Me enzarzo en una pelea con el equipo de animadoras- leyó Rachel
Ya peleando, Percy?– se rió Hermes
Ella le saco la lengua infantilmente
Lo último que deseaba hacer durante las vacaciones de verano era destrozar otro colegio.
Qué extraño, Percy sin interés en destrozar algo- se burló Thalía
Percy siendo la madura semidiosa que era le sacó la lengua
Sin embargo, allí estaba, un lunes por la mañana de la primera semana de junio, sentada en el coche de mamá frente a la Escuela Secundaria Goode de la calle Ochenta y una Este.
Era un edificio enorme de piedra rojiza que se levantaba junto al East River. Delante había aparcados un montón de BMW y Lincoln Town Car de lujo. Mientras contemplaba el historiado arco de piedra, me pregunté cuánto tiempo iban a tardar en expulsarme de allí a patadas.
Que negativa, Cerebro de algas- comentó Annabeth
—Tú relájate —me aconsejó mamá, aunque ella no me pareció demasiado relajada—. Es sólo una sesión de orientación. Y recuerda, cariño, que es la escuela de Paul. O sea, que procura no... Bueno, ya me entiendes.
— ¿Destruirla?
—Eso.
Paul Blofis, el novio de mamá, estaba en la entrada dando la bienvenida a los futuros alumnos de primero de secundaria que iban subiendo la escalera. Con el pelo entrecano, la ropa tejana y la chaqueta de cuero, a mí me parecía un actor de televisión, pero en realidad no era más que profesor de Lengua. Se las había arreglado para convencer a la escuela Goode de que me aceptaran en primero, a pesar de que me habían expulsado de todos los colegios a los que había asistido.
Es un record, Percy! Felicitaciones!- dijo Will
Yo ya le había advertido de que no era buena idea, pero no sirvió de nada.
Te enviaría a otro colegio- dijo con tono obvio Annabeth
Miré a mamá.
—No le has contado la verdad sobre mí, ¿verdad?
Ni que fueras parte de una secta- le comentó Luke
Ella se puso a dar golpecitos nerviosos en el volante. Iba con su mejor vestido, el azul, y sus zapatos de tacón. Tenía una entrevista de trabajo.
—Me pareció que era mejor esperar un poco —reconoció.
—Para que no salga corriendo del susto.
—Estoy segura de que todo irá bien, Percy. Es sólo una mañana.
—Genial —mascullé—. No pueden expulsarme antes de haber empezado el curso siquiera.
Que negativa – dijo Nico
Hablo el semidiós mas negativo sobre la Tierra – le devolvió ella
Nico, siendo tan maduro como todos los hijos de los Tres Grandes, le mostro el dedo del medio (en mi país le decimos "fuck you" así que si lo encuentran por ahí mientras leen, es porque se me escapo ponerle así) y comenzaron a pelearse hasta que Annabeth amenazó con tirarlos de un pegaso a máxima velocidad si no se callaban
—Sé positiva: ¡mañana te vas al campamento! Después de la sesión de orientación tienes esa salida para ir a espiar chicos...
— ¡No es ninguna "salida para espiar chicos"! —protesté—. ¡Es sólo una salida de amigas con Annabeth, mamá!
—Viene a verte expresamente desde el campamento para que os juntéis.
—Vale, sí.
—Os vais al cine.
—Ya.
—Las dos solas, a divertirse, en un lugar en el que van a estar un montón de chicos de su edad.
— ¡Mamá!
Alzó las manos, como si se rindiera, pero noté que estaba conteniendo la risa.
Al igual que todos en el campamento, por miedo a que Percy y Annabeth los golpearan.
—Será mejor que entres, cariño. Nos vemos esta noche.
Ya estaba a punto de bajarme cuando eché otro vistazo a la escalera y vi a Paul Blofis saludando a una chica de pelo rojizo y rizado. Llevaba una camiseta granate y unos tejanos andrajosos personalizados con dibujos hechos con rotulador. Cuando se volvió, vislumbré su cara un segundo y se me erizó el vello de los brazos.
