Disclaimers: Los personajes, el mundo, los objetos, monstruos y cualquier otro ser o elemento del Final Fantasy no me pertenecen.

Comentario: De nuevo os dejo un capítulo doble. Estaba concebido para ser uno; pero, como me ha quedado muy largo, lo divido parar facilitaros un punto en el que descansar si se os está haciendo larga la lectura o tenéis poco tiempo.

.

.

Capítulo 2: Fuga de Tracatraz. Parte I

.

.

En lo más recóndito, en lo más profundo, en una húmeda celda de la prisión de Tracatraz, el grupo comandado por Quistis, es decir, Quistis, Selphie y Zell lamentaban su situación y el triste destino que los aguardaba tras el fallido atentado contra la bruja Edea.

—Ay, mísero de mí... —declamaba con voz desgarradora Zell, quien hacía apenas unos minutos había despertado de un sueño profundo que lo había trasportado a aquel lugar misterioso, el interior de Ward, en el que de vez en cuando caía.

—¡Vamos a morir todos! —chillaba Quistis.

—No es por ser pesimista —decía a su vez Selphie—, pero creo que ni toda la suerte del mundo va a sacarnos de esta situación.

—Ay, mísero de mí...

—¡Vamos a morir todos!

—¡Pero, aunque la suerte nos haya abandonado, no es el momento de lamentos! ¡Recapitulemos!

—¿El qué? ¿El que estamos aquí en esta húmeda y fría mazmorra esperando el momento en que nos ejecuten? —replicó con ironía Quistis—. ¡Te recuerdo que nos detuvieron cuando intentamos masacrar a la bruja para salvar a Squall!

—Squall... —musitó Zell—, amigo mío… ¿adónde te habrán llevado? ¿Estarás aún vivo?...

—¡Pues claro que está aún vivo! —replicaron al unísono Selphie y Quistis.

—Squall no iba a morir sólo porque un pedrusquito de medio metro de diámetro le atravesase el pecho —argumentó Quistis.

—Además, es el prota y el prota no puede morir al final del disco 1 —añadió Selphie.

—No estaría yo tan seguro... —murmuró Zell, recordando otra historia, su predecesora, en la que la protagonista había muerto al final del disco 1...

—¿Adónde lo habrán llevado? —se preguntó Selphie en voz alta.

—No lo sé —respondió Quistis—, pero el traidor de Seifer, que a saber qué artimañas usó para que la bruja, no sólo no lo ejecutara, sino que lo nombrara su Caballero, se encargó personalmente de su traslado.

—Es verdad...

—Seifer... —masculló Zell—, ese perro traidor... que ha dejado de ser uno de los nuestros. Nosotros lo creíamos felizmente muerto con honor y resulta que es un sucio esquirol que, no sólo ha salvado su vida a saber con qué artimañas, quizás a cambio de favores sexuales, sino que además se ha hecho Caballero de la Bruja, como rezaba aquel cartel tan grande que había sobre él.

—Nunca lo perdonaré —afirmó Quistis—, aunque en el pasado fuésemos amigos del alma...

—Tenía razón Squall con todo lo que decía de Seifer —opinó Selphie.

—Se me ponen los pelos de punta —afirmó Zell— sólo de pensar que ese traidor con sus sucias manos trasportaba el cuerpo de nuestro heroico líder.

—Es verdad...

Los tres recordaron el momento en el que ellos, ya amarrados, vieron, sorprendidos, cómo Seifer trasladaba a Squall personalmente en brazos. La escena hubiese resultado muy romántica, recordando a la mítica de Lo que el viento se llevó si no hubiese sido porque Seifer era rubio y sin bigote y Squall no se llamaba Escarlata, además de no vestir un salto de cama y de tener un pedrusco enorme clavado en el pecho.

—¿Y qué pasaría con Rinoa e Irvine? —se preguntó Selphie contemplando las gafas del chico que había recogido del suelo antes de que los detuviesen—. Él no iría a ningún sitio sin sus gafas... ¿o sí?

—No sé —replicó Quistis—, a mí me pareció verlos por el rabillo del ojo cuando por fin logramos abrir la puerta del Arco del Triunfo y acudir a ayudar a Squall. Pero enseguida los ojos se me fueron a Squall, allí, herido y desvalido, y se montó el follón. Después ya no los vi. Quizás fue una alucinación.

—A mí también me pareció verlos —dijo Selphie—, pero me pasó como a ti: el cuerpo de Squall captó toda mi atención. Después la bruja nos dio la del pulpo y la única prueba de que Irvine realmente estuvo allí son sus gafas que me encontré en el suelo...

—Yo también los vi... —se sumó Zell—, durante un segundo... Luego sólo vi a Squall y a los rayos y fuegos de Edea... Quizás estuvieron allí; pero la bruja, en su gran maldad, los desintegró sin dejar de ellos más que las gafas de Irvine...

—¡No digas eso! —saltó Selphie—. ¡Rinoa e Irvine estarán vivitos y coleando, seguro!

—¡Zell, ¿cómo puedes ser tan pesimista? —recriminó la ex instructora.

—Por algo me llamaban el gafe de los bocatas...

—¡Mira tu parámetro suerte y verás como no eres tan gafe! —ordenó Quistis.

—A ver... Menos setenta... Ay, mísero de mí...

—¡¿Por qué has mirado tu parámetro suerte? —recriminó Quistis—. ¡¿Es que quieres deprimirte aún más?

—Chicos, no es momento de deprimirse ni de perder los nervios —llamó al orden Selphie—. Sobre todo porque la situación no puede ser peor. No sólo estamos encerrados aquí, en esta celda fría y húmeda, a pesar de que sus paredes son de metal, esperando nuestro destino, que no se presenta muy esperanzador después de haber intentado asesinar a la bruja, que se ha convertido en la mandamás del país después de que ella asesinara al presidente Deling, sino que nos han quitado las armas. Estamos total y absolutamente indefensos —les hizo ver.

—¡Pues menuda forma de animar tienes!

