La posada del Clan Metal
La multitud continuaba aplaudiendo mientras desencadenaban a Korra y la empujaban escaleras abajo con las manos enlazadas tras la espalda, lo que realzaba más sus pechos. No le sorprendió sentir que le colocaban una tira de cuero en la boca y se la sujetaban firmemente a una hebilla en la parte posterior de la cabeza, no después de la resistencia con la que había forcejeado sobre la plataforma.
¡Pues que hagan lo que quieran!, se dijo llena de desesperación, aun sujetaron unas riendas a la misma hebilla y se las dieron a la alta dama de pelo gris situada de pie ante la tarima. Muy bien pensado. Me hará seguirla como si fuera una bestia.
La mujer estudiaba a Korra del mismo modo como lo hizo antes la cronista con Mako. Tenía un rostro anguloso, que denotaba el paso de la edad, pero sin jamás descuidar su jovialidad. En la frente tenía un cinto, que mantenía ordenada su corta y espesa melena gris que iba a juego con todo lo que ella portaba, en el cual predominaban colores verdes y plateados. Vestía un magnífico vestido verde adornado con sellos de plata y abajo unos mocasines brillantes, grises, y Korra juró que también estaban ostentosamente adornados. Una rica mesonera, concluyó Korra.
La alta mujer comenzó a caminar, tirando con tanta fuerza las riendas que casi hizo caer a Korra, intentando seguir su paso complicada detrás de ella. Segundos después la mujer se echó las riendas por encima del hombro y obligó a la joven a adoptar un trote más rápido tras sus pasos.
Korra tenía los ojos clavados en la amplia espalda de la mujer, encontrándose temerosa de pies a cabeza, sintiendo un curioso vacío mental, como si hubiera dejado por completo de pensar. No obstante, lo hacía. ¿Por qué no voy a ser tan mala como me plazca? Pero súbitamente rompió a llorar una vez más, sin saber por qué. La mujer caminaba tan rápido que Korra se vio obligada a trotar; así que obedecía, aunque fuera a regañadientes, con los ojos irritados por las lágrimas lo cual hacía que en su visión los colores de la plaza se fundieran en una única nube de frenético movimiento.
Entraron rápidamente en una pequeña calle donde Korra se encontró trotando sobre los adoquines de una callejuela silenciosa y vacía que torcía y daba vueltas bajo oscuras casas con entramados, ventanas con paneles romboides y contraventanas y puertas pintadas de vivos colores. Un extraño silencio envolvió a las mujeres, y entonces Korra sintió que todos los leves dolores de su cuerpo parecían avivarse, pero siempre predominando cómo su cabeza era tirada con fuerza hacia adelante por las riendas de cuero que rozaban sus mejillas.
Respiraba ansiosamente contra la tira de cuero que la amordazaba y, por un momento, la sorprendió algo de la escena general, de la callejuela serpenteante, las pequeñas tiendas alrededor desiertas, la alta mujer caminando delante de ella. Tuvo la sensación de que todo aquello había sucedido antes, o más bien, de que era algo bastante corriente.
Aunque era del todo imposible, Korra se sintió como si, de alguna manera, perteneciera a aquello, y poco a poco el terror paralizador que sintió en el mercado fue disipado. Estaba desnuda, sí, y le ardían los muslos por la erosión de su piel, igual que su trasero; no quería ni pensar en el aspecto que tendrían. Los pechos, como siempre, enviaban aquella perceptible palpitación por todo su cuerpo y, como no, sentía la terrible pulsación secreta entre las piernas. Sí, su sexo, importunando con tanta crueldad por las rozaduras de aquella lisa pala, aún la enloquecía.
Pero en ese instante, todas estas cosas resultaban casi dulces. Incluso resultaba casi agradable el sonoro contacto de los pies desnudos sobre los adoquines calentados por el sol. Además, la alta mujer le inspiraba una vaga curiosidad. Korra se preguntaba cuál sería su cometido a partir de aquel momento.
En el castillo nunca se planteó en serio ese tipo de cosas. Le asustaba lo que pudieran obligarla a hacer, pero, en cambio, en estos instantes no estaba segura ni de si tendría que hacer algo. No lo sabía.
De nuevo volvió a ella la sensación de total normalidad ante el hecho de estar desnuda, de ser una vasalla maniatada, penada, arrastrada con crueldad por esa callejuela. Se le ocurrió pensar que la alta mujer sabía con precisión cómo manejarla, por la manera apresurada en que la llevaba, controlando toda posibilidad de rebelión. Todo eso le fascinó Entretanto llegaron rápidamente a otra gran plaza adoquinada, en cuyo centro había un pequeño jardín y que estaba rodeada con distintas y variadas mesas de las posadas, con sus letreros distintivos colgados a la entrada, pero no importaban ya que el que más sobresalía era el del Clan Metal, y no solo por lo ostentoso de su escudo, sino por el impactante detalle del cuerpo de una princesa desnuda que se balanceaba debajo del letrero, con las muñecas y los tobillos atados a una tira de cuero, de la que colgaba como fruta madura, con su cálido sexo dolorosamente expuesto.