Ni que diera tanto miedo- dijo ofendida Rachel
—Percy —dijo mi madre—, ¿qué pasa?
—Na... da —tartamudeé—. ¿Hay alguna entrada lateral?
—Al final del edificio, a la derecha. ¿Por qué?
—Nos vemos luego.
Mi madre iba a decirme algo, pero yo bajé del coche y eché a correr con la esperanza de que la pelirroja no me viese. ¿Qué hacía aquella chica allí? Ni siquiera yo podía tener tan mala suerte. Sí, seguro. Estaba a punto de descubrir que sí, que mi suerte podía llegar a ser mucho peor.
Eso puso en alerta a Poseidón
Colarme a hurtadillas en la escuela no fue una buena idea. En la entrada lateral se habían apostado dos animadoras con uniforme morado y blanco para acorralar a los novatos.
—¡Hola! —me saludaron con una sonrisa. Supuse que era la primera y última vez que unas animadoras iban a mostrarse tan simpáticas conmigo.
Maldita Kelli- murmuro Percy entre dientes
Una era una rubia de ojos azules y mirada glacial. La otra, una afroamericana, tenía el pelo oscuro y ensortijado, igual que el de Medusa (sé de lo que hablo, créeme). Ambas llevaban su nombre bordado en el uniforme, pero debido a mi dislexia las letras me parecieron una ristra de espaguetis carente de sigSin embargo, mientras me miraba de arriba abajo su expresión parecía decir: «Pero ¿quién es esta desgraciada?»
La otra chica se acercó a mí hasta hacerme sentir incómoda. Examiné el bordado de su uniforme y descifré «Kelli». Olía a rosas y otra cosa que me recordó las clases de equitación del campamento: la fragancia de los caballos recién lavados.
La mente de Atenea y sus hijos, excepto Annabeth, iban a mil por hora, pensando en que podría monstruo podría ser aquellas chicas
Era un olor un poco chocante para una animadora. Quizá tenía un caballo o algo así. El caso es que se me acercó tanto que tuve la sensación de que iba a empujarme por las escaleras.
—¿Cómo te llamas, pazguata?
—¿Pazguata?
—Novata
—Ah... Percy.
Las chicas se miraron.
—Ajá. Percy Jackson —dijo la rubia—. Te estábamos esperando.
Eso solo puede significar problemas- dijo Jason un poco preocupado por Percy
Sentí un escalofrío. Ay, ay, ay... Me bloqueaban la entrada sonriendo de un modo ya no tan simpático. Me llevé instintivamente la mano al bolsillo, donde guardaba mi bolígrafo letal, Contracorriente. Entonces se oyó otra voz procedente del interior del edificio.
Salvada por la campana- dijo Apolo
— ¿Percy?
Era Paul Blofis, que me llamaba desde el vestíbulo. Nunca me había alegrado tanto de oír su voz. Las animadoras retrocedieron. Tenía tantas ganas de dejarlas atrás que sin querer le di a Kelli un rodillazo en el muslo.
Clonc.
Su pierna produjo un ruido hueco y metálico, como si le hubiese dado una patada a una farola.
'Qué?' se preguntaron todos
—Ayyy —murmuró entre dientes—. Anda con cuidado... pazguata.
Bajé la mirada, pero la chica parecía completamente normal y yo estaba demasiado asustada para hacer preguntas. Llegué corriendo al vestíbulo, mientras ellas se reían a mis espaldas.
—¡Aquí estás! —exclamó Paul—. ¡Bienvenida a Goode!
—Hola, Paul... esto... señor Blofis. —Lancé una mirada atrás, pero las extrañas animadoras ya habían desaparecido.
—Cualquiera diría que acabas de ver un fantasma.
—Sí, bueno...
Paul me dio una palmada en la espalda.
—Oye, ya sé que estás nerviosa, pero no te preocupes. Aquí hay un montón de chicos con Trastorno Hiperactivo por Déficit de Atención y dislexia. Los profesores conocen el problema y te ayudarán. Casi me daban ganas de reír. Como si el THDA y la dislexia fuesen mis mayores problemas...