— Ay, mísero de mí...

—¡¿No lo veis? —les dijo Selphie—. Si la situación no puede ir a peor, ¡inevitablemente irá a mejor!

—Explicado así...

—Ahora que lo dices...

—¡Hablemos de otra cosa! —resolvió la optimista chica de cabellos castaños a fin de levantar la moral del grupo—. Zell, cuando abriste los ojos nombraste a Ward. ¿Has estado allí otra vez? ¿Has visto a Laguna? ¿Estaba tan guapo como siempre? ¡Cuenta, cuenta!

—Estuve en Ward; pero estaba solo. Ni Laguna ni Kiros estaban con él. Ward estaba triste y los echaba de menos. Él y Kiros se separaron. Kiros se quedó en Deling; pero de Laguna no sé nada porque Ward se prohibía pensar en él para no caer en una profunda depresión.

—¿Y qué hacía Ward solo? —quiso saber Selphie.

—Ya no era soldado; ahora era un miembro más de una cuadrilla de limpieza. Se encargaban de una prisión. Iba todo el rato con el cubo y el mocho en la mano.

—Pues menudo rollo —opinó Quistis—. Con lo buen chico que me pareció cuando estuve dentro de él. Menos mal que no se mató cuando Laguna lo lanzó por el acantilado.

—Estaba hecho polvo... Como estará Squall ahora, quizás... Ay, mísero de mí...

—Squall... —musitaron las muchachas, negándose a creer que estuviese muerto.

.

:) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :)

.

Squall despertó con el movimiento que hacía al ser izada, desde lo más profundo, la pequeña y rectangular celda, semejante a un supositorio metálico y hueco por dentro. Estaba tumbado en un catre que casi ocupaba todo el espacio de su frío y húmedo, a pesar de ser metálico, confinamiento. El joven se incorporó hasta quedar sentado, y sus ojos pudieron comprobar que de la estalactita helada que había atravesado su cuerpo no quedaba rastro.

«Quizás se ha descongelado», se dijo. Pero el hecho que más le sorprendió fue que no le había dejado ni cicatriz; ser un personaje de videojuego tenía sus ventajas.

Alegrándose estaba de ese detalle cuando se abrió la puerta del supositorio gigante y apareció ante él su peor pesadilla.

—Seifer... —masculló.

—¡Jua, jua, jua! —rió el rubio, quedándose a medio metro de nuestro héroe.

Squall saltó en un intento vano de estrangular a aquel impresentable, que había dedicado la vida a intentar amargar la suya; pero las cadenas que lo mantenían amarrado al catre hicieron que quedase a un escaso centímetro de conseguir su objetivo.

—¡Jua, jua, jua! ¡Qué pardillo! ¡¿Creías que me iba a poner al alcance de tus manos y arriesgarme a peder toda la diversión que me espera? ¡Ni lo sueñes! ¡Jua, jua, jua! ¡Ahora estás a mi merced! ¡Y haré contigo lo que me dé la gana! ¡Aunque primero tenga que meterte un chute de tranquilizante de wendigo para poder manipularte a mi gusto sin que puedas resistirte!

¡Cloc, clic, cloc!... Desalentado por su vano intento de liberarse de las cadenas y hacerle una cara nueva al rubio, Squall masculló:

—Miserable...

—¡Jua, jua, jua! ¡Voy a hacerte cosas que jamás vas a olvidar! ¿Quién sabe?... A lo mejor te gusta y me pides que lo repita, jeje... —añadió el rubio con extraña mirada que tuvo la facultad de ponerle a Squall todos los pelos como escarpias.

—Ríe ahora que puedes... —masculló—. Pero algún día el que reiré seré yo.

—Lo que tú digas, pero ahora estás totalmente a mi merced, te tengo en mis manos, mi sueño está cerca de cumplirse, vas a enterarte de lo que es un hombre de verdad, voy a disfrutar como un loco, te voy a...

La feliz enumeración de Seifer se vio interrumpida por un soldado que entró en la celda.

—¡¿Cómo osas interrumpirme cuando estoy disfrutando tanto?

—Perdón, señor Caballero de la Bruja —se disculpó el soldado—; pero es que tengo órdenes de Su Malignidad, la bruja Edea... Dice que se presente inmediatamente ante ella si aprecia en algo su vida... La de usted, claro...

—Glups... Entonces será mejor que vaya cuanto antes... —reflexionó en voz alta, sintiendo que sus dos redondos tesoros se le habían puesto de corbata.

—Sí, corre y ve al encuentro de tu dueña, perrito faldero —despreció Squall.

—¡No me llames así! ¡Soy el Caballero de la Bruja! Que no se te olvide.

—Traidor...

—¡Me voy, pero volveré!

—¡Eso, vete y no vuelvas! ¡Tírate a un río!

Sin prestar atención a los deseos de su amado, Seifer corrió a los aposentos que habían habilitado en Tracatraz para Edea: una sala llena de velos transparentes, que ondeaban a un viento inexistente, y un cómodo y mullido trono. También había una mesa con viandas.

La bruja lo esperaba de pie, tamborileando con las largas uñas sobre la tabla de la mesa, en un gesto que indicaba su irritación.

—Por fin te muestras ante mi presencia, niño torpe e inútil...

—He venido en cuanto me han avisado...

—Crees que desviar el tema va a disminuir mi rabia...

»Qué equivocado estás...

»Tus errores se amontonan formando un obelisco que quiere atravesar el cielo...

»Mi magnanimidad me llevó a darte el nombre completo y la localización del objetivo...

—¡Y la encontré! —Se referían a Rinoa.

—¡No me interrumpas! —Edea se agitó, presa de la rabia, como si fuese una coctelera—. ¡Cuando te di bonos del tren a Timber para que pudieses ir a verla, porque eras más pobre que una rata, me aseguraste que la enamorarías, que evitarías que ella y Squall se conociesen, que la quitarías del medio! ¡Y ella estaba allí, junto a él, intentando matarme los dos juntitos! ¡Eres un inútil fracasado! —Edea empezaba a coger un color rojizo, rodeada por la energía del fuego y la rabia.

