera ayudarme.
-Oh, se ha debido de equivocar. Aquí solo vendemos dignidades, debe ser que John Watson le ha dado este número creyendo que usted la había perdido totalmente –se da la vuelta, mirando con deprecio al vendedor-. Como dije, desgraciados que no saben qué hacer para darle algo de interés a su vida hay en todo el mundo. Cómprese una puta vida y deje de meterse en la de los demás.
Ese ha sido el culmen de la paciencia de John Watson. La gota que colma el vaso. El pelo en la sopa del calvo. Lo último que faltaba por pasar en su vida, John jura que se ha sentido como pocas veces, con una parte del mundo besando su culo. Ahora será el siguiente que aparezca en portada y no es algo que acabe de disgustarlo.
"¡John Watson, más fiero y capullo que nunca en primicia!", puede verlo. Y también puede ver que si sacase el mismo par de narices para todo hubiese adelantado muchísimo en eso que tanto le estaba costando. Eso de no pasarse las noches en vela porque no consigue conciliar el sueño. Porque tiene miedo de conciliar el sueño.
Qué pena de existencia, de verdad.
-Y métase algo en la cabeza. James Moriarty era real. Y Sherlock Holmes no es ningún farsante, ni un cabronazo. Es el mejor hombre y el ser más humano que ha podido conocer en su mierda de vida, amigo.
Cuelga.
Seis meses.
John está aprendiendo a llevar su vida de forma "normal". Está buscando algún trabajo no permanente, pero sí para salir del apuro. Con algo tendrá que conformarse. Come algo más que antes, pero se sigue sobrecogiendo cuando apoya sus pies en el suelo nada más levantarse de la cama, como si ese nudo en el estómago no se fuera a ir nunca. Va lento pero seguro, incluso ha conseguido entablar una conversación simple y amistosa con alguna que otra mujer para intentar volver a construirse esa esperanza que suponía perdida meses atrás. Por no hablar de las tres o cuatro citas que ha conseguido tener. John supone que le están empezando a, bueno, ir bien las cosas exactamente no, pero sí algo mejor que antes.
Hipotéticamente parece que está consiguiendo dejar de ser tan dependiente de una misma razón –que por suerte o por desgracia, ya no existe- y empezar a construir su vida sobre lo que él mismo se ha ido elaborando con el paso del tiempo. El esfuerzo de hacerse fuerte a sí mismo basándose en la autosugestión de méritos, el famoso amor propio y cosas así. John tiene momentos en los que está sembrado y le da por pensar en positivo.
Pero digo hipotéticamente.
-Seis meses y la vida me sigue dando por culo. Parece que todo lo que hago me sale mal. Incluso cuando se queda en un simple intento de algo, o ni siquiera eso. Solo la mera idea. Es como si toda mi vida estuviera planificada para acabar en desastre.
Realmente, todo sigue yendo igual de mal, o peor. Sigue costando concebir que ese día sea un día más al que tendrá que hacer frente solo, viviendo lo mismo que ha estado viviendo durante seis largos meses. Viendo las mismas caras de siempre en los sitios de siempre, haciendo lo de siempre desde que abre los ojos hasta que decide volver a cerrarlos. Llueve sobre mojado, constantemente. John ya no está seguro si los días pasan en su calendario o se ha quedado estancado en un bucle temporal de forma indefinida. Qué motivación va a encontrar para ponerse en serio cuando Ella casi le suplica en sus terapias que haga un esfuerzo por cambiar su manera de ver las cosas. Pero no es culpa suya, pese a lo que él crea. John Watson es un humano condenado a superar un recuerdo sobre el que están sostenidos todos los pilares de su vida. Siente que está luchando contra algo muy grande y poderoso con una piedra en la mano izquierda y un palo en la derecha.
Y aunque no se eche para atrás, cuando John se ve a sí mismo sudando por salir de ese hoyo tan profundo que el mismo se ha cavado, de alguna manera tiene esa extraña sensación de que está tirando piedras en su mismo tejado. De que tiene que hacer como si se olvidase de un gran lapso de su vida que durante un año y pico le dio razones suficientes como para considerarse un poco bastante imprescindible para el funcionamiento de ese mundo. Venga ya.
Es básicamente la pescadilla que se muerde la cola.