Deberían de serlo… - se lamentó Poseidón
Soy una semidiosa, papá, y además tu primera hija semidiosa, obviamente tendré problemas peores que esos – dijo Percy tratando de calmar a su padre – mucho peores que esos – agregó en silencio
O sea, ya me daba cuenta de que Paul quería ayudarme, pero, si le hubiera contado la verdad sobre mí, habría creído que estaba loca o habría salido corriendo dando alaridos. Aquellas animadoras, por ejemplo. Tenía un mal presentimiento sobre ellas.
Luego eché un vistazo por el vestíbulo y recordé que me aguardaba otro problema. La chica pelirroja que había visto antes en las escaleras acababa de aparecer por la entrada principal.
«Que no me vea», recé. Pero me vio. Y abrió unos ojos como platos.
—¿Dónde es la sesión de orientación? —le pregunté a Paul.
—En el gimnasio. Aunque...
—Hasta luego.
—¡Percy! —gritó mientras yo echaba a correr.
Siempre corriendo, no me extraña que tengas ese cuerpo perfecto – dijo Apolo, pensando en voz alta, ocasionando que Percy se pusiera rojísima y deseara desaparecer de ahí inmediatamente, y que su padre y hermanos (además de Hermes, Will, Nico y Luke, más disimuladamente) lo asesinaran con la mirada
Creí que la había despistado.
Un montón de chavales se dirigían al gimnasio y enseguida me convertí en una más de los trescientos alumnos de catorce años que se apretujaban en las gradas. Una banda de música interpretaba desafinando un himno de batalla; sonaba como si estuvieran golpeando un saco lleno de gatos con un bate de béisbol. Algunos chavales mayores, probablemente miembros del consejo escolar, se habían colocado delante y exhibían el uniforme de Goode con aire engreído, en plan «somos unos tipos guays y queremos impresionar a las chicas». Los profesores circulaban de acá para allá, sonriendo y estrechando la mano a los alumnos. Las paredes del gimnasio estaban cubiertas de carteles enormes de color morado y blanco que rezaban: «BIENVENIDOS, FUTUROS ALUMNOS DE PRIMERO. GOODE ES GUAY. SOMOS UNA FAMILIA», y otras consignas similares que me daban ganas de vomitar.
Ninguno de los futuros alumnos parecía muy entusiasmado. Tener que asistir a una sesión de orientación en pleno junio, cuando las clases no empezaban hasta septiembre, no era un plan demasiado apetecible. Pero en Goode «¡Nos preparamos para ser los mejores cuanto antes!». Al menos eso afirmaba uno de los carteles.
Suena muy aburrido – dijo Thalía, siendo secundada por Percy, Nico, Teseo y Hazel
Pues a mí, me parece bien que empiecen a prepararse temprano para obtener buenas calificaciones – dijo Bianca, obteniendo la aprobación de Perseo, Orión y Jason
De Jason y Bianca me lo esperaba, pero ustedes dos?... Acaban de destrozar mi esperanza de llevarlos por el mal camino – dijo Percy fingiendo mucho pesar
Puede que todavía podamos, si los apartamos de los dos amantes de las reglas, aquí presentes… - le susurro Nico
La banda de música terminó de maullar por fin y un tipo con traje a rayas se acercó al micrófono y empezó a hablar. Había mucho eco en el gimnasio y yo no me enteraba de nada. Por mí, podría haber estado haciendo gárgaras.
De pronto alguien me agarró del hombro.
—¿Qué haces tú aquí?
Era ella: mi pesadilla pelirroja.
—Rachel Elizabeth Dare —dije.
Se quedó boquiabierta, como si le pareciese increíble que recordara su nombre.
Es que es toda una novedad que tú puedas recordar algo! ... – dijo Thalía
Para tu información, Cara de Piña, tengo muy buena memoria – exclamó muy ofendida Percy
—Y tú eres Percy no sé qué. No oí bien tu nombre en diciembre, cuando estuviste a punto de matarme.
No lo vas a superar, no? – dijo Percy cansinamente
Jamás – respondió Rachel con una sonrisa
—Oye, yo no era... no fui... ¿Qué estás haciendo aquí?
