Por fin conseguí terminar el siguiente capítulo, lamento la tardanza (si es que alguien está siguiendo la historia u.u …), espero vuestros comentarios¡¡alabadme o ponerme verde, pero opinad, copón!! xD

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4º. Sentimientos

Al día siguiente, ninguno de los dos sabía como actuar. Desde aquella noche los más bajos instintos de los dos estudiantes habían despertado como jaurías de lobos salvajes en celo en su interior. Procuraron no acercarse el uno al otro para que los pocos que quedaban en el castillo no sospecharan de nada. Pero era inevitable que, en los pasillos, en la biblioteca, en el Gran Comedor... una mirada casual les hacía recordar cada segundo de placer de la noche anterior; el día se hacía cada vez más largo. Demasiado.

Llegó la noche al castillo Hogwarts; Severus aún vestido no hacía más que dar vueltas y más vueltas en la cama, nervioso, indeciso, desconcertado consigo mismo. Por una parte la noche anterior había sido la mejor de su vida. Jamás había sentido tan cerca el calor humano, tan reconfortante, protector... le hacía sentir bien, una sensación a la que no estaba muy acostumbrado. Además de aquello, por primera vez se había sentido con el control de la situación, como tanto ansiaba en todos los aspectos de su vida. En el momento en que Elisabeth yacía en el suelo, tumbada, indefensa, desnuda a su merced... sintió que tenía el poder sobre ella, aunque solo fuera por ese instante. Había sido suya, sólo para él, rendida a sus pies. Aquella sensación le resultaba tan excitante, tan deliciosa... no pudo reprimir una mueca retorcida, cuando pensó en ello.

Era superior a sus fuerzas. Tenía que volver a verla.

De un salto bajó de la cama, apartando de un tirón las sábanas decoradas con los colores de la casa Sytherin, se cubrió con una túnica negra de invierno y salió a las mazmorras. No sabía dónde podría encontrarla, y si estaba en su dormitorio lo tendría algo difícil; no sería la primera vez que algún alumno ha intentado hacerles una visita amistosa y ha acabado rodando por el tobogán gigante en el que se convertían las escaleras si algún chico intentaba subir. Lo que sí tenía claro era que estaría despierta; al igual que él, era un ser de vida nocturna. Apenas necesitaban horas de sueño para rendir al día siguiente, y aprovechaban las noches en vela para realizar sus más ocultas aficiones.

Caminó por los pasillos pensativo, intentando averiguar el paradero de su... amante. Dios, incluso pronunciar aquella palabra le resultaba enloquecedor.

¿Dónde podría encontrarla¿En la biblioteca¿En alguna de las clases? No sería la primera vez que se prestaba a ayudar a algún profesor, incluso a altas horas de la noche.

Caminó durante más de media hora sin rumbo fijo, mientras miles de pensamientos le bombardeaban la mente.

Por una parte rememoraba el momento en que Elisabeth yacía en el suelo rendida a sus más inconfesables deseos. Si él hubiera querido dominarla como si de un muñeco se tratase, como tantas veces había querido hacer, con ella y con otras muchas personas a las que ansiaba dominar... la hubiera inmovilizado, intimidado, habría disfrutado de su calor mientras la escuchaba suplicar, pidiéndole que parase, aterrada... por una vez ser él el que inflingiera el dolor mientras disfrutaba con ello, como en tantas otras ocasiones le habían hecho a él.

Sin embargo no había sido así. Cierto que fue lo primero que le pasó por la cabeza en aquel momento. Pero en lugar de ello la estrechó entre sus brazos como si fuera un tesoro, como si temiera perderla en cuanto aquel maravilloso momento terminase. En realidad no deseaba lastimarla. A ella no. No había motivo. Desde el primer momento lo había tratado como si fuera especial. Había algo en él que le atraía, algo muy fuerte que no podía evitar, pero Severus no sabía de qué se trataba exactamente.

Fuera lo que fuera, se sentía enormemente orgulloso de poseerlo.

Entre tanto, aún no había dejado de caminar cuando observó sin mucho interés por una de las ventanas del pasillo. Debía de ser muy tarde; la luna había comenzado a menguar levemente, iluminando a duras penas las afueras del castillo. Todo le pareció tranquilo hasta que algo le llamó la atención: una figura moviéndose entre los árboles del linde del bosque.

En un parpadeo la imagen había desaparecido. Tal vez fuera producto de su imaginación, o tal vez no; en todo caso dejó de darle importancia, tenía mejores cosas en las que pensar. Sin embargo aquella figura le había dado una idea de dónde podía estar Elisabeth.