Era exactamente la postura en la que maniataban a los príncipes y princesas de la sala de castigo del castillo, una postura que Korra aún no había sufrido en sus propias carnes pero que temía más que ninguna otra. La princesa castigada tenía el rostro entre las piernas, con los ojos casi cerrados, tan solo a unos centímetros por encima de su sexo hinchado, despiadadamente descubierto. Cuando vio a Beifong intentó adelantarse en un gesto de súplica, como hacían los príncipes y princesas torturados en la sala de castigos. A Korra se le detuvo el corazón al ver a la muchacha. Pero Suyin la hizo pasar justo a su lado, ingresando a la estancia principal de la posada.
Pese al calor del día, el ambiente de la espaciosa sala era fresco. En la enorme chimenea ardía un fuego, donde había una humeante marmita de hierro. Docenas de mesas y sillas de madera concienzudamente pulidos y adornados con remaches de metal estaban repartidos por el vasto suelo embaldosado color gris, y varios barriles gigantescos se alineaban a lo largo de las paredes. Un mostrador, largo y rectangular, frío y de metal se extendía hacia la puerta desde el hogar y, tras él, un hombre con una jarra en la mano y el codo apoyado en la mesa parecía estar listo para servir cerveza a cualquiera que se lo pidiera. Éste alzó su sonriente rostro, descubrió a Korra con unos bondadosos ojos detrás de unos lentes, y con una sonrisa se dirigió a Beifong:
- Veo que te ha ido bien.
Los ojos de Korra tardaron en inspeccionar el iluminado lugar, percatándose pronto de que había otros vasallos desnudos en la sala. En un rincón, un príncipe de precioso cabello negro, desnudo y de rodillas, restregaba el suelo con un gran cepillo cuyo mango de madera sostenía con los dientes. Una princesa de cabellos claros se dedicada a la misma tarea, más allá de la puerta. Otra joven de pelo castaño recogido sobre la cabeza estaba de rodillas sacando brillo a una mesa, aunque en su caso se beneficiaba de la clemencia de poder emplear las manos. Otros dos jóvenes, se arrodillaban en el extremo más alejado, iluminados por el destello de la luz del sol que ingresaba por la puerta trasera, y bruñían vigorosamente una brillante pared completa de metal.
Ninguno de esos vasallos se atrevió a echar una sola ojeada a Korra. su actitud era de completa obediencia.
¿Quiénes son estos vasallos? Estaba segura de que Mako y ella formaban parte del primer grupo de ese año sentenciado a esos trabajos, entonces ¿esos serían los incorregibles que por su mal comportamiento eran consignados al pueblo durante un año?
- Toma la pala de madera - dijo Suyin al hombre que estaba en la barra. Luego tiró de Korra hacia adelante, arrojándola precipitadamente sobre el mostrador.
Korra no pudo contener un quejido y de pronto se encontró con las piernas colgando por encima del suelo. Aún no había decidido si iba a obedecer o no a esta mujer cuando sintió que le soltaba la mordaza y la hebilla y luego le llevaba las manos a la nuca con suma violencia. Con la otra mano, la mesonera le tocó entre las piernas y sus dedos indagadores encontraron el sexo húmedo de Korra, sus labios hinchados y hasta su pequeño botón palpitante, lo que obligó a Korra a apretar los dientes para contener un gemido de súplica.
La mano de Suyin la dejó padeciendo un tormento extremo.
Por un instante, Korra respiró sin impedimentos, pero a continuación sintió la lisa superficie de la pala de madera que apretaba suavemente sus nalgas, con lo cual las ronchas parecieron arder otra vez. Roja de vergüenza tras el rápido examen, Korra se puso en tensión, a la espera de los inevitables azotes que, sin embargo, no llegaron. Suyin le torció la cara para que pudiera ver a través de la puerta abierta.
- ¿Ves a esa guapa princesa del letrero? - preguntó y, tomándola de la quijada la hizo asentir, dándole a entender que no debía hablar -. ¿Quieres ocupar su lugar? ¿quieres colgar ahí, hora tras hora, día tras día con esa hambrienta boquita tuya muriéndose de ganas, abierta a todo el mundo?
Korra sacudió la cabeza con toda sinceridad.
- ¡Entonces dejarás la insolencia y la rebeldía que mostraste en la subasta y obedecerás cada orden que recibas, besarás los pies de tus amos y llorarás de agradecimiento cuando te den de comer!
Korra volvió a asentir una vez más, espontáneamente, mientras comenzaba a experimentar una extraña excitación.
- Ahora escucha bien - continuó la mujer con la misma voz pragmática -. Voy a azotarte hasta que la piel te quede en carne viva y no será para deleite de ninguna dama o rico noble, ni para disfrute de ningún soldado ni caballero; estaremos solo las dos, preparándonos para abrir el local una jornada más, haciendo lo que hay que hacer y lo haré para dejarte tan escocida que el contacto de mi uña con tu carne te hará dar alaridos, precipitándote a obedecer mis órdenes. Estarás así de despellejada cada uno de los días de esta temporada en que serás mi vasalla, y corretearás a besar mis pies después de los azotes porque, de lo contrario, te colgaré de ese letrero. Hora tras hora, día tras día, estarás colgada y solo te bajarán para comer y dormir, con las piernas atadas y separadas, las manos ligadas a la espalda y tu trasero azotado como ahora lo verás y volverán a colgarte ahí para que los brutos del pueblo puedan reírse de ti y de tu hambriento sexo. ¿Lo entiendes?
