¡Hola de nuevo! Gracias por darle una oportunidad a este fic. Es algo distinto, por lo que pensaba que a nadie le interesaría, por eso agradezco mucho cada fav y follow. Espero que os guste este capítulo, y le deis una oportunidad. ¡Nos vemos abajo!


Capítulo 2.

Esa mañana, me desperté como si me hubieran pegado una paliza brutal, y después, me hubieran atropellado con un maldito camión. Con los ojos aún cerrados, tanteé con la mano en la mesita hasta encontrar el pequeño paquete que buscaba. Encendí un cigarro aún tumbado y tosí como si me fueran a salir los pulmones por la boca; eso no me impidió tragar ansiosamente el adictivo humo y sentir como se me llenaban los pulmones, tranquilizándome. Así es mi forma de empezar el día y así soy yo, conocido por consumir cualquier sustancia accesible que pueda acortarme la miserable vida de forma eficaz y sin mucho esfuerzo. Mientras fumaba, tirando las cenizas por el suelo del piso sin importarme, comencé a vestirme lentamente y como si fuera un gran esfuerzo. No me digné ni a peinarme, ni a mirarme en el espejo antes de salir de casa. Costosamente, arrastrando la suela de mis botas, recorrí unos pocos metros hasta llegar a una cafetería con aspecto deteriorado y anticuado. Apagué de un pisotón el cigarro, ya consumido, y entré. Allí, me senté en la barra de madera donde una joven camarera me observaba con una mueca.

- ¿Cómo puedes oler a tabaco desde las nueve de la mañana? - chasqueó la lengua. No obtuvo ninguna respuesta por mi parte, como ninguno de los días que visitaba ese pequeño lugar desde hacía un año. Me gustaba, era solitario, oscuro, olía a madera y a humedad, y hacían un café de muerte. La joven ya no esperaba ninguna respuesta por mi parte, y eso es lo que más me gustaba. No tenía ni que dignarme a hablar para recibir un buen café. Mientras me concentraba en hacer dibujos invisibles con mi dedo sobre la madera, comencé a escuchar como la chica preparaba el café entre murmullos quejándose de mi poca educación y sentido de lo "social". Sonreí mientras la escuchaba farfullar y en unos minutos me sirvió una taza de café oscuro. El aroma del líquido envolvió todo el lugar y me hizo estar algo más alegre. Me quité el sombrero, dejándolo en la misma barra y empecé a beber lentamente de la pequeña taza, mientras escuchaba a la joven albina quejarse de problemas triviales y entablar una pequeña conversación conmigo, aún sabiendo que no diría nada. Ya se había convertido en una especie de ritual cada mañana; iba a la cafetería, me sentaba, la mujer se quejaba mientras me preparaba una taza de café y me contaba las novedades de su vida, sin esperar respuesta, y yo simplemente escuchaba, deseando que esos pequeños problemas también formaran parte de mi vida. Era un momento extrañamente tranquilizador, porque ella se desahogaba con alguien que no podía darle una opinión contraria o que no le gustara, y yo escuchaba algo que me devolvía a los problemas del mundo real, y me sentía como si volviera a ser una persona normal. Cuando acababa mi café, dejaba unas monedas en la barra, cogía de nuevo mi sombrero, y me marchaba con el mismo silencio con el que había llegado. Cuando abrí la puerta, sonó la pequeña campanita que colgaba del techo.

- ¡Eres demasiado joven y guapo para estar tan callado! - gritó Mirajane mientras me alejaba de el recinto. Ya era una frase recurrente desde hacía unos meses, y después de un tiempo, comenzó a hacerme cierta gracia. Yo ya no era joven, yo ya estaba muerto por dentro.

Emprendí mi nuevo camino, y casi sin darme cuenta aparecí en la puerta de la tienda de Makarov; a simple vista una simple herbolaría. Toqueteé los bolsillos de mi gabardina y suspiré con alivio, alegrándome de no haberla lavado en varios días. Entré en el pintoresco establecimiento y un menudo viejo con un bigote blando larguísimo se acercó pausadamente, como si calculara cada pequeño paso que daba. Ni se inmutó al verme, ni se molestó en saludar.

