Miro a su alrededor y observo su triste habitación con mirada ausente, libros regados por todo el piso, pergaminos a medir enrollar, tinteros vacíos, envoltorios de dulces de Honeydukes, al pie de su cama reposaba su baúl donde se podía observar su capa invisible, herencia de su padre, desparramada en el fondo del baúl, junto con su escoba de carreras, la saeta de fuego que le había regalado su padrino Sirius Black hace tiempo atrás.
Soy
futuro y ayer,
si es que logro poner
en tus manos mi vida,
aunque sea por un día.
Cada amanecer debo recordar
que
el equivocarme es ir aprendiendo
Se le encogió el estomago al solo pensar en aquel hombre que fue un padre para el, y se le vino a la cabeza aquel momento, donde lo perdió…
Flash Back
-¡Vamos, tu sabes hacerlo mejor! –le grito Sirius, y su voz resonó por la enorme y tenebrosa habitación.
El segundo haz le acertó de lleno en el pecho.
El vio la expresión de miedo y sorpresa en el rostro de su padrino, mientras caía por el viejo arco y desaparecía detrás del velo
El comprendió que no pasaría nada: Sirius solo había caído a través del arco y aparecería al otro lado en cuestión de segundos….
Sin embargo, Sirius no reapareció.
-¡SIRIUS! –grito-¡Sirius!
Fin del Flash Back
Al parecer es bastante lógico pero, ciertamente, nunca está de más una ayuda de memoria: Harry Potter no es un niño normal. Y bueno, no sólo ya dejó de ser un niño, sino además sus intereses y metas se trazan muy lejos de los que compartirían sus congéneres. Harry es mago, lo sabe hace ya seis años, y a pesar de que fue su excusa para abandonar a su odiosa parentela por largos periodos (y así sólo regresar para el verano), su vida no ha sido fácil. Pues hay que decirlo: Los Dursleys distan bastante de ser un ejemplo de familia, aunque traten de aparentarlo de cualquier modo. Los tíos Vernon y Petunia, sumado a su obeso hijo Dudley, se han encargado de hacerle a Harry la vida imposible desde que tuvo la mala suerte de caer, pequeño y arropado en una cesta, en la puerta del número 4 de Privet Drive. Y aunque todo tiene un "porqué", éste en particular ha sido doloroso. Confuso, difícil de sobrellevar... aún más que el solo hecho de tener una cicatriz en forma de rayo, punzante, al costado de su frente.
Harry perdió a sus padres, James y Lily, en el marco de una noche fría de Halloween hace 15 años, sin siquiera haber compartido con ellos. Fueron asesinados, cruel y fríamente, por el mago más temido de todos los tiempos: Lord Voldemort. No recuerda sus rostros, ni su voz... pero sí aquel destello verde enceguecedor que terminó con sus vidas, y que, milagrosamente, salvó la suya, dejándole a cambio dicha cicatriz. Así también, perdió a Sirius Black, su padrino, cuando apenas comenzaba a conocerlo. Había estado muchos años encarcelado en la prisión mágica de Azkabán, incapaz de probarle al mundo su inocencia, y cuando recién comenzaba a abrirse un camino de liberación para él, un nefasto episodio en uno de los rincones desconocidos del Departamento de Misterios, alojado en el Ministerio de Magia, lo vio desaparecer. Así, sin más. Se esfumó tras un velo rasgado, y desde entonces, Harry no ha podido quitarse de encima aquel abrumante hedor a luto. Porque la muerte lo persigue... no sólo a él, sino a todo a quien él estima. La vida se lo ha demostrado, él mismo lo ha comprobado, pero jamás lo ha terminado de asumir.
