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CAPÍTULO 2

"Una cosa puedo jurar: Yo que me enamoré de tus alas, jamás te las voy a querer cortar."

En los días siguientes, la señorita Kaioh cumplió lo que le había prometido al señor Takeda; no volvió a llamar a su timbre. Supongo porque comenzó a llamar al mío, a veces a las dos, a las tres o a las cuatro de la madrugada: no tenía escrúpulos en lo que respecta a la hora en que pudiera sacarme de la cama para que pulsara el botón que abría el portal de la calle. Como ninguno de mis amigos era de los que se presentan de visita a esas horas, sabía que era ella. Pero las primeras veces todavía me dirigía a la puerta, medio convencida de que había malas noticias, quizá Makoto o algún asunto apremiante para mí. Pero siempre era la señorita Kaioh, que gritaba desde abajo:

- "Lo siento, cariño. Me he olvidado la llave."

¡Qué equivocada estaba al pensar que no se había percatado de mi existencia! Desde luego que ella me había visto, aquel día en que presencié su encuentro con ese molesto sujeto; de cualquier modo, no sé exactamente qué le hizo pensar que podía contar conmigo sin ni siquiera conocerme. Jamás habíamos cruzado palabra antes, ni un mísero saludo por cortesía. Y naturalmente, ahora tampoco llegamos a trabar ninguna relación.

Nos cruzábamos con frecuencia en la escalera o en la calle; sin embargo, por alguna razón, ella hacía como si no me viese. Iba siempre muy arreglada, tenía buen gusto en la elección de su ropa. Pero en mi opinión, no era eso lo atrayente en su aspecto: sino la espléndida combinación de su cabello aguamarina, enmarcando su perfecto rostro, lo que hacía que fuese ella, la que hipnotizaba con su imponente presencia, sin importar lo que estuviera vistiendo. Se podría deducir fácilmente que era modelo de fotógrafo, o una actriz principiante, aunque, por su desordenado horario, era comprensible que no tuviera tiempo para dedicarse a ninguna de las dos cosas.

De vez en cuando la veía lejos del vecindario. En una ocasión, Mako vino a visitarme para ponernos al día en cuanto a las últimas cosas que me habían sucedido, luego de tres semanas de no vernos. Me invitó a un lujoso restaurante para el almuerzo, y allí, en una mesa de primera, rodeada de cuatro hombres, ninguno de los cuales era el señor Aizawa, aunque todos ellos fueran intercambiables con él; se encontraba la señorita Kaioh, escuchando la conversación de forma autómata, mientras su expresión reflejaba aburrimiento extremo.

Reprimí una sonrisa al observar los constantes y poco disimulados bostezos que emitía; se veía tan desganada sentada allí, sin la menor intención de querer prolongar la conversación de su mesa.

- "¿Conoces a esas personas?" – oí que Mako me preguntó.

Maldije en mi interior no haber sido capaz de mirar sin tanto ahínco hacia la mesa donde se encontraba la señorita Kaioh. Era demasiado tarde, Mako lo había notado, entonces inhalé aire para responder con fingida serenidad: - "Por supuesto que no."

- "Desde luego que no a esos hombres. Pero tal vez a Michiru Kaioh?"

- "¿Eh? ¿La conoces?" – me apresuré a preguntar, sin disimular mi evidente interés.

Mako sonrió levemente por mi torpeza. – "Sí. He vivido tres años en ese edificio ¿lo recuerdas?" – me dijo antes de probar otro bocado de su ensalada. – "Parece que tú también la conoces ¿no?"

Solté una risa nerviosa antes de responder: - "Bueno... no realmente, sólo soy su portera, se podría decir."

- "¡Vaya! No me digas que continúa teniendo ese terrible hábito." - exclamó con sorpresa. – "Pero por tu expresión puedo inferir que te gusta ese papel de conserje personal."

¡Oh, no! Y entonces Mako empezó a referirse a un "brillo especial" en mis ojos, mientras describía lo que cada madrugada acontecía con el timbre de mi puerta. Yo realmente no estaba preparada para admitir que después de la tercera noche consecutiva, inconscientemente esperaba con ansias, el momento en que la señorita Kaioh llame a mi timbre para decir: "Cariño, olvidé mi llave." Entonces correr a abrirle, refunfuñando por fuera, pero con el corazón brincando de alegría por dentro. ¡Era una tontería!

Días más tarde, sentí que sería ridículo negarlo; había desarrollado cierta adicción a esa persona. Además cada vez que repetíamos la escena del timbre, dejaba en mí una chispa de intriga. Entonces cada mañana, a primera hora, después de recoger el correo, revisaba el tacho que ella tenía junto a su puerta. Descubrí que sus lecturas usuales eran la prensa popular, folletos de viajes, cartas astrales; que fumaba unos cigarrillos caros; sobrevivía a base de leche con tostadas; y que su hermoso cabello aguamarina era obra de la naturaleza, porque no había un solo empaque de tinte para el cabello.