- ¿Tienes lo que te pedí, joven? - tartamudeó con su voz gastada.

- Así es. Toma, viejo – saqué del bolsillo interior de mi gabardina un pequeño saquito algo pesado. El viejo, sin fiarse demasiado, abrió el paquetito y después de observarlo con cuidado, asintió y se lo guardó en el bolsillo de su pantalón. Seguidamente, sacó su cartera y empezó a contar algunos billetes.

- Espera, viejo. Esta vez querré otra cosa – le dije carraspeando la voz. El me miró intrigado.

- ¿Qué puedes querer tú, joven? - arqueó una ceja mientras se peinaba una de las puntas de su bigote. Comencé a caminar lentamente por la tienda, algo nervioso.

- ¿Qué tienes a mano para una limpieza de espíritus pegados a un alma? - el hombre se sorprendió y comenzó a murmurar cosas que no comprendí. Me indicó con la mano que esperara y se metió en el almacén que tenía detrás del mostrador. Después de escuchar golpes, ruidos, y extraños murmullos provenientes del viejo, apareció con una caja llena de pequeños botes, plantas, y algunos viejos libros.

- Quédatelo todo hijo – me dijo ofreciéndome la pesada caja – nadie de por aquí hace ya lo que tú y yo conocemos. Eres el único que le puede sacar provecho, yo ya tengo mis tres pies en la tumba – intentó reír, pero se ahogó al instante. Suspiró.

- Gracias, viejo. Llámame si necesitas algo más – el hombre asintió lentamente mientras me marchaba del lugar. No sabía que me impulsó a adquirir aquellos productos. Intenté autoconvencerme de que nunca va mal tener este tipo de objetos, pero sabía cual había sido la razón. Aquel inesperado encuentro fatal que perturbó mi conciencia, cosa que no había conseguido nada ni nadie en mucho tiempo. Pero qué más daba, Londres era una ciudad muy grande y probablemente esa chica ya estaría consumida completamente y me la encontraría poseída como otros tantos humanos que son débiles a la fuerza de éstas energías del otro lado. Sin darme cuenta, me había encendido ya el segundo cigarro del día, y soltaba el pesado humo por la nariz y la boca. Mientras avanzaba en mi camino de siempre, noté como unas pequeñas pisadas me seguían, temerosas, pero decidí ignorarlo. No por mucho tiempo, puesto que me empezaba a poner nervioso el pútrido olor de los espíritus y demonios de poco nivel. Me molestaba y enfurecía, así que giré lentamente mi cabeza para encontrarme a la pequeña rubia de la noche anterior, con más ojeras, y con los ojos casi completamente negros. Ya le quedaba muy poco.

- Es… es normal que te apoden el dragón, no paras de sacar humo – me pareció interesante que en esa situación aun pudiera controlar su cuerpo y razonar. Se acercaba a mi poco a poco, con movimientos cansados y irregulares, casi como si fuera un zombie. Estaba claro que su conciencia estaba luchando para hacerlo, puesto que esas criaturas jamás se acercarían a mi por voluntad propia. La ayudé acercándome a ella justo a tiempo para evitar que se cayera al suelo.

- Tienes un espíritu bastante fuerte, chica – le dije, mirando sus ojos prácticamente consumidos – te has ganado que te ayude… esta vez – la cogí en mi espalda como pude y la llevé a mi casa, que no estaba muy lejos de donde nos encontrábamos. Dios… maldigo mi mala suerte. ¿Cómo puedes encontrarte dos veces seguidas con la misma persona en una ciudad como Londres? Chasqueé la lengua mientras abría la pesada puerta de mi edificio.

