NOTA DE LA AUTORA: ¡Gracias por sus hermosos reviews! Realmente, no saben cuánto valoro que les guste mi trabajo y que me dejen un mensajito por ello ya que me apoya muchísimo a seguir la historia.

Espero también sea de su agrado este nuevo capítulo que les traigo. ¡Besos!


2.

La última manzana


Cuando Carol se casó con Ed, se convenció de que había encontrado una solución a la soledad que alguna vez creyó eterna.

Había sido educada en una familia estrictamente religiosa en la cual la prioridad de toda mujer era llevar un anillo en el dedo que simbolizara la felicidad y diera a entender a todos los de más, pecadores o no, que como esposa estaba dispuesta a dar hijos a su marido y convertir a éstos en siervos del Señor.

Carol siempre tuvo en mente llegar virgen al matrimonio y Ed fue el único hombre que le soportó tal condición. A pesar de no ser cristiano en su totalidad y poseedor de un caracter impetuoso, la mujer pensó que podría soportar todo aquello en modo de agradecimiento al hombre que la tomó por esposa y así llevar un matrimonio feliz.

Pero nunca imaginó que todo se fuese a la mierda tan rápido. Es más, nunca imaginó que todo se fuese a la mierda.

En la segunda noche de la Luna de Miel, Ed desapareció. Dejó a su esposa sola en el cuarto de un hotel que dejaba bastante que desear para irse a algún lado desconocido para ella.

—No debes reprocharle nada, Carol. Sé agradecida con él —se repetía la mujer mientras daba vueltas en la incómoda y apestosa cama.

Ed llegó casi al amanecer para encontrarse con su mujer parada frente a la puerta, con ojeras pronunciadas y brazos cruzados, dispuesta a hacerle el primer reproche matrimonial.

—¿Dónde estabas? —preguntó ella. Sabía que un par de preguntas no iban a ocasionar nada que sacara de sus casillas a Ed, porque eran un matrimonio y debían de contarse las cosas.

—¿Qué dices? —el entrecejo de Ed se frunció frívolamente mientras se tambaleaba. Aunque no estaba lo suficientemente cerca de su mujer, Carol pudo sentir el olor a alcohol que despedía.

—¿Has estado bebiendo, Ed? ¿Me has dejado sola en nuestra Luna de Miel para beber? —Carol no lograba entender y se sentía decepcionada. Si bien conocía a Ed hacia un año antes de contraer matrimonio, nunca lo había visto borracho.

El hombre pasó de ella totalmente y le dio la espalda para empezar a desprenderse una camisa a cuadros que llevaba. Sólo pudo resoplar impertinente y su mujer se dio cuenta de que estaba perdiendo la paciencia.

—Mira, entiendo que quieras divertirte... —Carol hizo una pausa para repetir en su mente lo que estaba diciendo. No tenía sentido pero debía evitar que su esposo se enfadara— ...pero, no necesitabas dejarme sola.

—¡¿Qué?! —Ed se dio vuelta bruscamente y Carol dio un pequeño sobresalto del susto —¡¿Acaso querías que te llevara a tí también a beber ron y a disfrutar de unas putas?!

El corazón de Carol dio un vuelco. Su marido no sólo había estado bebiendo, sino que se había acostado con prostitutas. Todo sonaba horrible en su cabeza más aún sabiendo que la noche anterior había perdido su virginidad con él.

—Te... ¿te acostaste con otra mujer? —sus ojos empezaron a aguarse lentamente y se le hizo un nudo en la garganta. Nunca le habían contado esa parte del matrimonio y creía que situaciones como esas eran sólo posibles en parejas que estaban apartadas de la vista del Señor.

Ed comenzó a reír burlonamente y su pesado estómago se agitaba con él.

—¿Una sóla? —estalló en carcajadas y Carol no pudo soportar más. Sabía que no debía hacerlo pero su mano se alzó muy alto y con toda la ira acumulada abofeteó a Ed en todo su amplio rostro.

Era obvio que al hombre este bofetazo no le había hecho nada, pero pareció ser la gota que derramó el vaso en el pequeño cerebro de Ed, y entonces se adelantó uno de los hechos que, para Carol, se iba a dar tarde o temprano.

La golpeó. Un golpe seco en la frente lo suficientemente fuerte para dejarla tendida en el piso medio mareada.

—¡¿Qué mierda te pasa, puta?! ¡¿Tanto te gusta que te coja que me quieres sólo para tí?!

—Para, Ed —aún tendida en el piso, Carol comenzó a llorar. Segundo día de casados y ya pasaba esto.

—¿Ahora me pides que pare? Vas a ver... —el hombre la tomó de los hombros y la levantó sin esfuerzo alguno para dejarla caer bruscamente en la cama.

—¡¿Qué haces?! —Carol intentó moverse de allí pero para entonces ya tenía a su pesado esposo encima.

—Lo que me vienes pidiendo, celosilla...

La sonrisa que se dibujo en el rostro de Ed aquel día nunca más pudo borrarse de la mente de Carol. Estuvo presente todas las veces siguientes que mantuvieron relaciones y aún lo seguía haciendo.

Podría decirse que Carol nunca hizo el amor en sí mismo, porque apartir de allí se dio cuenta de que nunca amó a Ed y que casarse con él fue el modo que tenía para cumplir con su familia y con Dios ya que tenía más de treinta y aún no se había casado.

Ni siquiera había hecho el amor con Ed la noche de bodas, la primer noche de Luna de Miel. Esto fue debido a que el hombre fue un bruto que sólo buscó su placer y Carol sólo quería que pasase ya ese momento. En su mente se repetía que toda aquella mierda era necesaria para dar a luz algún día.

