Disclaimer: Axis Powers Hetalia no me pertenece.
Advertencias: Insinuaciones sexuales.
Parejas involucradas: Francia/Inglaterra.
Palabras: 2,981. Este es un poco más corto, pero es como la introducción a lo que vendrá asfasdf.
Resumen: Se levantó de la cama, dejando las plumas como recuerdo de aquel beso, y fue seguido por la mirada de Francis hasta que salió de la habitación.
Sucesos históricos relacionados: Ninguno. Este es un AU.
Nota de autor: Capítulo algo más corto esta vez, pero condensadito. ¿Qué irá a suceder? Es bueno saber que al menos alguien sigue este multi-chapter, y que, aunque sea el primero que hago y posteo por acá, le tenga esperanzas. Se agradece entonces a Erelbrile (esta manía de ponerse nombres raros y difíciles de escribir xD). Ojalá que más gente se anime a comentar porque, aunque no lo crean, ¡los comentarios animan a escribir! Espero que les agrade este capítulo~.
"Los que padecéis porque amáis: amad más todavía; morir de amor es vivir." – Víctor Hugo.
Notting Hill
Capítulo II: Baryton-Martin
.
El día estaba precioso. Era uno de esos domingos adorables, en los que Arthur se escapaba temprano del hogar compartido para ir a retozar por ahí, para ir a casa de Gilbert a despertarle con un gruñido exasperado y sacarle de la cama rápidamente gracias a la acción del pastor alemán que le pertenecía a la familia Beilschmidt –Gilbert y su hermano menor, Ludwig-.
A Gilbert le sorprendía la forma de ser de Arthur. Era serio toda la semana, hasta que sus días libres llegaban. El sábado, durante el día, era su tiempo de relajo en casa; durante la noche, en cambio, se dedicaban a beber cerveza y ensayar con la banda. Entonces se comportaba divertido, astuto e incluso pervertido cuando la situación lo ameritaba. El domingo, era una historia completamente diferente. Salían a pasear, llevando a Blackie tirando con fuerza de la correa, al Hyde Park. Era ahí donde aparecía la faceta más juvenil de Arthur. No le sorprendía entonces, los sábados por la noche, cuando salía con Francis y Antonio en vez de presentarse a los ensayos de la banda, que Francis relatase una nueva pelea de almohadas. Arthur, los domingos, se comportaba como un niño muy mimado.
Por eso le sorprendió al albino despertar a eso de las doce del día, sin su despertador de las ocho.
.
En Notting Hill las cosas estaban tomando color de hormiga. Francis lo supo cuando despertó y Arthur estaba de pie en la cocina, pelando una naranja, en vez de estar sacando a la familia Beilschmidt de paseo por Londres, como era costumbre cada domingo desde antes de que Francis siquiera pensase en la existencia de tan singular personaje.
Sus muelas se apretaron entre sí, inconscientemente. Francis no padecía de bruxismo, gracias a Dios, pero cada vez que algo feo se veía venir en el apartamento, ese gesto era inevitable.
Las cejas espesas de Arthur se juntaron cuando frunció el ceño y el francés no pudo evitar pensar en todas sus oraciones ante semejante vista. Estiró la mano hasta alcanzar la puerta del mueble en que guardaban las tazas.
- Imbécil. – Comenzó Arthur, en un tono tan frío que Francis quiso subirle un poco a la calefacción, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda desnuda.
La cerámica blanquecina bajo las pantuflas de Francis era la misma bajo las zapatillas de lona de Arthur y, sin embargo, parecían estar en ambientes profundamente diferentes. El francés sacó su tazón –uno ancho, blanco, con una Torre Eiffel pintada en el exterior.- e ignoró el comentario. Sólo hasta que uno peor azotó sus oídos.
- ¿¡Qué se supone que sea esto!? – Gritó ahora Arthur, indignado, señalándose el cuello.
Francis le miró de frente.
Merde.
