2. La primera canción
Durante la noche sintió una suave brisa recorrer la habitación, no era tan gélida pero su presencia era molesta, así que se escondió entre las cobijas para mitigar el frío. En los breves momentos que se encontró lúcida se había preguntado cómo sería el clima del exterior; a pesar de ello logró reponer sus energías.
Sus ojos grises asomaron, muy apenas, tras escuchar el trinar de los pajarillos anunciando el alba. Con su brazo izquierdo apartó todas las cobijas de su cuerpo, en un solo movimiento y estirándose placenteramente. Terminó de despabilarse sentada a la orilla de la cama y bajó las escaleras con premura, para alcanzar a ver cómo el cielo era iluminado. Abrió las puertas de la ventana y su mirada no le alcanzaba para acaparar todo el paisaje, vio revolotear algunas aves y percibió el fresco aroma de las flores, una corriente de aire rozó sus mejillas enfriándolas un poco.
Apoyó sus codos sobre la baranda y su barbilla sobre sus manos, observando todo con una sonrisa de oreja a oreja, en especial la luz del sol la cual le parecía bellísima. Por una extraña razón, se le vino a la mente el muchacho de ojos zafiro, revisó con un rápido vistazo el interior sin éxito de haberlo encontrado.
Una idea, tan repentina como una chispa, le indicó dónde podría ser posible que estuviera. La torre disponía de dos habitaciones; la primera, al subir las escaleras; la otra, en la primera planta un poco escondida. Emmer estaría en esa última. Fue directamente hacia ella, abrió despacio la puerta y pudo notar un montículo de cobijas sobre la cama.
― Emmer.
No hubo respuesta, se acercó un poco más tratando de encontrarlo; pero al parecer estaría debajo de todo ese montón. Llegó hasta el otro lado de la cama y tan sólo una mano era visible. Con su dedo índice se aventuró a picarle donde creía que estaba localizado su hombro, picó dos veces y esperó respuesta. Volvió a hacerlo y esta vez un gruñido apagado se hizo escuchar.
― Ya amaneció, es un hermoso día ―le dijo con una voz suave y animosa.
― Déjame dormir.
― Pero si ya dormiste suficiente, ayer en la noche nos acostamos temprano. Además, te perderás de esta maravillosa mañana.
Emmerich se revolvió ahí dentro, dejando sólo su mano al descubierto, esta vez a medio camino del codo. Liv entonces vio que debajo de su manga había algo brillante y gris; la retiró para observar mejor lo que era, se encontró con un brazalete de plata. La figura central era un círculo perfecto, una piedra preciosa con una notoria irregularidad en su forma tomando parte dentro de aquella figura. Los huecos que dejaba la piedra eran rellenos con el precioso metal, Liv se dio cuenta que se trataba de la luna. A los lados había otras figuras, simulando las fases del astro.
― ¿Por qué tienes puesto esto, Emmerich? ―preguntó muy sorprendida. Esa pieza, así también como el medallón, era la razón por la que él se había enojado de esa manera.
― Si te digo ¿me dejarás dormir?
― Sí, dime ―contestó aún sorprendida.
Escuchó un largo suspiro y después él emergía finalmente de su guarida. Al verlo pudo notar unas ojeras marcar su rostro, unos ojos muy cansados y su cabello totalmente revuelto y aplastado. Luego de un bostezo nada silencioso, se dispuso a explicarle el por qué usaba el brazalete.
― ¿Recuerdas que te dije haber sentido lo mismo que tú?
Según lo que recordaba ella lo había dicho, él sólo lo había admitido. Asintió muy interesada.
― Pues cuando cada uno se fue a dormir, me regresé a buscarlo. Después de todo los robamos, así que creo tenemos derecho de usarlos.
― ¿Y por qué parece que no dormiste?
― Es que no lo hice. Ya con el brazalete en mi muñeca contemplé el cielo nocturno, bueno más bien la luna. Quedé atado a ella de alguna manera, porque perdí el sentido del tiempo y cuando menos me lo esperaba, ya el día estaba por llegar. Ahora si me lo permites, seguiré durmiendo.
― Descansa.
