ADVERTENCIA: Esto es algo así como Yaoi además de que está lleno de drogas, alcohol y más adelante sexo, también habrá volley claro.
Descarga de responsabilidad: HQ! no es mío, si lo fuera hubiera apresurado el encuentro carnal entre Kuroo y Oikawa SE AMAN aunque no se conozcan xD (?
Cronopios del autor: :3 soy una niña cumplida y aquí está el nuevo capítulo. Quiero agradecer abiertamente a la página: "Recomiendo Fanfics" pues no sólo ha gestionado en su página este fic, sino también: "Las mil plumas del cuervo". Y sobre todo un agradecimiento total para Rooss.
De hecho. Este fic, como casi todos los que publico y publicaré en el fandom son nacidos del cariño que en tan pocos días le he tomado a la bella Rooss, una gran fanficker y devota del fandom Se le quiere a la Shoyo~
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El circo de las rarezas
por St. Yukiona
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Capítulo 2: La cabeza zanahoria que aparece a diario.
Era la basura más grande de todo el barrio donde vivía y eso lo sabía, no se comparaba con la magnificencia del mundo porque estaba seguro que había basuras más grandes que él. Estaban esos violadores, secuestradores y asesinos, él por más mala leche que corriera por cada una de sus células jamás obligaría a alguien a tener relaciones sexuales a la fuerza, o al menos no en sus seis sentidos sin droga fuera de su cuerpo, debe adivinar que por lo menos alguna vez terminó por forzar a alguna drogadicta o drogadicto tan sumido en su vicio como él a que se la mamara o se dejara follar. Eso sí, está casi seguro que nadie ha usado su intimidad, esa la tiene reservada para pagar la buena fe de la única buena cosa que tiene en la vida: Tsukishima Akiteru.
—Estoy harto… —rezó el pelinegro mientras que miraba por la ventana del café donde se había encontrado con su excompañero de colegio.
—Deberías aceptar la ayuda de tus padres e ingr…
—¿Dejar que me internen y paguen otra vez para que vuelvan a estar jodiendo de cómo me salvaron el culo? —cuestionó y negó con un gimoteo—. Estoy acabado, Tsukki, no me importa ya más —era una cantaleta que había dado los últimos dos años.
Akiteru hubiese deseado tener un carácter más rígido como el de su hermano menor para coger por culo a ese Pequeño Gigante y llevarlo a rastras a un centro de rehabilitación, se había documentado un montón sobre las adicciones desde la primera vez que recibiera la llamada S.O.S de Shiiro a las tres y media de la mañana.
"No sé dónde estoy… estoy… estoy vomitando sangre…"
Lo peor fue que estaba en Tokio y las horas en automóvil fueron eternas, no llegó a tiempo al bar donde se había desbancado el Pequeño Gigante pero ahí le dieron la seña de dónde podía encontrar al moreno: Clínica de Kawamura, al norte del distrito. No tuvo que moverse mucho en realidad pero la escena que contempló lo dejó helado, jamás iba a poder sacarla de su cabeza. Quizás por eso y por el amor unilateral sentido desde años primarios le había obligado a quedarse y ayudar lo mucho o lo poco –casi siempre lo poco- a su estrella que con los años había perdido fuerza y brillo.
—Bueno, deberías tratar… tu tobillo ha estado bien…
—No ha dado problemas en seis meses, Tsukki… ¿y qué pasa si en seis meses más vuelvo al hospital retorciéndome del puto dolor? —cuestionó fríamente el exrematador del Karasuno mientras miraba por la ventana—. Además… ya se me olvidó…
—¿Qué?
—Ya se me olvidó cómo se siente jugar… se me olvidó jugar, Tsukki… —farfulló tomando la taza de té negro y bebiéndola de golpe, el líquido le quemó la lengua y la garganta, pero aún hay resquicios de las anfetaminas tomadas la noche anterior así que no nota el ardor. El rubio sólo lo mira y juega con su propio café, él toma un latte y lo ha bebido a sorbos.