-¿Pero sabes? Esto… uhm, no es por auto compadecerme ni nada, es solo que me resulta muy jodido no pensar en ti y en todo lo que hemos sido y hemos hecho juntos sin que no me venga el puto recuerdo de tu cuerpo cayéndose al vacío. Puede que no sea una excusa. No es una excusa, de hecho. Tú ya lo habrías superado, ¿verdad?
John es como un bebé en pañales cuando se encuentra enfrente de la lápida con ese nombre inscrito. El pecho se le encoge dejándole con la mitad de la capacidad respiratoria que hasta hace nada tenía, y ese poco que le queda siente que lo va a gastar en uno de sus múltiples berrinches sin consuelo. Quizá sea por la sensación de saber que tiene toda su vida enterrada bajo de sus pies, literalmente. Y encima el muy estúpido ni siquiera quiso darse cuenta.
¿Qué es un niño sin el cobijo de su madre?
-Claro, cómo no. Eres Sherlock Holmes, siempre a un paso por delante del resto de la humanidad. Tú estás por encima de todo eso. Nunca has dejado que te afectase demasiado ni has tenido mucho apego por esas cosas.
El doctor se permite la osadía de dejar que una lágrima se escape de su ojo derecho, y luego del izquierdo. Una lágrima, y ya está. Se las seca con el dorso de su mano derecha, se frota los ojos e inspira profundamente para olvidarse de todo eso, porque no. Otra vez no. Ya es suficiente.
-Aunque todavía estoy buscando algo que me aclare por qué ese día sí dejaste que todo eso te superase. Que un par de mentiras hicieran que te tirases por un edificio. ¿Tanto te hirieron ese orgullo tan preponderante que tenías? ¿O era parte de un motivo mucho mayor, mucho más egoísta que todo eso?
Se da la vuelta, no quiere visualizar más la imagen del nombre esculpido en la piedra. Ya está cansado de romperse por dentro cada vez que retiene esas dos palabras durante unos segundos dentro de su cabeza. Se dispone a irse, creyendo –y probablemente sabiendo- que esa sería quizá la segunda y última vez que estuviera contando sus penurias y lamentaciones a un trozo de mármol como si fuera retrasado, con total constancia de que no iba a contestarle de ningún modo. Y aun así, aunque haya decidido empezar a abrir los ojos de, a lo mejor, la manera no más correcta, se permite el lujo de ser infantil una vez más y susurrar:
-Pero el mayor gilipollas de toda esta historia no eres tú. Casi, pero no –arruga su nariz, negarlo habría sido todo un despropósito por su parte-. Aquí, el inconsciente sin remedio, el idiota redomado soy yo. Podría haberme tragado el discursito improvisado que te montaste en esa azotea y haber estado cuatro o cinco meses con el disgusto pesándome en la conciencia, y ya está. Pero creo que hasta tú sabías desde el principio que no iba a colar. Que ni dios me sobrepasa en cabezonería.
Todavía, al cabo de seis meses, no sabe si eso que siente hacia Sherlock es una profunda animadversión o la impotencia y rabia que se tiene hacia sí mismo reflejada contra él por no haber hecho nada contra todo lo relacionado con ese tema.
Sea como sea, ese día se jura mientras se va que no volvería a mandar un mensaje a Sherlock ni nada parecido. Se propone enterrarlo ya, porque considera que seis meses es demasiado, que todo tiene un límite y John ya ha sobrepasado el suyo.
Cuando sale del cementerio, ahoga una carcajada lastimera, y no sabe si se ríe de verdad o por no llorar.
Vuelve a sacarse el móvil mientras piensa en la escasez de fuerza voluntad que tiene dentro del cuerpo. Es humano, después de todo.
Cuando entra por la puerta de su casa, abatido por todo el móvil vuelve a vibrarle. Extrañado, mira la pantalla. El teléfono de la otra casa. De su hogar. Del piso de Baker Street. No es lógico.
Arquea una ceja. De repente y sin razón aparente ni nada por ese estilo, tiene el corazón en un puño y a punto de estallarle. Frunce con fuerza sus labios, tragando saliva varias veces seguidas antes de acercar con su mano temblorosa el aparato hacia su oído. Inspira hondamente, qué poco razonable podría llegar a ser en situaciones desesperadas.
-¿Diga?
-Hola, querido. ¿Qué tal?
-Ah, señora Hudson. Es usted –ese inexplicable milagro no iba a durarle mucho, la verdad. Sabía que no tendría que haberse hecho demasiadas ilusiones.
