Disclaimer: ninguno de los personajes me pertenece, ni el mundo en el que se mueven, todos los derechos son de J.K. Rowling, yo tan solo los tomo prestados y trastoco un poco sus vidas.

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Capítulo 2: La llegada de la cordura.

La primera en desvelarse a la mañana siguiente fue Hermione. El dolor de cabeza era inmenso, parecía que alguien se había dedicado durante la noche a golpearla con un martillo. Sentía la boca pastosa, como si hubiese dormido con un felpudo entre los dientes. Pero lo peor era notar como cada parte de su cuerpo le dolía al más mínimo movimiento. ¿Cómo había llegado a estar tan cansada? Poco a poco su mente fue recobrando el domino que acostumbraba a tener y Hermione se hizo un cuadro más completo de la situación.

Primero abrió un ojo, y después el otro. El calor que emanaba de un brazo que había alrededor de su cintura no era nada bueno. Luego se dio cuenta de que su almohada se movía, respiraba. Bajó la vista y se encontró con un torso humano muy bien trabajado. Sus manos descansaban en ese torso como si fuera lo más normal del mundo. En un acto reflejo se apartó como si estuviera tocando fuego o lava. Rodó por la cama y se cayó al suelo. Sus ojos se abrieron sobremanera al comprobar que estaba desnuda, aunque no pudo hacer nada porque un gemido de dolor escapara de sus labios.

El desconocido de la cama, porque todavía no le había visto la cara, se movió en su duermevela. Su respiración dejó de ser la sosegada que se adquiría cuando se está durmiendo. Hermione no sabía cómo actuar; se sentía como una niña pequeña que sabe que ha cometido un error. Como un ladrón que actúa en medio de la noche para no ser visto, la castaña asomó la cabeza por encima del colchón. Si el desconocido estaba ya despierto no tenía forma de saberlo. Su vista no llegaba hasta su rostro. Sospesó lo que podría hacer, aunque pronto llegó a la conclusión de que su actitud estaba siendo ridícula. Había tenido una aventura de una noche con un desconocido, tan solo eso. No había cometido ningún crimen. Lo mejor sería actuar con tranquilidad y usando la razón.

Claro que la razón se fue cuando finalmente se levantó del suelo y pudo ver el rostro de su "desconocido" amante. Temblaba como una hoja y no sabía donde meterse. Meneó la cabeza varias veces, negando la evidencia. Estaba segura de que sus ojos le estaban jugando una mala pasada. No podía ser, simplemente no podía ser, se repetía una y otra vez en su cabeza. Pero en el fondo sabía que era cierto que la noche anterior se había acostado con su mejor amigo: Ron Weasley.

- Mierda, mi cabeza. –le llegó la voz del pelirrojo desde la cama. Ron se desperezó sin ningún problema y se enderezó en la cama. Se restregó los ojos con las manos antes de enfocar hacia un lado concreto, para entonces, Hermione se había quedado tan sorprendida que no llegaba a darse cuenta de que estaba desnuda delante de él.- ¿Dónde estoy? ¿Hermione? ¿Qué…?

- ¡Oh, por Merlín, Ronald! –al escuchar su nombre la castaña se agachó y con una mano arrastró la sábana de la cama para cubrirse con ella. El único problema que había es que si ella se cubría con la sábana, Ron se quedaba desnudo encima de la cama. Pero al pelirrojo no parecía importarle lo más mínimo. Hermione se sonrojó sobremanera cuando volvió a ponerse derecha y lo miró.- ¡Tápate, Ronald, por favor! –se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda.- No me lo puedo creer. Dime que no…que no…

- ¿Qué no nos emborrachamos y no nos liamos? –suspiró el pelirrojo. Para él también estaba siendo difícil afrontar esa situación, solo que estaba más resuelto a esconder sus sentimientos que la castaña; sobretodo después de ver la reacción de ella.- Me parece que sería una tamaña estupidez negar lo evidente.

- Oh, Dios mío, Ronald… ¿Qué hemos hecho? –Hermione se sentía tan mal que no controlaba si sus palabras le iban a sentar mal al pelirrojo o no. Se llevó las manos al rostro, avergonzada de mirarlo ni siquiera a los ojos. Tenía miedo de que su amistad cambiase, de perderlo como amigo, porque sabía que ella y Ron no podrían ser nada más.- Ron…

- Ey, no te preocupes por nada. –durante su lamento, Ron había aprovechado para ponerse su ropa interior y sus pantalones, que estaban tirados por el suelo. En sus movimientos había pesar, pero no así en sus palabras.- Supongo que…se nos fue la mano con la bebida…y ya está.