—Oye… la siguiente semana juega el Karasuno acá en Sendai…
—¿El Karasuno? —sonrió el Pequeño Gigante mientras que se recarga del respaldo de la silla, sus dedos alhajados con dos anillos de acero inoxidable, toscos y pesados, y uno más delgado color plata que calza a la perfección en el dedo corazón, curiosamente en el cuello de Akiteru cuelga una joya similar.
—Sí, mi hermano juega en él…
—Claro, el otro Tsukki… el alto ¿no? —hizo la referencia y bufó—. No tengo tiempo… hacerla de vago requiere que le invierta todo mi esfuerzo —comentó—. ¿Qué tal si mejor quedamos en mi casa y…?
—Shiiro… hay algo interesante que por favor, necesito que veas… ¿puedes hacerme el favor de ir? Nunca te pido nada… Nunca…
A Sakurai Shiiro aka Pequeño Gigante, le constaba, Akiteru nunca pedía nada.
Pero gracias a esa petición, fue que su vida se volvió patas pa´rriba, y ahora no sabía cómo lidiar con ello. Cómo lidiar, para ser precisos con esa horrible presencia que se parapetaba todos TODOS los mugrosos días desde hacía una semana frente a su casa en espera de cualquier cosa.
Era o muy temprano en la madrugada o muy tarde en la noche, pero ahí estaba. Parado con su cara de estúpido y su diminuta existencia. No se recordaba siendo un maldito acosador en la escuela preparatoria, que ciertamente el muchachito ese era impactante en la cancha, pero fuera de ella era una especie de plaga. Era peor cuando iba acompañado de otro con cara de ogro que aporreaba el timbre de su hogar hasta que la vecina criticona de al lado les retaba corriéndolos, sólo en ese momento es que estaba feliz de tener a semejante perra viviendo a su lado.
—No puedo salir a orinar al patio porque ellos están, no puedo salir a comprar cerveza porque ahí está, no puedo poner la música a todo volumen porque ahí está… sabes qué, me largo a Tokio —gimió Shiiro al tiempo que se movía libremente por su casa, sólo llevaba unos calzoncillos sueltos. Su delgada figura no había ganado nada de peso en el último tiempo, al contrario, parecía estar en un proceso de desaparición.
—Bueno, Hinata-kun entró al Karasuno sólo porque te vio en el partido de Tokio que transmitieron por televisión así que…
—¡¿Y qué se supone que debo de hacer?! ¿Enfundarme en mi maldito uniforme de reparatoria que no sé dónde putas esté y después salir a tomarme con una puta foto? Firmarle la frente y besarle la mejilla… ¿o sólo con sostenerle la mano será suficiente?
Akiteru soltó una suave carcajada al otro lado de la línea.
—Oye, Shiiro, sí haces alguna de esas cosas, por favor mándame la fotografía ¿quieres?
—¡Vete a la mierda! —gritó el Pequeño Gigante antes de lanzar por los aires el teléfono.
Si Akiteru hubiera sido otro, más como el resto de las personas, quizás se hubiera ido hacía mucho. Pero gracias a su inquebrantable temple, seguía ahí, pero eso no le importana a Sakuria Shiiro ene se momento, en ese momento lo que le aquejaba cómo lidiar con la puta plaga que era ese tal Hinata-kun, el número 10 de Karasuno.
Esa tarde cogió la escopeta, cogió su botella de vodka y puso a todo volumen en sus audífonos su playlist de Ska que incluían a sus bandas favoritas: The Rollings, Wao y, por supuesto, Tokio Ska Paradise. Bebió largo tragos de vodka sin rebajar, el alcohol le calaba la garganta. Acariciaba su escopeta mientras esperaba ver al maldito mocoso para amedrentarlo lo suficiente como para que dejara de acechar cerca de él.
Entrecerró la mirada retornando su memoria hasta la tarde del jueves cuando la casualidad había dado desgracia a su vida, pues fue justo que daba la vuelta al aparcamiento cuando vio justo el instante en que aquella maldita cabeza anaranjada arrancaba de las manos de un chico la bicicleta y lo empezaba a perseguir. Su sentido más profundo y añejo de delirio de persecución se activó y aceleró, primer error.
