Digimon Adventure/Tri y sus personajes no me pertenecen.


#2. Lila. (La primera emoción del amor).

Después de meditarlo por algunos días, concluyes que las consecuencias son aterradoras y permanecer ciego a ellas es lo que te orilla a evadir a los otros (otros, como si los demás te preguntaran al respecto). Pese lo opresivo de dudar, lo aceptas.

Existe, por supuesto, sí, la incertidumbre dentro del caos, y tanta destrucción. Una suave acusación de tu hermana, empero, logra traer a colación una presión incierta, casi perdida entre el desastre de pensamientos encontrados.

Está allí, ligada a las pupilas cerúleas buscando respuestas esquivas. Ni siquiera tu retiro autoimpuesto ha podido desvelarla, o darle un nombre.

—Tú también estás ocultando algo —no fue eso, precisamente. Hikari debía ser la primera en darse cuenta de ello, por lo que su comentario no hizo más que enmudecerte y generar pesar. Incluso tu apoyo a Jou guardaba cobardía.

Sólo estás huyendo.

Sin embargo, ella no ha concluido; atónita, en un tono aletargado, continúa —Es por eso que no quieres hablar con Yamato-san.

Por supuesto, qué más. Callas, poco preparado para rebajarte a negar lo evidente; bastarían tres palabras para destrozar el castillo de excusas frente al rubio y observar la decepción, la fría resignación ocultar la cólera (mentiroso…) y la deliberada elección de dejarte, cual desafío indescifrable.

Te dejará definitivamente, entonces, en cuanto la cantidad de rechazos pueda más que sus intentos de hablar. Su persistencia, su amistad alcanzarán su límite y se apartarán de tu camino, elegido del valor, porque te rehúsas a mostrarle todos tus defectos.

No puedes proteger a nadie, ni solucionar todo esto. Incluso a él, quién te conoce más, le ocultarás estos detalles y se irá…

—Vete a dormir —musitas, cerrando los ojos, silenciando hileras de pesadillas y expulsando a magra fuerza la imagen de la expresión defraudada de Yamato alejándose de ti.

Miedo, denominas a opresión en tu pecho, pese a no conocer su razón de ser.


Patamon está infectado.

Todo, comprensiblemente, conlleva a sospechar de Meiko y su digimon, no obstante la clara aprehensión del grupo a concebir una traición. La avidez de conocimiento incrementa de manera violenta, y el espacio para confortar a la nueva chica, o a Takeru, se reduce.

En tu posición neutral, observas las discusiones entre Koushirou y Mimi desarrollarse sin pretender acallarlas; el niño de las primeras aventuras habría tomado el lado del pelirrojo sin dudarlo, pero el muchacho de hoy no puede evitar entenderla mejor.

Quieran o no admitirlo, existen fantasmas y dolor enredándose entre ellos, e ignorarlos no hará que se marchen. Lo sabes, ya lo intentaste.

Una discusión, empero, que no consigues evitar aguarda por ti, a plena luz del día. Reconciliarte con Yamato sin llegar a discutir, realmente, lo ocurrido dejó de surtir efecto en cuanto el elegido de la esperanza se vio involucrado en la infección de los digimons.

Tú prefieres dejárselo al profesor Daigo y la agencia gubernamental encargada de ello, porque podían evaluar los riesgos mejor que un grupo de adolescentes; Yamato desea seguir con los planes de Koushirou hasta el final, y pensar en las circunstancias después.

Takeru vale todo para él, claro.

—Tenemos que intentarlo —indica, sin emitir algún saludo—. Suceda lo que suceda, no podemos permitir que Patamon corra más peligro. Ya no hay tiempo.

—Sería peor precipitarnos —respondes, de inmediato, evitando reflexionar en la misma desesperación de siempre, o en cuán importante será siempre Takeru. Aunque harías lo mismo por Hikari, el sentimiento extraño vuelve a atormentarte.

Aunque sabes que haría igual por tu bien, la molestia consigue colarse en tu tono.

—Honestamente, no sabemos qué hacer —prosigue, eludiendo su mirada—. Si empeoramos las cosas, junto con la condición de Patamon, ¿Qué haremos, entonces?

Culpar a Koushirou, al maestro, a ti, ver arder el mundo. La pregunta, quizá, es qué hará Yamato si las ideas del elegido del conocimiento fracasan, o cuanto está dispuesto a arriesgar por los que considera preciados.

¿Ardería, también, si se lo prohibieras?

—Continuar.

Es odioso, pero una risa mordaz contesta al color determinado en su voz. Sí, continuar y arrasar con todo; seguir y fulminar hasta la misma esencia de ustedes mismos por un resultado fuera de alcance. Tan monocromático, tan típico y temerario

Es irónico que seas tú quien inculcara todo eso en tu mejor amigo.

—¿Sin importar qué? —inquieres, al punto abrumado, casi conteniéndote de sacudirlo hasta que entienda los límites y peligros, y que ya no son niños invencibles. (Saldrás herido, maldita sea) —. Si es Gabumon quien resulta infectado por esto, ¿Está bien?

