Aquí el primer capítulo de la historia, espero que lo disfruten.
Advertencias: Ligero OOC, AU, drama
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen
HIJO DEL SOL
Por mucho que el Sol odiara admitirlo, su hijo ya no era ese pequeño niño al que había cuidado con todo su amor. No, ese niño inocente que necesitaba de su padre y que le buscaba para que le protegiera, ya era suficientemente mayor e independiente como para desaparecerse durante días enteros sin que él supiera donde estaba.
No era la primera vez que Erwin desaparecía sin decirle nada, pero siempre volvía algunas horas después, sentándose a su lado para contarle a dónde había ido, las cosas que había hecho, lo que había aprendido, y aunque no fuera nada que el Sol no supiera ya, él escuchaba atentamente los relatos de su hijo sobre los lugares que había "descubierto" en el reino de su padre.
Erwin no era un chico tranquilo, y el Sol tuvo que hacerse a la idea de que sería imposible controlar el espíritu aventurero de su hijo. Al menos le quedaba el consuelo de que nunca iba más allá de sus dominios, donde podía estar tranquilo por la seguridad del joven. O eso era antes de que decidiera que ya no era suficiente. Luego de casi una semana sin saber nada de su hijo, el Sol supo que aquello no podía significar algo bueno.
Erwin, mientras tanto, caminaba sin prisas de vuelta donde su padre con una amplia sonrisa en sus labios. Sabía que su padre estaría preocupado y que seguramente sería regañado apenas llegar, pero ya no era un niño y la idea que se le había metido en la cabeza no le permitía preocuparse por otra cosa que no fuera convencerle de que le dejara visitar la Tierra.
Desde niño había admirado el trabajo de su padre, iluminando a los humanos y dándoles el calor que necesitaban para realizar sus actividades. Gracias a él podían cultivar sus alimentos y criar a sus animales, y Erwin recordaba haber estado emocionado cuando supo que él heredaría ese trabajo, pero ahora, mucho tiempo después, no estaba tan seguro de que eso fuera lo que quería hacer.
Sí, amaba a los humanos casi tanto como a su padre y deseaba ayudarles como él lo hacía, pero la simple idea de pasar la eternidad encerrado, viendo el mundo desde lejos, le enfermaba. Necesitaba viajar, explorar el mundo, ir más allá de los dominios de su padre que ya conocía mejor que la palma de su mano. Necesitaba recorrer ese mundo que tanto amaba. Pero primero necesitaba convencer a su padre de dejarle ir.
—Padre, tenemos que hablar. —Dijo sin rodeos apenas llegó ante su presencia.
El Sol cerró los ojos por un segundo antes de mirar a su hijo, señalando el asiento libre a su lado para que se sentara. Estaba seguro de que sería una muy larga conversación.
—A mí también me alegra verte de nuevo, Erwin. —Se quejó fingiendo indignación.
—Sabes que me alegro mucho de verte, pero hay algo que tengo que decirte y no puede esperar. —El joven sonrió animado y, sin darle siquiera el tiempo para abrir la boca, soltó lo que había estado dando vueltas en su cabeza todo ese tiempo. —Quiero ir a la Tierra…
Con el paso de los años, la Luna había tenido que aceptar que su hijo creciera en su propio mundo, rodeado de las cosas que eran dignas de su atención aun cuando ella se empeñaba en que no estuviera solo y las estrellas le hicieran compañía, pero Levi no tenía interés en hablar con ellas, ninguna tenía nada nuevo que decir.
Al menos ella estaba tranquila sabiendo que era un joven centrado, siempre estaba a su lado donde podía cuidar de él y encargarse de que nada le hiciera daño. O eso era antes de que Levi descubriera que había cosas más maravillosas en otro sitio, lejos de la protección de su madre. En sus intentos por encontrar un sitio tranquilo donde relajarse con algún instrumento, Levi había ido alejándose un poco más cada vez, satisfaciendo una curiosidad que no sabía que tenía.
Su hijo siempre había sido así, tranquilo pero ansioso por conocer más de aquello que le maravillaba. Siempre buscando algo nuevo, algo más interesante que admirar en soledad. La Luna entendía que era parte de su naturaleza, pero no podía dejar de lamentar que ese bebé del que había cuidado hubiera crecido tan rápido hasta volverse independiente.