- Pero…pero esto lo cambia todo ¿no? –ella se volteó para mirarlo haciendo gala del poco coraje que le quedaba. Le mataba no poder decirle que se había acostado con él porque en el fondo lo quería de verdad, más que como a un amigo, para nada como a un hermano. Ron nunca había sido como Harry para ella, él siempre había significado algo más.

- Nada va a cambiar si tú no quieres, Herm. –enternecido por el semblante desesperado de ella, Ron también hizo de tripas a un corazón roto, a unos deseos que le impulsaban a comérsela a besos en ese mismo instante. Sin embargo, lo único que atinó a hacer fue a sentarse a su lado en la cama y pasarle un brazo por los hombros.

- No quiero perderte, Ron. No quiero que nuestra amistad de tantos años se eche a perder por…

- Lo sé. –la interrumpió él. Se miraron a los ojos, azul y ámbar, y no tuvieron que fingir en las siguientes palabras.- No vas a perderme, Herm. Lo más importante que tengo en mi vida, la única constante que me hace feliz, es saber que tú eres mi amiga y que siempre vas a estar ahí. Me moriría si no pudiera acudir a ti. –con un poco de humor, añadió.- Ya sabes que soy muy dado a meterme en líos.

- Lo sé. –medio sonrió ella mientras dejaba caer la cabeza en el hombro de Ron.- ¿Recuerdas…algo?

- Realmente no. Supongo que el alcohol hizo muy bien su trabajo; si lo recordásemos sería mucho más difícil seguir nuestra relación como antes, ¿no?

- Supongo que si. –admitió la castaña casi derrotada. En sus cabezas ambos sabían que era lo mejor. No soportarían que por culpa de una relación impetuosa se rompiese esa amistad tan bonita y sin la cual no podían vivir ninguno de los dos.- Lo siento.

- Yo también lo siento, pero ahora ya es inútil arrepentirse. Lo hecho…hecho está. –suspiró Ron.

- Realmente la gente no te conoce. –Hermione siguió mirándolo a los ojos y le llevó una mano a la mejilla. La magia, el escalofrío, el calor que sintieron la noche anterior…aun estaba allí. La retiró despacio y con cuidado, como si tuviera miedo de romper ese momento.

- Bueno…supongo que…lo mejor será que me vaya. –repuso el pelirrojo dándole un tibio beso en la frente y levantándose. Se sintió frío y distante después de lo que habían vivido la noche anterior, pero de momento era todo lo que podían ofrecerse el uno al otro.- Supongo que vendrás a la reunión de la Orden que se celebra dentro de…-miró el reloj de la mesita de noche-…una hora.

- Si. Hay algo que quiero contaros. –sorprendentemente Hermione se encontró más cómoda cuando el tema cambió de ángulo y ya no giraba entorno a ellos dos y lo sucedido la noche anterior.

- ¿Tiene que ver con que anoche estuvieras abochornada y decidieras emborracharte?

- ¿Cómo lo sabes? –realmente a ella le sorprendió que Ron se hubiese dado cuenta de su leve titubeo. Tenia que reconocer que la conocía mejor de lo que creía.

- Supongo que te conozco mejor de lo que crees. –ratificó el pelirrojo con una sonrisa y acto seguido se desapareció del apartamento hasta su casa.

Hermione se dejó caer hacia atrás en la cama aun agarrándose la sábana alrededor del pecho. No servía de nada lamentarse por lo ocurrido, y en el fondo no lo lamentaba. De lo poco que podía recordar, había sido la mejor noche que había pasado con un amante. Tampoco es que ella tuviera demasiada experiencia en amantes; había estado Víktor, un chico muggle vecino de sus padres, un compañero de departamento, y el último fue Oliver Wood. Pero ninguno se comparaba con el pelirrojo. ¿La convertía eso en una enferma? ¿Era lícito desear tener sexo con su mejor amigo? Se llevó una mano a la cabeza. Estaba demasiado confundida como para encontrar una respuesta con algo de lógica.

Se levantó de la cama con un solo movimiento y caminó hasta el cuarto de baño. Una buena ducha de agua templada conseguiría que volviera a ser ella misma. O al menos lo intentaría. Mientras el agua bajaba en manada hacia su dolorido cuerpo, comenzó a enlazar los sucesos de la noche anterior. Al menos aquellos que se podían contar al consejo de la Orden del Fénix. Le parecía importante que todos supieran lo que buscaban Draco y el resto de mortífagos que les constaba que andaban sueltos. Recordó que el colgante de Láquesis aun estaba en su bolsito de lentejuelas y se hizo un apunte mental de no olvidarlo.