Korra asintió lentamente, aterrorizada como nunca lo había estado. Todos sus aires de rebeldía se fueron solo al escuchar aquella terrible amenaza.
- Muy bien - dijo Suyin en voz baja, y agregó -: Y también escucha esto: cada vez que alce esta pala, te pondrás a trabajar para mí, Korra. Vas a retorcerte y gemir. No forcejearás ni escaparás de mí; oh, no, no harás eso. Tampoco abrirás la boca, pero a través de ruidos te comunicarás, porque tendrás que demostrarme qué es lo que sientes con cada golpe, cómo lo aprecias, lo agradecida que estás por el castigo que recibes y lo mucho que sabes que lo tienes merecido. Si no sucede exactamente así, te colgaré antes de que acabe la subasta y el local se llene de gente y soldados ávidos por tomar la primera jarra de cerveza.
Korra estaba completamente perpleja. Nadie en el castillo le había hablado de ese modo, con tal frialdad y simplicidad, y no obstante parecía que detrás de todo aquello había un impresionante sentido práctico que casi hizo sonreír a Korra. Era esto precisamente lo que tenía que hacer, reflexionó. ¿Por qué no? Si fuera ella quien trabajara allí y hubiera pagado tanto por una díscola y orgullosa vasalla, posiblemente haría lo mismo. Y, por supuesto, exigiría que su vasalla se retorciera y gimiera para demostrarle que entendía que la estaban humillando. Ejercitaría completamente el espíritu del vasallo en vez de liarse a golpes.
Korra volvió a experimentar aquella peculiar sensación de normalidad. Entendía cómo funcionaba aquel fresco y umbrío mesón en cuya puerta la luz del sol se derramaba sobre el pulido suelo de madera, y comprendía perfectamente las órdenes de la extraña voz que le hablaba con tono superior de mando. El sofisticado lenguaje del castillo resultaba empalagoso en comparación y, sí, razonó Bella, al menos por el momento ella obedecería, se retorcería y gemiría. Al fin y al cabo, le iba a doler ¿no? Lo comprobó súbitamente.
La pala la golpeó y, sin esfuerzo, extrajo de ella el primer y fuerte gemido. Era una gran pala delgada de madera que produjo un sonido agudo y pavoroso cuando volvió a golpearla. Bajo la lluvia de azotes que le pinchaba la piel escocida, Korra se encontró de pronto, sin haberlo decidido conscientemente, retorciéndose y llorando con nuevas lágrimas que le saltaban de los ojos. Sintió que la barra del bar crujía bajo su peso cada vez que subía y bajaba las caderas. Notó el roce de sus pechos contra el frío metal, no obstante, continuó con los ojos llorosos fijos en la puerta abierta y, pese a estar absorta en el sonido de los azotes de la pala, no pudo evitar imaginarse a sí misma preguntándose si Beifong estaría complacida, si le parecería suficiente.
Korra oía su propia voz estancándose en su garganta para luego salir en un solo soplo agónico. La pala le hacía daño de verdad, el dolor era insoportable. Se arqueaba sobre la barra como si quisiera preguntar con todo su cuerpo "¿no es suficiente, señora, no es suficiente?". De todas las pruebas a las que la habían sometido en el castillo, en ninguna había demostrado tal padecimiento.
La pala se detuvo. Un torrente de sollozos llenó el repentino silencio y Korra ajena a que estos sonidos provenían de su garganta, se apretó apresuradamente contra el mostrador, llena de humildad, como si implorara a Suyin. Algo le rozó levemente su irritado trasero y, con los dientes apretados, Korra soltó un lamentoso gruñido.
- Muy bien - dijo la voz -. Ahora levántate y mantente así delante de mí con las piernas separadas. Rápido.
Con cierta dificultad por el entumecimiento de su cuerpo, Korra se apresuró a acatar la orden. Descendió de la barra y permaneció con sus piernas separadas, sin poder dejar de estremecerse a causa de sus sollozos y lloriqueos. Sin levantar la vista, alcanzaba a ver la figura de Suyin.
- Bolin - llamó, sorprendiendo a Korra -, trae aquí el cubo y el cepillo.
Un corpulento vasallo de pelo negro obedeció al instante, moviéndose con serena elegancia pese a estar a cuatro patas, y Korra comprobó que tenía su trasero rojo, en carne viva, como si poco antes él también se hubiera visto sometido a la disciplina de la pala. Cuando llegó a su lado, besó los zapatos de su señora, dejando junto a ella su encargo, y luego se retiró por la puerta trasera hacia el patio.