—Lo mismo que tú, supongo. Asistir a la sesión de orientación.
—¿Vives en Nueva York?
—¿Creías que vivía en la presa Hoover?
Nunca se me había ocurrido. Siempre que pensaba en esa chica (y no estoy diciendo que pensse en ella; sólo me acordaba fugazmente de vez en cuando, ¿vale?), me figuraba que viviría por la zona de la presa Hoover, ya que fue allí donde nos conocimos. Pasamos juntos quizá unos diez minutos y, aunque durante ese tiempo la amenacé con mi espada (pero fue sin querer), ella me salvó la vida y yo me apresuré a huir de una pandilla de criaturas mortíferas sobrenaturales. En fin, ya sabes a qué me refiero: el típico encuentro casual.
A nuestras espaldas, un chico nos susurró:
—Eh, preciosuras, hablen bajo, que van a hablar las animadoras.
—¡Hola, chicos! —dijo una muchacha con excitación. Era la rubia de la entrada —. Me llamo Tammi y mi compañera es Kelli.
Esta última hizo la rueda.
Rachel soltó un gritito, como si alguien la hubiese pinchado con una aguja.
Varios chavales la observaron, riéndose con disimulo, pero ella se limitaba a mirar horrorizada a las animadoras. Tammi no parecía haber advertido el pequeño alboroto y había empezado a exponer las numerosas maneras de participar, toda ellas geniales, que podíamos escoger durante nuestro primer año en la escuela.
—Corre —me dijo Rachel—. Rápido.
—¿Por qué?
No me lo explicó. Se abrió paso a empujones hasta el final de las gradas sin hacer caso de las miradas enfurruñadas de los profesores ni de los gruñidos de los alumnos a los que iba propinando pisotones. Yo vacilé. Tammi estaba diciendo que íbamos a repartirnos en pequeños grupos para visitar la escuela. Kelli me miró y me dirigió una sonrisa divertida, como si estuviese deseando ver qué iba a hacer. Quedaría fatal si me largaba en aquel momento. Paul Blofis estaba abajo con los demás profesores y se preguntaría qué pasaba.
Luego pensé en Rachel Elizabeth Dare y en la especial habilidad que había demostrado el invierno anterior en la presa Hoover. Había sido capaz de ver a un grupo de guardias de seguridad que no eran guardias: ni siquiera eran humanos. Con el corazón palpitante, me levanté para seguirla y salí del gimnasio.
Me alegra que confíes en mí –
Siempre, RED, siempre –
Encontré a Rachel en la sala de la banda de música. Se había escondido detrás de un bombo de la sección de percusión.
—¡Ven aquí! —susurró—. ¡Y agacha la cabeza!
Me sentía bastante idiota allí metida, detrás de un montón de bongos, pero me acuclillé a su lado.
—¿Te han seguido? —preguntó.
—¿Te refieres a las animadoras?
Ella asintió, nerviosa.
—No creo —respondí—. ¿Qué son? ¿Qué es lo que has visto?
Sus ojos verdes relucían de miedo. En la cara tenía un montón de pecas que me hacían pensar en las constelaciones de estrellas. En su camiseta granate ponía «DEPARTAMENTO DE ARTE DE HARVARD».
—No... no me creerías.
—Uf, sí, desde luego que sí —le aseguré—. Ya sé que eres capaz de ver a través de la Niebla.
—¿De qué?
—De la Niebla. Es... como si dijéramos, ese velo que oculta lo que son las cosas en realidad. Algunos mortales nacen con la capacidad de ver a través de ella. Como tú.
Me observó con atención.
—Hiciste exactamente lo mismo en la presa Hoover. Me llamaste mortal. Como si tú no lo fueras.
Pfff, pues claro que no… -
Me entraron ganas de darle un puñetazo a un bongo. ¿En qué estaría yo pensando? Nunca podría explicárselo. Ni siquiera debía intentarlo.
—Dime —me rogó—: ¿tú sabes lo que significan todas estas cosas horribles que veo?
—Mira, te parecerá un poco extraño, pero... ¿te suenan los mitos griegos?