Levi, ajeno a las preocupaciones de su madre, se encontraba bastante alejado de ahí, explorando de nuevo ese lugar que ya conocía a la perfección. Por mucho que amara el reino de su madre, ya no había nada ahí que pudiera sorprenderle o llamar su atención. Llevaba ya un par de días caminando sin rumbo, intentando encontrar algo, cualquier cosa que le demostrara que aún no lo había visto todo.
Siempre había amado a su madre, además de admirar el trabajo que hacía iluminando las noches de los humanos. Durante toda su vida había disfrutado el ver como la luz que ella les brindaba inspiraba a los artistas, quienes pintaban preciosos retratos de su madre, escribían canciones para ella, o le dedicaban poemas, tratando de ganar su corazón sin que a ella pareciera importarle.
Cuando su madre le contó que algún día él continuaría con su legado, Levi se preguntó si los humanos harían lo mismo para él, si tratarían de conquistarlo como hacían con ella, y no pudo evitar ilusionarse al pensar en ello. Sin embargo, cuando el cielo nocturno se volvió aburrido y falto de cosas nuevas, decidió que debía conocer ese otro mundo, ese de donde provenían los eternos enamorados, los bohemios nocturnos, los artistas. Tenía que ir a la Tierra.
—Madre —le llamó tímido al regresar, pues hasta entonces no había sido consciente del tiempo que permaneció fuera—, hay algo que me gustaría pedirte.
—¿Qué es eso tan importante que incluso te hizo olvidarte de mí? —A pesar del reclamo, le recibió como siempre con los brazos abiertos.
—Jamás podría olvidarme de ti. —Respondió antes de confesar lo que le tenía tan abrumado esos últimos días. —Quiero visitar la Tierra.
La Luna le miró a los ojos, preocupada. No estaba del todo segura de que fuera buena idea dejar ir a su amado hijo. Ella conocía a los hombres, sabía lo malos que podían llegar a ser, y la simple idea de que su hijo pudiera resultar lastimado de cualquier forma le era inconcebible.
La primera vez que Erwin bajo a la Tierra, moría de emoción por todas aquellas cosas que sería capaz de descubrir. Claro que no fue una tarea fácil convencer a su padre de que le dejara ir, pero ser hijo del Astro Rey tenía sus ventajas, como el hecho de ser un hábil manejador de las palabras. Un poco de conversación elocuente y el Rey aceptó los deseos de su hijo, con la condición de que apenas la hubiera recorrido por completo volvería a su lado y se prepararía para ser su sucesor.
Así, en poco tiempo, se encontró finalmente vagando por ese vasto territorio que tanto soñaba con explorar y que ahora se alzaba glorioso bajo sus pies. Siguió durante horas el cauce de un río, recorriendo algunos pueblos por los que atravesaba, totalmente maravillado por lo interesante que era ese mundo. Era todo tan distinto a lo que veía desde el reino de su padre que Erwin estuvo seguro que jamás se cansaría de ese lugar.
Conversó con algunos humanos, les observó labrar la tierra y probó los frutos que recogían, deleitándose con todas las nuevas cosas que había ahí esperando a que las descubriera. Pero había algo que le llamó la atención más que cualquier otra cosa, y eso era el paso del tiempo. Para Erwin, los días eran siempre luminosos pues en el reino de su padre siempre era de día, pero estando en la Tierra observó un fenómeno que nunca antes había conocido: la noche.
Entre más tiempo pasaba en ese lugar, pudo notar como la luz de su padre comenzaba a atenuarse, provocándole una sensación de pánico cuando el cielo se tornó de una extraña tonalidad anaranjada rojiza. Había estado tan asustado que incluso llegó a pensar que algo malo había pasado por su culpa al haber abandonado a su padre, pero luego de calmarse un poco pudo ver como los humanos no parecían darle importancia, lo que le dejó aún más confundido.
Decidido a observar hasta el final lo que estaba pasando, se acercó al río y se sentó en la orilla, esperando lo que viniera. No podía explicarlo, pero algo dentro de él le decía que algo grande estaba a punto de ocurrir. Un milagro.