- Ahora, toma el cepillo entre los dientes y refriega el suelo, empezando por aquí hasta allá - ordenó fríamente Beifong -. Tienes que hacerlo bien, que quede bien limpio, y tienes que mantener esas piernas bien separadas mientras friegas. Si te veo con las piernas juntas, o si es que llegases a frotar esa boquita hambrienta contra el suelo, o si veo que te tocas, acabarás colgada ¿queda claro?
Inmediatamente Korra besó los pies de su ama.
- Muy bien - asintió Suyin -. Esta noche, los soldados pagarán muchos yuanes por ese pequeño tesoro. Lo alimentarán muy bien. Pero por ahora, pasarás hambre, con obediencia y humildad, y harás lo que te diga.
Korra se puso a trabajar al instante con el cepillo, fregando con fuerza el suelo de baldosas, moviendo la cabeza adelante y atrás. Su entrepierna le dolía casi tanto como su trasero, pero mientras trabajaba el dolor se mitigó y Korra sintió que su cabeza se despejaba de un modo sumamente extraño.
¿Qué sucedería si los soldados la adoraban, pagaban con crecer por ella, alimentaban generosamente se sexo, por así decirlo, y luego ella desobedecía? ¿Podría Suyin permitirse colgarla a las puertas del mesón?
Pero en el fondo, sabía que todos estos desvaríos de pensamientos rebeldes ocultaban la pena que no se había permitido desahogar. Mientras más cosas malas pensara, ideando como ser una mala vasalla, sus castigos serían mayores, no teniendo tiempo para ocupar en nada más que en su propio padecimiento físico.
El sublevamiento contra la autoridad la mantenía dolorosamente ocupada, pero, contradiciéndola, le gustaba la frialdad y severidad de su ama, de una manera que no había experimentado antes en su aduladora ama del castillo: Lady Azula. Con Asami jamás fue así, o bien fue por un corto momento al principio, antes de caer bajo su hechizo. Se obligó a no pensar en ello, en ella, preguntándose en cambio si Suyin sentiría algún placer cuando la azotaba con la pala. Al fin y al cabo, lo hacía muy bien.
Korra continuaba fregando mientras pensaba. Intentaba dejar las baldosas marrones del suelo tan relucientes y limpias como podía, cuando de repente se percató de que sobre ella se cernía una sombra. Pertenecía a alguien que se hallaba en el umbral de la puerta abierta. Entonces oyó la voz de Suyin que le decía con suavidad:
- No tardaste nada en aparecer.
Korra levantó la vista con prudencia, pero no sin cierto atrevimiento, ya que era consciente de que posiblemente incurría en una insolencia. De pie, ante ella, descubrió a una alta mujer que calzaba botas de cuero negro altas, y más arriba, llevaba una daga sujeta al grueso cinturón de cuero, del que colgaban otras cosas. Su largo cabello negro trenzado caía en picada en su espalda y arriba, al lado de un lunar que sobresalía en u pálido rostro, unos brillantes ojos verdes se estrecharon con las líneas de una sonrisa cuando la miró.
Korra sintió una punzada de consternación; sin saber por qué experimentó un repentino derretimiento de frialdad, así que con calculada indiferencia continuó fregando.
Pero la mujer se situó justo delante de ella.
- Esperaba que llegases a la noche - dijo Suyin -. Contaba con que trajeras esta noche a toda la guarnición.
- Claro que lo haré. Tu sabes que a mis soldados les gusta este lugar - contestó, sin dejar de mirar a Korra. Mientras tanto ésta sintió una peculiar tensión en la garganta y continuó restregando, intentando no prestar atención a las botas que tenía delante de ella -. Presencié la subasta de esta princesita - prosiguió, y Korra se sonrojó mientras la mujer caminaba orgullosamente formando un círculo en torno a ella -. Muy rebelde - comento -. Me sorprendió que pagaras tanto por ella.
- Sé cómo tratar a las rebeldes - respondió Suyin con sarcasmo -. Además, fue más que nada un regalo. Con esto quedamos completamente saldadas.
- Completamente - confirmó la mujer.
- Pensé que querrías disfrutar de ella esta noche.
- No. Prepárala y envíala a mi habitación ahora mismo - ordenó la mujer -. No podemos esperar a la noche.
Korra volvió la cabeza y deliberadamente lanzó una severa mirada a la mujer. Le pareció descaradamente confiada, apoyando su mano en su cadera, y cuando Suyin le ordenó gélidamente que bajara la vista, la mujer se limitó a sonreír ante la insolencia de la princesa.
Minutos después Korra estaba avanzando en cuatro patas hacia la puerta trasera del local, saliendo a un gran patio cubierto de suave hierba y frondosos árboles frutales.
Allí, en un tinglado descubierto, sobre toscos pero acolchados bancos de madera, media docena de vasallos semi desnudos dormían, al parecer tan profunda y confortablemente como si estuvieran en la suntuosa sala de vasallos del castillo. También había una mujer del pueblo con las mangas remangadas que tenía a otro vasallo metido de pie en una gran tina de madera con agua jabonosa, restregándole las carnes con la misma rudeza con que se abrillanta el metal.
Sin darle tiempo a comprender lo que sucedía, Korra se vio metida en aquella tina, con el agua jabonosa remolineando a la altura de sus rodillas.