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- ¿Cómo supiste que te buscaría aquí?

- No lo sabía. Tenía esa esperanza.

Cuando Severus llegó al lugar donde él y Elisabeth habían yacido juntos el día anterior le pareció... visiblemente cambiado. Demasiado. No solo porque lo cubrió todo de velas y pétalos amarillos de rosa. Para estar al aire libre, el ambiente era demasiado acogedor, como quien está en un salón en pleno invierno con todas las ventanas cerradas y una enorme estufa de leña, quemando algo que parecía... romero y canela. No soplaba ni una brizna de aire. Todo el lugar estaba cerrado por un círculo de cristales azules que brillaban como si una llama danzarina se retorciera en su interior. En cuanto Severus puso el primer pie en el interior del círculo fue como si todos sus malestares, por pequeños que fueran se disolvieran. Su piel se templó, ya no estaba fría por el viento, el ligero cansancio de la caminata desapareció como si no hubiera echado a andar aquella noche; incluso un leve nudo en el estómago del que no se había percatado hasta ese momento se relajó.

- ¿Y puedo saber... todas estas molestias a qué se deben?

Incluso en aquellas circunstancias, y después de pensar tantas cosas respecto a ella, no podía dejar de ser el Severus de siempre, frío y borde hasta la médula.

- Supongo que querrás repetir la noche anterior¿no?

- Ansío con todo mi ser volver a sentirte entre mis brazos, Elisabeth. Sin embargo hay algo que me escama en todo esto.

Elisabeth frunció levemente el ceño, intentando parecer extrañada; aunque ya supiera por dónde iban los tiros y sabía perfectamente cómo esquivarlos, o mejor aún, hacer que fueran hacia donde ella quería.

- Explícate, Severus.

- ¿Qué buscas exactamente con esto? – su tono seguía siendo el del Severus amargo, frío y calculador que siempre.

- ¿Me lo dirías tú? O mejor¿sabrías decirme qué es lo que buscas en todo esto?

- Pretendes jugar conmigo.

- ¿En qué sentido? – en ese comentario su mirada y su timbre de voz habían adquirido un tono de picardía que hubiera sido capaz de derretir un glaciar; Severus sin embargo mantuvo su postura, aunque comenzaba a hacer un esfuerzo para ello.

- Simple, mi querida amiga. Para ti no soy más que un juguete donde volcar tus fantasías y ese instinto protector que tanto te hace especial. ¿Piensas que no me he dado cuenta? Adoras el misterio, los secretos, el riesgo es algo que te vuelve loca. Por eso me escogiste a mí y no a cualquiera de los ineptos que abundan en esta institución; yo, el mayor marginado de la sociedad, el malvado, odiado y temido, o el que siempre es usado como objeto de burla para todos. La sola idea de que descubran tu secreto vale más que cualquier afrodisíaco¿me equivoco? Admítelo, Elisabeth, no me escogiste por ser especial a tus ojos como tantas veces me has dicho. Sólo soy un juguete para ti; siempre lo he sido. Y cuando te canses de jugar a las escondidas me darás la patada y retozarás con el capitán del equipo de Quiditch como todas acaban haciendo.

Cuando terminó de hablar, esperó expectante una reacción por parte de la chica. Esperaba un arrebato de furia por haber descubierto sus planes, o una llorera de impotencia... sin embargo su mirada seguía con aquella chispa pícara sin cambiar un ápice. Severus estaba desconcertado.

- ¿Has terminado? Bien – afirmó tras ver, satisfecha, como la mirada fría de Severus se transformaba en una expresión de asombro -. Ahora mi pregunta es¿toda esa parrafada que has soltado se refiere a mí... o en cierto modo tú has hecho lo mismo?

- ¡¿Pero qué demonios estás diciendo?!

- ¿Acaso no me has utilizado tú a mí del mismo modo?

Severus no sabía qué responder. ¡Por una parte tenía razón! Sin embargo aquellas palabras que acababan de salir de su boca sonaban demasiado extremas. No lo había planeado desde el principio sino que... sencillamente fue surgiendo. El primer contacto, los pequeños acercamientos, poco a poco fueron uniendo los lazos. Lo que sí era cierto era que llevar aquella situación a escondidas tenía su morbo. Pero no se había parado a pensarlo hasta aquella noche.

De repente se dio cuenta de que él mismo se estaba contradiciendo. Y su orgullo era demasiado poderoso como para aceptarlo.

- Estás loca...