—¡Hice todo lo posible para que no se conocieran, lo juro!

—¡No pretendas tomarme el pelo!

Una bola de fuego surgió de la punta del dedo meñique de la bruja e impactó de pleno sobre Seifer, prendiéndolo. A continuación, acompañando a un movimiento giratorio del meñique, un metro por encima de la cabeza del rubio se formó un gran bloque de hielo, que cayó con todo su peso sobre él, haciéndole un chichón monumental, para acto seguido trasformarse en agua y apagar todas las llamas.

—Qué a gusto me he quedado... —murmuró Edea, recolocándose el gorro y adoptando la pose impasible que la caracterizaba—. Odio cuando sale el vocabulario soez y vulgar de esta bellísima bruja en la que me he colado... Quiero decir:

»La belleza de mi envoltura temporal es grandiosa...

»Casi digna de mí, la bruja más hermosa y grande que ha habido y habrá...

»Pero la vulgar forma en la que se expresa no está a la altura...

»Si el océano de maligna calma que es mi espíritu se altera...

»La mente no controla las cuerdas vocales de mi recipiente...

Y se quedó tan pancha.

—Ay, ay, ay...

—Niño llorón e inútil... —Lo necesitaba de una pieza por si quería desahogarse de nuevo. De modo que Edea le estrelló en la cabeza un elixir metido en una botella de cristal reforzado; no le apetecía rebajarse en malgastar su gran poder con una vulgar magia cura. Ella era divina y sólo usaba magia negra y de apoyo; aunque, por supuesto, era capaz de usar cualquier magia.

Seifer la conocía lo suficiente como para no interpretar el gesto como un acto de bondad, por lo que se preparó para lo peor. Entonces, a la mente del rubio vino el recuerdo de la primera vez que se encontró con Edea, o eso creía él, y se preguntó si habría hecho bien aceptando ese trato...

.

«Apenas hacía un par de semanas que había suspendido el examen de SeeD, el mismo en el que Quistis se había graduado con honores, cuando Seifer, con quince años y de muy mal humor, se paseaba por el bosque cercano a Balamb. Iba de muy mala leche, descargando su rabia contra cualquier pobre monstruo que osaba atacarlo. No había superado todavía la terrible frustración que le había causado su fracaso en el examen. Todas sus ilusiones de impresionar a Squall, logrando ser SeeD a la primera, se habían ido por la taza del váter. En lugar de admiración, lo que había recibido eran las carcajadas de su amado. Sus risas y sus burlas las tenía clavadas en la mente y no paraban de repetirse como un eco.

Un mosquito gigante, que pasaba por allí, se vio atacado con una magia rayo que Seifer había extraído hacía muy poco, malgastándola en lugar de reservarla para subir los parámetros; pero la rabia y la frustración le impedían al rubio pensar con cordura.

Entonces, de repente, apareciendo como de la nada se le presentó una bellísima mujer, la cual, sin mediar palabra le hizo una demostración de su poder: con un simple movimiento del meñique lo alzó en el aire y le hizo dar vueltas, formando con la estela que iba dejando su cuerpo la siguiente frase: "Viva Artemisa, la bruja más grande que ha habido y habrá". Después lo depositó en el suelo, de una pieza.

Tras la pequeña demostración de su infinito poder la mujer se presentó con una voz sugerente y profunda:

—Me llaman la bruja Edea; pero puedes llamarme Su Malignidad...

»Voy a hacerte una proposición que no vas a poder rechazar...

El joven prefirió que ella hablase sin interrumpirla, por el bien de su salud, la de él, claro. Después, si tenía que huir, ya pensaría en un plan de emergencia porque no pensaba morir allí sin volver a ver a Squall y, sobre todo, sin cumplir su sueño más profundo: conseguir el amor y el cuerpo de su amado.

La bruja empezó a hablar en un tono místico y enrevesado lenguaje, el cual no tuvo Seifer el menor problema para entender; quizás debido al entrenamiento en comprender lenguajes encriptados tras sus años de amistad con Viento.

Edea le habló del futuro, de un futuro en el que Squall conocería a una chica morena que se convertiría en un obstáculo para ambos. Y le dijo que tenían intereses en común: a ella le interesaba Rinoa y que Squall no se metiese por el medio. A él le interesaba Squall y que no se le metiese Rinoa por el medio. Ella estaba muy ocupada para dedicarse a minucias por lo que necesitaba un Caballero de la Bruja que hiciese todo el trabajo sucio. Y Seifer era el candidato ideal. Intentaría por todos los medios que la pareja jamás se encontrase y, en caso de que lo hiciese, minimizar los riesgos. A cambio de la colaboración, Seifer obtendría a Squall como premio.

—Realmente es una oferta que no puedo rechazar...

Tras estas palabras del rubio firmaron una alianza secreta: la bruja hizo aparecer de la nada un contrato y lo firmaron con sangre, la de Seifer.

El papel del recién estrenado Caballero de la Bruja era muy simple: impedir que en un futuro Squall y Rinoa se conociesen. Para ello viajó con los bonos que le regaló Edea hasta la escuela de pijas de Timber y se ligó a Rinoa para que ella no se interesase por Squall, aunque lo viese. Después difundió lo de su novia por el Jardín con la secreta esperanza de despertar los celos y el interés de Squall: lo colgó en los ordenadores, en las páginas personales de los alumnos, en las de los contactos, en la página web del Comité de Disciplina del Jardín de Balamb, del que él era el jefe... Incluso empapeló las paredes del Jardín con carteles que lo explicaban.

Tras ejecutar con éxito la primera parte del plan, enamorar a Rinoa, puso en marcha la segunda para evitar que Squall conociese a la chica, algo que ocurriría si este aprobaba el examen de SeeD y lo mandaban de mercenario a "esa misión". Seifer ideó un plan sofisticado: ya que era un año mayor que Squall, suspendería voluntariamente las 15 convocatorias previas a la primera que iría con su amado y, en esa, se las ingeniaría para conseguir que Squall suspendiese también.