En eso Suyin llamó al príncipe Bolin, quien apareció de inmediato, con el cepillo de fregar en la mano y al instante se ocupó de Korra. La mojó de arriba abajo con la tibia agua, frotándole suavemente el cuerpo y a continuación masajeó con presteza su corto pelo. En ese lugar el lavado se reducía a lo indispensable, sin lujos ni superfluos. Korra dio un respingo cuando el cepillo le restregó entre las piernas, notando las ásperas cerdas sobre sus ronchas y maltratada piel.
Suyin se había ido. La corpulenta posadera había enviado a la cama al pobre vasallo quejumbroso, recién restregado, guiándolo con azotes, y a continuación había desparecido hacia el interior de la posada. En el patio sólo quedaron los vasallos que descansaban.
- ¿Me responderás si hablo? - preguntó Korra en un susurro.
- Sí, pero ten cuidado. Si nos pillan nos mandarán a recibir el castigo público. Me asquea demasiado servir de diversión en la plataforma giratoria para los patanes del pueblo.
Tenía tanto que preguntarle a ese chico en particular, más que por el lugar, por quién era, si es que era él el hermano de Mako, o si no, sería demasiada la coincidencia.
Pero causaría una gran conmoción si es que, si resultaba ser éste el chico, llegaba a saber que su hermano estaba en el pueblo, peligrando a que a ambos los castigasen.
- ¿Por qué estás acá? - preguntó tanteando el terreno -. Yo creía que había llegado con los primeros vasallos que enviaron desde el castillo.
- Llevo un largo tiempo en el pueblo - dijo con calmada resignación, sin comprometerse con la fecha -. Jamás fui al castillo. Supongo que desde el principio fui un caso perdido para la corona.
Korra vaciló un poco ¿un largo tiempo? según lo poco que le había contado Mako desde hace poco que habían capturado a su hermano. Quizás él no era después de todo. ¿Pero qué es lo que pudo haber hecho para que ni siquiera mereciera ir al castillo? ¿que ni siquiera hubiera podido conocer los exquisitos castigos de aquellos amos allá?
- ¿Por qué esa cara? - le preguntó sonriendo Bolin. Debía admitir que su sonrisa era tranquilizadora -. ¿Esperabas otra cosa?
- No. Pensé que podría conocerte.
- Imposible. Es la primera vez que nos vemos. Créeme, yo te recordaría - le dijo guiñándole un ojo. Luego de eso, el príncipe le secó los brazos y la cara -. Ahora sale de la tina en silencio. Creo que Suyin está en la cocina. - Luego susurró -: ¿Sabes? Me he enterado que varios vasallos que han sido enviados al pueblo, luego regresan al castillo para acabar convirtiéndose en el terror para los demás cautivos.
Aquella idea no le pareció extraña a Korra, aunque ciertamente nunca lo había pensado sí lo había experimentado, aunque jamás castigando a vasallos vulgares; ella había castigado a la mismísima heredera a la corona.
No había pensado en convertirse alguna vez en una "ama" para adiestrar príncipes y princesas mimadas.
- Quizá algún día te encuentres en esa disyuntiva. De repente descubrirás que tienes una pala entre las manos y todos esos traseros desnudos a tu merced. Piensa en ello - le dijo Bolin, sonriendo con total naturalidad -. Démonos prisa, la capitana está esperando.
- ¿Capitana?
- ¿No has oído de ella? Es Kuvira, una militar de alto rango.
¿Ésa Kuvira?
Las piernas de Korra tambalearon y por un momento todo su cuerpo se entumeció, palideciendo, sintiendo como un líquido caliente y amargo subía por su garganta. Si había preparado su mente para los castigos más ignominiosos que tenía preparado el pueblo para ella, con toda la violencia y poca consideración como la había tratado Suyin, esto sería lejos el peor castigo. Ser la vasalla de Kuvira, era como si el cielo le estuviera escupiendo de vuelta.
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Suyin apareció por la puerta, tomando a Korra y llevándola de vuelta a entrar a la posada para subir por una estrecha y curva escalera de madera que ascendía desde detrás del hogar. Korra hubiera sentido el calor de la chimenea a través del muro mientras subía al piso de arriba si no la hubieran obligado a marchar con tanta rapidez. Una vez arriba, Beifong abrió una gran puerta de metal ingresando a un pequeño Lobby que daba a lo que Korra alcanzó a distinguir tres puertas a tres posibles habitaciones, pero antes de que pudiera cerciorarse estaba de frente a una de las puertas, adornada con diseños hechos de metal.
De pronto, sorpresivamente su vista le fue privada, siendo vendada de los ojos con un grueso paño negro. Eso la desorientó ¿qué tipo de juegos tenían preparados para ella? Quizás eso fuera mejor, así no tendría que ver su mirada, otorgando material a su masoquista mente para imaginar los más crueles y sensuales juegos llenos de lujuria en los que Asami y Kuvira participaban.
- Aquí está, mi querida capitana - ironizó Suyin, obligándola a arrodillarse apenas entró a la habitación en la que ya estaba esperando Kuvira.