También me enteré que ella tocaba el violín, y que era dueña de un grisáceo husky macho. En los días de mucho sol se lavaba el cabello, luego se sentaba junto con el perro, en una pequeña silla puesta en su balcón; mientras tocaba en su violín una melodía nostálgica y su cabello se secaba al sol, todo al mismo tiempo. Cada vez que oía la música, yo me acercaba con sigilo a mi balcón desde donde podía ver perfectamente el suyo. Ella tocaba de manera formidable, y a veces también cantaba. En algunos momentos interpretaba melodías que hacían que me preguntase de dónde podía haberlas sacado, incluso de dónde podía haber salido esta chica. Eran canciones nómadas, extrañas, con letras que sabían a recuerdo.

"No quiero dormir, no quiero morir, sólo quiero seguir viajando por las nubes del cielo"; parecía que ésta fuese la estrofa que más la complacía, pues a menudo seguía cantándola mucho después de que se le hubiera secado el cabello, cuando el sol ya se había puesto y se veían ventanas iluminadas por los faros del anochecer.

En una noche atravesada por los primeros fríos estremecimientos del otoño, había ido al cine con Mako, luego de la función regresé a casa demasiado agotada; entonces me acosté intentando dormir pero no lo conseguía. Percibía una sensación de inquietud, que crecía poco a poco, tanto que llegué a oír mis propios latidos. Era una sensación acerca de la cual había leído, probablemente hasta escrito, pero que jamás había experimentado. La sensación de estar siendo vigilada por una presencia invisible. ¡Rayos, sabía que no debía permitir que Mako eligiera una película de terror! Entonces un repentino golpeteo en la puerta, me hizo emitir un embarazoso brinco de susto. Transcurrieron unos momentos antes de que me convenciera que no se trataba de un zombie y tuviera las agallas suficientes para abrir la puerta.

Definitivamente era una zombie, aunque aún no podía creer que estuviera aquí, justo en mi puerta.

- "Hola." – me dijo la chica de cabello aguamarina, apenada. - "Oh, lamento haberte asustado."

- "¿Qué te hace pensar que lo hiciste?" – le dije con fingida valentía.

- "Tu expresión... parecías estar a punto de desmayarte."

Sentí mi rostro arder por la vergüenza: - "No, sólo estaba intentando dormir cuando tocaste." – nuevamente haciéndome la impávida.

– "Lo siento mucho." – percibí un real atisbo de remordimiento en su rostro al decirlo. – "¿Puedes ayudarme?"

– "Supongo." – respondí, intentando ocultar el temblor de mi cuerpo; en parte por el frío, en parte por los nervios. – "¿Quieres entrar?"

- "Sucede que tengo un problema con mi amigo." - dijo, ingresando al interior de mi habitación. – "Bueno, cuando no está ebrio es encantador, pero tan pronto prueba el vino... ¡Santo Dios, qué animal! Él me dio un mordisco." - se abrió un poco la bata blanca para mostrarme las pruebas de lo que ocurre cuando alguien te da un mordisco. Al instante perdí la noción de lo que sucedía a mi alrededor... ella no llevaba más que la bata.

- "Ya veo." – dije rápidamente, frotando con una mano la punta de mi corto cabello. Realmente sentía pronto necesitaría una trasfusión de sangre.

- "Pero cuando él se puso imposible, me escapé por la ventana. Creo que ha tomado suficiente vino como para que se bañe un elefante." – bromeó. – "Oye, si quieres puedo irme. Sé que no estuvo bien venir aquí de esta forma."

- "Entiendo. No te preocupes." – le sonreí para darle tranquilidad.

Entonces ella se detuvo un momento para mirarme. Hice lo mismo, era la primera vez que veía sus bellos ojos, azules como el cielo; mientras su cabello proyectaba una luminosidad marina cálida y viva, era realmente hermosa. - "Soy Kaioh Michiru." – dijo tendiéndome la mano.

- "Tenoh Haruka." – estreché su suave y delicada mano. Al instante, nuevamente una oleada de nerviosismo se apoderó de mí, sólo atiné a romper con brusquedad el contacto. Ella pareció decepcionada.

- "Supongo que estarás pensando lo peor de mí." – me dijo desviando la mirada.

- "Por supuesto que no." – contesté.

- "Desde luego que sí, sé lo que todo el mundo aquí dice de mí." – pude notar un atisbo de dolor en su expresión.

- "No he oído nada de ti desde que estoy viviendo aquí."