-Claro. ¿Quién iba a ser si no?
Un silencio que parece eterno seguido de un suspiro profundo basta para resolver la pregunta de la casera, que suelta un sonido en reprobación.
-Discúlpame, cielo. No quería–
-No, no. Es culpa mía –John agacha su cabeza, cerrando los ojos.
Otro silencio vuelve a reinar en el ambiente. Incómodo. John está por abrir la ventana y tirarse al vacío.
-Aún hay cosas suyas aquí –a John le cuesta tragar saliva. Le amarga la garganta.
-No sé si… –se le rompe la voz, cada intento de sonido o articulación de palabra suena a inseguridad. Le tiemblan los labios- No sé cómo volver. Se lo juro, señora Hudson. Ni siquiera puedo pasar por esa calle sin…
John ahoga un sollozo. Siente una humedad cálida en sus ojos que augura otra de sus crisis emocionales y toda una semana sin comer. De nuevo.
-Deberías intentarlo. Yo estaré aquí por si… bueno.
-Sí, ya lo sé. Quizá... no sé, pase por ahí en un arrebato de valentía. Ya nos veremos. Y muchas gracias.
Cuando vuelve a guardar el móvil en su bolsillo, piensa en cómo se han desenvuelto los últimos meses desde el incidente. Lo que Ella le dice sobre superarlo o al menos intentar hacer la vida normal, levantar cabeza, dejar de encerrarse en sí mismo. Puede que lo de volver al piso sea una manera de empezar y dejar de engañarse a sí mismo. De pensar que al día siguiente estará mejor cuando despertarse todas las mañanas le supone una cruz.
A lo mejor –solo a lo mejor- se le pasan las ganas de acabar con su vida si consigue hacer frente a sus miedos. Lo hizo una vez. Ahora es distinto, pero lo hizo. Y tendrá que volver a crear esa voluntad de superación hacia todo aquello que le hunde física y moralmente –porque él no hubiera querido eso, no hubiera querido ver a su único amigo revolviéndose en la miseria por su culpa, otra vez.
Un soldado debe tener respeto, no miedo.
-Ha pasado tiempo, ¿eh, Sherlock?
John se siente algo estúpido hablando solo frente a esa puerta. El casi concluido crepúsculo de las ocho alumbraba con matices anaranjados la puerta, envolviendo a John en un familiar sentimiento de añoranza. Ha sido bastante tiempo. Algo más de medio año sin que John hubiese podido ni pasar por alguna calle que hiciese esquina con la de Baker, o siquiera ver el letrero ese donde se indica su nombre porque habría supuesto un golpe demasiado bajo para su minúscula autoestima y su humor tan insoportablemente susceptible. No ha querido recordar nada. Ni el 221B, ni el Speedy's, ni los coches que suelen pasar, ni cómo era el asfalto. Nada.
Y sin embargo, cuando lo ve, tiene la sensación de que no ha pasado ni una hora. Que siempre ha estado ahí, de alguna forma u otra. Sin necesidad de ser visible o tangible.
Dicen que el hogar es donde el corazón está. John entonces piensa que está condenado durante el resto de sus días. Inevitable, genial. Aun así, acerca sus nudillos a la puerta. Se siente como si fuera a tomar la decisión más importante de su vida –y no dista tanto de eso, realmente-. Se rasca la nuca, que ha empezado a picarle a causa del sudor y cierra los ojos intentando aliviar toda esa explosión de sensaciones diferentes que no le gustan nada. El estómago está a punto de salirle volando por alguna parte de su cuerpo, la mandíbula le tiembla y la cabeza le da vueltas. John cree que si está así, solo así enfrente de una puñetera puerta no quiere ni imaginarse dentro de la casa.
Retrocede dos pasos. No está seguro y tampoco es que quiera, de todos modos. Mira a ambos lados de la calle y se siente más estúpido que nunca. Saca su móvil y se va a los mensajes. Escribe uno nuevo. Los dedos le tiemblan, como siempre.
"Es la primera vez que estoy aquí desde que te fuiste, ¿sabes? Han pasado seis meses. No, han pasado más de seis meses. Pero parece que nunca me he ido. Curioso, ¿verdad?"
Las piernas se tambalean y John ya puede percibir la hostia que se va a pegar contra el suelo como siga así. Todo eso le supera. Quiere ser fuerte pero no puede, es simplemente mayor a él.