Pero esta parte fracasó... Squall se hizo SeeD, fue a Timber y conoció a Rinoa, y, encima, le había parecido que quería algo con ella y que ella le ponía ojitos. Todo había fracasado y ahora tendría que pagar las consecuencias de aquel trato infernal firmado con su propia sangre... Era como cuando le vendes tu alma al diablo: no hay marcha atrás.»

.

Aun así, la fuerte voluntad de Seifer le impedía renunciar a sus deseos, algo que pasaría si Edea terminaba con él, y argumentó, contándole con pelos y señales a la bruja, todo lo que había tenido que sufrir para conquistar a Rinoa y suspender tantos exámenes con lo que esto suponía para su imagen de chico cool y extra fuerte.

—Como verá, Su Malignidad, he hecho todo lo imposible para que no se juntasen, y también para impedir que Squall se graduase... Pero todo ha sido inútil... La fuerza del destino... —improvisó.

—No empleaste a fondo tus escasos medios...

»Confiaste en tu trabajo, incluso...

»Pobre niño torpe e inútil e ignorante...

»Creer que el amor de una mujer se alimenta de ausencias...

»Sólo sobrevive en esa condición si es más infinito que el espacio, más eterno que el tiempo...

—¡Vale, es verdad que me confié! Y que cuando ella me dijo que sí deje de ir a verla y ni tan siquiera le escribí una carta o contesté a sus mensajes... ¡Pero sigue siendo mi novia porque no hemos roto el compromiso!

—Un compromiso hecho de palabras vacías...

»El amor vence esas vanas barreras...

»Tu trabajo fue indigno de mi Caballero...

»Me pregunto si debería sustituirte...

—¡Pero no está todo perdido! ¡Ahora tenemos a Squall! —argumentó Seifer; si la bruja lo sustituía, jamás tendría el amor del joven SeeD—. ¡Y de verdad que me esforcé mucho en que no aprobase el examen de SeeD!

—Esconder el cuerpo tras un recipiente de residuos tóxicos...

»Eso no es esfuerzo... sólo estupidez...

—¡¿Y las quince veces que suspendí? ¡De verdad que me he empleado a fondo!

—Pero algo de lo que dices es cierto...

»Tenemos a mi enemigo, ese guapo joven de cabellos castaños y mirada soñadora...

»Alabo tu gusto...

»Tu amado es hermoso...

»Como hermoso es ese bello joven vestido de exótica forma que intentó matarme también...

»Pero perdonaré su vida... Después de todo él me libró del ridículo al romper aquel hechizo que los hacía invisibles...

»Y lo usaré como objeto de placer cuando lo encuentre...

—No sé lo que pasó con ese cowboy y Rinoa. Se esfumaron en el aire cuando aparecieron el gallina, la señorita Trapo y esa chica nueva que va demasiado con Squall... —reflexionó Seifer.

—Pero tenemos a mi enemigo...

»Lo interrogarás y averiguarás qué son los SeeDs...

—Eso lo sé yo: un grupo de mercenarios de élite al servicio de los Jardines.

—Pobre niño tonto e inútil...

»Crees que un ser cuya existencia es la más perfecta que existe después de la mía propia, un recipiente ideal...

»Crees que un ser que roza lo divino se ha rebajado a crear un grupo de lucha de élite...

»Qué equivocado estás...

»Los torbellinos del tiempo borraron mi memoria...

»Tú ignorancia es suprema...

»La sabiduría de mi enemigo es grande...

»Debes averiguar lo que esconde...

»El fracaso te conduce a la aniquilación total y al olvido en el flujo del tiempo...

«Glups», pensó Seifer al entender perfectamente el significado de la forma mística de hablar de la bruja: "¡¿Tú eres tonto, o qué? ¡¿Cómo puedes pensar que alguien tan especial, tan divina, tan perfecta y poderosa iba a perder el tiempo en crear un grupo de mercenarios? ¡Los SeeDs son algo más! Lo que pasa es que si lo sé, no me acuerdo; a veces los flujos temporales crean estos efectos secundarios... —había reflexionado Edea, para sí—. ¡Tú no lo sabes porque no te enteras de nada! ¡Pero Squall debe saber lo que son realmente los SeeDs! ¡Sácale la información como sea! ¡Si no lo haces, te corto las pelotas y te las pongo de sombrero!".

—¡Lo averiguaré, lo averiguaré! —afirmó Seifer, con todos los pelos de punta. Aun así, a pesar del profundo temor que la bruja le causaba, se atrevió a preguntar—: Cuando lo averigüe... ¿podré quedarme con Squall tal y como me prometiste?

—Podrás quedarte con mi enemigo cuando yo acabe con él...

—Vale... —Seifer quiso interpretar las palabras de Edea de una forma no literal: podría quedarse con Squall cuando la bruja ya hubiese sacado de él todo lo que le interesaba, tal y como habían acordado años atrás en el bosque de Balamb.

.

:) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :)

.

En la metálica, húmeda y fría celda de la prisión de Tracatraz, Zell, Selphie y Quistis esperaban el triste destino que les aguardaba.

En eso estaban, sentados en el metálico, húmedo y frío suelo —pues no habían sillas, ni catres, ni mesas, tan sólo una vulgar, fea y vieja alfombra llena de mugre, que habían preferido ignorar—, cuando se abrió la puerta de la celda.

Entró un grueso y gran soldado de Galbadia, con sonrisa malévola, y, mirándolos con desprecio, dijo:

—La hora del rancho. Os traen los deliciosos menús de la prisión: Lentejas a l'eau d'alcantarill y Lentejas guau-guau. Los dos, para que tengáis donde elegir.

—Suena fatal... —musitó por lo bajo Selphie.

—Sigh... —lamentó su suerte Zell.