Se alzó de hombros, dejando el tema de lado. Entonces se sentó en uno de mis desvencijados sillones de terciopelo rojo, dobló las piernas debajo, e inspeccionó con detenimiento el resto de mi habitación. - "¿Cómo lo soportas? Parece la cámara de horrores".

¡Ouch! Sentí lo que dijo como un puntapié en el orgullo. - "Una se acostumbra a todo". - contesté, molesta conmigo misma, pues en realidad, estaba orgullosa de mi cueva.

- "¿Una?" – preguntó sorprendida, mirándome fijamente.

¡Rayos! Por un momento había olvidado que ella no sabía que yo era una mujer, estaba confundiéndome con un chico como tantas otras personas. - "Soy chica". – le dije sonrojada desviando la mirada, pero cuando volví a mirarla advertí que ella también se había sonrojado.

- "Oh, ya veo". – respondió con una tímida sonrisa. – "Sabes, creo que yo jamás me acostumbraré a nada. Acostumbrarse es como estar muerta." – añadió volviendo al tema. – "¿Y qué haces encerrada aquí todo el día?"

Señalé una mesa con altos montones de libros y papeles. - "Escribo."

- "¿Eres una verdadera escritora?"

- "Depende de lo que entiendas por verdadera."

- "¿Hay alguien que compre lo que escribes?"

- "Todavía no." – respondí ligeramente apenada.

- "Entiendo." – me dijo amable. - "Creo que podría ayudarte. Imagina cuanta gente conozco que conoce a otra gente. Lo haría porque... me gustas, eres agradable." – sonrió divertida, ante mi violento sonrojo.

Tras breves segundos, oí un suave gruñido procedente de su estómago. Reprimí una risa al advertir su azorado semblante, entonces le señalé una fuente con manzanas, ella tomó una.

- "Gracias." - dando un mordisco a la manzana. - "¿Crees que te gustaría contarme algo que hayas escrito."

Son muy pocos los autores, especialmente entre los inéditos, capaces de resistirse a la invitación de leer su obra en voz alta. Preparé una copa para cada una y, sentándome en el otro sillón, comencé a leer, con la voz algo temblorosa debido a una mezcla de miedo escénico y entusiasmo: era una novela nueva, terminada el día anterior, y aún no había transcurrido el tiempo suficiente para que surgiese en mí, la inevitable sensación de fracaso. Se trataba de dos mujeres que comparten una casa, y una de ellas que está enamorada de la otra, cuando ésta se promete en matrimonio, provoca por medio de notas anónimas un escándalo que acabará impidiendo que se celebre la boda.

Mientras iba leyendo, cada vez que miraba de reojo a Michiru se me encogía el corazón. Estaba como aburrida. Cogía de una en una las colillas del cenicero, se observaba abstraída las uñas, lamentando tal vez no tener una lima al alcance. Cuando me parecía haber atrapado su interés, sus ojos tenían un brillo extraño, como si en realidad estuviera preguntándose si debería comprar los zapatos que había visto en algún escaparate.

- "¿Es esto el final?" - me preguntó, despertando. Al instante, parecía tratar de encontrar algo más que decir. – "Sabes, las lesbianas me caen muy bien. Pero creo que los cuentos sobre lesbianas me aburren, lo siento."

La misma vanidad que me había conducido a exponerme de aquel modo, me obligó en ese momento a tacharla de petulante, un ser insensible, por completo desprovista de inteligencia. Al parecer, ella advirtió mi poco disimulado semblante ofendido.

- "Por cierto ¿conoces a alguna lesbiana que sea buena chica? Estoy buscando una compañera de habitación. Oye, no te rías. Soy desorganizada. Mientras las lesbianas son unas chicas fantásticas, les encanta encargarse de todo, no tienes que preocuparte jamás por las escobas, ni por mandar la ropa a la lavandería." – bromeó, eso creo. ¡No podría estar hablando en serio!

Solté una carcajada, olvidando el anterior comentario ofensivo sobre mi libro, para empezar a reírme de su tonto estereotipo de las lesbianas. Yo sólo estaba aguantando las ganas de decirle "¡Estás hablando con una lesbiana, sabes, y soy más floja que tú!"

De pronto, mirando fijamente el despertador en mi mesilla de noche, exclamó: – "¡No pueden ser las cuatro y media!" - mientras la brisa del amanecer empezó a agitar las cortinas. - "¿Qué día es hoy?" – me preguntó asustada.

- "Jueves."

- "Jueves." – repitió. – "¡Dios mío, es espantoso!" – gimió.

Yo me encontraba lo suficientemente cansada como para no sentir interés. Caminé hacia la cama, al costado del sofá donde ella estaba sentada. Cerré los ojos para intentar descansar, pero mi curiosidad no disminuyó, era algo irresistible:

- "¿Qué tiene de espantoso que sea jueves?"