Aceleró todo lo que su Mustang 67 dio en la marcha, lo cual no era mucho pues había estado teniendo problemas con la transmisión, misma que por falta de presupuesto no había podido dar el tratamiento adecuado y ahora parecía chillar. Había comprado el vehículo con su primera paga como "pseudo-profesional". El auto había sido chocado y tenía muchas partes faltantes, su sueño era trabajar cada tarde en su auto después de la práctica de volley, ahora sólo le quedaba su auto y los sueños de tener prácticas de volley. Apenas en los últimos años había tenido la motivación suficiente para meterle mano al vehículo pues necesitaba en qué moverse y dónde quedarse a dormir en caso de ser botado del lugar donde estuviese viviendo. Posiblemente, una de las mejores ideas que había tenido en toda su jodida vida.
Oh, porque él era un idiota que no pensaba bien, al menos no lejos de una cancha de volley puesto que una vez el auto comenzó a halar como debía tuvo la brillante idea de enrutarse hacia su casa, bien pudo haber ido a un bar y acobijarse ahí, o pedir quedar con alguna de sus amantes o pedir asilo político a la embajada de América –una vez su abuelo se había liado con una americana así que era, por lo menos, una decima americano y eso se lo debían de respetar-, pero no… lo mejor que pudo hacer en ese momento fue huir a su casa y enclaustrarse. Sólo para que media hora después apareciera, por primera vez aquella cabeza color zanahoria. Segundo error.
Cualquier persona en su lugar, al ver que la catástrofe se desataba, hubiera salido a dar la cara como el adulto que era. Preguntar el motivo de la persecución y hasta darse el lujo de regañar al niño por seguir a un desconocido. Mierda, eso hubiera hecho. Pero no, él sólo se había hecho un ovillo debajo de la cama escuchando cómo lo llamaban por su apodo de antaño y aporreaban el timbre. Primer y grandísimo error. No tuvo la valentía de dar frente al que afuera le gritaba porque ese no sólo era un niño que le conocía, era el futuro y un chico que tenía el potencial para pararse en cualquier cancha, una posibilidad que a él le habían arrancado.
No apareció el maldito mocoso ese día. De hecho, no apareció al día siguiente. Pronto la pila del smarthphone murió y tuvo que poner su música a todo volumen desde el viejo estéreo que tenía dentro de la casucha que era su hogar. Había olvidado cuál era su motivo para estar en guardia y sólo se dedicó a beber y fumar sentado afuera de su pórtico. Mala idea cuando no has bebido y sufres mal de amores.
Cuando despertó estaba en su cama, arropado con sábanas limpias, aunque el olor a orines que el colchón presentaba desde hacía tiempo aún estaba presente.
La cabeza dolía como todas las veces que se había despertado después de perder el conocimiento y presencia en sí mismo. No recordaba cómo es que había terminado en aquella cómoda situación, sólo sabía que había resaca. La podía sentir de primera mano taladrando sus oídos y cortando cruelmente su cuerpo, quizás había dado trompazos por todos lados pues el tobillo dolía terriblemente mucho, lo que también podía sentir era el suave aroma de comida. Abrió de lleno los ojos y se incorporó de golpe, una bandita que seguramente en su momento había sido fría cayó a su regazo. Shiiro la cogió entre sus manos y la observó detenidamente. Giró su rostro a su habitación e hizo una mueca desagradable, aunque por dentro algo tibio se removió en él, la única persona capaz de ordenar su habitación, o al menos recoger las botellas de alcohol, ropa sucia y condones usados, era Akiteru. Suspiró y se movió con lentitud evitando a toda costa que el dolor de cabeza atacara más puntos en sus sienes. Caminó con parsimonia hacia la salida de la habitación pero se detuvo. Giró su mirada hacia el mueble donde guardaba ropa o cualquier otra mugre.