"También parece que nunca te has ido. Que cuando entre, vas a estar ahí, sentado en el sofá o sobre el suelo embadurnado de parches de nicotina cavilando algún plan o vete tú a saber. No sé cómo voy a salir de todo esto sin ti, Sherlock"
John levanta su mirada hacia la puerta. Mira el 221B y es ahí, ahí donde justo nacen todas sus preocupaciones. Su caja de Pandora personal. La espiral de miedo y dolor interminable. Y a la vez, ve ahí todo lo que podría ser, saltar ese muro de Berlín y hacer borrón y cuenta nueva. Vuelve a mirar la última palabra que ha escrito en su mensaje, agarra el móvil con fuerza y mientras lo envía, vuelve a acercarse a la puerta. Con decisión –y casi en contra de su voluntad- golpea sus nudillos contra la puerta.
Hace tiempo que ha dejado de imaginarse así. Ya se ha hecho a la idea de que es incapaz que volviera a estar en esa posición. Que se enfrentara de tal manera a todo. A sí mismo.
-¡John, has venido! –exclama la señora Hudson cuando abre la puerta.
John no dice nada. Solo deja escapar una lágrima, abrazando a la mujer que tiene delante de él tan pronto como le es posible y casi de forma autómata. Cuando lo hace, huele el aroma de la casa –de su casa- que sale hacia fuera casi pareciendo que le está dando la bienvenida. Todo el peso del mundo lo tiene el doctor justo ahora sobre su espalda. No se inmuta. Solo presiona a aquella mujer con suavidad contra su pecho, dejándose ver tal y cómo es; llorando, sin alguna muestra de consuelo y esperanza, siendo el mismo John que la señora Hudson había visto frente a la tumba. El John que al principio intentaba hacer como que todo estaba bien aunque su expresión dijese todo lo contrario con claridad. Totalmente vulnerable y predecible. Como un libro abierto.
Cuando quiere darse cuenta, nota su hombro humedecido. Ella también está llorando. Siguen así durante un minuto más, ahora es todo lo que necesitan, ese apoyo mutuo que se ha ido desgastando con el paso de los meses, con dolorosa evidencia. Quieren tomarse su rato a solas y en silencio para reconstruirlo, porque ahora mismo ambos son conscientes de que su actual fuente de fuerza y confianza yace en la otra persona.
Ninguno de los dos está para tirar cohetes, sinceramente.
-Acompáñeme arriba, por favor. Solo acompáñeme –susurra como puede, sin separarse de la señora.
-Siempre que pueda, querido. Siempre.
John sonríe con debilidad, separándose de su casera. Se siente culpable, no sabe cómo agradecerle todo lo que ha hecho por él. Antes de adentrarse en aquel infierno que hace no mucho formaba parte de su vida, limpia con suavidad las lágrimas que no dejan de salir de los ojos de la señora Hudson con su dedo pulgar, intentando decirle con la mirada que todo está bien. Que pueden con eso y más.
Y en ese momento, John se siente la persona más hipócrita del mundo bañándose en su propia ironía. El mundo es el más cruel y maquiavélico de todos los juegos que han podido ser diseñados en todo ese tiempo.
Suben las escaleras, con firmeza. John tiene una disputa espiritual entre subir con ansias y con miedo. Sabe lo que va a encontrarse, pero lo teme, le da pavor. Todo le es demasiado familiar. El revestimiento de las paredes, el sonido de la madera chirriante cuando subes por las escaleras. John no sabe si comparar la situación a un sueño demasiado bonito o a una pesadilla. O a ambas.
Cuando John llega al salón, cierra los ojos y se detiene. La señora Hudson se para detrás de él, le rodea los hombros con protección y le dice:
-Tienes que intentarlo –John no sabe qué responder-. Tienes que hacerlo. Ya has llegado hasta aquí, no te eches hacia atrás.
-No sabe por lo que estoy pasando.
-Que él para mí no fuese algo tan… bueno, como lo era para ti no quiere decir que no sepa cómo te sientes. Sé que es duro y que te va a costar volver a sonreír, pero no puedes rendirte. Y te lo dice alguien que ha vivido mucho, cielo –aclama, cuando nota el cuerpo del doctor a punto de quebrarse-. Sé lo que es perder a la persona que más quieres por alguna circunstancia. Yo voy a estar aquí, contigo.