- "Nada. Sólo que nunca consigo acordarme de que ya está cerca. Verás, los jueves tengo que tomar el bus de las ocho cuarenta y cinco. Debo ver a alguien en prisión."

Se estiró un mechón de cabello aguamarina para acomodarlo tras su oreja. - "No te dejo dormir. Anda, duérmete." – me dijo acercándose con evidente titubeo a mí, para acariciar mi cabello con los dedos. Al parecer estaba insegura de emitir esa caricia por considerarla algo atrevido, supongo; mientras yo no podría explicar las sensaciones que producía en mí su delicado tacto.

- "Sigue, me interesa."

- "Lo sé. Por eso quiero que duermas. Porque si sigo hablando de la prisión, te contaré lo de Yuto. Nunca me han dicho que no se lo cuente a nadie. No lo han dicho explícitamente. Yo podría hacerlo si juras no decírselo a nadie."

- "Lo juro." – susurré.

- "Se llama Yuto Izuki, es un anciano muy religioso. Él dice que reza cada noche por mí. Jamás ha sido amante mío, desde luego; por lo que se refiere a eso, le conocí cuando él ya estaba en la cárcel, somos amigos. Pero ahora, con todo lo que me está costando ir a verle cada jueves, es una tortura."

Fruncí el ceño ante su confesión; había oído hablar de Izuki Yuto, en el bar que frecuento, ubicado a la vuelta de la esquina. Según tenía entendido, era un hombre que pertenecía a la "Mano Negra", es decir, a la mafia. Por todo ese jaleo, hace apenas dos años le habían condenado a quince años de prisión efectiva.

- "¿Qué es lo que haces ahí exactamente?" – pregunté preocupada.

- "La primera vez vi a un abogado, él me preguntó si me gustaría alegrarle la vida a un anciano solitario, y al mismo tiempo ganar cien dólares a la semana. Yo le dije que se ha confundido conmigo, no hago ese tipo de cosas. Pero entonces me dijo que las visitas eran realmente eso, sólo visitas, como una buena obra de caridad una vez a la semana. Es todo, no podía decir que no."

- "No sé qué decir. Suena... demasiado extraño."

- "¿Crees que miento?" - sonrió. ¡Se veía tan hermosa cuando lo hacía! Sentí mis mejillas arder nuevamente.

- "En primer lugar, no permiten que cualquier persona vaya a visitar a un preso." – dije recuperando mi autocontrol.

- "Cierto, no lo permiten. En realidad, han organizado no sé qué enredo para hacerme pasar por su sobrina."

- "¿Así de sencillo? ¿Te da cien dólares por charlar una hora con él?"

- "Bueno, no me los da él, lo hace su abogado, el señor Kuga. Él me da un cheque, en cuanto le transmito una especie de información meteorológica."

- "Creo que puedes meterte en un lío de cuidado." - apagué mi lámpara; no hacía falta, el amanecer se colaba en la habitación.

- "¿De qué modo?" – me preguntó con seriedad.

- "Seguro que las leyes tienen algo que decir sobre los suplantadores de identidad. Después de todo, no eres su sobrina. ¿Y qué es eso del informe meteorológico?" - le inquirí pensando en que estaba siendo entrometida con su asunto, pues apenas conocía a esta chica; sin embargo, a ella pareció no importarle.

- "Sólo son mensajes que tengo que dejar, para que el señor Kuga compruebe que he ido. Yuto me dice lo que tengo que decir, por ejemplo, no sé, "hay un huracán en Cuba", o "nieva en Venecia". Es sólo eso, no te preocupes." - comentó, acercándose a mí. – "Llevo mucho tiempo cuidando de mí misma." – susurró a pocos centímetros de mi rostro.

La luz del amanecer parecía refractarse a través de ella: cuando me subía las mantas hasta la barbilla, brillaba como una diosa transparente; después se tendió a mi lado. - "¿Te importa? Sólo quiero descansar un momento. No digamos nada más. Duérmete."

Fingí hacerlo pero simplemente no podía teniéndola al lado, respiré con nerviosismo. Las campanas de la vecina iglesia dieron la hora. Eran las seis cuando apoyó su mano en mi brazo, un tacto frágil que trataba de no despertarme. De repente, su mejilla se apoyó sobre mi hombro, un peso cálido y húmedo. Iba a rodearla con mi brazo, cuando algo captó mi atención.

- "¿Por qué lloras?" – pregunté sorprendida.

- "¡No es de tu incumbencia!" - se enderezó intentando ocultar su rostro de mí, luego abandonó la habitación sin mirar atrás.


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