Al salir de la ducha, el recuerdo de Ron había sido borrado de su cuerpo, pero no de su mente. Se vistió y se peinó mientras se enfadaba consigo misma. Después de todo, para Ron no había significado nada. Si no hubiera sido porque ambos estaban borrachos… Sintió ganas de echarse a llorar, porque al fin y al cabo todo aquello era muy triste. Con un movimiento de varita recogió y aireó el apartamento. Todavía le sorprendía como el sexo podía llegar a olerse en el ambiente. Mientras, ella metió algunas cosas en su bolso, cosas que necesitaría durante la reunión y también para después, cuando fuera a visitar a Harry a La Madriguera. Ignoraba si Ginny estaría en la reunión, pero por Merlín esperaba que si.

No tuvo que aguardar mucho a saber si su plegaría había sido escuchada o no. Cuando llegó a al cuartel general de la Orden del Fénix, el primer rostro que vio fue el de la pelirroja. Estaba sumamente tranquila y serena, descansada, diría Hermione. Las dos se quedaron mirándose durante dos pequeños segundos y finalmente se fundieron en un abrazo. Tan solo hacia dos días que no se veían, pero a veces era un período interminable. Los ojos de Ginny escrutaron los de la castaña, tal vez adivinando la desazón que crecía en su corazón. Sin embargo, si la pelirroja tenia pensado interrogarla o decirle algo, se vieron interrumpidas por la llegada de más gente.

Con el paso de los años, la Orden del Fénix había llegado a ser una organización de referencia contra los aislados grupos de mortífagos que quedaban. No tenia un líder específico, pero si que las decisiones las tomaban un pequeño grupo de elegidos. Los mismos que esa mañana se iban a reunir en la biblioteca de la ancestral casa de los Black. Hermione y Ginny caminaron juntas y se sentaron del mismo modo en la mesa de caoba en forma de rectángulo. Allí ya estaban Bill, Charlie y George, el señor Weasley y algunos aurores de renombre, Remus, Sirius y Tonks, Luna y Neville charlando de plantas y animales extraños…y Ron.

A Hermione casi se le cae el alma a los pies al ver lo guapo que estaba el pelirrojo. No es que su aspecto hubiera cambiado desde esa mañana, simplemente se había dado una ducha y se había cambiado de ropa, pero…la castaña lo miraba con otros ojos. Decir que se sintió herida cuando Ron la miró y enseguida desvió la mirada, sería mentir. Porque no era eso lo que había pasado por su estómago. Era normal que se sintieran algo extraños. Al fin y al cabo tan solo hacia una hora que se habían despertado en la misma cama. Pero algo había cambiado, lo quisieran ellos o no, algo había cambiado. A Ginny no se le escapó la actitud de su hermano y de su amiga. Estaba segura de que ambos le ocultaban algo. Pero tal y como conocía a la castaña, sabía que tarde o temprano acudiría a ella en busca de consejo y consuelo.

La reunión de la Orden dio comienzo sin más. Hablaron varios de los aurores del Ministerio, así como el señor Weasley y el mayor de sus hijos. Inusualmente callados estaban Sirius, Lupin y Tonks. Normalmente llevaban la voz cantante. Pero Hermione enseguida recordó que la noche anterior había sido luna llena y le envió una mirada de comprensión y de cariño a su antiguo profesor. Se llevó una mano al pecho mientras volvía a adquirir su habitual mirada perdida. Tal vez por eso se sobresaltó cuando escuchó su nombre y Ginny la retornó a la realidad dándole un apretón de manos. Abrió mucho los ojos, porque quien la había llamado había sido ÉL.

- Herm…creo que tenías algo que contarnos, ¿no? –repitió el pelirrojo mirándola como si lo ocurrido la noche anterior no hubiese ocurrido. Hermione tuvo que reconocerse a si misma que le dolió su reacción, pero eso también la obligó a plantearse la firme intención de hacer ella lo mismo.

- Si. –se levantó, aunque no supo muy bien porqué. Con las manos en el regazo, procedió a contar lo que sucedió en su despacho la noche anterior.- Ayer entraron en mi despacho cuando todos estaban en el Gran Baile. Yo me…me había quedado terminando unos informes y lo escuché todo. –suspiró y se aclaró la garganta.- Hace muchos años, una persona, no sé quién, me regaló un colgante. –sacó el colgante de Láquesis del bolsillo de su pantalón tejano.- Ayer, escuché como Draco Malfoy y sus hombres desvalijaban mi despacho en su busca. No sé muy bien para qué lo quieren ni lo que significa para ellos, pero…es importante.