Fue entonces cuando la noche cayó deleitando por primera vez sus juveniles pupilas. Erwin nunca había experimentado tanta oscuridad en su vida, pero una vez que sus ojos se acostumbraron a la poca iluminación, se dio cuenta de que no era realmente tan oscuro, había una luz similar a la que su padre brindaba pero al mismo tiempo diferente. Más fría y blanca que la del sol, más tenue, pero que parecía provenir del mismo lugar. Mirando al cielo, Erwin vio con asombro a la Luna por primera vez.
A partir de ese momento, Erwin aprovechaba los días para viajar por el mundo, conocer lugares nuevos y hablar con las personas que se encontraba en el camino y, cuando el cielo comenzaba a tomar esos colores tan insólitos, se alejaba a algún lugar solitario donde pudiera disfrutar de la tranquilidad que aquella presencia le provocaba desde su lejanía y de su singular belleza.
Una de esas noches, varios meses después de su llegada, Erwin se internó más en el bosque, tratando de encontrar un mejor lugar para admirar esa desconocida presencia tan similar a su padre. Caminó en un agradable silencio hasta que llegó a la orilla de una laguna en lo más profundo del bosque, donde por obra del destino conoció a la criatura más bella y majestuosa que había pisado la tierra. Frente a sus ojos, solo podía ser un ángel.
En el agua de la laguna, rodeada del más bello paisaje, se reflejaba la Luna, llena y majestuosa, pero no era eso lo que le había robado el aliento sino la gloriosa imagen de la luz de la Luna iluminando la pálida piel de la joven que lavaba su cuerpo en las quietas aguas.
No pudo resistir su curiosidad, o quizás había sido víctima de sus impulsos, se acercó más, escondiéndose entre las hojas del arbusto más cercano para apreciar mejor su belleza. Su piel tan blanca como la luz de la luna reflejada en la laguna, que podía jurar que era suave como la seda, sus ojos grises tan claros como las nubes nocturnas, cabello negro como las noches más oscuras. Y ese cuerpo fino y pequeño que le llamaba a recorrerlo con las más suaves caricias.
Sin que pudiera o quisiera evitarlo, el joven hijo del Sol cayó perdidamente enamorado. Sólo que no se trataba de una joven como había imaginado, era un chico como él, pero mucho más hermoso que los mismos ángeles.
Pensó en hablarle, pensó en confesarle el profundo amor que había sembrado en su pecho con tan sólo su presencia, pero el hasta entonces desconocido miedo se apoderó de él dejándole inmóvil. Su cuerpo le hipnotizaba, sus gráciles movimientos le cortaban la respiración. Aquella criatura era la perfecta encarnación de la belleza y estaba allí para deleitar sus ojos con su desnudez.
Pero el momento no duraría para siempre. Aunque había perdido la noción del tiempo, sabía que había pasado al menos un par de horas observándolo hasta que finalmente salió del agua, cubriéndose con una túnica de seda blanca mientras afortunadas gotas se atrevían a recorrer su piel llenándolo de celos.
Si tan sólo pudiera acercarse...
La primera vez que Levi bajo a la Tierra, estaba nervioso por el cambio, pero moría por conocer aquellas cosas que sólo había podido admirar a la distancia. El problema principal fue convencer a su madre, pero luego de prometer que sólo iría por las noches y que se alejaría de los lugares peligrosos, la Luna accedió a dejarlo ir con la condición de que, cuando estuviera satisfecho, volvería a casa y se prepararía para tomar su lugar.
Así, un par de días después, se encontró finalmente en ese nuevo mundo que tanto había soñado con conocer y ahora se encontraba maravillando sus ojos.
No podía explicarlo, pero algo en su interior le decía que había algo mucho más hermoso esperando por él. Un milagro.
Las primeras noches, se paseaba por los pueblos mezclándose entre los humanos que, pese a la oscuridad, se reunían para entonar canciones escritas para su madre. Les miraba intentando conquistarla como tantas veces había hecho, pero había algo diferente, casi mágico, en verlo ahora desde otra perspectiva.
Recorrió varios pueblos, conoció a muchas personas, y finalmente fue capaz de comprender la extraña fascinación que los humanos tenían por la noche, aunque lamentaba no poder quedarse más allá de ella para conocer eso que los humanos llamaban "el día". Aquello que al parecer era el momento más activo para ellos, cuando la luz brillaba dorada en contraste con el blanco brillo de su madre. Por mucho que deseara conocer aquello, no podía faltar a su promesa.