Los dedos de Arthur estaban posicionados en su pálido cuello, justo donde Francis había mordido y succionado dejando su marca roja, ahora transformada en un hematoma violáceo. El inglés esperó una respuesta, cosa que Francis no se molestó demasiado en formular. Su ceño pareció fruncirse aún más al no recibir la respuesta esperada. Su garganta tembló antes de comenzar a gritar.
- ¡Imbécil! ¡Ya dímelo! ¡Estúpida rana! – Y las mejillas comenzaron a teñírsele de rojo, temblaba de ira y de vergüenza.
Francis se mordió el labio inferior y puso en marcha la cafetera, ignorándole.
- El viernes por la noche te diste un golpe contra la marquesa de la cama. – Contestó tras un momento en silencio.
Arthur sopesó la respuesta, sonrojado. No, no había forma de que eso causara semejante marca en su cuello. El solo pensamiento era absurdo.
- Francis.
Su voz atravesó la cocina, llegando a los oídos agudos del francés, en forma de una melodía. Cada una de las letras de su nombre pasaba a tener un acento, una cadencia. Francis repentinamente quiso comerse la boca del británico y envolver con su lengua aquella de tan deliciosa pronunciación, y robarse la voz inesperadamente grave del inglés. Sintió que si no hacía algo, se iba a desmoronar desde adentro.
Guardando todo dentro de su propio ser, Francis volteó hacia Arthur y le miró con arrogancia.
- Son estupideces tuyas, Arthur. Estabas demasiado ebrio. – Continuó, restándole importancia al problema.
Arthur fue el que se mordió el labio esta vez.
- Me dijeron que parece que mi novio estaba demasiado candente. – Suspiró, repitiendo las palabras de los miembros de su banda. – Y que no sabían que me gustaban los hombres.
Francis le quiso devolver la mirada, pero Arthur no logró contenerlo y desvió sus verdes ojos hacia la cerámica de la cocina. Sus zapatillas de lona contrastaban enormemente con la belleza de aquel piso, elegido por Francis, casi como todo lo demás. Miles de cosas atravesaron el pensamiento del francés. Si sólo hubiese estado allí. Si sólo no hubiese dejado aquella marca en su piel.
El silencio pareció romperlos más. Arthur dejó la cocina, cruzó la sala y salió del apartamento.
Francis se quedó de pie, el cabello largo, como una cortina, cubrió su rostro de cualquier mirada acosadora.
El teléfono sonó al mediodía. Francis contestó sin mucho ánimo. Era Gilbert.
- No… Arthur no está. Ha salido a eso de las diez. No. No me dijo a dónde iba. Sí. Gracias… Que tengan un buen día. – Fue lo que contestó a Gilbert, antes de cortar.
Las lágrimas no se hicieron de esperar. Francis pensó en dejar el apartamento, en irse a casa de Antonio. Pero le pareció muy infantil de su parte. Sabía perfectamente que Arthur se consideraba heterosexual, pero que a veces sus movimientos cuando estaba ebrio no decían lo mismo. Francis se consideraba bisexual, hasta el momento.
.
Eran ya las siete de la tarde. Francis revisaba su correo electrónico en el portátil de Arthur –que se había convertido en el portátil de la casa-. Las ventanas abiertas dejaban entrar el aire frío de aquellas horas.
De Arthur, ni señas.
Claro, hasta que la puerta se abrió y el británico entró muerto de frío, sólo para encontrarse con la misma temperatura dentro del apartamento. Un bufido llamó la atención de Francis, y cuando ambos pares de ojos se hallaron, el inglés se sonrojó de golpe, la nariz enrojecida por el frío; las mejillas teñidas por el calor de la vergüenza.
- I am sorry… - Comenzó.
Francis alzó una mano y le cortó.
- No te preocupes, no es nada. – Le espetó, volviendo la mirada a la computadora. - ¿Dónde estabas?
- En casa de Alfred, el nuevo guitarrista de mi banda. – Contestó, con la voz cansada.
El inglés pensó en acercarse a Francis, en sentarse junto a él y regalarle algo de su tiempo. En pedirle perdón por aquella tontería. No importaba ya el origen de la marca. Ahora que estaba calmado, y que el francés revisaba concentradamente su correo. Se imaginó apoyando la cabeza en el hombro del mayor, dejando que una sonrisa suave se posara en los labios de Francis y que luego sus manos le acariciasen el rostro.