Sus dedos recorrieron lentamente la pieza doblada y planchada. Hacía años que no tenía una tan cerca. De hecho la suya se había quedado en casa de sus padres después de gritarles que estaba bien y que no necesitaba a nadie, porque estaba bien y no necesitaba a nadie. La cogió entre sus manos y la acercó a su rostro. La aspiró con fuerza y reconoció el aroma a Air Salonpas impregnado en ella, junto al de la colonia, desodorante y sudor… no… mentira, no olía a nada de eso, olía únicamente a suavizante de telas, pero su cabeza quería que pensara de la otra manera. Se maldijo. El número 10 de Karasuno. Su número favorito y por el que peleaba que le fuera concebido. Era su número de la suerte, había una relación de afecto/obsesión con él. El número 10 de Karasuno, el número del as.
—Hinata-kun vino, y te encontró tirado en el pórtico nadando sobre tu propio vomito… —explicó con voz fría Akiteru.
El Pequeño Gigante, que de gigante tenía ya nada, bajó la prenda y la colocó sobre el mueble donde la había encontrado.
—Sólo quería entregarte eso porque pensó que te gustaría tenerla… —masculló el Tsukishima mientras caminaba hacia él—. Pensó muchas cosas… y sintió miedo cuando te vio tirado en el piso, Shiiro… —habló duro—. Y yo me sentí peor cuando me llamó mi hermano para decirme que tenía en la otra línea a su enano compañero llorando porque el Pequeño Gigante estaba muerto… cuando llegué había limpiado tu mierda y te había arrastrado hasta la mitad de la sala donde lloraba sin consuelo… su rostro me hizo sentir miserable como si le tuviera que pedir disculpa… pero estoy harto, ¡cansado! De tener que estar pidiendo disculpa por tu causa, por tu maldito descuido, Shiiro —exteriorizo.
—Nadie te pidió ni a ti ni al enano ese venir… —fue lo único que tuvo para decir pues sería complicado sencillamente admitir que él estaba equivocado.
—Tienes razón… pero si no te amas tú por lo menos cuida de morir en un lugar donde no destruyas los sueños de otras personas —exigió firme empujándolo con un balón de volley—. Lo dejó también para ti… dice que desea que te recuperes pronto —gruñó Akiteru mientras que caminaba hacia el exterior de la habitación. Pero se detuvo—. Sabes… deberías buscarlo y pedirle una disculpa… quizás sea la última persona que aún espera algo de ti —espetó antes de seguir su camino.
La puerta de la entrada principal se azotó.
El moreno no había alcanzado a tomar el balón y sólo lo vio caer y rebotar. Apretó y después chasqueó los labios. Sintió autentica miseria en su vientre y negó con suavidad. La había vuelto a cagar.
El niño no se había aparecido en uno, dos, seis días. De verdad la había liado, pues al igual que el niño de cabellos de zanahoria, Akiteru no le había cogido el móvil y sólo entonces se dio cuenta de que tan sólo y miserable estaba. Hubiese deseado, de verdad, tener ahí a su padre para que le dijera: "¿Ves que no estás bien y necesitas ayuda?". Golpeó la pared varias veces hasta que esta sangró lo suficiente. El dinero se le había acabado ya y la deliciosa comida que Akiteru o el enano habían hecho para él. Debía de recurrir con Madame Fujita para que le diera más pasta, con tal de dinero para el trago y comida se dejaba mimar como el puto gato persa de aquella desagradable mujer.
La noche que estuvo con ella soñó con sus días en el Karasuno, el cómo se sentía saltar y derribar a los gigantes. El ardor de la mano y las piernas tras cada esfuerzo cuando las energías le abandonaban por hacer uso hasta la última gota de ésta en medio de un partido cerrado. Extrañó con dolor cada una de esas cosas. Sintió lastima de sí mismo y se volvió a hundir en su miseria, sin embargo, entre los tantos nebulosos sueños pudo estar de pronto frente al televisor de una casa que no reconoció y se puso ver a él mismo jugando aquel partido que había dado inició a todo. Sus manos no eran sus manos, su cuerpo no era su cuerpo. Una mujer le llamaba pero no era su madre, de hecho, ni siquiera se le distinguía el rostro. "El Pequeño Gigante, quiero ser como él", dijo sólo por inercia de actor que conoce sus diálogos y despertó.