Algunas noches después, mientras tomaba un descanso de su recorrido por la Tierra, se acercó a una laguna iluminada por su madre en el bosque más precioso que pudo encontrar, para descansar un poco y aprovechar para asear su cuerpo.
Fue entonces, mientras se sumergía en las frescas aguas, que sintió una presencia abrumadora, que llenaba sus sentidos y le impedía concentrarse en su labor, una presencia que despertaba en él la curiosidad infantil que hacía mucho no sentía.
Con cautela, procurando no ser descubierto, se atrevió a mirar hacia atrás, buscando con la mirada de forma discreta hasta dar con el dueño de su curiosidad. Ahí, entre los arbustos, sus ojos depredadores le miraban con atención provocando por primera vez el temblor en su cuerpo.
Por un momento dudó si debería ir y confrontarlo o seguir con lo suyo hasta averiguar sus intenciones. Decidió esperar un poco más. Continuó lavando su cuerpo mientras le miraba de reojo, tratando de verlo a pesar de la oscuridad, aunque para su desgracia era imposible distinguir cualquier rasgo suyo en esa posición. Incluso llegó a creer que se trataba de un animal salvaje, pero de inmediato descartó la idea.
Una parte de él quería terminar su descanso y salir de allí de inmediato, pero otra parte, mucho más grande y atrevida, disfrutaba ser el centro de atención de esos ojos y le decía que no había peligro. Y Levi le hizo caso.
El hijo de la Luna, que siempre había amado la belleza y las artes, manifestaba con su cuerpo sus más grandes pasiones con naturalidad. Desde su andar hasta sus movimientos más cotidianos, todos eran suaves y fluidos como si danzara en el aire.
Pero esa noche, nervioso por los ojos que le vigilaban, sus movimientos parecían dedicados a encantar a su observador, aun cuando él mismo se sentía torpe y avergonzado. Así fue como el hijo de la Luna conoció la vergüenza.
No supo cuánto tiempo pasó, pero podría asegurar que fue más que un par de horas lo que estuvo en ese lugar, seduciendo al peligro bajo la luz de su madre. Fue entonces cuando decidió que era suficiente, ya había armado un plan.
Salió del agua con lentitud, complacido al tener su total atención pero nervioso por mostrarse ante él hasta llegar a la orilla, tomando una túnica ligera para cubrirse mientras caminaba fuera de la laguna, apenas unos metros lejos del otro dándole la espalda sin cuidado. Todo de acuerdo al plan.
Con toda la confianza que aún le quedaba, se atrevió a romper el silencio, deseoso de conocer sus intenciones.
—¿Cuánto tiempo más piensas estar ahí?
—¿Cuánto tiempo más piensas estar ahí?
Una voz grave y melodiosa le sobresalto, haciéndole caer entre las hojas que hacían de escondite.
—Vaya, no esperaba que fueras tan torpe. —Agregó la misma voz con seriedad.
Miró hacia todos lados buscando a quien fuera que le había descubierto pero no encontró a nadie, lo que le hizo pensar que seguramente se había vuelto loco. Hasta que se encontró con la mirada gélida del joven que había estado espiando.
—Lo lamento, yo... —Su ágil mente trabajaba en inventar un pretexto, una excusa para haberse quedado mirándole todo el tiempo que estuvo en el agua, pero tenerlo frente a él, tan cerca que si estiraba su brazo fácilmente podría tocarle, le impedía pensar con claridad. Optó por decir la verdad mientras se ponía de pie. —Lo lamento mucho, pasé por aquí por casualidad y...
—¿Es una costumbre espiar a las personas mientras se asean?
Fue interrumpido por él con la que parecía una genuina pregunta. Ahora que estaban frente a frente pudo apreciar sus rasgos finos, además de su estatura menor a la suya y su complexión delgada pero bien proporcionada. Algo dentro de él le llamaba a sostenerlo entre sus brazos con devoción y no dejarlo ir jamás.
—No estoy seguro de que lo sea. —Respondió cuando al fin logró conectar sus ideas, apenado por no conocer la respuesta a pesar del mucho tiempo que llevaba estudiando a los humanos. Pero eso no podía decírselo.