Korra oyó el sonido de la puerta que se cerraba a su espalda. Sus rodillas levemente comenzaron a castañear en el suelo, temerosa de lo que vendría a continuación, rogando que Kuvira no supiera de ella.
- Así que tú eres la famosa Korra, la Princesa del Sur - escuchó decir con su ronca y suave voz a Kuvira.
Korra se mantuvo estática. Si es que ella estaba en el rubro militar, era factible que hubiera oído escuchar de ella, ya que ella era algo parecido en el Sur, aunque era más una estratega que militar. Esperaba que solo ese fuera el caso.
- Dime, Korra... ¿te divertiste con Asami?
¡Oh mierda!
- ... ¿la extrañas?
Korra se mordió el labio inferior. No debía hacer ningún ruido, tenía que tragarse toda su tristeza, humillación, rabia, lo que fuera que estuviese sintiendo. Pero aquella terrible debilidad no quería abandonarla.
El estar frente a aquella mujer, aunque no la viera, significaba la vergüenza y el dolor de Asami, uno que ella misma había infringido, a pesar de que algo intuía de su pasado. Eso la mortificaba.
- Está bien que no respondas, Korra. Eres una vasalla primero que todo, atrás quedaron los elegantes días en suntuosas fiestas, o la delicadeza y exquisitez de los tratos en el castillo, como todo lo que hiciste o sentiste ahí - dijo refiriéndose a Asami -. Ahora estás en el pueblo, y te enseñaré muy bien cómo se sirve en el pueblo, cómo complacer a tu ama - esto último se lo susurró a su oído, alejándose con una suave risa que brotó de su garganta.
Sintió como se alejaba de ella, y sus pasos pronto fueron mitigados. Korra enseguida escuchó como el sillón de cuero crujía cediendo bajo el peso de aquella mujer, alejada a solo unos pasos de ella, que temblorosa estaba atenta a lo que tenía para decirle. Y luego de lo que Korra pensó que fueron horas, al fin Kuvira proclamó su primera orden:
- Levántate y acércate unos pasos.
Eso hizo, dando tambaleante sus pasos, sintiendo la suave alfombra bajo sus pies, hasta que Kuvira le ordenó detenerse. En ese instante, unas manos enguantadas la giraron, de modo que estuvo de espaldas al sillón.
- Ahora, te mostrarás a mí - dijo tranquilamente.
El rostro de Korra enrojeció ¿qué se supone que debía hacer? ¿mostrarse? ¿de qué manera? Pronto una risa traviesa la hizo avergonzarse, dándole a entender lo que exactamente querían de ella.
Al igual que en la subasta, y ante la tardanza de la princesa en obedecer, Korra de pronto sintió como unas botas separaban sin delicadeza sus piernas, y las mismas manos enguantadas la doblaron por la cintura, quedando completamente expuesta, en una pose completamente deshonrosa, mostrando todas sus tiernas carnes.
Un intenso rubor quemó su rostro. Su corazón le latía con velocidad y aumentó aún más cuando uno de los dedos envueltos en cuero se deslizó por su sensible y magullado trasero, abriendo y recordándole el dolor del castigo de Beifong, concientizándola de que aún le faltaba el de Kuvira.
- Veras, si bien hay que mantener la rudeza de los castigos del pueblo - habló Kuvira -, como yo fui criada en el castillo sé muy bien la clase de placeres que estabas acostumbrada a gozar. He trabajado años en el pueblo y gracias a ello he mezclado ambas cosas: castigar violentamente, pero siempre generando placer ¿entiendes eso?
Korra asintió en silencio, sentía la presión en su cabeza, el peso de sus pechos colgando y la cálida temperatura ambiental, alimentada por una chimenea que escuchaba crepitar a un lado, que provocaba una leve corriente caliente, que pasaba entremedio de ésta, riéndose de su exposición. Pero no tuvo tiempo de ello cuando lo que pareció ser una delgada fusta impactó limpiamente contra una de sus muslos internos haciéndola soltar un corto y agudo grito y de inmediato sintió la línea de calor marcada en su piel.
- Otra cosa que sabrás de mí, es que me gusta mucho la equitación, pasatiempo que he llevado a la práctica en muchos de los desobedientes y rebeldes vasallos. Sé que será perfecto para ti, mi pequeña princesa desobediente y mimada - le dijo y a continuación le dio un par más de fustigazos en sus pantorrillas y trasero, mientras Korra se obligaba a no emitir ningún ruido, apretando desesperadamente sus labios.
De repente sintió como uno de los dedos se posicionó en su muslo, ascendiendo tortuosamente por la cara interna de estos. Korra se desesperó, moviendo involuntariamente sus caderas para evitar que llegara a su destino, pero una fuerte nalgada le recordó cuál era su posición. El dedo enguantado subió hasta que la calidez y la suavidad fue aún mayor, posicionándose apenas al lado de su tierna abertura, pasado por encima, recolectando parte del néctar que estaba escurriendo.
- Para estar incómoda bajo las órdenes de una desconocida, lo vas tomando tremendamente bien - le dijo, avergonzándola -. Es tiempo de que comience también a domesticar a esa pequeña chica hambrienta.
