Amanecía en uno de los días más felices de mi existencia, cuando me dirigí presuroso al portal de las rosas; ese lugar, más que ningún otro en la mansión, era tremendamente especial para mí; para ella también, debo añadir. Puedo decir que los momentos más especiales de nuestras vidas estuvieron enmarcados por las rosas, y a ella le gustaba creer que en el portal era más fácil que Anthony y Rosemary escucharan cuanto quisiéramos decirles.

Lo cierto es que yo poco pensaba en Rosemary y en Anthony aquellos días, tremendo descuido del que puedo responsabilizar al amor; sencillamente las horas se sucedían una a la otra desde que despertaba hasta que caía dormido, sin que pudiera hacer otra cosa que soñar: tejer mil fantasías con el futuro que se dirigía hacia mí y que, esta vez, aparecía tan luminoso como un soleado día de primavera.

Buena cosa que George estuviera a mi lado, como siempre, o habría terminado por enredar la cuidadosa organización de los documentos que día tras día se apilaban ante mi escritorio, suplicando por un poco de la atención que me negaba a concederles. George me reprendía, aunque el asunto al completo le divertía como ninguna otra cosa antes; supongo que habrá resultado muy cómico el verme convertido en un hombre totalmente entregado a sonreír y divagar; hasta Max, mi secretario auxiliar, se mostró alguna vez completamente confundido por mis instrucciones, y es que no era cosa corriente que le ordenara en un momento enviar al cajón los documentos de la fallida fusión con Schifield Inc. y al siguiente comprar la caja de bombones más grande que pudiera encontrar en Chicago.

Es curioso cómo el amor da un significado distinto a cada instante; porque lo que me ocurría es difícil de describir: cuando no estaba con ella pensaba en ella y, cuando la tenía junto a mí, no podía evitar que mi corazón latiera desacompasado y mis sentidos enfilaran inevitablemente hacia la aventurada ruta de las sensaciones, deseando absorber completamente su imagen, su aroma, el sonido de su voz, la suavidad de su piel y el sabor de sus labios. Al tenerla a mi lado dejaba de pensar y comenzaba a sentir: sentir como cada objeto, cada creatura, el universo entero, eran más hermosos, más brillantes y nítidos y, al mismo tiempo, descubrir que ninguno de ellos podía igualarse, ni un poquito, a la mujer que encarnaba todos mis sueños.

Recuerdo aquellos días, aquel día en especial, con una profunda gratitud; incluso ahora, no consigo evitar que mi corazón se altere, emocionado ante la sola memoria del momento más especial de mi solitaria vida. La imagen de la luz del amanecer tiñendo los níveos pétalos de las rosas que comenzaban a florecer fue la más hermosa que jamás contemplé; aquel día escuché por primera vez la salutación del gaitero mayor dándome la bienvenida a una nueva etapa de mi historia personal, un camino que no tendría que recorrer sólo; y fue así que, escuchando una melodía tan antigua como las leyendas y con las rosas por única compañía, observé al sol comenzar su recorrido por el cielo, dejando atrás la oscuridad. La escena al completo me pareció un inequívoco signo de que había sido abundantemente bendecido no sólo para un instante, sino para la eternidad.

Tienen razón quienes dicen que sólo el amor sana las heridas, que sólo el amor puede trascender al tiempo.