Capítulo 2. Encerrados.

En una amplitud nevada que parecía no tener fin, un pequeño grupo caminaba a paso lento Se hundían por momentos y cubrían sus rostros para que la nieve no los congelara. Era preciso llegar lo más pronto posible a su destino, porque la tormenta se volvía cada vez más fuerte. Entre los caminantes estaban dos rinocerontes con armadura y bien abrigados que andaban a paso firme con un gesto de notoria molestia. De vez en cuando halaban una cadena que cada uno llevaba, que en sus extremos arrastraban a dos tigres, que aunque no era la primera vez que los arrastraban de ese modo, no dejaban de gruñir cada vez que las heladas cadenas lastimaban sus muñecas. Uno de ellos era una tigresa de delicadas facciones y esbelta figura. Se movía lentamente, lo que hacía que fuera reñida con frecuencia; el cansancio y el frío le azotaban más que a nadie. En su blusa de mangas cortas color azul, se bordaba una extraña figura, parecida a un dragón, pero sin alas. Más parecía un símbolo que un animal. Además de unos pantalones largos de kung fu. Por otro lado, atado firmemente al extremo de la otra cadena se hallaba un tigre cuya indumentaria constaba únicamente de un pantalón holgado color negro y un cinturón marrón. Con pose imponente no cesaba de resistirse a ser arrastrado por el malhumorado rinoceronte encargado de custodiarlo.

― ¡Ya me tienes harto!, ¡camina, inútil, o te rompo la cara!, ¿oíste?― gruñó el rinoceronte perdiendo la poca paciencia que le quedaba. El tigre masculló unas cuantas ofensas en voz baja, que le hubiera gritado en la cara si la pesada travesía no lo hubiera debilitado. Pero él nunca olvidaba los agravios, y llegado el momento le haría tragarse hasta la última palabra.

A unos metros más adelante caminaba alguien más que guiaba la expedición. Los de atrás con tanta nieve solo podían ver una figura regordeta que de un momento a otro se detuvo. Se acercaron a ella para preguntarle lo que estaba pasando, y ésta dijo tranquilamente:

―Hemos llegado a Chorn Gorm, solo queda subir esa colina.

El guía, que en realidad era una oveja no tan obesa como las demás de su especie, con vestiduras holgadas de batalla color rojo, propia de una maestra de artes marciales, mas una vara bo en su espalda, le daban un aspecto bastante peculiar, mas no risible, ya que su enojo podía ser mortal para el desdichado que se atreviera a causarlo. Sin embargo, era de carácter amigable y cortés, y era difícil que se enojara. Aunque lo que sucedía era que sabía controlar muy bien sus emociones.

Al llegar a las grandes puertas metálicas que marcaban la entrada a la prisión, un par de guardias en la entrada les reconocieron de inmediato, inclinándose hasta la cintura para saludarlos, especialmente a la maestra Jing. Ésta amablemente contestó el saludo. Luego las puertas se abrieron, dando paso a un rinoceronte robusto como los demás, pero de menor estatura, que compensaba con un casco de tamaño considerable. Odiaba que le preguntaran sobre él. Éste entabló conversación con la oveja.

―Maestra Jing, soy Chu Wan, encargado de esta prisión. Es todo un honor que nos visite. Pero con este clima tan terrible no era necesario que hiciera este largo recorrido.

―Un placer, señor Chu. Vine para asegurarme de que los arrestados serán custodiados con toda seguridad, ya que no es la primera vez que se fugan de una prisión, por más fortificada que ésta proclame ser―. Contestó Jing con una sonrisa que incomodó a Chu, que de inmediato refutó:

―Esta prisión es la más segura que hay. Nadie, excepto Tai Long, ha podido escapar, y eso fue por el incompetente que dirigía la prisión en ese entonces. Discúlpeme―. Corrigió de inmediato, al recordar el respeto que le debía a su interlocutora.

―Espero que así sea, porque esos tigres son muy escurridizos―continuó diciendo Jing en el mismo tono ligeramente divertido.

―Le aseguro que no podrán escapar, maestra. Si gusta le mostraré dónde serán encerrados―dijo Chu muy serio.

―Sí, me gustaría ver el lugar―contestó ella con seriedad. Ya era momento de dejar la diversión a un lado y asegurarse de que realmente los prisioneros no escaparían. Así estaría tranquila.

Seguidamente entraron detrás de los ya agotados rinocerontes que escoltaban a los presos, que ya no se resistían por el cansancio. Cuando llegaron al fondo del lugar bajaron un rudimentario ascensor, entraron a la celda ubicada al final del corredor, y los presos fueron atados por ambos brazos a la pared más fría, húmeda y oscura. La mirada de ambos se encontró con la de la maestra, que estaba aliviada porque convenció a su mente de que esta vez no escaparían. Los felinos descargaron todo su odio y furia en sus ojos, deseando solo por un momento fuerzas para lanzarse sobre ella y despedazarla. El tigre especialmente la odiaba con toda su alma y todas sus fuerzas, ya que por causa de esa oveja él y su hermana habían sido arrestados.

Continuará...


Notas:

Quienes esta es la primera vez que leen este fic espero que les guste, y que si no les gusta o algo no tiene sentido me digan con toda confianza, porque trato de explicarme bien, y eso es muy importante para mi.

Y quienes leyeron el fic que borré la vez pasada se darán cuenta de las semejanzas de este capítulo con ella, pero no quise que quedara igualito. Así será más adelante. Estoy ansiosa por llegar a lo que la vez pasada no conté, pero hay que ser ordenaditos.

Eso es todo por ahora, chaitoo