Una punzada de dolor mezclada con algo más se hizo sentir entremedio de sus piernas. La pequeña fusta ahora se entretuvo con otra zona, con la otrora secreta y exclusiva parte de ella, que en este mundo no significaba nada más que un objeto de castigo y recompensa.
Una serie de golpes atentaron contra su centro, tocando sus labios, recorriendo la extensión de su hambruna, deteniéndose injustamente en los alrededores de aquel nódulo atormentado, sin tocarlo, apenas rozándolo.
Korra movía sus caderas sin saber si quería escapar o ahondar en aquel dolor, no del todo desagradable. Poco a poco sentía como una parte de sí quería ceder y entregarse por completo, para hacer más llevadera la situación, pero el hecho de que se tratara de Kuvira haciéndole sentir eso era una nueva clase de tortura que no sabía manejar.
Una de las manos enguantadas la atrajo por la cintura, acallando un poco sus quejumbrosos jadeos y disminuyendo la frecuencia con que las lágrimas de humillación y dolor estaban abandonando sus ojos. El mismo dedo de endenante volvió a subir con lentitud y presión por sus rojos muslos, recorriendo cada pliegue de su feminidad hasta llegar al mismo centro.
Estaba a punto de reventar bajo la presión del índice y pulgar de los dedos enguantados, cuando la abandonó, sumiéndola en una sensación detestablemente similar: la de la frustración sexual.
Las lágrimas de impotencia cayeron por sus mejillas como torrentes. Desde que había llegado a esas tierras era que se había desligado por completo de su cuerpo, siempre traicionándola en momentos menos indicados, con personas desconocidas y malvadas.
¿Acaso Kuvira caía dentro de esta denominación?
Pronto sintió el peso de alguien encima, descubriendo las formas femeninas en su espalda, la respiración en su nuca, las manos bajando por su cintura, recorriendo su abdomen hasta alcanzar sus pechos y estrujarlos. Korra emitió un jadeo, pero enseguida un suave sonido le indicó que debía quedarse en silencio.
Con los ojos vendados sentía más cosas. Podía estimar el peso y la altura de la mujer apoyada contra ella, su anatomía y los sonidos que esta daba. Su respiración entrecortada que entrecortaba la suya.
Las manos fueron hasta su trasero, amasándolo con violencia, juntando y separando sus nalgas, y repentinamente Korra no logró evitar emitir un grave sonido al sentir como sorpresivamente algo se estaba deslizando dentro de ella. No puede ser... ¿qué?.., pero la coherencia la abandonaba, luchando contra esa sensación de ignominioso placer y violencia. Ni siquiera pensó que eso podía disfrutarlo cuando las manos enguantadas buscaron sus pechos, estrujándolos sin tregua, castigando entre los dedos a los endurecidos pezones que la hacían gritar entre una mezcla de placer y dolor, mientras sentía como violetamente era embestida, provocando que cayera de rodillas y se sujetara con las manos en el suelo, aguantando toda la situación, sin poder hacerlo en silencio. Gemidos y lastimeros jadeos salieron de su boca, y entretanto la presión ascendió por su cuerpo, instalándose en su estómago a la vez que el dolor atormentaba sus pechos y la humillación salía en forma líquida por sus ojos y chorreaba silencioso entre sus muslos.
Pronto en un momento de lucidez, alcanzó a pensar en que así no se sentía un órgano de verdad. No sentía la palpitación dentro de ella ni mucho menos los jadeos de esfuerzo al contenerse. Era falso, un arnés.
Korra estaba pronta. Estancando el ruido en su garganta se rehusaba a darle esa satisfacción, aunque su cuerpo tembloroso ansiara desesperadamente ser liberado. Una mano al fin soltó uno de sus pechos bajando por su cuerpo hasta perderse entre sus piernas, acariciando entre sus dedos su nódulo placentero. Korra, aunque no podía ver, apretó más sus ojos, ladeando su cabeza como si se rehusara a verse a sí misma perder el control de su cuerpo, y cuando estaba a punto sintió como aquel falso órgano salió lentamente de ella, abandonándola junto con la mano.
No tener a donde ir, estar a la merced del otro, decidir cuándo puede uno liberarse o disfrutar... de eso se trata. El dominio completo de la voluntad.
La habitación se sumió en un repentino silencio mientras Korra se quedó recuperando la respiración aun en esa postura. Sus caderas aun daban inconscientes vaivenes, como si estuviesen en modo automático.
Sintió como caía al piso aquel juguete, emitiendo un ruido hueco. Enseguida los pasos se acercaron hasta quedar enfrente de ella. Escuchó la fricción que hacían los jeans al contraerse en una flexión de piernas. Respiró el dulce aroma de la mujer, la cercanía del calor de su cuerpo. La demandante mano enguantada la cogió de la quijada, atrayéndola hacia ella y enseguida le plantó un violento beso en los labios que Korra se resignó a contestar. Pero pronto una lengua quiso entrar, y jadeante no emitió la resistencia suficiente para impedirlo, soltando un suave gemido en respuesta.