—Ya veo. —El joven pareció meditarlo un momento, frunciendo el ceño de una forma que le pareció realmente adorable. —En ese caso no creo que este bien que lo hagas.
La conclusión a la que llegó casi le hizo reír, pero se contuvo para no molestar a su nuevo acompañante y en vez de eso le sonrió amablemente.
—No creo que lo esté, evitaré hacerlo de nuevo.
Desde pequeño, siempre había sido bueno con las palabras, pero había algo en él y su forma de hablarle que le impedía pensar con claridad lo que iba a decir antes de hacerlo. Entonces pensó que él no podría ser una persona cualquiera, debía tratarse de algún noble. Un príncipe quizás. Sí, él debería serlo, eso explicaría su forma de hablar y su apariencia perfecta. Y esos ojos obstinados.
—Eso estaría bien. —El joven pareció dudar un momento, como si estuviera debatiendo algún asunto importante en su mente, provocando en él un enorme deseo por saber lo que estaba pensando hasta que finalmente le miró de nuevo y, luego de un suspiro, continuó. —¿Te quedarías un poco más? No conozco a nadie así que...
—¡Por supuesto! —Se apresuró a responder sin ocultar la emoción que le provocaba su propuesta, lo único que llenaba su mente era la posibilidad de conocerlo más y estar un poco más a su lado. Y, con un poco de suerte, volver a verlo la próxima vez que bajara a la Tierra.
—Me llamo Erwin. —Agregó golpeándose mentalmente por su falta de modales, ofreciéndole su mano educadamente.
—Levi. —Respondió simplemente, estrechando su mano.
Si no fuera porque debía mantener la compostura, Erwin hubiera saltado de emoción por ambas cosas, conocer su nombre y haber sido capaz de tocar esa hermosa piel, mucho más suave de lo que había imaginado.
Ambos caminaron hasta la orilla de la laguna, sentándose a la orilla bajo la sombra de un árbol, manteniendo una distancia prudente pero mucho menor a la que sabían sería correcto mantener con un extraño.
Erwin charlaba emocionado sobre todo aquello que sabía, los lugares que había conocido, las cosas que había visto, los conocimientos que había adquirido, y él le escuchaba con atención, maravillado por las historias y la sabiduría del otro.
Ya muy entrada la noche, las conversaciones se convirtieron en poemas, desde algunos recitados al viento hasta otros susurrados al oído de Levi, buscando demostrarle de algún modo el amor que había nacido en su corazón.
El tiempo pasó volando para ellos y entre más hablaban, más seguro estaba Erwin de que era él a quien quería entregar su corazón. El problema sería explicarle quien era y hablar con su padre sobre ello... debería planear muy bien las palabras que usaría para explicarle que se había enamorado del más hermoso de los humanos.
Para cuando se dieron cuenta, el amanecer se anunciaba ya en el firmamento y Erwin se decidía a confesarle sus sentimientos. Pero algo cambió, y el semblante de su amado se tornó nervioso.
—Debo irme. —Anunció Levi, levantándose de un salto frente a un muy decepcionado Erwin.
—¿Tan pronto? Quédate un poco más —suplicó levantándose tras él, resistiendo el impulso de tomar su mano para detenerlo—, hay tanto que quisiera contarte...
—No puedo. Debo volver antes del amanecer. —En su mirada, Erwin pudo ver la pena de dejarlo, rompiendo su propio corazón ante la inevitable despedida.
—Al menos... ¿te volveré a ver? —En ese momento podía jurara que el brillo en sus bellos ojos grises fue un reflejo del suyo propio, devolviéndole un poco de la esperanza que creía perdida.
Un silencio que pareció eterno se instaló entre ambos, volviendo el ambiente pesado mientras el tiempo se acababa para ellos.
—Esta noche... —respondió Levi al fin, haciéndole liberar el aliento que no sabía que estaba conteniendo— te veré aquí esta noche.
Sin más palabras ni esperar una respuesta, salió corriendo hasta perderse de su vista, dejando una profunda sensación de vacío instalada en el pecho de Erwin. Nunca había creído en eso que los humanos llamaban "amor a primera vista", pero no podía encontrar otra explicación para lo que sentía por Levi.