Según Akiteru aquel enano lo había admirado desde hacía mucho tiempo sólo por un partido transmitido tristemente por la cadena local desde Tokio. ¿Acaso no lo había visto jugar en las grandes ligas contra adversarios de verdad?
¿Acaso se había perdido la apoteósica caída que había dado inició a su desgracia?
¿Habría sido de esos que gimió aterrados tras ver que su ídolo no se incorporaba?
¿O habrá sido de esos otros que se lamentaron con algún comentario mordaz sobre lo destruida que iba a quedar su carrera después de semejante lesión?
—¿Qué quieres? —interrogó el rubio mientras que recogía un balón para guardarlo en el cesto de los balones.
—Nada… sólo… sólo que quizás me preguntaba si Akiteru-san te ha dicho algo sobre…
—Creo que tú hablas más con mi hermano que yo… —espetó fríamente el más alto mientras se alejaba de Hinata, el de cabello color zanahoria lo siguió como un pollito que sigue un gato: sólo por curiosidad lejos de pensar que el gato en cualquier momento se iba a virar para rasgarle y sacarle las tripas.
—Tsukki va a llegar a su límite pronto —externo Yamaguchi a Suga que veía la situación desde lejos.
—El que va a llegar a su límite pronto va a ser otro… —agregó Ennoshita uniéndose a la conversación lanzando miradas curiosas a Kageyama que parecía realmente una olla de presión. Apretaba un balón entre sus manos que amenazaba con explotar.
—Apuesto un bollo a que primero revienta Tsukki —dijo Tanaka a Ennoshita.
—Hmp, será Kageyama.
—Trato hecho.
Ni siquiera habían terminado de chocar los puños cuando la bestia emergió.
—¡Hinata, estúpido! ¡Con un demonio! ¡¿Cómo planeas mejorar si te la pasas de vago?! —gritó lanzando el balón, Koushi y sus compañeros rieron entretenidos pero desviaron la mirada de forma rápida antes de que el rey de la corte los fulminara a ellos también.
El balón dio de lleno en la espalda del más bajito que se retorció, y lo recogió sólo para irle a reclamar a su armador. Sin embargo, fue más que evidente el modo en que Kageyama parecía relajar los hombros tras ver que Hinata le prestaba atención aunque sólo fuera para discutir enardecidamente por el morado que seguramente le saldría al rematador.
145. Pride of lions de Tokio ska Paradise
Tamboreó sus dedos contra el maniobro de su auto que había limpiado para la ocasión, ¿qué ocasión? Pues esa ocasión. Se había levantado bien temprano por la mañana se había despedido de madame Fujita con un fajo suficientemente grueso de dinero que le ayudaría a vivir las siguientes semanas, aunque siendo un adicto como lo era lo más probable es que para el próximo fin de semana no le quedará ni un yen partido a la mitad. Antes de que eso ocurriese se acicalo lo mejor que pudo, rasurando los tres tristes vellos que le salían en la barbilla y lo hacían ver ridículo, peinó lo mejor que pudo su cabello quebrado antes de vestir la camisa número 10 que le había llevado aquel mocoso enfundándose después una sudadera negra de cierre y encima una chamarra de mezclilla con los codos remendados, algunas partes estaban rasgadas unidas con estoperoles, eran más fáciles de poner que remendar a mano. Los jeans eran oscuros y las botas del tipo minero ni siquiera le dieron tiempo de abrochar. La música seguía sonando en su reproductor de música portátil, Pride of lions era una pieza larga que le gustaba mucho.
Cuando dieron las cuatro y vio al río de estudiantes circular por la salida, fue entonces que se animó a salir de su vehículo para mover su flojo trasero hasta el interior de la que había sido su escuela. Había pasado tantos años desde que había puesto un pie en ese lugar.
Había muchas mejoras, por ejemplo había sido pintada toda y las rejas por donde solía brincarse para huir de las clases habían sido cambiadas. Más allá las ventanas eran diferentes pero el gimnasio. Ese maldito edificio le provocó una sonrisa bien torcida.