- ¡Oh, nuevas noticias, primera plana en El Profeta¡A Elisabeth Greengood le faltan dos tornillos! – mientras decía aquello en voz alta gesticulaba mucho con las manos y abría los ojos como si estuviera loca de verdad -. ¡Venga, Severus, que nos conocemos desde hace cuatro años, que se dice pronto¿De verdad pensabas a estas alturas que yo pueda ser tan retorcida?

- Aunque te duela esta respuesta, yo no confío en nadie más que en mí mismo.

- Pues eso es lo que pretendo cambiar.

- ¿Con qué propósito?

Para su sorpresa, por respuesta obtuvo un beso. No un beso ardiente y apasionado; sino un beso cálido y protector, dulce, como el primer instante en que sus labios se juntaron la noche anterior. Aquel beso contenía algo más que deseo. Se miraron unos segundos, sin despegar una mirada de la otra, enfrentados pero sin abrazarse siquiera, como queriendo mantener las distancias.

- Cuando comprendas el significado de este beso, sabrás lo que quiero decir.

Severus no pudo reprimir el deseo de aferrarla por la cintura para atraerla hacia sí. Elisabeth no opuso resistencia; pero ella no se movió. Esperó a ver lo que haría Severus.

Éste vaciló. Todo lo que había estado pensando aquella noche mientras la buscaba se había esfumado. ¿Cómo podría ser capaz de dañar algo tan valioso¿Cómo se le pudo haber pasado por la cabeza semejantes atrocidades... hacia ella¿Por qué razón había deseado, aunque sólo fuera por un instante, hacerla sufrir?

- No sé… no sé porque te he dicho todas estas cosas, si te soy sincero. Hasta hace un rato no lo pensaba, sencillamente la idea asaltó mi mente un segundo como un zarpazo. Lo… - aquellas palabras parecían no querer salir de su boca -. Lo… siento. He sido… un estúpido.

Esas palabras parecían haber tocado algún punto sensible en el interior de Elisabeth, pues al oírlas su rostro se iluminó con luz propia. Una enorme sonrisa mostró sus dientes tan blancos como el marfil.

- Eso es exactamente lo que quería oír. Ya falta poco.

- ¿Falta poco para qué? – preguntó extrañado Severus -.

- Lo entenderás en su momento. Ahora quiero que aceptes esto – comenzó a tantear con ambas manos por debajo del cuello de la camisa, hasta que encontró un cordón de cuero. De él pendía un sencillo medallón del tamaño de una moneda, plano, sin ninguna escritura. No parecía tener nada especial -. Hazme un favor, Severus: guarda esto como si nadie tuviera el derecho de saber su existencia, sólo tú y yo.

- ¿Para qué…?

- Sshhh – Elisabeth cayó sus palabras poniéndole el dedo índice suavemente en los labios -. Ahora no importa. ¿Qué te parece si… nos relajamos un poco?

Severus arqueó las cejas al oír ese comentario repentino. ¡En un abrir y cerrar de ojos había zanjado aquella conversación tan sensiblera con una invitación provocativa, tan tentadora que olvidó todas las estupideces que había dicho aquella noche! Sin mediar palabra, la estrechó fuertemente entre sus brazos y comenzó a darle ligeros mordiscos por el cuello, mientras sus manos recorrían todo su cuerpo en busca de pequeños rincones donde proporcionarles "calor". Sintió cómo Elisabeth, sin pedirle que parase, deslizó con cuidado el cordón de cuero por su pálido cuello. Cuando ambos quedaron desnudos de cintura para arriba, vieron que, tanto uno como otro llevaban colgantes idénticos. En sus pieles tan blancas resaltaban considerablemente.

- Prométeme que nunca te lo quitarás.

- Mantendré mi promesa hasta que me des un buen motivo para romperla.

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Los exámenes estaban a la vuelta de la esquina y los nervios podían masticarse en el aire. Todos los alumnos de Hogwarts de todas las casas se apelotonaban en las salas comunes, en la biblioteca, en los jardines del castillo, en un intento desesperado de recordar y memorizar todo lo que habían dado aquel año. Los TIMOS tenían atemorizados a todos los estudiantes de 4º Curso... excepto a dos de ellos, que reposaban plácidamente en sus habitaciones, a la espera de que la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras diera comienzo.