Pero optó por fruncir el ceño y suspirar, tomando el camino a la cocina.
Le sorprendió encontrar un pequeño pastel sobre la mesa. Pero no dijo nada. Claro, ese día se cumplía un año desde que se habían conocido. Era primero de diciembre.
.
Era lunes por la tarde y, en la cafetería, Arthur dejaba que Francis calentase sus manos con las suyas. Era vergonzoso, pensaba, que Francis rodease sus manos frías con el calor de las suyas.
La relación que tenían, ya de por sí le causaba cierta vergüenza al inglés.
Ladeó la cabeza, sus manos estremeciéndose. Una falda revoloteó al anunciar la entrada de una joven de cabellos color café y verdes ojos. Elizabeta se plantó frente a Francis y Arthur, que de sólo sentir sus pasos se habían soltado las manos.
- Jó napot! – Exclamó la joven, sonriendo ampliamente.
Arthur le saludó con las mejillas sonrosadas, aún bastante avergonzado por el calor traspasado de las manos de Francis a las suyas. Francis se abrazó a la chica.
- Bonsoir, mi querida y dulce Eliza… - Sonrió, coqueto, el francés.
Elizabeta suspiró con cierto cansancio y se dejó abrazar por Francis. Arthur desvió levemente la mirada. Francis siempre era así con todos…
- ¿Qué hacen aquí? – La joven alzó una ceja, dirigiendo su pregunta a Arthur. Francis se entretenía jugando con la cintura de la húngara entre sus manos, como si de una muñeca se tratase.
El inglés arrugó levemente la nariz, como dejando entrever su incomodidad por el jugueteo de su estúpido compañero de piso.
- Sólo pasábamos a comprar algo para beber y calentarnos en el camino a casa. – Respondió, llevándose las manos a los bolsillos del pantalón negro de tela.
Elizabeta sonrió pervertida.
- ¿"Calentarnos"? – Repitió, divertidísima, mientras el sonrojo se hacía pronunciado en las mejillas de Arthur. Francis ya casi alcanzaba a besar el cuello de la húngara, cuando ésta le espantó como si de una molesta mosca se tratase y el francés se separó de ella.
Arthur infló las mejillas, tragándose los extrañísimos celos que sentía. ¿Por qué había de sentir celos? No había motivo alguno para algo como eso, ¿o sí?
.
- Tiene novio, por si no lo sabías.
Caminando por Londres, Arthur le espetó estas palabras a Francis. Él sólo sonrió, como si no le tomase en cuenta. Arthur frunció el ceño, enfadado, y le propinó una suave patada al francés, que lejos de quejarse, trotó con el vaso de cappuccino en la mano, riendo alegremente.
- Roderich debe estar muy celoso de lo que hice, claro que sí. – Continuó riéndose, cuando Arthur le dio alcance.
Era una ironía, obviamente. Roderich, su novio, nunca estaba en la cafetería de la que era dueña y administradora la húngara, siempre estaba ocupado con las lecciones de piano o violín… Además, no era del tipo celoso. De otro modo, habría pateado a Gilbert fuera del grupo de amistades de la húngara desde que comenzaron a salir. Y aunque se llevaban peor que Francis y Arthur –mucho peor-, Roderich simplemente dejaba que Gilbert sacase a su novia a pasear y a comer. A veces Eliza pasaba la noche en casa de los Beilschmidt. Roderich no se inmutaba en lo más mínimo.
.
Francis giró la llave en la cerradura y la puerta del apartamento se abrió.
Arthur se quitó el abrigo y la bufanda, dejándolos en el sofá sin más. Francis recogió las prendas con cuidado, agregándolas a las suyas, y las colgó donde correspondían. Arthur ya se había internado en su habitación.
- ¿Vas a venir a ayudarme, Arthur? ¿O sólo vas a juguetear? – Bufó el francés, entrando a la cocina.
