Kankri subió la cremallera de su abrigo marrón y abrió el paraguas antes de salir a la calle. Una ráfaga de viento le golpeó la cara y se coló bajo la cazadora, haciéndole temblar. Echó a andar rápidamente, las manos ocultas en los bolsillos mientras dejaba atrás el supermercado donde trabajaba. Levantó la vista hacia el cielo. Había anochecido hacía un rato, pero no se podían ver las estrellas, ocultas por las nubes, que habían llegado hacía un par de días y no parecían tener intención de irse. El sonido del oleaje contra el acantilado resultaba atronador, incluso en la parte alta del pueblo, donde vivían Kankri y su hermano. Aquellos días eran los peores, en los que el cielo agitado parecía convertirse en un espejo del enfurecido mar, rodeándolo, como si en cualquier momento fuera a engullir al muchacho y a arrastrarlo a él y a todo aquello que conocía a las oscuras profundidades, dejando nada a su paso, como ya había intentado hacer una vez.
Kankri sacudió la cabeza, tratando de alejar esos malos pensamientos. Parecía que estaba a punto de llover, así que apretó el paso. Un par de minutos después se encontraba frente a su casa, que a simple vista parecía vacía. Sacó las llaves temblando ligeramente y se aproximó a la puerta, pero cuando estaba a punto de abrir alguien la abrió desde dentro. En el umbral se encontraba su hermano pequeño en camiseta de manga corta y shorts, con gesto huraño.
—Hola, Karkat —Kankri se aclaró la garganta y sonrió—. Hace un tiempo de locos, quizás deberías abrigarte más. Sería bastante inconveniente si terminaras enfermo por pasear por ahí en pantalones cortos y con estas temperaturas.
Recibió un gruñido en respuesta mientras su hermano volvía a entrar y se acurrucaba en el sofá de la sala de estar. Toda la casa estaba a oscuras, y Kankri vio que la televisión estaba encendida, pausada en una escena de una de las películas favoritas de su hermano. También apreció que Karkat estaba acompañado por uno de sus amigos. En concreto Kanaya, la menor de las hermanas Maryam, que vivían un par de casas más abajo que la de ellos. La chica no parecía demasiado interesada en la película, y en cuanto vio a Kankri una pequeña sonrisa revoloteó en sus labios.
—Buenos días, Kankri —La muchacha aprovechó para levantarse del sofá e ir a saludarle—. Espero que hayas tenido un buen día.
—Encantado de verte, Kanaya —Kankri dejó el abrigo en el perchero y puso las llaves sobre la mesa del recibidor—. Ha pasado un tiempo desde que tuve el placer de verte por aquí. Sabes que aprecio la compañía que haces a Karkat y la buena relación de amistad que mantienes con él. Sin embargo —Un leve resoplido exasperado llegó desde el sofá—, no puedo evitar preguntarme si a tu madre le parecería bien que permanecieras con nosotros hasta estas horas.
—POR EL AMOR DE DIOS, KANKRI —Su hermano se irguió en el sofá y le miró con cara de pocos amigos—. Tenemos diecisiete años, no somos estúpidos bebés babeantes que todavía se cagan encima. ¿Ves que lleve putos pañales? No, así que...
—En realidad, Karkat, debería ir volviendo a casa —Kanaya se puso su chaquetón verde—. Ya terminaremos la película otro día, ¿vale? —Se giró hacia Kankri, ignorando el murmullo malhumorado que venía del sofá— Le daré recuerdos a Porrim de tu parte.
Karkat se levantó del sofá y se acercó a la puerta para despedirse. La chica le dijo algo en voz baja y luego abrió la puerta para marcharse. La puerta se cerró con un chasquido.
La casa se quedó en silencio unos minutos. Entonces Karkat entró al salón, apagó la televisión y se encaminó hacia la cocina. Kankri observó cómo rebuscaba en los armarios y sacaba una bolsa de patatas fritas. El chico salió de la cocina y subió las escaleras para escabullirse a su habitación, probablemente con la intención de pasar la noche jugando en el ordenador hasta quedarse dormido. Kankri suspiró y se dispuso a preparar algo para que cenaran los dos. Su hermano era normalmente una persona difícil de tratar, y más de una vez había tenido una charla con él acerca de los buenos modales y el uso de un lenguaje apropiado, pero él parecía ser un experto en ignorar los consejos de Kankri, especialmente después del accidente. Sin embargo, no se iba a rendir tan fácilmente. Lo arrastraría fuera de su habitación si era necesario. Al fin y al cabo, él era la única familia que le quedaba, y debían permanecer unidos.
Una vez hubo preparado la cena y puesto la mesa, subió a reclamar la atención de su arisco hermano. Lo encontró chateando en el ordenador y con la música a todo volumen, y tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad y una charla sobre la convivencia familiar y sus ventajas para hacerle bajar refunfuñando las escaleras y arrastrar los pies hasta la mesa de la cocina. Kankri se sentó a su lado, mirándolo atentamente mientras engullía la comida. Ambos tenían un aspecto muy similar, pelo marrón corto, oscuro y ondulado, cara redonda, nariz respingona y baja estatura, pero Karkat era considerablemente más moreno que él, sobre todo debido a todas las horas que pasaba en la playa. Horas que en su opinión deberían estar en parte destinadas a sus estudios, que no iban exactamente mal pero que podrían ser mejores. Kankri quería que su hermano aprovechara la oportunidad que tenía de ir a la universidad y aspirar a un trabajo mejor en el futuro. Oportunidad que su hermano mayor no tuvo, aunque hubiera sido el mejor alumno de su curso. Sintió cómo un nudo se formaba en su garganta. De repente unos ojos grises levantaron la vista y se clavaron en los suyos, de tono cobrizo. Debajo del enfurruñamiento que lucían apareció un destello de genuina preocupación que desapareció al instante, reemplazado por arrepentimiento. Karkat se removió incómodamente en su asiento.
