¡Continuamos!
2.- Confesión.
Sakuno le miraba con los ojos abiertos de par en par, como si no hubiera esperado encontrarle en ese lugar. Y no era para menos.
El día anterior habían discutido de una forma que nunca creyó posible. Mientras sus bocas se herían el corazón y los oídos. Ella pensó que todo había terminado para siempre y se había tirado llorando toda la noche en su cama, abrazando el peluche que él regalará tiempo atrás.
Cuando el teléfono sonó esa mañana con un mensaje del chico, invitándola a reunirse con él a las cuatro de la tarde en el parque, no se lo había creído. Y lo peor de todo es que estuvo a punto de no ir. Incluso llegó tarde.
De las cuatro que habían quedado, eran las cinco y media. Tomoka se había enfadado cuando le contó lo que sucedió y había insistido en que no fuera y dejara al descarado de Echizen Ryoma que era más frio que un polo de nieve en medio del polo norte.
Pero Sakuno había tenido un pálpito e inquietud suficiente como para ir.
Se lo encontró sentado en un banco, helado, con las manos rojas por el frio, la nariz y embutido en una cazadora que claramente, no estaba preparada para salir una hora entera bajo la nieve.
Cuando la había visto, el chico se había levantado y la revisó de arriba abajo, como si quisiera asegurarse de que estaba viva, sana y salva, especialmente.
Después, había abierto la boca solo para que la palabra de disculpa menos esperada en él apareciera. Siempre era ella la que tenía que pedir perdón o la que terminaba cediendo sin que él se disculpara ni un ápice.
Pero en ese momento su corazón latía de sobremanera y era un cosquilleo tan inmenso, mezclado con la preocupación de que podría pescar un resfriado, que las lágrimas escaparon a su control, llenando sus ojos y descendiendo por sus mejillas para perderse en sus enguantadas manos.
Ryoma la miró sin comprender, pero cuando ella asintió, suspirando.
Sakuno pensó que había terminado, no obstante, llevó las manos hasta sus bolsillos y sacó una pelota de tenis. La joven Ryuzaki guiñó los ojos mientras él le cogía una mano enguantada y le ponía la pelota encima. A continuación, se alejó, rascándose la nuca mientras se sentaba de nuevo en el banco y esperaba, mirando el suelo.
Sakuno no comprendió.
Miró la pelota, confusa y le dio la vuelta hasta que las letras fueron tomando forma y su boca se abrió de sobremanera.
—Oh, cielo santo. Ryoma-kun— farfulló.
Él no se movió, apretó los puños, como si esperara una clara negación debido a la pelea del día anterior. Pero Sakuno sonrió, rebuscó en su bolso y escribió sobre la pelota. Una vez satisfecha, se puso en cuclillas frente a él y permitió que la pelota se mostrara por la zona donde ella había escrito claramente un sí.
Ryoma miró la pelota, luego a ella y un instante después, Sakuno estaba entre sus brazos, intentando rodearle a su par y besándole la mejillas. La pelota resbalo de sus manos, yendo a caer a los pies de un niño, que la recogió y con timidez, se acercó a ellos. Sakuno se limpió las lágrimas, sonriéndole en agradecimiento.
Mientras la pareja se alejaba, el pequeño corrió junto a otro niño, sonriendo.
—Ese chico acaba de pedirle a su novia que se case con ella— informó, pues él había llegado a leer las letras antes de entregársela a la chica, muy guapa ella, por cierto—. No sabía que casarse era tan duro. ¡Pobre, cómo lloraba!
El otro niño, más mayor que el primero, sonrió y lo tomó con dulzura de la mano mientras se alejaban.
—Las lágrimas también son de felicidad. De mucha felicidad.
Y ambos, se marcharon sonrientes, sin saber que a sus espaldas, una joven pareja se besaban bajo una lluvia de fríos copos de nieve.
Nos vemos en el próximo: Princesa.