Aquel año, como de costumbre, los horarios de Slytherin y Gryffindor en clase de Defensa Contra las Artes Oscuras eran compartidas. Los alumnos iban entrando al aula como si una poderosa barrera invisible los dividiera; apenas se acercaban o se miraban entre ellos; cuando todos estuvieron sentados, podía verse claramente cómo los colores rojo y dorado predominaban a un lado de la sala, mientras el verde y plateado cubrían el otro. Pretendían, o al menos deseaban, que la casa rival no se encontrara entre sus mismas paredes, y hacían lo posible para ignorarse los unos a los otros, pero siempre había algún gracioso que quisiera llamar la atención.

Entre ellos, James Potter y compañía.

Miraban a Severus con sus sonrisas retorcidas, criticando abiertamente cualquier comentario sobre él para deleite del resto de sus compañeros, que reían todas y cada una de sus gracias. Antes de que el profesor llegase, Sirius y James se pavoneaban frente a un numeroso grupo de chicas realizando trucos de transformaciones con su material escolar. En una ocasión, transformaron una pluma en una serpiente con el rostro semi-humano parecido al de Snape, con su nariz ganchuda, a lo que todos respondieron con una fuerte ovación mezclada con las risas.

Lupin, como de costumbre, nunca hacía nada por evitarlo, pero tampoco se involucraba; se dedicaba a ojear sus libros como si nada estuviera pasando.

- ¡Supongo que los señores Potter y Black se estarán divirtiendo de lo lindo¿No es así? – en ese momento un profesor de mediana edad y mirada penetrante irrumpió en clase, silenciando tanto a los alborotadores como a su público.

- No se preocupe, profesor, sólo le hacíamos un cumplido a nuestro querido compañero – James alzó la serpiente de nariz ganchuda en alto, para que el profesor la viera mejor -. ¿Qué le parece¡Me ha salido muy favorecido¡Incluso más guapo que el original! – la clase estalló de nuevo en carcajadas, mientras James chasqueaba la lengua guiñando un ojo a sus admiradoras. Observó deleitado la mirada de Snape: su expresión era de puro odio -. ¡Toma Quejicus, cógela¡Tal vez te de una idea de lo que es tener una cara agradable!

Antes de que el profesor pudiera decir nada lanzó con fuerza la serpiente al rostro de Snape. Éste intentó apartarla con la mano en un acto reflejo, con lo que consiguió que la serpiente le diera un fuerte mordisco en la muñeca antes de volver a transformarse en una pluma. Severus tuvo que doblarse por el intenso dolor que le atenazó el brazo de inmediato. Pero no podía dejar de mirar a James; ¡se sentía realmente furioso!

- ¡Me las pagarás todas juntas, Potter¡Te juro que esto no será así eternamente!

- ¡Éste no es ni mucho menos un campo de batalla, señores¡Potter, le descuento a su casa cincuenta puntos por semejante falta de respeto a otro alumno del centro; después de clase se quedará a cumplir su castigo merecido¡Y en cuanto a usted, señor Snape, más le vale visitar a la enfermera si quiere volver a empuñar una varita en su vida¡Y si descubro que lleva a cabo algún tipo de venganza contra su compañero, me veré obligado a restar puntos a su casa también y a penarle seriamente¡TODOS A CALLAR!

Más tarde, en uno de los descansos una chica de melena color berenjena y un chico de aspecto mustio con un brazo vendado conversaban enérgicamente.

- ¡Ha sido una de las mayores idioteces que he visto¿Cómo puede existir sobre la faz de la Tierra un ser tan extremadamente repulsivo? – Elisabeth estaba tan furiosa que apenas intentaba bajar la voz para que nadie la oyera; había conseguido encontrar un rincón en el patio trasero del castillo donde poder hablar con Severus, y sólo mencionar el nombre de James Potter le hacía hervir la sangre -. ¡Ganas me dieron de lanzarle una maldición allí mismo, dijera lo que dijese el profesor¡Un día de estos le cortaré de raíz toda esa pavonería que no sé cómo le cabe en el cuerpo!

- ¡No necesito que me defienda nadie, Elisabeth¡Ni siquiera tú¡James es un asunto completamente personal, ni se te ocurra interferir más de lo que ya lo haces!

- ¡Pues entonces haz algo¿Te crees que no me he dado cuenta de que no te esfuerzas lo suficiente cuando os enfrentáis en duelo¡Te defiendes lo justo para no quedar más humillado que de costumbre, tú le vencerías si quisieras!

- De hecho más de una vez le he vencido en un duelo, no lo olvides. Y aún así la batalla continúa. Admítelo, Elisabeth, James es tan terco que jamás me dejará en paz hasta que le demuestre realmente lo que valgo, y aún no es ese el momento.