Con eso obtenía dos respuestas, la primera acerca del frío que sintió durante la noche, y la segunda sobre el estado de Emmerich. Salió de la habitación y cerró la puerta con cuidado. Volvió a su vista panorámica pensando en lo que él le había dicho, acerca de los derechos que tenían sobre esos objetos robados. Desde que habían iniciado el viaje en ningún momento pensó en usarlos, en llevar sobre su cuello las cadenas de ese sol frío y de apariencia radiante, no se le había ocurrido. Y ahora las ansias de hacerlo la hacían golpear la madera con las yemas de sus dedos.
― ¿Será? ―se dijo a sí misma, echó un vistazo hacia el morral. Estaba cerrado pero sabía que ahí estaría el medallón.
Dejó la madera un rato y se dirigió sin más hacia donde tenía puesta su vista. Abrió la bolsa y ahí estaba, no debía hurgar demasiado y sólo tenía que alcanzarlo con su mano. Al tenerlo en su poder dudó otra vez, pero no dejó que eso la detuviera y tomó la cadena con sus dos manos y agachó ligeramente la cabeza. En cuanto cayó sintió el peso del metal, sin embargo, también aquella extraña sensación de la primera vez.
Lo recordaba bien: su corazón latía con gran fuerza, tanta que sentía que se saldría de su pecho. En ese momento descubría que algo que no tenía, y que no sabía que le hacía falta, ahora lo había encontrado. En parte también lo comparaba con la potencia del sentimiento que había despertado Emmerich en ella, y quizás con muchas otras cosas. Era un todo.
Asomó nuevamente hacia la cúpula celeste, allá donde el sol observaba todo desde las alturas. Su enajenación por la estrella creció, o eso le parecía desde que portaba el medallón. Y esas ganas de cantar surgían nuevamente, pero esta vez ya no quería tararear, quería entonar una letra que encerrara todo lo que sentía en esos momentos al ver el sol.
― Quiero que describa todo, la maravilla con la que lo veo, lo que quiero expresar ―dijo emocionada dando vueltas, pero dejó de hacerlo cuando señaló― Pero que no sea demasiado larga, no la recordaría y quedaría en el olvido muy pronto.
Sus pasos fueron de un lado al otro, mientras que su dedo índice y pulgar, sostenían su barbilla para ayudarla a pensar. Las cejas estaban más cerca entre sí y sus ojos a medio cerrar, todo por la concentración que había alcanzado.
― ¿Una canción para el sol? ―se detuvo a pensarlo un poco y soltó una risita― ¿Pero qué estoy haciendo? Ni que fuera la única cosa que pudiera hacer ahora.
Pero sabía bien que en ese momento no se le ocurriría otra cosa, ni que esa idea se iría tan pronto de su cabeza. No tenía remedio, debía seguir. Soltó un leve suspiro y volvió con su ir y venir murmurando palabras como "Sol", "luz", "belleza" y "encanto".
― ¡Lo tengo!
Regresó una vez más frente a la ventana, balbuceando la letra para repasarla por completo, levantó la vista de nuevo y, después de aclarar su voz, sostuvo entre sus manos el medallón. De su boca comenzó a entonarse una melodía:
Tú de suave calidez,
Oh mi bella encantación,
A mi sueño te abracé,
Farol de dorado albor,
Dame un poco de tu luz,
Que mi corazón siempre deseó,
Nimia parte de tu plenitud.
Después de eso sintió un regocijo en su interior, expresándolo en una sonrisa. Ella podía ver directamente al sol sin daños, así que lo admiró por un momento. Mientras lo hacía, repentinamente se quedaba sin aliento y sus ojos quedaron muy abiertos.
― Un destello.
Hola qué tal, por fin actualizo jeje. Bueno qué les puedo decir, se me ocurrió ese detalle de que por eso cayera la gota de luz. Mejor que un: sólo cayó por que sí. Y la canción, quise buscar canciones que hablaran del sol, en serio que lo hice, en inglés y español. Pero hablaban de otra cosa a parte del sol o no era lo que quería. Así que al final me aventuré a escribirla yo, al principio la hice con palabras que me parecía que no conocería Liv; la fui modificando a palabras más sencillas. Como dato curioso, si se le puede llamar así, encantación la tomé cuando vi el título de Healing incantation, y nimia del libro El último unicornio. Es una palabra recurrente.
Gracias Dark-Karumi-Mashiro por comentar, espero sigas de cerca la historia hasta el final :).