Y John al recordar la triste historia de su casera, por una vez, quiere sentirse fuerte, como ella, como la señora Hudson. Quiere volver a recobrar la valentía que tenía cuando era soldado. La que tenía cuando conoció a Sherlock. Quiere volver a ser ese John Watson, ese que estaba dispuesto a hacer todo por aquello que más quería. Es por eso por lo que intenta abrir los ojos, lentamente, mientras vuelve a caminar hacia delante sintiendo toda la calidad del salón envolviéndole. Cuánto tiempo desde que estuvo ahí por última vez.
No había cambiado nada. Todo estaba igual, en su sitio, tal y como lo habían dejado ese mismo día. Avanzó con lentitud por el salón, temeroso, con el pecho a punto de estallarle por todas las emociones concentradas en un mismo punto. El corazón le late a velocidades nunca imaginables para ese órgano. Inspira y espira con ansiedad y nota cómo el cielo se le viene encima, con todo lo que ha estado evitando. Se puede ver a sí mismo recostado en el sillón con normalidad, leyendo el periódico y mirando de vez en cuando a un invisible Sherlock, que toca el violín mirando por la ventana. Puede ver todos los días que han vivido dentro de ese salón pasar por delante de sus ojos como una secuencia. Como si de repente todo fuera una película.
Por un momento, John vuelve a vivir en el mundo surrealista en el que le introdujo Sherlock.
-No. Es todo igual. Todo. Nada ha cambiado.
Se cae sobre sus rodillas. La atmosfera que desprende aquel entorno solo sirve para derrocar toda esperanza de poder levantar cabeza en un futuro. Las lágrimas salen de sus ojos con desconsuelo y sin oponer ninguna resistencia. El violín estaba sobre la mesa de cualquier forma, tal y como lo había dejado Sherlock. El cráneo sobre la chimenea tal cual, cuando lo ve puede vislumbrar al detective teniendo conversaciones sin mucho sentido con aquella cosa. El dibujo del monigote amarillo sonriendo en la pared con las muescas de las balas. Es vivir una y otra vez todos los días, y todo eso acumulado hace que John llore y se ría a la vez. Hace que no sepa contener todo eso que se ha guardado dentro y parezca el humano débil e inseguro que siempre ha sido.
El humano que siempre ha dependido de algo que le mantenga aferrado al mundo. Y cuando ese algo ya no está, ¿qué va a hacer?
-Señora Hudson –murmura, mirando a la alfombra sin dejar de llorar-. ¿Podría… dejarme solo? No quiero sonar descortés y lo siento muchísimo, en serio, pero…
-Sí, sí, cariño. Lo entiendo y creo que será lo mejor. Estaré abajo por si me necesitas y… bueno. Espero que consigas levantar cabeza, John. Sé que puedes.
El doctor oye los pasos de la mujer bajando por las escaleras, sintiéndose un pobre desgraciado por todo lo que está haciendo. Odiaba cuando a Sherlock le pasaba algo y se encerraba en sí mismo. Odiaba cuando esporádicamente le intentaba reconfortar con algo porque sin habérselo dicho sabía que le pasaba algo y Sherlock, sin embargo, se apartaba y le pedía que le dejase solo. Odiaba cuando intentaba saber qué pasaba por esa mente, cuando le mostraba que se preocupaba por él y el detective lo único que hacía era mirar para otro lado.
Y odia saber que se está convirtiendo en eso. En la cara que más odiaba del detective. En su faceta más egoísta.
Se intenta levantar como puede. Mira a su alrededor no muy seguro de sí mismo. Las lágrimas discurren a borbotones por sus mejillas, dejando un fino rastro que le abrasa. Ahí van todas las cosas a las que no puede enfrentarse, saliendo de sus ojos en forma de gotas saladas. Los demás pueden decir lo que quieran para consolarle, el seguirá pensando que es su culpa. Que una casa solo se te echa encima y te presiona por todos lados si tú quieres. Pero John no está para pensar en cómo levantar todo eso –y por un lado hubiese preferido quedarse en su piso, pero ya es tarde.