Dejé a la joven tumbada en el suelo e hice lo primero que sabía que iba a cabrear a esas jodidas garrapatas: el hierro. Intenté poner sobre su cuerpo la mayor cantidad de objetos de hierro que tenía por casa, material que no les gusta nada de nada, y comencé a oír sus estúpidos insultos y gritos. Maldije mi suerte por no poder matarlos ahí y ahora mismo, puesto que si lo hacía, la joven a la que tienen atrapada moriría con ellos.

- Jodeos, putos cabrones – di una patada al suelo, sintiendo impotencia, y me dispuse a leer los viejos libros para saber como hacerlo exactamente. Escuché a la joven quejarse, y era normal, debía de sentir un dolor tremendo desde hacía bastante tiempo. Me convencí de que necesitaba un buen vaso de whisky para concentrarme mejor en el antiguo texto y así lo hice. Primero, hice un círculo de sal alrededor de la joven para que, los espíritus al desengancharse no pudieran escapar. Seguidamente, comencé a quemar las hierbas que el viejo me había dado y noté como los seres comenzaban a quejarse más de la cuenta y retorcerse. Sonreí, puesto que eso significaba que estaba funcionando.

- Id al infierno de nuevo, cabrones – solté mientras decía unas antiguas palabras que hicieron que se desengancharan de la espalda de la joven, dejándola libre. Poco a poco, los entes se iban encerrando a si mismos, obligados, en una pequeña caja de madera con un símbolo muy especial. tallado

- Nos… han hablado de ti…. Dragón – dijo uno de los espíritus que aún quedaban, retorciéndose de dolor – nos han dicho que ahí abajo te está esperando la peor tortura que ha creado el Señor – rió con un estruendo que rebotó por todas las paredes.

- Espero que así sea, por todo lo que he hecho – reí divertido. -Y seguiré haciendo – le guiñé un ojo, cosa que le hizo enfurecer aun más. Después de eso, el último espíritu fue encerrado en la caja de madera junto a los demás.

- Os vais a ir con el viejo Makarov, y él sabrá exactamente cómo daros un uso – dejé la caja resguardada en una de mis estanterías, dándole unos pequeños golpecitos para hacerles rabiar aun más.

Miré a la joven, con el pelo rubio esparcido por el suelo y con cierto alivio en su pálido y huesudo rostro; aun que ahora, con algo más de color. Comencé a moverla, nervioso, para que despertara y, repentinamente, abrió sus ojos, verdes brillantes como la primavera, y me miró con una extraña mezcla entre alivio y espanto.

- ¿Q-qué tienes en el rostro? - dijo con un hilo de voz, alejándose de mi arrastrando su cuerpo por el suelo.

- ¿Que qué tengo en el ros…? - miré mi reflejo en uno de los ventanales – Ah… Las marcas – unas grandes marcas negras que marcaban mi rostro verticalmente atravesando los ojos destacaban en mi pálida piel – con lo cotillas que son los entes por aquí, pensaba que ya estarías curada de espanto – rodé los ojos, aburrido, sin dar más explicación. - Vamos, levanta, nos vamos.

- ¿Adónde? - preguntó asustada mientras la cogía de la muñeca para levantarla.

- Donde a mi me de la jodida gana, puesto que acabo de salvar tu trasero – dije entre dientes, yendo hacia la puerta de mi casa. - ¿A caso pensabas que mi trabajo era gratuito? - reí divertido.


Bueno, bueno. Aquí tenemos el segundo capítulo, qué ya nos desvela un poquito de la historia principal. ¿Qué os ha parecido? Dejadme un review y explicadme sí os ha gustado uwu

Como ya sabréis sí me seguís, siempre contestaré los reviews por aquí. ¡Y me emociona muchísimo! ;)

L. Nowi: ¡Gracias por darle una oportunidad a este fic! Espero que te haya gustado mucho este capítulo, ya me dirás tus impresiones. ¡Un gran abrazoooo! :*

Bueno, yo me despido por hoy. ¡Nos vemos pronto!