—¿Como... el Minotauro y la Hidra?
—Eso, aunque procura no pronunciar esos nombres cuando yo esté cerca, ¿vale?
—Y las Furias —prosiguió, entusiasmándose—. Y las Sirenas, y...
—¡Ya basta! —Eché un vistazo por la sala de la banda de música, temiendo que Rachel acabara logrando que saliera de las paredes una legión de monstruos sedientos de sangre.
Pues no necesitas a Rachel para que eso pase - se burló Annabeth
La mayoría de las veces, tú estás conmigo, así que no te conviene que eso pase! -
Al fondo del pasillo, una multitud de chavales salían del gimnasio. Estaban empezando la visita en grupos pequeños. No nos quedaba mucho tiempo para hablar—. Todos esos monstruos y todos los dioses griegos... son reales.
—¡Lo sabía!
Me habría sentido más reconfortada si me hubiese tachado de mentirosa, pero me dio la impresión de que acababa de confirmarle sus peores sospechas.
—No sabes lo duro que ha sido —dijo—. Durante años he creído que estaba volviéndome loca.
Si que estás loca, Rach, querida – le sonrió inocentemente Will, aunque le duró poco, ya que Rachel le tiró con un cierto cepillo azul.
No podía contárselo a nadie. No podía... —Me miró entornando los ojos—. Un momento: ¿y tú quién eres? Quiero decir de verdad.
—No soy un monstruo.
—Eso ya lo sé. Lo vería si lo fueras. Tú te pareces... a ti. Pero no eres humana, ¿verdad?
Eso suena a que fuera un alienígena –
Tragué saliva. A pesar de que había tenido tres años para acostumbrarme a lo que era, nunca lo había hablado con un mortal normal y corriente... Es decir, salvo con mi madre, pero ella ya lo sabía todo. No sé por qué, pero decidí arriesgarme.
—Soy una mestiza —declaré—. Mitad humana...
—¿Y mitad qué?
Justo en ese momento entraron Tammi y Kelli en la sala. Las puertas se cerraron tras ellas con gran estrépito.
—Aquí estás, Percy Jackson —dijo Tammi—. Ya es hora de que nos ocupemos de tu orientación.
—¡Son horribles! —exclamó Rachel, sofocando un grito.
Si que lo eran, no es cierto? – preguntó Annabeth
Si, y no se daba por vencida nunca, la muy hija de puta! – exclamó enfurruñada Percy
Percy! Ese vocabulario! – le llamó la atención Hestia
Perdón, tía Hestia –
Tammi y Kelli iban aún con su uniforme morado y blanco de animadoras y con pompones en las manos.
—¿Qué aspecto tienen? —pregunté, pero Rachel parecía demasiado atónita para responder.
Y no era para menos -
—Bah, no te preocupes por ella. —Tammi me dirigió una sonrisa radiante y empezó a acercarse. Kelli permaneció junto a las puertas para bloquear la salida.
Nos habían atrapado. Sabía que tendríamos que pelear para salir de allí.
—Percy —me advirtió Rachel.
Tammi se acercaba blandiendo los pompones.
Saqué el bolígrafo del bolsillo y le quité el tapón. Contracorriente creció hasta convertirse en una espada de bronce de casi un metro. Su hoja brillaba con una tenue luz dorada. La sonrisa de Tammi se transformó en una mueca de desdén.
—Venga ya —protestó—. Eso no te hace falta.
Olía a rosas y al pelaje limpio de un animal: un olor extraño para una animadora.
Rachel me pellizcó con fuerza en el brazo.
—¡Percy, quiere morderte! ¡Cuidado!
—Está celosa. —Tammi se volvió hacia Kelli—. ¿Puedo proceder, señora?
Ella seguía frente a la puerta, relamiéndose como si estuviera hambrienta.
—Adelante, Tammi. Vas muy bien.
La susodicha avanzó otro paso, pero yo le apoyé la punta de la espada en el pecho.
—Atrás.
Ella soltó un gruñido.
—Novata —me dijo con repugnancia—. Esta escuela es nuestra, mestiza. ¡Aquí nos alimentamos con quien nosotras queremos!