—¡Juas, juas, juas! Unos menús muy sencillos de preparar: para las Lentejas a l'eau d'alcantarill, se cogen las lentejas y se echan crudas en medio tazón de agua de alcantarilla —fardó de sus conocimientos de cocina—. Y listas para comer. Hoy estáis de suerte: han estado por lo menos seis horas a remojo. A lo mejor no os rompéis un diente ni nada. ¡Juas, juas, juas! Peeeeero, si os decantáis por las deliciosas Lentejas guau-guau, las preferidas por los presos, os diré que su elaboración es mucho más sofisticada: se hierven las lentejas con los huesos roídos y desechados por los perros de los guardas; sólo diez minutos, por lo que quedan duras como rocas, pero por los menos algo del saborcillo les queda. ¡Juas, juas, juas!

—¡Es inhumano dar de comer eso a los presos! —saltó Quistis.

—¡Calla, rubia de bote, si no quieres que te las meta todas por los agujeros de la nariz! —amenazó iracundo el feroz soldado, anteponiendo su ametralladora—. ¡Pasa, bicho! —ordenó al mismo tiempo que se hacía a un lado y dejaba libre el hueco de la puerta.

Un animalillo, semejante a un leoncito, pero del tamaño de un perro grande, entró erguido sobre sus dos patas traseras, llevando con las delanteras una bandeja con tres tazones repletos de lentejas.El pobre bicho iba temblando, con el miedo reflejado en sus redonditos y adorables ojos. Se veía claramente que hacía verdaderos esfuerzos por mantener el equilibrio y no derramar nada.

—¡Anda, es clavadito a Mumba! —exclamaron Quistis y Zell, haciendo que el animalillo diese un brinco, perdiese el equilibrio y, tras unas cuantas piruetas en las que intentaba recuperar el control de su cuerpo y de la bandeja, cayese al suelo, derramando la comida.

—¡Juas, juas, juas! —reía el carcelero ante el espectáculo—. ¡Filiberto, ven, entra y no te pierdas el show!

—¡A la orden, mi capitán! —se apresuró a obedecer un soldado muy delgado, unos cuantos años más joven.

—¡Juas, juas, juas! ¡Mira la que ha montado este ridículo mumba!... ¡Eh, ¿qué es esto? ¡Maldita sea! —La mala suerte había querido que una lenteja se hubiese adherido a la manga del uniforme del despótico carcelero—. ¡Asqueroso mumba! ¡Toma, toma!

El iracundo hombre se lió a patadas con el pobre bicho.

—¡Mi capitán, contrólese!

—¡Deja en paz a ese mumba! —saltó Zell, desviando con el pie una patada del carcelero.

—¡¿Cómo te atreves? ¡A mí la guardia! ¡Encañonad todos a esa piltrafa!

De inmediato entraron dos soldados más que encañonaron con sus ametralladoras a los presos.

—¡Si alguno se mueve os dejo que los uséis de dianas! Y tú te vas a enterar por haberte atrevido a rozar mi pierna con tu pie...

Tras estas palabras se lió a puñetazos y patadas con Zell, que, enroscado en el suelo, no podía arriesgarse a responderle por miedo a que hirieran a sus compañeras. De modo que se preparó para aguantar estoicamente los golpes, después de todo, era un SeeD.

—Que hombre tan malvado... —musitó Selphie, consciente de que lo mejor era callar y no enfurecerlo más; pues no tenían nada que hacer, sin armas, contra aquellos hombres armados hasta los dientes.

—¡Deja a Zell en paz, cacho bestia! —saltó Quistis, saliendo de la semipenumbra. Ella no se había parado a pensar en nada.

—¡¿Quieres recibir tú también, rubia de bote?

—¡Soy rubia natural!

—¡Ooooooh! —exclamaron al unísono Filiberto y los otros soldados—. ¡Es la heroína de La Campaña de La Tercera Rebelión de los Monstruos! ¡Somos de su club de fans!

—¡Capitán Eusebio! —llamó el sargento Filiberto—. ¡Trate con respeto a esta dama!

—¿Cómo? ¿Esta rubia es la legendaria heroína de La Campaña de La Tercera Rebelión de los Monstruos? Nunca lo hubiese imaginado, parece tan poca cosa...

—¡Señor, un poco de respeto!

—Vale, ¡pero que conste que con los otros no me contendré nada! ¡Juas, juas, juas! ¡Salgamos! ¡Pero el mumba se queda detenido con ellos! ¡Lo acusaré de traición y de haberse aliado con el enemigo! ¡Juas, juas, juas!

¡Plam! ¡Clic, cloc, clic, cluc! —oyeron los cerrojos de la puerta.

—Qué hombre tan malvado —suspiró Selphie y se acercó al asustado animalillo—. No tengas miedo, somos tus amigos. ¿Te ha hecho daño ese bestia?

—¡Laguna, Laguna! —respondió el mumba y mostró una pata, en la que pudieron ver un rasguño; los mumbas eran muy duros.

—¡Qué mono, es clavadito, clavadito a Mumba pero en grande, y vivito y coleando! —opinó Quistis—. ¿Cómo te llamas, monada?

—¡Laguna, Laguna!

—¿Se llama Laguna? —se sorprendió Selphie.

El mumba negó con la cabeza y añadió:

—¡Laguna, Laguna!

—Se ve que es el idioma universal de los mumbas —expuso Quistis, retomando su papel de instructora—. En mi vida nunca había visto uno vivo; pero puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que su lenguaje está lleno de matices.

—Laguna —estuvo de acuerdo el mumba.

—Estás entre colegas —le dijo Zell—. ¿Selphie, no tendrás una magia cura para mí y para el mumba?

—Lamentablemente, no. También me han quitado todas las magias. Pero os puedo dar una irradiación de suerte. ¡Alé, tú pon la patita y tú, Zell, pon el cuerpo entero!

La chica acercó las manos a unos centímetros de ambos y emuló a una curandera que había visto una vez en un programa de televisión.

—¿Qué?... ¿Notáis cómo os aumenta la suerte?

El mumba y Zell negaron con la cabeza.

—Te recuerdo, querida —empezó Quistis—, que los parámetros son personales e intransferibles, porque, bla, bla, bla...