—¿Qué tal el día?
Fue apenas un susurro. Kankri parpadeó varias veces antes de atreverse a responder a la tímida propuesta de paz.
—Se podría decir que bien —pinchó la tortilla con el tenedor, sin demasiado apetito—. El trabajo estaba tranquilo. La señorita Paint pasó por allí. Parece ser que se va a casar el próximo verano —Karkat tenía la mirada perdida, pensativo—. Bueno, hablemos de ti.
—Hum...
Karkat apoyó los brazos en la mesa. Kankri iba a señalarle que eso era una falta de educación, pero su hermano prosiguió.
—...estuve en la playa —Murmuró.
—¿En la playa?
—Sí.
—¿Tú solo?
Karkat esperó unos segundos antes de continuar.
—Con Dave.
—Así que... ¿Ahora ese chico Strider y tú sois amigos? Siempre me diste a entender que te llevabas mal con él.
Karkat respondió sin levantar la vista.
—No, es decir sí... Bueno, ahora es distinto. Supongo que es un tipo guay después de todo —Kankri vio una ligera mancha de color rojo subiendo a las mejillas de su hermano—. ¡Pero de esto ni una palabra a nadie, especialmente a Dave, o te corto la lengua y te la meto por el...!
—PARA —interrumpió Kankri—. No te preocupes por eso. Y de todas formas, no es necesario que hagas uso de ese tipo de vocabulario, y menos sin motivo. Podría resultar perturbador para las personas que hablen contigo, en especial...
—¿Quieres oírlo, o no? —Su hermano parecía nervioso por algo— Lo que vimos en la playa, digo.
—Sigue.
—Bueno, pues estábamos en la playa y de repente vimos que la marea traía algo a la arena, y la gente se acercó a verlo y era...
Kankri terminó la frase por él.
—¿Una sirena?
El brillo en los ojos de Karkat respondió por él. Las sirenas habían aparecido en la costa por primera vez hacía veinte años. Al principio había habido avistamientos fugaces, pero poco a poco se habían ido haciendo más frecuentes. Estas criaturas fascinaron a la comunidad científica, que inmediatamente envió a un grupo de biólogos marinos a estudiarlas. Todavía conservaban un laboratorio en primera línea de playa, y de vez en cuando salían al mar a intentar atrapar una o a bucear en las zonas donde podían aparecer. Veinte años tras su llegada, todavía no habían podido, aunque habían estado cerca en varias ocasiones. También habían localizado su colonia submarina. No obstante, no podían acceder a ella, ya que una fuerza invisible la rodeaba como una cúpula y sólo permitía la entrada y salida a las criaturas del océano. Algunos periódicos habían hablado del descubrimiento de la Atlántida y de la existencia de seres mágicos bajo el mar. Los científicos todavía estaban tratando de dar una explicación a la invisible muralla que no les permitía llegar a su objeto de estudio, sin conseguirlo. No obstante, desde la distancia a la que el escudo les permitía llegar, habían visto que su colonia tenía un aspecto similar al de un municipio humano. Habrían querido aproximarse algo más, pero un grupo de habitantes del mar les había atacado y obligado a irse de allí, con suerte de que todos salieran ilesos. La conclusión que sacaron de aquel suceso fue que la comunidad submarina no permitiría a los humanos que se acercaran a ellos, pero tampoco deseaban causarles daño.
La existencia de las sirenas nunca causó daño a los habitantes de la superficie. Lo que es más, había convertido el lugar en una de las preferencias turísticas del estado, atrayendo a miles de extranjeros ansiosos de ver a las misteriosas criaturas que poblaban las profundidades. Esto había provocado un crecimiento espectacular del pueblo, que pronto se convertiría en una pequeña ciudad, y había cambiado la vida de sus habitantes, que se vieron favorecidos por la avalancha de turistas deseosos de dejar su dinero en la localidad. En resumen, la mayoría de la población (excepto un grupo de pescadores) aceptaba y agradecía la compañía de sus extraños vecinos.
No obstante, Kankri les estaba agradecido por un motivo diferente, que recordaba cada vez que miraba a su hermano. Los ojos grises seguían fijos en él, incómodos.
—Um... Era de las amarillas —Karkat prosiguió apresuradamente, visiblemente nervioso y deseoso poner fin a la conversación—. Por lo visto debía de estar muerta, porque llegó a la orilla para convertirse en burbujas. Cuando llegaron los tipos del laboratorio la marea ya se había llevado la mayor parte, así que no han podido conseguir muestras. Una pena, ¿no crees? Bueno, será mejor que me vaya, buenas noches...
El muchacho se levantó rápidamente y dejó su plato en el fregadero, murmurando una despedida forzada. Mientras salía por la puerta, Kankri vio cómo se llevaba la mano al cuello, tratando de ocultar las tres cicatrices paralelas que atravesaban horizontalmente un lado de su cuello, y que tenían unas gemelas al otro lado. Desde el incidente, su hermano se había obsesionado con ocultarlas bajo jerséis de cuello alto y largas bufandas, y no había sido posible hacerle vestir otra cosa hasta hacía medio año. Todavía, sin embargo, se rascaba el cuello constantemente, y las ocultaba inconscientemente con las manos, como si deseara hacerlas desaparecer.
De repente, un trueno sonó en el exterior, sacándolo de su ensoñación. Kankri se asomó a la ventana. El cielo nocturno era un remolino de nubes y había empezado a llover. Suspiró, cerrando la cortina. Mañana iba a ser un día muy largo.