—Sigue siendo el mismo maldito edificio de porquería —exclamó sin tocarse la fibra mientras que entraba al lugar, sin embargo no dio más de dos pasos. Sus ojos recorrieron desde los barandales de la parte superior como las ventanas con las mismas viejas cortinas azules corridas para que el sol no rostizara a los deportistas. Bajó la mirada al piso, el cual enseguida se dio cuenta que era el mismo que cuando él estudiaba ahí, seguía bien cuidado y pulido, los chicos que habían estado antes y que estaban ahora cuidaban con amor aquel lugar que era su madriguera de batallas. Flexionó su cuerpo y acarició la duela. Tragó saliva.
—¿Disculpa? ¿Quién demonios eres? —interrogó Ukai mientras se acercaba al desconocido. Sawamura parecía caminar detrás del teñido, de ser necesario actuaría para cuidar a su equipo, él se sacrificaría como el capitán abnegado y entregado que siempre había sido desde hacía un año. Después e todo... un tío con semejantes pintas de visual kei y pandillero no podía significar buenas noticias.
El aludido alzó el rostro y volvió a mirar el lugar entero. Podía reconocer al final de la construcción el escenario donde practicaban ocasionalmente los chicos de teatro.
—Ahí recibí el premio como rematador, el segundo gimnasio aún no estaba listo —rememoró mientras mojaba sus labios y se incorporaba de poco. Las manos de Takashi Kato* rasgaban las cuerdas de su guitarra en los audífonos que llevaba puesto el moreno al mismo tiempo que lo más recóndito de sus recuerdos provocándole una hetera sensación de felicidad. Suspiró y sonrió de forma diminuta. Después de un rato de sopor se dio cuenta que estaba llamando la atención, mucho la atención, es más, alrededor de quince personas le veían con ojos expectantes—. Lo siento… —se quitó los audífonos—. ¿Se encuentra Hina… —frunció el ceño y sacó de su pantalón una nota arrugada, era un panfleto de una casa de citas, ahí mal escrito estaba el nombre de la persona que iba a buscar, Akiteru se lo había dado aunque no creía éste que el moreno fuese irlo a buscar.
—¿Hinata? ¿Qué asuntos tienes con Hinata? —preguntó Ukai de formo intimidante.
Sakurai Shiiro torció la sonrisa y se señaló así mismo, abrió la boca.
—¡Pequeño Gigante! —gritó Hinata casi al mismo tiempo que salía de por detrás de Kageyama que como respuesta a la presencia ajena había actuado por inercia para cubrir a su rematador. A su precioso rematador. Pero nadie fue capaz de detener al saltamontes naranja de estar en dos zancadas delante del moreno—… de verdad… de… de verdad… ¿eres tú? —cuestionó apretando los labios.
Ukai y el resto del equipo observó con estupefacción, incredulidad y sorpresa al desconocido. Pero este sólo pudo alzar los hombros.
—Nadie me llama así en años… pero… —desvió la mirada rascándose la nuca—…sí, creo que lo soy…
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Notas:
Takashi Kato es el guitarrista de una banda de ska que es la que Small Giant está usando, la banda se llama: "Ska Tokio Paradise", es muy buena, la recomiendo bastante
Reviews, follows y favs.
Muchas gracias a todos los follows y favs que tuve en el primer capítulo, me hicieron feliz, espero seguir contando con su apoyo
Rooss: Oye chiquita, ¿hace falta que te diga lo feliz que me hace hablar contigo todos los días sobre nuestra bella otp y las otras que tenemos por ahí? Bueno, entrando a materia, como podrás haber visto Akiteru y el Pequeño Gigante se todo menos odiar xD (?, de hecho es el único amiguito que le queda 7u7 amiguito, aunque bueno, el pequeño la ha regado bastante. Esperemos que todo se solucione entre ellos. Y precisamente por eso mismo escribí esta historia porque casi no hay nadie del papá cuervo original OZEA! es la causa por la cual nuestro Hinata exista dentro del mundo del volley sin él quizás sería futbolista o un alumno infeliz y promedio. Le debemos la OTP al Pequeño Gigante. He puesto mi alma en este fic y espero te siga gustando mucho Te mando muchos abrazos =D
St. Yukionna.
Quien los ama de corazón, costilla y pulmón.