En adelante - y debido en gran proporción a aquella odiosa cicatriz en su frente - el futuro se gesta para él cada vez más oscuro e incierto, y lo sabe. Le costaba alejar aquel pensamiento de su cabeza, no quería ni aceptarlo ni asumirlo, pero hubo veces en las que deseó ser sólo un humano más. Sin distinciones, sin talentos, sin peculiaridades... sin pasados tormentosos o profecías con su nombre... sin cicatrices que espantaran a unos y embobaran a otros. Sólo un muggle... sin la responsabilidad de salvar al mundo o, si le quedaba tiempo, a él mismo. O, quizá, hubiera deseado sólo morir... haber sucumbido al poder de Lord Voldemort y fallecido en los brazos de su madre. Sí, eso hubiera sido mejor que esto. Mejor que sufrir por otros, mejor que vivir por otros.
El verano estaba en su apogeo pero, como era usual en Privet Drive, no había niños jugando con agua en las aceras ni recostados en los antejardines, buscando la sombra de un buen árbol. En esa pequeña comunidad de los alrededores de Londres, y sobre todo en aquella calle, el sentido de cordura era lo más importante qué aparentar. Por prohibición de sus padres, ningún niño podía jugar en la calle: era escandaloso y de mal gusto. Peor aún si llevaba las rodillas sucias y el pelo mojado. No, los niños debían aparentar modales intachables y conductas domesticables. Es decir, debían ser y actuar como Dudley, y jamás intentar, ni siquiera imaginar, seguir el modelo de su descarriado e insano primo Harry. Pero él se sentía cada vez más ajeno a aquellas presiones; ahora, algo más "grande" que el año pasado, comprendía a cabalidad las diferencias entre sus dos mundos y se comprometió a lidiar con ellos. Después de tanta fatalidad, no le quedaba más remedio, pero aún así no toleraba ciertos detalles.
Sentado tras su escritorio y recibiendo con agrado los cálidos rayos de sol que se colaban por la ventana, Harry sonrió ante lo absurdos que eran la mayoría de sus vecinos. "Cuando tenga hijos..." pensó, pero apretó los labios, inseguro, "Bueno, si es que llegara a tenerlos, dejaré que jueguen y se ensucien todo lo que quieran. Por algo son niños". Satisfecho con aquella idea, miró una vez más hacia su derecha, donde residía, junto a su pluma y tinta, la fotografía que Alastor "Ojo Loco" Moody - un prestigioso auror retirado - le había dado meses atrás. Sonrientes y orgullosos, Sirius Black, James y Lily Potter (entre todos los antiguos miembros de la Orden del Fénix) posaban ante la cámara. Con melancolía, Harry estiró su mano y rozó la fotografía con los dedos, suspirando. No podía reconocer todas las caras en aquel grupo, pero le bastaba saber que habían luchado por sus mismos ideales como para tenerles, además de respeto, afecto.
Movió la cabeza y cerró los ojos. No quería llorar. Ya lo había hecho demasiado, por todos y por él mismo, y estaba harto. No era un mártir de las circunstancias, pero todos a su alrededor no hacían más que demostrárselo. Había sufrido, solo y silencioso, incapaz de compartirlo, pero era su realidad y de alguna manera debía enfrentarla. Él era Harry Potter, El-Niño-Que-Vivió, y mantendría ese estigma para siempre. Aún incluso después de derrotar a Voldemort... si es que lograba hacerlo.
A menudo pensaba que todos ponían demasiadas esperanzas en él, y que no sería capaz de cumplirlas. Deseaba ser Harry, sólo Harry, un alumno más de Hogwarts y un transeúnte más del mundo mágico. Odiaba aquella aura que lo embargaba, ese estúpido manto de celebridad... Cambiaría todo en un segundo, lo entregaría todo sin pensarlo, sólo por un momento de tranquilidad, de paz, de sosiego. Por un día ficticio de felicidad, en el que todas las fatalidades desaparecieran y descubrir, como un sueño, que todo aquello que perdió jamás se fue después de todo...
Luego de uno de sus momentos en blanco, se sorprendio a el mismo pensando en una muchacha. No era como las demas, solo que era infinitamente mas hermosa... indescriptible. Sonrio al ver esa imagen. Cabello rojizo... ojos azules... profundamente azules y opacos. Como si entre toda esa belleza, se escondiera una gran pena... una gran angustia.
No sabía quien era, solo sabía que en algun lugar del mundo la tendría que encontrar...