Viras, sí, viras y encuentras el semblante convulso. Es una acusación, sin duda, que necesita ser más evidente, si acaso deseas apartarlo del camino elegido, ese de avanzar, herirse y estrellarse; finiquitas, sosteniendo su gesto herido sin pestañear:

—¿Serás tan egoísta?

No necesitas ser un genio para entender que jamás recibirás la respuesta que mereces a ello.


La paz rota implica el abandono que aborreces, y Yamato rehúye tu compañía, en cuanto puede.

Los días siguientes se hace evidente que el rubio ha desistido de buscarte u ofrecerte alternativas; cualquier palabra tuya sólo genera murmullos taciturnos de cortesía, además de una distancia extranjera e insoportable. Te ha dejado, o lo está intentando. Lo detestas.

Admites que estás solo apenas tres días tras el incidente. Admites, también, que preferirías tragarte las palabras de lleno si significara poder leer más allá de la pétrea máscara cortés en el rostro pálido que extrañas.

Lo admites, sí, mas no cambia el que permanezcas mudo frente a tus propios demonios.

Pero, tal vez, es peor exigirle explicaciones como si sus vidas de escolares y niños elegidos no se mezclaran, y él debiera dejar a un lado lo dicho aquel día. Es peor, en verdad, pues las acusaciones vuelan a solas, y apenas soporta mirarte dos segundos antes de excusarse.

No tienes derecho a exigirle sinceridad, dice. No puedes prometer estar ahí cuando te necesita después de desterrar todas sus intenciones de ayudar a Takeru, o de entenderte, ¿Quién te crees para demandar algo de mí, Taichi? Ni siquiera ahora dejas de mentirme como un cobarde.

Sin embargo, es mejor que tú porque las disculpas llegan raudas. Sólo segundos de mutismo herido bastan para que el cantante presione ambas manos contra su rostro, atormentado, y musite lo siento.

Te asusta su aspecto abrumado, todo en tu pecho clama por extender una mano y hacer eco de sus palabras; sin embargo, sólo te marchas, escapando a la soledad y a imágenes mezcladas de su rostro alejándose y tu ciudad destrozada.

Las dudas y esa emoción sin nombre son iguales ahora, y siguen atormentándote.


—Realmente es duro.

—¿Qué, Hikari? —indagas, en una tarde perezosa. Su pena crece cada día con la desesperación de Takeru, y es tan familiar que sólo atinas a tomar su mano, permitiéndole un contacto prohibido a todos, excepto Agumon.

Ella muerde su labio inferior, tragando en seco, componiéndose, pareciera, de algún pensamiento tenebroso. —Observar a alguien querido sufrir… y ser incapaz de evitarlo.

Se refiere al elegido de la esperanza, por supuesto. No obstante, cualquier frase consoladora muere con el posible significado de tal reflexión. Querido, sufrir, incapaz.

Duele todavía más ahora.


—¡No!

La escena es un calco perfecto. Absolutamente perfecto, Taichi, no puedes ser más imbécil. Incluso, las palabras de Sora se asemejan a tus propias conclusiones, aun si no las dijeras, o no las reconocieras; por favor, ¿Qué más podría ser?

¿Serás tan idiota de saberlo en un momento como este?

Es ahora cuando encuentras un nombre para la helada alarma atravesando todo tu cuerpo ante la escena: Yamato corriendo para interponerse entre Meiccoomon y Patamon, Yamato buscando aún preservar a Takeru de perder a su compañero otra vez.

Insensato Yamato que no entiende lo que significa un ataque en estas circunstancias.

—¡No! —exclamas, gritas, anuncias tu desesperación al mundo. Avanzas, pues, quizá corriendo, tal vez apartando los escombros de tu camino porque el imbécil de Yamato no va a desaparecer, no puede.

Mi madre trataba de protegerme.

Todo retorna con violencia, toda la tensión, los silencios, las frases escogidas para herir, pero también una risa inconfundible, o la calidez en las mejillas al lograr una carcajada plena, o una sonrisa sincera. Todo, eres un idiota, pero él también lo es y no lo dejarás ir.

El egoísta, claro, eres tú. E ironía final, no te arrepentirás.

—¡Taichi…!

Sólo tiras de su brazo, entonces. Sin medir fuerza, e ignorando su sorprendida exclamación, atraes su cuerpo a tu lado, mientras el alarido destrozado de Takeru ahoga el seco jadeo de su digimon. Ha terminado.

Sólo trataba de protegerme porque me amaba.

Observas su desolación, anonadado. Aunque lo resientas, escapa a tu agarre y corre hacia su hermano. Es amor, sí, lo que trae alivio al saberle a salvo, y lo que impulsa a Yamato hacia Takeru.

Amor, lo reconoces con la misma certeza con la que entiendes que no te perdonará esto mientras viva.


Nota. Unilateral (o al menos, eso cree Taichi) Taito. En resumen, la primera "emoción" que hace identificable el amor es la protección, o al menos lo vi así. Ambas viñetas están relacionadas, así que esta es una suerte de secuela; temporalmente, ambas estarían situadas en la tercera OVA, pero sé que la verdadera hará UA a esto. Comentarios, y eso con sus reviews.