¡Clic, cloc, clic, cluc! ¡Plam!, la puerta se abrió de nuevo y apareció el capitán Eusebio.

—Se me había olvidado deciros que... —Hizo una pausa dramática—. ¡Vuestro líder está siendo torturado! ¡Juas, juas, juas!

—¡Iiiiiiiiiiiii! —gritaron nuestros héroes, despavoridos.

.

:) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :)

.

La sala de torturas había sido convenientemente preparada a gusto de Seifer, que se iba a encargar personalmente de interrogar a Squall. El rubio había descartado la tradicional tortura mediante descargas de electricidad y se había decantado por el frío. Para ello: habían puesto la refrigeración a tope; habían llenado la estancia de ventiladores, delante de los que habían colocado pilas de cubitos de hielo; y se habían provisto de barreños llenos de agua a un grado centígrado, la necesitaba líquida. El torturador oficial —condenado en esta ocasión a ser un mero espectador, pero cuya presencia era obligada por ley— estaba situado en la plataforma que había en una de las paredes al lado de los controles de las descargas eléctricas, los cuales habían sido desconectados de la corriente; no era cuestión de que ocurriese un accidente y se cargasen al preso. La furia de Edea podía ser terrible si lo mataban antes de que hubiese confesado. El hombre, grande y de mediana edad, llevaba la cara cubierta con una capucha, como mandaba el protocolo de los torturadores; pero, en lugar del atuendo consistente en unos pantalones de cuero negro abombachados y el pecho al aire, llevaba unos gruesos pantalones acolchados y un plumas. Seifer no había querido abrigarse, no había querido estropear su aspecto cool de siempre; si había que morir casi de frío, se moría y punto; después de todo, él era casi un SeeD. Pero la verdad era que los calores que le había provocado la visión de Squall, amarrado por las muñecas y los tobillos a una cruz en forma de aspa, habían contrarrestado perfectamente el frío de la estancia; incluso podría afirmarse que tenía calor y todo.

El joven SeeD había sido desprovisto de sus vestimentas habituales, tan sólo le habían dejado la ropa interior, y tenía toda la piel de gallina, no se sabía si por el intenso frío o por el repelús que le causaba Seifer.

—Vaya, Squall, mira que irte a matar a la bruja con tus calzoncillos de osito... ¡Jua, jua, jua! ¡Qué lástima que no te hayas traído también a Mumba! Ahora estaría amarrado junto a ti y seguro que confesabas cuando vieses todo lo que le hacía. ¡Jua, jua, jua!

—Desgraciado... —masculló con desprecio nuestro héroe.

—Bueno, empecemos con la tortura porque como eres un SeeD muy duro, seguro que no dices nada si no te ablando un poco primero...

Seifer se acercó a una mesa sobre la que estaban perfectamente alineados los instrumentos de tortura que había seleccionado: una cubitera, una pistola de agua, un barrilete lleno de agua a un grado centígrado y unas cuantas toallas. El rubio se decantó por la pistola y la llenó de agua. Después se colocó a un metro de distancia de Squall y...

¡Piiiiiiiiish!, empezó a dispararle, mojándole el pecho.

—¡Aaaaarg! —gritó el joven de cabellos castaños al sentir el intenso frío sobre su ya casi helado torso.

—¡¿Te gusta? ¡Pues toma, toma! —¡Piiiiiiiiish! ¡Piiiiiiiiish! ¡Piiiiiiiiish!—. Aaah, aah, aaah... —¡Piiiiiiiiish! ¡Piiiiiiiiish! ¡Piiiiiiiiish!—. Aaaah... —jadeaba, no se sabía si por el esfuerzo o la excitación—. Tu musculoso pecho... recubierto de agua que asemeja sudor... Parece como si estuviese brillando, radiante, a causa del esfuerzo de haber hecho el amor rabiosamente con alguien que esté a tu altura... —¡Piiiiiiiiish! ¡Piiiiiiiiish! ¡Piiiiiiiiish!—... Alguien como... como... —El rubio se dio cuenta de que estaba a punto de meter la pata y concluyó—: ¡Alguien que no tenga nada que ver con Rinoa!

—¡No la nombres, miserable! ¡¿Qué has hecho con Rinoa? ¡Como hayas osado tocarle un pelo te juro que te mataré!

—¿Tocar yo a Rinoa?... —musitó con asco el rubio—. ¡Ah, quieres decir tocarla de hacerle daño, no de tocarla por gusto! —cayó en la cuenta del temor de su amado y decidió hundir el dedo en la yaga; eso sí, después de mojarle con la pistola la cara; estaba tan sexy tan húmedo y con el pelo mojado...—. ¿Cómo podría yo hacerle daño a Rinoa?... Es mi novia. Como mucho podría hacerle dulces y sensuales cosas... ¡Algo que tú no podrás hacerle jamás!

—Desgraciado... ¡Rinoa quiere romper vuestro compromiso!

—Pero yo, no. —¡Piiiiiiiiish! ¡Piiiiiiiiish! ¡Piiiiiiiiish!

—Señor Caballero de la Bruja —intervino con respeto el verdugo—. ¿No sería mejor ir haciéndole ya las preguntas?... Su Malignidad se va a enfadar mucho si se nos muere de frío antes de sacarle la información.

—Tienes razón —convino el rubio, mejor empezar ya; pero lo de que se les muriera no entraba en sus planes, lo necesitaba vivito y coleando, nunca mejor dicho, para sus futuros planes—. Bien, Squall, ¿qué son los SeeDs?

—Eso lo sabes tú también, aunque nunca hayas logrado serlo.

—¡Responde a mi pregunta! —exigió y le mojó las piernas y los calzoncillos con la esperanza de que se trasparentasen. Hubiese deseado ponerlo desnudo; pero la presencia obligatoria del verdugo había hecho que se viese obligado a dejarle los calzoncillos—. ¿Qué son los SeeDs?

—Unos mercenarios de élite al servicio de los Jardines.