Mira la cocina de reojo, está recogida. Todo el equipo de química que Sherlock dejaba desperdigado de cualquier manera, los frascos con órganos y formol en la encimera, las diversas partes de un fiambre metidas en el frigorífico; todo eso ya no está. Ahora parece una cocina normal y corriente. Verla le hace pensar en lo mucho que le había costado no añorar constantemente esa vida que el detective le proporcionaba. Por dentro se ríe levemente y cree que ha perdido toda cordura restante en su cabeza, ni él mismo se entiende. Cuando estaba con Sherlock, deseaba una vida normal.
Ahora que tiene una vida normal, solo desea a Sherlock. Y todas esas mañanas surrealistas. E ir a comprar leche y que cuando vuelva se encuentre un cadáver mutilado encima de la mesa o algo así.
Solo desea cerrar los ojos y esperar que, cuando los abra, pueda verse a sí mismo sentado sobre su sofá, bebiendo té y escribiendo cualquier chorrada en su blog mientras su compañero le medio espía por detrás y le echa en cara la falta de originalidad y las barbaridades y estupideces que pueden llegar a caber en una sola oración sin dejar de beber café y pasar de un lado a otro del salón, y John acabe cerrando con una mala leche incontenible el ordenador, resignado. Como antes.
Con un miedo casi indescriptible en el cuerpo, se dirige hacia la habitación de su ex compañero de piso. La cama está mal hecha, tal y como la había dejado Sherlock. Parece que la señora Hudson no quería profanar mucho la burbuja personal del detective –y John por una parte se lo agradece mucho-. La hizo con prisa, con descuido. Como si tuviera previsto volver esa misma noche. Como si no supiese que su vida acabaría ese mismo día.
John se acerca a su armario, abriéndolo. Su ropa también estaá colgada de cualquier manera, solo como él pudiera haberlo hecho. Han pasado seis meses y todavía puede oler la débil fragancia de Sherlock que se ha ido suavizando con el tiempo. En los cajones pasa igual: la ropa mal doblada, arrugada. Sonríe y piensa en lo típico que es todo. Cuando ve el mueble y toda esa ropa desperdigada dentro puede imaginarse a su amigo en el salón, tumbado en el sofá no demasiado preocupado por el desastre que ha dejado en su habitación –como siempre-. Casi es capaz de sentir que sigue ahí, que va hacia su habitación para ver qué demonios estaba haciendo el doctor hurgando entre sus montones desordenados de prendas de todo tipo.
Pero no está. John se da la vuelta y no hay nadie. Solo él, mirando como un idiota los trajes de un difunto. Hasta ahí ha llegado. John cierra las puertas porque el olor que desprendía le estaba destrozando por dentro. Había cosas sucias, medio a ensuciar y ropa limpia y doblada pulcramente, que había lavado ese mismo día.
Sherlock creía que iba a volver. Sabía que iba a volver.
Pero no volvió.
A John se le colapsa todo su cuerpo. Siente el incipiente estado de ansiedad golpeando contra su pecho como si estuviera a punto de explotar de un momento a otro. La cabeza se le va para los lados y el simple hecho de respirar se convierte fortuitamente en el trabajo más difícil de desempeñar para él ahora mismo. Intenta dirigirse hacia la cama de su excompañero casi saltando, tumbándose como puede, boca abajo por si acaso. Quiere ahorrarse otra desgracia más. Respira acaloradamente sobre la almohada, que al cabo de un rato la nota humedecida por sus lágrimas. Bien, la señora Hudson no profanó ese lugar –que es algo casi sagrado para él-, de eso ya se encarga John con todas sus tonterías. No sabe si con eso se ha demostrado a sí mismo que puede luchar contra lo que le da miedo. Lo que sí se ha demostrado es que va para atrás como un puñetero cangrejo. John odia tener que mirarse al espejo y ver la imagen de un tipo que solo sabe llorar, que parece que solo quiere dar pena y buscar la autocompasión.
El cariño no es una ventaja. Es algo que Sherlock le repetía constantemente, que el cariño y el amor no son una ventaja, es algo que supone cavarse la propia tumba. Qué vergüenza, qué poco ha aprendido de Sherlock a pesar de haber estado un año y pico con él.
Sin darse cuenta, John está dejando de llorar a causa de la fatiga y el sueño que le va entrando por el cansancio. Se calma, relaja y se acomoda en la cama de su amigo. La almohada huele a él, al champú que usó esa noche anterior, al bálsamo aftershave, a su desodorante.
John musita un suave y delicado yo creía en ti, Sherlock Holmes antes de quedarse dormido.
Reeeevieeeew, por favor? :333