Un golpe en su trasero y, ¿qué demonios? Al voltearse vio a Arthur, con un brillo de adolescente en los ojos, en sus manos la esplendorosa almohada de plumas en la que cada noche dejaba que su desordenado cabello se desordenara un poco más. Francis no alcanzó a regañarle cuando la almohada se le estampó en el rostro y el inglés echó a correr.
Riendo, Francis corrió tras él hacia su propia habitación. Le recibió su perfume Chanel, su escritorio ordenado y las fotos de Paris pegadas en la pared. El francés cogió su almohada, también de plumas, y con ella golpeó a Arthur en pleno estómago. El inglés soltó un gruñido y volvió a golpearle, esta vez en el hombro, soltando las plumas de la almohada blanca.
Francis rió ampliamente antes de recibir otro golpe en el costado, que devolvió con fiereza. Fue tal el golpe que las plumas flotaron en el aire y Arthur se dejó caer en la cama, con un ataque de risa.
El francés dejó otro almohadazo en el estómago de Arthur, posicionándose sobre él. Sus caderas se rozaron inesperadamente. Francis miró al británico durante un instante, mientras las plumas cortaban el aire a su alrededor. Sin pensarlo, su rostro se acercó al del británico que reía con los ojos cerrados.
Esta vez estaban ambos sobrios cuando los labios de Francis reclamaron los de Arthur. Ambas manos se posicionaron a cada lado de la cabeza del inglés, que abrió los ojos de golpe.
Aquellos eran labios suaves, con sabor a mañana, a música, a arte, a café. Y a Arthur, inesperadamente, le gustaban aquellos sabores. Por eso cerró los ojos y dejó que la lengua francesa entrase en su boca, robándose sus suspiros, su soledad, su sabor a lluvia y a lecturas de días largos.
Pero algo en todo eso no estaba bien, y una parte de su mente le recriminaba el hecho de que se dejara besar por su compañero de piso. Aquella parte de su mente que se mantenía cuerda, como una vocecita reprochadora y crítica que calificaba sus acciones de "buenas" o "malas", y esta acción estaba siendo calificada como "mala". No, a Arthur simplemente no podía gustarle aquel hombre de barba de tres días, de cabello largo y ondulado como ondas de oro, de ojos tan azules como el océano que separaba Europa de América, de manos tan cálidas como las de una madre, de voz tan grave, armónica y sensual como la de un barítono Martin, que alcanza los tonos de un tenor estupendamente, dejando en el aire plasmada la hermosura de su voz.
Era inconcebible. No podía gustarle Francis.
Y por eso fue que lo apartó de golpe, cuando la lengua francesa casi dominaba su boca por completo. Fingió asco al limpiarse los labios con la camisa, frente a la mirada atónita de Francis. Un gusto amargo invadió su lengua, como un reproche de su cuerpo por no haberse dejado llevar un poco más allá… Allá donde podría ver el paraíso mientras su cuerpo permanecía en la Tierra.
No.
Se levantó de la cama, dejando las plumas como recuerdo de aquel beso, y fue seguido por la mirada de Francis hasta que salió de la habitación.
No se hablaron en la cena.
No se dieron las buenas noches.
Y Francis ya no estaba a las seis de la mañana tomando café en la cocina.
Qué amargura la que sintió Arthur.
Sólo quedaban pequeños rastros de la presencia de su compañero de piso. Los waffles con miel y chocolate, aún calientes sobre la mesa de la cocina; y el pequeño post-it amarillo pegado a la mesa, cerca de los waffles, en cuya cara visible era posible observar la letra cursiva de Francis envuelta en tinta negra.
Arthur se acercó un poco más para leer sin problemas. Vaya, o era tanto el sueño que tenía que las pestañas se le pegaban, o realmente necesitaba sus lentes para todo últimamente.
"¡Come todo tu desayuno! El agua está hervida, así que no tendrás problemas. No llegues tarde al trabajo esta vez. Me estoy quedando en casa de Antonio. Hay muchas cosas que ambos debemos pensar, ¿verdad?"