—¡Respuesta incorrecta! —¡Piiiiiiiiish! ¡Piiiiiiiiish! Siguió mojando los calzoncillos.

—¡Aarg! ¡Los SeeDs son un puñado de tíos y tías superentrenados!

—¡Respuesta incorrecta! —¡Piiiiiiiiish! ¡Piiiiiiiiish!

—¡¿Y qué?

—El que pregunta, soy yo. —¡Piiiiiiiiish! ¡Piiiiiiiiish!

—¡Unos pringados que arriesgan su vida por cuatro gils!

—¡No me vale esa respuesta! —¡Piiiiiiiiish! ¡Piiiiiiiiish!

—¡Una secta religiosa secreta!

—¡Tampoco me vale! —¡Piiiiiiiiish! ¡Piiiiiiiiish!

—¡Y yo qué sé lo que son! ¡Para de una puñetera vez con el agüita que tengo las pelotas del tamaño de la cabeza de un alfiler! —pidió, haciendo mención al frío intenso que sentía.

—Tienes razón, cambiemos de método, tampoco queremos que te congeles tan rápido... —convino Seifer, la información sobre el estado de los tesoros de Squall lo había asustado un poco.

El rubio se acercó a la mesa de los instrumentos de tortura, dejó la pistola de agua y cogió unas toallas.

—Primero te secaré —Riiiisss, riiiisss, riiisss, empezó a frotarle el pecho—. Aaaah... un poquito mas... —Riiiisss, riiiisss, riiisss—. Ahora las piernas... Aaaah... un poquito más... —Riiiisss, riiiisss, riiisss.

El verdugo contemplaba atónito los métodos del rubio, jamás se le hubiese ocurrido a él aplicarlos; pero parecía que funcionaban por el modo en el que el prisionero se retorcía en un vano intento de huir de los restregones de la toalla. Pero, de todas formas, el rubio no estaba preparado para ser verdugo: se cansaba enseguida, había deducido el hombre por los jadeos.

—Ahora también un poquito por aquí... —Riiiisss, riiiisss, riiisss.

—¡Deja de meterme mano! ¡Cualquiera diría que eres homosexual!

—¡¿Homosexual, yo? —exclamó asustado, dejando de frotar al instante—. ¡¿Yo, que he hecho de todo con Rinoa?

—¡Mentira!

—¡De todo y más!

—¡Eso es mentira! ¡He visto el flashback de vuestros encuentros!

—¡Vale, no lo hice personalmente con ella; pero lo hice mental y manualmente, muchas y repetidas veces, en la oscuridad de nuestra habitación! —Eso era una verdad a medias, pues el objeto de sus fantasías sexuales no había sido precisamente la morena.

—¡Pervertido, voy a matarte! ¡Deja de hablar de Rinoa!

—¡Lo haré si dejas de insinuar que soy gay!

—¡Imbécil, era una forma de hablar!

—Ah, vale... —suspiró aliviado.

—Señor Caballero de la Bruja —intervino el verdugo—. ¿No sería mejor continuar con la tortura y las preguntas?... Su Malignidad se va a enfadar mucho si no conseguimos que confiese...

—Tienes razón... Bueno, ya está bien sequito para lo que viene ahora... ¿Tienes frío?

—¡Mucho, imbécil!

—¡Jua, jua, jua! ¡Es verdad! Toda la piel de tu divin... quiero decir, de tu escuálido cuerpo, está, está, tan, tan... —balbuceó, incapaz casi de contener lo radiantemente hermoso que lo veía—. ¡Tan horrible! —concluyó con una gran mentira—. ¡Pareces una gallina desplumada!

—¡¿Y qué? —bramó Squall.

Seifer se alejó tambaleante hacia la mesa de los instrumentos de tortura, restregar con la toalla el cuerpo de Squall le había provocado mareos.

En esta ocasión, eligió la cubitera...

—Bien, veamos lo que puede hacer un cubito con tu divin..., quiero decir, con tu horrible y desproporcionado cuerpo... jeje...

Ziiissss, el rubio deslizó un cubito por el torso de Squall...

—¡Arg, qué frío!

Ziiiiisss, ziiissss, se entretuvo en los pezones...

—¡Aarg, para, imbécil!

—Los tienes de punta... — Ziiissss, ziiissss, ziiissss—. Aaah... aaah...

—Señor Caballero de la Bruja —intervino el verdugo—. ¿No sería mejor continuar con las preguntas antes de que usted esté demasiado cansado como para continuar torturándolo?... Su Malignidad se va a enfadar mucho si abandona por cansancio antes de haber obtenido respuestas...

—Tienes razón... — Ziiissss, ziiissss, ziiissss—. ¿Qué... aaaah... qué son los SeeDs?

—¡Y yo que sé! ¡Unas semillitas!

Ziiissss, ziiissss, ziiissss...

—¡Unas florecillas del campo!

Ziiissss, ziiissss, ziiissss...

—¡Los malos del episodio III de la Guerra de las Galaxias!

Ziiissss, ziiissss, ziiissss...

—¡Si sigues así, se me van a caer los pezones!

—Pues dime, ¿qué son los Sith, quiero decir, los SeeDs?

Ziiissss, ziiissss, ziiissss

—¡Para! ¡¿Qué quieres que te diga? ¡¿Que son un grupo de jóvenes entrenados para acabar con la bruja?...

—Está mintiendo —advirtió el verdugo.

—¡Pues claro que me lo estoy inventando, porque no tengo ni idea de lo que queréis oír y ya no aguanto más!

Ziiissss, ziiissss, ziiissss...

—¡Desgraciado!

Ziiissss, ziiissss, ziiissss...

—Aaah... aaah... qué placer... ¡me da torturarte!... Sacar con el cubito tu esencia, tu sabor... —Sin poderlo remediar, Seifer se acercó el cubito que estaba pasando por el torso y los pezones de Squall y lo lamió—. ¿Eeegh?

Craso error por parte del rubio, la humedad de su lengua hizo que el cubito se pegase fuertemente a ella.