- ¿Cómo sabes que era Draco Malfoy? –preguntó Bill.

- Porque reconocí su voz. Olvidas que después de siete años viéndolo todos los días lo conozco muy bien. El caso es que…supongo que el colgante debería de quedarse aquí durante un tiempo. No se, al menos hasta que averigüemos lo que significa para los mortífagos. En la cultura muggle Láquesis era una de las tres moiras del destino. Y Draco hizo referencia a él, al destino.

- Has hecho bien en avisarnos, querida. –dijo el señor Weasley mientras caminaba hasta ella y cogía el colgante de sus manos. Le dio un apretoncito en el hombro y le sonrió de la misma manera que lo hacia con su hija. El paso del tiempo había hecho mella en el estado físico del señor Weasley, pero no así en su forma de ver el mundo y de comportarse. Seguía siendo uno de los hombres más buenos que la castaña conocía.

- ¿Y dices que no sabes quien te lo regaló? –habló por primera vez Luna. Todo el mundo se giró hacia ella, pero la rubia guardó silencio esperando la respuesta de Hermione.

- Así es. Fue hace ocho años, para mi cumpleaños. La guerra acababa de terminar y…-no pudo seguir hablando, pero no porque la embargara la emoción, sino porque sorprendiendo a todos, Ginny respondió al enigma.

- Fue Harry. Él te regaló ese colgante. –su voz era serena, sin ninguna pizca de amargura.

- ¿Có…cómo…? –Hermione no acertaba a averiguar como su moreno amigo había podido hacerle semejante regalo y mucho menos nadie le había dicho que era de él. La tristeza embargó sus ojos e hizo un esfuerzo sobrehumano porque no se le empañasen.

- Harry compró el colgante poco antes de que os marcharais en busca de los horrocruxes. Él quería que fuera tuyo cuando todo hubiera terminado. Le recordaba mucho a ti, por la pluma, ya sabes. –se encogió de hombros.- Pero yo no tengo ni idea de lo que significa, ni de quienes son las moiras o Láquesis. Y él tampoco puede ayudarnos ya. Así que…

- Pues hay que averiguar como sea que poderes o que efectos tiene el colgante. Porque una cosa es segura: si Draco Malfoy lo quiere es por algo, y no parará hasta encontrarlo. –sentenció Charlie.

- Eso son dos cosas. –le corrigió George aligerando un poco el ambiente y poniendo una sonrisa en casi todos los rostros.

- ¿Tú estás bien, Hermione? –le preguntó el señor Weasley con preocupación.

- Si, estoy bien. Me pude esconder a tiempo y no creo que Draco supiera que estaba allí. Sino ya me habría matado. –suspiró mientras se volvía a sentar al lado de Ginny.

- No digas eso ni en broma. –si las palabras de Ron sorprendieron a alguien, no se podría decir. El silencio que siguió a la frase solo fue seguido por las pisadas airadas del pelirrojo mientras abandonaba la biblioteca. Estaba enfadado, aunque Hermione no sabría decir porqué. ¿Tendría algo que ver lo ocurrido entre ellos dos la noche anterior?

- Bueno, lo importante es que estás bien y tenemos la información necesaria para evitar que lo que sea que Draco Malfoy esté llevando a cabo no tenga el efecto deseado. –Sirius se levantó de su silla y ayudó a su buen amigo Remus.

En pocos segundos la biblioteca se quedó vacía y Hermione se derrumbó al fin. Ginny había aguardado pacientemente a que llegara el momento. La reacción de león de su hermano le había dado la pista que necesitaba para terminar de encajar el puzzle. La noche anterior habían pasado más cosas que las que Hermione había contado. Le pasó una mano por la espalda y se la acarició dándole ánimos para hablar.

- Oh, Ginny…ha ocurrido algo terrible. He cometido un error imperdonable. Imperdonable.

- Nada puede ser tan grave, Hermione.

- Si, si que lo es. ¿Cómo he podido ser tan estúpida? ¡¿Cómo?!

- Bueno, si no me dices lo que hiciste, no puedo juzgar si fuiste estúpida o no.

- Anoche me acosté con tu hermano.

- ¿Con George?

- Ay, no, Ginny. Con George no. –suspiró y con voz lastimosa confesó.- Con Ron. Me acosté con Ron.