El británico cogió la pequeña nota amarilla entre sus dedos, jugando con el adhesivo mientras caminaba hasta la tetera aún caliente, tomando su taza del mueble. Lentamente arrugó el papel y lo dejó en el lavaplatos, abandonado.
.
Francis se detuvo con su maleta frente a la puerta de roble barnizado, pensando en si realmente debería molestar a su mejor amigo. No tenía opción. Habría sido más complicado ir a meterse en casa de Gilbert, pues sabía que el joven alemán no se levantaba sino hasta las ocho de la mañana, y que si Ludwig lo veía tan temprano por allá, iba a cuestionar su sanidad mental; y que si, eventualmente Elizabeta estaba allí, sería interrogado sin descanso. Para no arriesgarse, prefirió tomar el metro hasta Brixton.
Y cuando estaba a punto de golpear la puerta, escuchó un ruido de platos rotos desde el interior y la exclamación en italiano. Francis suspiró antes de golpear por fin.
Lovino, con el cabello revuelto y la camisa sin abrochar, abrió la puerta y le miró, en silencio y con el ceño fruncido. Al poco, Antonio apareció junto al italiano, rascándose la nuca.
- Buon giorno. – Saludó cortante el italiano, dejando la puerta abierta para que Antonio, con el torso desnudo y los pantalones de tela sin abrochar, se asomase a recibir a su amigo.
- ¿Francis? – Preguntó este, a su vez, extrañado por la presencia del francés en su casa a esas horas de la mañana.
Francis le miró ausente, aferrándose a su maleta. Antonio abrió la puerta de par en par y le hizo un gesto para que entrara. Francis no dijo nada; sólo entró. Lovino le miró desde la mesa, la taza de cappuccino caliente entre sus manos y el ceño fruncido, sus irises color cobre centradas en el francés.
- Antonio, ¿qué es todo esto? – Preguntó Lovino, sin despegar su mirada de Francis, que dejó su maleta junto al sofá y suspiró.
- Se pelearon, ¿verdad? – Comentó Antonio, buscando la aprobación de Francis, que sólo asintió con la cabeza, sus cabellos agitándose.
- Mil demonios. – Soltó el italiano, cerrando los ojos con un gruñido fuerte de desaprobación.
- ¿Cuánto quieres quedarte, Fran? – Suspiró, en cambio, Antonio, dirigiéndose a Francis sin mucha alegría.
Francis pareció meditar la cifra.
- Una semana será suficiente. – Contestó, entrecerrando sus azules ojos en un gesto de conformidad.
Antonio asintió.
- El cuarto junto al de Lovino; puedes quedártelo. – Le dijo entonces.
El francés no hizo más que asentir, coger su maleta y subir las escaleras.
.
Arthur salió a tiempo del apartamento, la bufanda enredándosele en el cuello en un nudo cuya existencia Arthur desconocía hasta crearlo. Cogió el primer taxi e instruyó al conductor para llegar al Bank of England del modo más rápido. Mientras antes comenzase a trabajar en los números, mejor. Quería desligarse de todo pensamiento referente a Francis, y nada mejor para hacerlo que trabajar con las matemáticas.
Antonio le saludó en la entrada, cordial como siempre, aunque esta vez notó al entrar que su sonrisa era una falsa y nerviosa. Arthur no preguntó nada al respecto, y tampoco sobre Francis. Ya era demasiado para él.
Traducciones:
I am sorry: Lo siento (inglés)
Jó napot: Buenas tardes (húngaro)
Bonsoir: Buenas tardes (francés)
Buon giorno: Buenos días (italiano)
Baryton-Martin: Barítono Martin (inglés). Aquí voy a explayarme un poco, porque, según la Wiki, un barítono martin es aquel barítono que alcanza tonos de un tenor, o aquel tenor que alcanza tonos de un barítono. Para los que no saben tanto de música, esto viene de la clasificación de las voces masculinas, donde el tenor es el de tonos más altos, barítono es el del medio y bajo es el de, valga la redundancia, tonos más bajos. Imaginé que la voz de Francis cabía en ese rango entonces xD.