Entonces empezó a transformarse. El color de su rostro y sus brazos se esfumó.
La piel se le puso blanca como la cera y los ojos completamente rojos. Los dientes se convirtieron en colmillos.
—¡Un vampiro! —balbuceé. Entonces me fijé en las piernas de Tammi. Por debajo de la falda de animadora se le veía la pata izquierda peluda y marrón, con una pezuña de burro; en cambio, la derecha parecía una pierna humana, pero hecha de bronce
Son empusas! – gritó de repente Atenea
Me dará un ataque cardíaco a este paso! – se lamentó Poseidón
Mejor guarda tus fuerzas para capítulos siguientes, papá – le consoló Percy
Cualquier día de estos te encerraré en mi palacio – le advirtió él, a lo que Percy se puso pálida al pensar en estar encerrada bajo el agua (desarrolló hidrofobia y cleitrofobia)
—. Aj, un vampiro con...
—¡Ni una palabra sobre mis piernas! —me espetó ella—. ¡Es una grosería reírse!
Avanzó con aquellas raras extremidades desiguales. Tenía una pinta extrañísima, sobre todo con los pompones en las manos, pero no podía reírme, al menos mientras tuviera delante aquellos ojos rojos, por no mencionar los afilados colmillos.
—¿Un vampiro, dices? —Kelli se echó a reír—. Esa estúpida leyenda se inspiró en nuestra apariencia, idiota. Nosotras somos empusas, servidoras de Hécate.
—Hummm... —murmuró Tammi, que estaba cada vez más cerca—. La magia negra nos creó como una mezcla de bronce, animal y fantasma. Nos alimentamos con la sangre de hombres jóvenes.
Me mostró los colmillos. Yo estaba paralizada, no podía mover ni una ceja, pero Rachel le arrojó un tambor a la cabeza.
Eso, Rachel! – le aclamaron todos mientras la pelirroja se sonrojaba
La diabólica criatura soltó un silbido y apartó de un golpe el tambor, que rodó entre los atriles y fue resonando atropelladamente al chocar con las patas de éstos.
Rachel le lanzó un xilofón, pero el monstruo lo desvió con otro golpe.
—Normalmente no mato chicas —gruñó Tammi—. Pero con ustedes, mocosas, voy a hacer una excepción.
Y se lanzó sobre Rachel.
—¡No! —grité, asestando una estocada. Tammi trató de esquivar el golpe, pero la hoja de Contracorriente la atravesó de lado a lado, rasgando su uniforme de animadora. Con un espantoso alarido, la criatura estalló formando una nube de polvo sobre Rachel.
Ésta empezó a toser. Parecía como si acabara de caerle encima un saco de harina.
—¡Qué asco!
—Es lo que tienen los monstruos —comenté—. Lo siento.
—¡Has matado a mi becaria! —chilló Kelli—. ¡Necesitas una buena lección de auténtico espíritu escolar, mestiza!
También ella empezó a transformarse. Su pelo áspero se convirtió en una temblorosa llamarada. Sus ojos adquirieron un fulgor rojizo y le crecieron unos tremendos colmillos. Caminó hacia nosotros a grandes zancadas, aunque el pie de cobre y la pezuña de burro golpeaban el suelo con un ritmo irregular.
—Soy una empusa veterana —refunfuñó— y ningún héroe me ha vencido en mil años.
Cien denarios a que Percy la vence a la primera? – apostó Reyna a Dakota, sorprendiendo a todos
Hecho! – le respondió el hijo de Baco
—¿Ah, sí? —respondí—. ¡Entonces ya va tocando!
Kelli era más rápida que Tammi. Esquivó con un quiebro el primer tajo que le lancé y rodó por la sección de los metales, derribando con monumental estruendo toda una ristra de trombones. Rachel se apartó a toda prisa. Me situé entre ella y la empusa, que había empezado a dar vueltas a nuestro alrededor sin perdernos de vista ni a mí ni a mi espada.
—Una hoja tan hermosa... —dijo—. ¡Qué lástima que se interponga entre nosotras!