- ¿Y cuándo pretendes que llegue ese día?

No pudo continuar su réplica al ver como los ojos de Severus se volvían cada vez más fríos y malvados, más de a lo que estaba acostumbrada. Jamás había visto en nadie aquella expresión, con los ojos tan abiertos, la piel palidecida, la mandíbula tan tensa... Sintió verdadero miedo. Sin ser consciente dio un paso atrás, pero Severus se adelantó también y hablaba tan cerca de ella que casi podía ver como la sangre palpitaba en sus ojos. El tono de su voz sonaba como una amenaza, no solo hacia ella, sino al mundo entero.

- Entré a esta institución con un solo propósito: convertirme en un hechicero respetado y temido, poderoso, un hechicero que figurase en los libros de historia, un hechicero que tuviera el valor, el poder y la sabiduría suficientes como para derrotar a cualquier oponente que osara enfrentarse a mí. Pero para eso necesito preparación¡ahora no soy nadie! Pero el día de mañana todos me mirarán a los ojos y temblarán ante mi poder. Recordarán aquel patético Quejicus, aquel del que tantos se reían, y por primera vez seré yo el que disfrute.

- Severus…

Preso de sus más profundos y oscuros sentimientos aferró a Elisabeth por la muñeca con la mano sana y apretó con fuerza sin inmutar su fría y codiciosa mirada.

- Sólo unos años, Elisabeth; dame tan solo unos años más. Entonces podrás verme en todo mi esplendor, y no tendrás que esconder al mundo que estás conmigo. Te aseguro que conseguiré que te sientas orgullosa de mí.

- Severus… - repitió con voz temblorosa – nunca he dejado de estarlo… ¡pero esta parte de ti me asusta!

- ¿Qué me estás diciendo?

- ¡Digo que me estás dando miedo! Una cosa es conseguir el respeto de la gente¡y otra muy distinta dominarla¡No es ese el Severus del que yo me enamoré!

Aquellas palabras se clavaron como un frío puñal en las entrañas de Severus.

- En ese caso te enamoraste de alguien que no era yo.

Entonces soltó de un tirón el brazo de Elisabeth y dio media vuelta, caminando encorvado a grandes zancadas hasta perderse de vista tras la esquina del castillo.

Después de todo, pensó Elisabeth, no estaba consiguiendo nada. Pensaba que, después de lo ocurrido las dos noches anteriores, había conseguido lo que buscaba, pero no era así. Severus no había cambiado un ápice; de hecho había descubierto una faceta suya que jamás había visto. Y le daba miedo. Mucho miedo. Se sentía incapaz de borrar tanta maldad en una sola persona.

De repente se sentía derrotada.

Y derrotada como estaba, calló de rodillas al suelo y rompió a llorar.

Mientras tanto, Severus no estaba mejor que ella.

"¡No es ese el Severus del que yo me enamoré!". ¿Qué había querido decir con eso¿Acaso después de cuatro años aún no lo conocía lo suficiente¿Pretendía hacerle creer que en todo ese tiempo nunca había escuchado su propósito en la vida? Un momento. ¡Claro que no¡Nunca compartía sus secretos¡Jamás había dicho a nadie lo que pretendía, ni siquiera a ella! Esperaba alcanzar su propósito de la misma forma que había hecho todo en su vida: solo. Para que todos viesen que Severus Snape no necesitaba a nadie, se bastaba él mismo, siempre lo había hecho y siempre sería así. La gente a la larga te traiciona, muere, o se va de tu vida sin más, o incluso uno mismo la deshecha cuando comienzan a ser un estorbo. Pero algo había cambiado en todo ese tiempo. Ahora Elisabeth formaba parte de su camino¿pero hasta qué punto? Por alguna razón le había contado todo lo que quería hacer desde hacía tiempo, pero con un nuevo detalle que salió de su boca antes de ser consciente que lo estaba diciendo: "Conseguiré que te sientas orgullosa de mí". De repente no deseaba el poder para dominar a todo aquel que quisiera pisotearlo: sino para dominarla a ella. Pero en diferente sentido, lo que quería era que no se apartara de su lado. Dependía de ella¡la necesitaba! Como único ser humano en la Tierra que le aportaba calor. Por primera vez en su vida sentía "amor" por alguien.

¿Pero era real¿Tanto el que él estaba sintiendo como el que ella sentía? Hacía un momento lo había puesto en duda claramente: "No es ese el Severus del que yo me enamoré". ¡¿Pues quién diablos se pensaba que era?!

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3º parte en marcha.

¡Besos a todos!