Carol sabía que Ed se acostaba con otras mujeres pero nunca más volvió a quejarse. Casi sin quererlo se transformó en una esposa sumisa que fue perdiendo el poco caracter que siempre tuvo, y la confianza en sí misma.

Ya no le avergonzaban sus moretones porque no tenía a quien mostrárselos. Ed se ocupó de alejarla de su familia y amigos llevándosela a Atlanta, muy lejos del pueblo en el que se había criado.

Dejó de relacionarse con la gente y se transformó en una extensión de Ed.


—¿Qué tienes ahí debajo? —preguntó la dependienta del mercado a la cual Carol veía casi a Diario.

Incómoda, apretó fuertemente las bolsas que llevaba en su mano izquierda y sonrió como pudo. Con su otra mano tapó con el cabello la horrible marca púrpura debajo de una de las orejas.

—Me estaba duchando y resbalé. Ya sabes, soy una tonta.

—Deberías de tener más cuidado —la mujer le miró perpicaz sobre sus anteojos sabiendo que mentía. —Escuché que Ed tuvo un altercado el otro día en un bar de por aquí cerca, ¿es verdad?

—No fue tan cerca. Fuimos al pueblo de Locust Grove y ya ves, los pueblerinos no son muy amistosos.

—Tampoco lo es Ed —la piernas de Carol temblaron ante esas palabras. —Toma Carol, el vuelto.

—Gracias, Nancy. Nos vemos pronto —Carol se dio media vuelta y maldijo a la mujer para sus adentros. Vivir en las afueras de Atlanta tenía sus desventajas: a medida que los grandes edificios desaparecían, aumentaba la gente metida y chismosa.

La mujer de la melena rizada iba caminando apresuradamente (como siempre lo hacía) por una solitaria acera. Se había nublado pero el calor persistía y un viento caliente parecía quemarle los brazos.

Cuando se iba aproximando a la intersección, pudo ver como una figura masculina aparecía velozmente dando vuelta la esquina y para Carol fue como un balde de agua fría al pecho.

Allí iba, con dos tablas pesadas al hombro y un cigarro en la boca, uno de los dos tipos con los que Ed había tenido problemas. No sólo eso, era el mismo que había impedido que su marido le golpeara en frente de todos y que luego, la observó hasta que desaparecieron del bar.

Carol no supo que hacer, era imposible que no le viese y no quería más problemas. Por instinto quiso esconderse detrás de un moribundo rosal que adornaba la acera, pero su cabeza dijo que era demasiado tonto hacer eso. Entonces, sus piernas se cruzaron yendo cada una para un lado y cayó estúpidamente al piso.

Los ojos de Daryl se volvieron inmediatamente hacia la mujer que estaba tendida en la acera como un trapo y cuyas manzanas y naranjas rodaban por toda la calle.

Por supuesto no iba a ayudarle, tenía cosas más importantes que hacer. Los albañiles para los que trabajaba estaban esperando esos tablones y hacer de caballero un día infernal como aquel no estaba en sus planes. Hasta que vio, por debajo de esa melena rizada pelirroja, un rostro avergonzado que se le hizo familiar.

Carol comenzó rápidamente a recojer todas las frutas que habían salido disparadas sin querer alzar la vista para ver si el tipo seguía allí o no. Fue entonces cuando una agrietada y gruesa mano le alcanzó una de las manzanas que buscaba.

La mujer no la tomó y se puso de pie sin mirar al rostro de Daryl.

—Quédatela —dijo apartándose el cabello de la cara.

—Eso, ¿fue tu marido? —la voz ronca de Daryl retumbó en la cabeza de Carol. El tipo que había sido testigo de aquella cochambrosa situación ahora miraba concentrado su machucón bajo la oreja.

Carol le miró de arriba hacia abajo, fingiendo que no le conocía.

—¿Quién eres? —preguntó. Al hombre pareció molestarle tal pregunta porque retrocedió mirándola con asco.

-—Más bien, ¡¿quién eres tú?!

—Escucha... —Carol comenzó a ponerse nerviosa— Toma la manzana como un regalo y vete, ¿sí? Estoy apurada.

—Y yo estoy aquí con dos tablas encima porque me encanta, ¿no? —Daryl, con su único brazo disponible, tomó bruscamente una de las manos de Carol y colocó la manzana en ella —No necesito tu puta solidaridad.

El hombre le dio la espalda y comenzó a caminar a dónde parecía dirigirse en un principio, dejando a Carol atrás, congelada con una manzana en una mano y bolsas de fruta machucada en la otra. Se sentía extraña. Aquel tipo desconocido que era de un pueblo bastante lejano a Atlanta había coincidido con ella nuevamente y había mantenido una discusión extraña con él. A su vez, había tomado su mano y pudo sentir como su transpiración quedó impregnada en la suya.

Por su parte, Daryl se encaminaba de vuelta al trabajo pero ahora con más incógnitas en la cabeza que hace unos minutos. Aquella mujer, Carol, había fingido no reconocerle.

Sí, era capaz que no le reconociese pero, sus ojos decían otra cosa. La mujer temblaba patéticamente y cuando él notó el moretón, se lo cubrió rápida como un rayo, como queriendo cubrir algo que ambos sabían de donde prevenía.

Su mano pequeña, suave, pálida le había hecho erizar los pelos del cuerpo.

—¿Cómo es posible que una mujer tan inútil sea tan suave? —se preguntó a sí mismo.