Su forma vibraba y retemblaba de tal manera que por momentos parecía un demonio y otras veces una animadora.
—Pobre muchacha —dijo Kelli con una risita—. Ni siquiera sabes lo que pasa, ¿verdad? Muy pronto tu pequeño y precioso campamento arderá en llamas y tus amigos se habrán convertido en esclavos del señor del Tiempo. Y tú no puedes hacer nada para impedirlo. Sería un acto de misericordia acabar con tu vida ahora, antes de que tengas que presenciarlo.
"Que?" se preguntaba, preocupados los romanos
Oí voces procedentes del pasillo. Se acercaba un grupo que estaba haciendo la visita a la escuela. Un profesor hablaba de las taquillas y las combinaciones para cerrarlas.
Los ojos de la empusa se iluminaron.
—¡Estupendo! Tenemos compañía.
Agarró una tuba y me la lanzó con fuerza. Rachel y yo nos agachamos justo antes de que el instrumento pasara volando por encima de nuestras cabezas e hiciera trizas el cristal de la ventana.
Las voces del pasillo enmudecieron en el acto.
—¡Percy! —gritó Kelli, fingiendo un tono asustado—. ¿Por qué has tirado eso?
Me quedé demasiado estupefacta para responder. La falsa animadora tomó un atril, lo agitó en el aire y se llevó por delante una fila entera de flautas y clarinetes, que cayeron junto con las sillas y armaron un tremendo escándalo.
—¡Basta! —grité.
Los pasos se aproximaban por el pasillo.
—¡Ya es hora de que entren nuestros invitados! —Kelli mostró sus colmillos y corrió hacia las puertas. Me lancé tras ella blandiendo a Contracorriente. Tenía que impedir que lastimara a los mortales.
—¡No, Percy! —chilló Rachel. Pero no comprendí lo que tramaba Kelli hasta que ya fue demasiado tarde.
Bruscamente, abrió las puertas. Paul Blofis y un montón de alumnos de primero retrocedieron asustados. Alcé mi espada. En el último momento, la empusa se volvió hacia mí como si fuese una víctima muerta de miedo.
—¡No, por favor! —gritó.
Yo estaba lanzada y no pude parar mi mandoble.
Justo antes de que el bronce celestial la tocara, Kelli explotó entre llamaradas como un cóctel molotov y el fuego se esparció en rápidas oleadas por todas partes. Nunca había visto que un monstruo hiciera algo parecido, pero no tenía tiempo de preguntarme cómo lo había conseguido. Retrocedí hacia el fondo de la sala porque el fuego se había adueñado de la entrada.
Alguien tiene muchos problemas! – entonó Leo
Nooo!, tu crees!? – fue la respuesta rebosante de sarcasmo de Percy
—¡Percy! —gritó Paul Blofis, mirándome patidifuso a través de las llamas—. ¿Qué has hecho?
Todos los chavales chillaban y huían corriendo por el pasillo, mientras la alarma de incendios aullaba enloquecida. Los rociadores del techo cobraron vida con un silbido.
En medio del caos, Rachel me tiró de la manga.
—¡Debes salir de aquí!
Tenía razón. La escuela ardía en llamas y me echarían la culpa a mí. Los mortales no veían a través de la Niebla. Para ellos, había atacado a una animadora indefensa ante un montón de testigos. No tenía modo de explicarlo. Le di la espalda a Paul y eché a correr hacia la ventana hecha añicos.
Salí a toda prisa desde el callejón a la calle Ochenta y una Este y fui a tropezarme directamente con Annabeth.
"Ehh?" pensaron todos
Que hacias ahí? – le preguntó Will
Iba a buscarla para nuestra tarde de chicas -
—¡Qué pronto has salido! —dijo, riéndose y agarrándome de los hombros para impedir que me cayese de morros—. ¡Cuidado por dónde andas, sesos de alga!
Durante una fracción de segundo la vi de buen humor y todo pareció perfecto. Iba con unos téjanos, la camiseta naranja del campamento y su collar de cuentas de arcilla.