—¡Ja, ja, ja, ja! —empezó a reír Squall, ante la visión, ya medio presa de un ataque de locura.

—Imbgézil, no te gías de mí... —intentó articular mientras tiraba fuertemente del cubito de hielo.

¡PLAC!, por fin consiguió despegarlo.

—¡Ja, ja, ja, ja! —seguía nuestro héroe.

—Sí, tú ríete, pero este lamentable accidente me ha dado una idea buenísima.

El rubio cogió de nuevo la pistola de agua y roció con el frío elemento el torso de Squall, procurando que quedase bien mojado. Luego sujeto un cubito con dos dedos y lo acercó a los pezones del prisionero. De inmediato, cubito y pezón se pegaron como lapas. Seifer tiro despacio, sintiendo que todo su cuerpo era recorrido por una oleada de sensaciones jamás antes experimentadas.

Plic, el pezón de Squall se soltó y de nuevo el rubio repitió la jugada...

Plic...

—¡Para, por compasión! —suplicó, incapaz de seguir soportándolo.

Plic, y otra vez...

—¡Piedad!

Y así, una y otra vez, como en una moviola infinita... Hasta que Squall no pudo seguir soportándolo y se desmayó... o se murió... Eso temieron Seifer y el verdugo...

—¡Hala, ha sido demasiado para el prisionero y ha muerto! —saltó el verdugo—. ¡Su Malignidad nos va a despellejar vivos!

—¡No digas eso! ¡¿Cómo se va a morir Squall por tan poca cosa? ¡Sólo debe sufrir una parada cardiorrespiratoria! ¡Ayúdame a desatarlo y apliquemos las técnicas de recuperación!

—¡Yo no sé como se hace eso!

—¡Pero yo sí, lo vi en una película!

En apenas unos segundos tenían a Squall tumbado boca arriba en el suelo.

Seifer aplicó el oído al pecho del joven y oyó perfectamente los latidos del corazón. Muy aliviado, dedujo que su amado sólo tenía un shock hipotérmico debido al intenso frío pasado.

—¡Se le ha parado el corazón! —mintió—. ¡Tengo que aplicar de inmediato las técnicas! ¡Voy a aplicar una técnica infalible: "Un beso de amor verdadero" que en las historias que he leído siempre da resultado! Claro, lo de "amor verdadero" aquí falla porque yo sólo siento desprecio y asco por él, pero puede que funcione... ¡Haré lo que sea por librarnos de la ira de Edea!

—¡Eso, eso, haz lo que sea; pero que no se nos muera del todo!

—Lo ideal para aplicar la técnica es tumbado sobre un lecho de flores; pero a falta del lecho tendremos que conformarnos con la dura y fría piedra... Jeje...

Sin esperar más, Seifer aplicó sus labios a los de Squall y le dio un beso de tornillo; pero Squall no despertó (aunque hubiese querido hacerlo, su mente se hubiese negado).

—Aaaah... —suspiró Seifer, eufórico y superexcitado por haber conseguido hacer suyos los labios tanto tiempo deseados; aunque fuese sin consentimiento del propietario de los labios.

—No funciona... —lamentó el verdugo.

—Usaré otra técnica: el boca a boca —Le dio otro beso de tornillo; muy, pero que muy largo...

«Creía que esa técnica se hacía de otra forma —pensó el torturador—. Deben haberla actualizado...»

—¡No reacciona! —exclamó Seifer, que se encontraba en el séptimo cielo—. Je, je... Tendré que intentarlo de nuevo, jeje... Y está vez con masaje cardiaco incluido, jeje...

Tras secarlo minuciosamente, Seifer, al mismo tiempo que le hacía "el boca a boca", empezó a pasarle las manos por los pectorales haciendo suaves círculos; por supuesto, tras quitarse los guantes con la excusa de que así funcionaba mejor...

—Aaaah... aaaah... muac... muac... aaah... —Poco a poco, las manos se fueron deslizando hacia abajo, abajo... hasta que las yemas rozaron la parte de arriba del calzoncillo.

—Disculpe, señor Caballero, pero el corazón está más arriba... —intervino el verdugo.

—¿En serio?... —murmuró Seifer, maldiciendo mentalmente la presencia del hombre, que le impedía aprovecharse a placer de Squall ahora que lo tenía completamente a su merced, como había soñado durante tantos años.

El rubio subió las manos, sin haber alcanzado su objetivo, y las posó en el pecho, masajeándoselo a placer...

«Hay que ver qué pocas nociones tienen de anatomía los chicos de hoy en día», pensó inocentemente el verdugo.

Y en eso estaban, expectante el verdugo y superemocionado Seifer cuando se abrió la puerta de la sala y entró un soldado.

De un salto, Seifer se puso a un metro de distancia de Squall.

—Señor Caballero de la Bruja, la preparación del lanzamiento de los misiles requiere su presencia inmediata —dijo el soldado; el cual no había visto nada de la escena de final de cuento de hadas que había estado interpretando su superior porque el cuerpo del verdugo se había interpuesto en el ángulo de visión.

—¡No me interrumpas! ¡Estoy torturando al detenido!

—Su Malignidad ha ordenado que vaya inmediatamente, y que si no ha terminado con la tortura, siga después.

—Está bien... —rezongó—. De todas formas, hasta que no despierte no puedo continuar con el interrogatorio...

—¡Entonces, ¿no ha muerto? —se alegró el verdugo.

—No, con mis infalibles técnicas he conseguido que volviese a latirle el corazón a buen ritmo —mintió.

—¡Alabado sea, estaba convencido de que Su Malignidad iba a hacerse un bolso con nuestras pieles!

—Vamos a ver los dichosos misiles —murmuró Seifer y se fue con el soldado, dejando a Squall con el verdugo.

El duro hombre, acostumbrado a años de interrogatorios, miró con compasión al casi congelado joven... En todos sus años de profesión jamás había visto una tortura tan inhumana...

.

:) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :)

:) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :) :)

:) :) :) :) :) :) :) :)