Fue extraño, pero Korra juró reconocer algo en ese beso, aunque todo volvió a confundirla cuando sintió como los labios de su captora se contraían en lo que parecía una sonrisa. Pero eso no le llamó para nada la atención, ella también sonreiría si su terca vasalla gimiera placentera, no controlando la impotencia de estar bajo su mando.
Kuvira se había alejado, paseándose de lado a lado en la habitación, mientras Korra se sentó en sus piernas, escuchando claramente la palpitación latente entre sus piernas. De pronto oyó la voz de la militar.
- Cada vez que venga a la posada, serás mía, Korra. De donde te encuentres en ese momento, te acercarás a mí y besarás mis botas, demostrando tu devoción hacia mí.
Korra asintió ausente, y antes de percatarse ya se encontraba fuera de la habitación, bajando por la misma escalera de caracol por la cual había subido, también guiada por Suyin. La cabeza le daba vueltas, no podía soportar la idea.
Ya abajo la llevaron de inmediato por la puerta que daba al patio, ahí recién le quitaron la venda y Suyin se la entregó a Bolin, quien la ayudó a encaminarse hacia el lugar donde debía dormir, pero en ese trance ella dirigió la vista hacia esa puerta envidriada que daba a interior de la posada, viendo como delante de Suyin iba aquella mujer, con sus jeans ajustados, aquellas botas que siempre tendría que besar, la polera sin mangas descubriendo sus pálidos brazos y sorpresivamente, al lado de una larga trenza negra que se tambaleaba por su espalda, alcanzó a ver una mancha púrpura a la altura de su escápula izquierda. Se sintió traicionada.
Asami le había mentido.
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N. de la A.:
¡Entra Kuvira a escena! Y no piensen que será Suyin la que sólo se encargará de educar a Korra. Esto es un juego a ciegas.
No quiero decir nada más con la historia, ya que poco a poco se irá develando. En vez de eso les compartiré una situación que me ocurrió hoy en la mañana: como buen chileno es normal que dejemos "todo a última hora" (esto es cosa seria acá), así que en la mañana me vi enfrascada adaptando y escribiendo lo que me faltaba de este capítulo en el trabajo, cuando de pronto se me olvidó el nombre de un objeto. Lo peor de todo es que no sabía cómo buscarlo, en mi mente solo gritaba "¡¿Cómo no te vas a acordar del nombre de ésa weá?!" (sucios modismos poco ilustrados) así que sin una mejor idea entré a páginas de bdsm viendo objetos hasta dar con el que pedía mi analfabeta mente... pero no conté con que un cliente se había acercado a solicitarme algo, acercándose más de la cuenta hasta mi pc y por los segundos de duda en su expresión creo que alcanzó a ver algo de mi documentación. Cambié rápidamente la pantalla y me levanté a asistirla, nada de tomar asiento ¡adiós a los modales corporativos! había que alejarla del ordenador. Al despedirme de ella confirmé mi duda. Su rostro había cambiado, ya no me miraba con la dulce expresión dirigida a la chica buena que había sido. Hahaha.
Listo. Nada más de distracciones. Moraleja: o no hagan estas cosas en el trabajo o no se enfoquen solo a ello.
Le reviews:
KanuUchou: Ese relato era para ti, poyando la noción de que no se debe ocupar mucho tiempo de los horarios de oficina en esto, es peligroso. Hahaha, viviendo al límite de la decencia pública, ya ves. |Shizuma94: Oh si, la compró para Kuv. Ese pobre chico, es el que mejor la pasará en el pueblo. Oh, yo pensé que en algún momento lo había dicho, pero debo haberlo olvidado. Así es, es de esos libros, así que si los vas leyendo te spoilearás enormemente, aunque acá va a haber una variación con el personaje de "Bella" y su "capitán". |Cryp: Si saldrá ¿cómo no va a hacerlo? Te sorprenderás cuando lo haga. Y como ya no es secreto (ejem) te diré que sí, es una adaptación literaria de los libros de Ann Rice. Búscala por ahí. |DjPuMa13g: Hahaha ¿cuáles son esos días?. Korra es como el viento: va y viene, en este capítulo se notó la ambivalencia de su rebelde carácter, dispuesta a ser desobediente y al siguiente segundo temerosa del castigo. Eso se verá mucho acá, más que nada porque ya no tiene un pilar que la sostenga. Ah, y Sue no la va a educar, hohoho. Asami será rebelada más adelante, así que no desespereís. |Godoy: Muchas gracias. Esta será en esencia lo mismo pero habrán muchas cosas encubiertas. Obviamente se explicará todo lo referente a Kuvira y Bolin, que por fin apareció, y hasta diré que será más cruel que el anterior. No por nada todos le temen al Pueblo, es por eso que ya tengo en trámite mi membresía de bdsm para documentarme bien de los castigos.
~Es probable que encuentren algunas faltas de ortografía, dicción y hasta cohesión en este capítulo. Ahí me avisan, aunque lo revisaré de todos modos más adelante.
~Gracias a las fieles seguidoras de esta historia, y les doy la bienvenida a la nuevas.