Llevaba el pelo rubio recogido en una coleta. Sus ojos grises brillaban ante la perspectiva de ver una peli y pasar una tarde guay las dos juntas.
Entonces Rachel Elizabeth Dare, todavía cubierta de polvo, salió en tromba del callejón.
—¡Espera, Percy! —gritó.
La sonrisa de Annabeth se congeló. Miró a Rachel y luego a la escuela. Por primera vez, pareció reparar en la columna de humo negro y en el aullido de la alarma.
Frunció el ceño.
—¿Qué has hecho esta vez? ¿Quién es ésta?
—Ah, sí. Rachel... Annabeth. Annabeth... Rachel. Hummm, es una amiga. Supongo.
No se me ocurría otra manera de llamarla. Apenas la conocía, pero después de superar juntas dos situaciones de vida o muerte, no podía decir que fuese una desconocida.
—Hola —saludó Rachel. Se volvió hacia mí—. Te has metido en un lío morrocotudo. Y todavía me debes una explicación.
Las sirenas de la policía se acercaban por la avenida Franklin D. Roosevelt.
—Percy —dijo Annabeth fríamente—. Tenemos que irnos.
—Quiero que me expliques mejor eso de los mestizos —insistió Rachel—. Y lo de los monstruos. Y toda esa historia de los dioses. —Me agarró del brazo, sacó un rotulador permanente y me escribió un número de teléfono en la mano—. Me llamarás y me lo explicarás, ¿de acuerdo? Me lo debes. Y ahora, muévete.
—Pero...
—Ya me inventaré alguna excusa —aseguró—. Les diré que no ha sido culpa tuya. ¡Lárgate!
Salió corriendo otra vez hacia la escuela, dejándonos a Annabeth y a mí en la calle.
Claro, vete y dejame los problemas apremiantes a mi! – le reclamó, ofendida, Percy
Lo siento? – se encogió de hombros Rachel
Mi amiga me observó un instante. Luego dio media vuelta y echó a andar a paso vivo.
—¡Eh! —Corrí tras ella—. Había dos empusas ahí dentro. Eran del equipo de animadoras y han dicho que el campamento iba a ser pasto de las llamas, y...
—¿Le has hablado a una mortal de los mestizos?
—Esa chica ve a través de la Niebla. Ha visto a los monstruos antes que yo.
—Y le has contado la verdad.
—Me ha reconocido de la otra vez, cuando nos vimos en la presa Hoover...
—¿La habías visto antes?
Uhhh, esta celosa! SALVESE QUIEN PUEDA! – bromeó Connor, ganándose una daga a dos centímetros de su entrepierna
Vuelves a decir que me puse celosa y seré mas precisa con la punta de esa daga – le amenazó Annabeth
No volveré a abrir mi bocaza – musitó con un hilillo de voz el hijo de Hermes
—Pues... el invierno pasado. Pero apenas la conozco, en serio.
—Es bastante mona.
—No... me había fijado.
Annabeth siguió caminando hacia la avenida York.
—Arreglaré lo de la escuela —prometí, deseosa de cambiar de tema—. De verdad, todo se arreglará.
Ella ni siquiera me miró.
—Supongo que nuestra salida se ha ido al garete. Tenemos que largarnos, la policía debe de estar buscándote.
A nuestra espalda, una gran columna de humo se alzaba de la Escuela Secundaria Goode. Entre la oscura nube de ceniza, casi me pareció ver un rostro: una mujer demonio de ojos rojos que se reía de mí.
«Tu precioso campamento en llamas —había dicho Kelli—. Tus amigos convertidos en esclavos del señor del Tiempo.»
—Tienes razón —le dije a Annabeth, desolada—. Debemos ir al Campamento Mestizo. Ya.
Siempre tengo razón –
Modestia aparte, no es cierto, Chica Lista? –
Eres una Cerebro de Algas – refunfuñó
Bien aquí termina el capítulo, quien lee ahora? – dijo Rachel
N/A: Hey! Que onda? Quisiera que me dijeran si prefieren Will/Annabeth y Thalía/Nico o Annabeth/Nico y Thalía/Will.
Read and Review!
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