Primera Parte
—Capítulo 2—
No tiene NADA que ver con un romance.
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Aomine Daiki
Los fines de semana eran sagrados para Daiki. Su rutina era levantarse a las 15:00 p. m. para almorzar y luego volver a tomar una pequeña siesta. Así debía ser, pero alguien llegó a romper con ese esquema. El timbre sonó tan insistente que abrió para evitarse la migraña y se extrañó de la visita. Ryōta le regaló la típica sonrisa de modelo, de engreído, y le mostró las bolsas de comida que traía consigo para poder entrar. No entendía cómo había logrado entrar a Tōō si su amigo no era ni estudiante ni residente de allí. Le permitió el pase para no ganarse un castigo por visitas no declaradas. Ryōta le aclaró que no se preocupara tanto, no había encontrado al portero cuando llego. Eso no lo despreocupó, debería hacer maromas para sacarlo de su cuarto cuando Ryōta decidiera irse, pero ya pensaría en ello después.
Pensó en un primer momento que sería Satsuki, que su mejor amiga comenzaría a cumplir su amenaza del estudio intensivo sabatino, pero la molestia resultó mayor. Ryōta le producía estrés, aunque no le extrañaba la visita. Había notado el repentino interés de Ryōta por él de la noche a la mañana. Ayer su amigo le mensajeó hasta por gusto cuando antes solo le escribía para invitarlo a jugar básquetbol.
—¿Qué quieres, Kise? —le preguntó desganado y se sentó frente a él.
—Qué cruel eres, Aominecchi, solo vine a pasar tiempo contigo, también para saber cómo estás. —La razón no le convenció. Ryōta le alcanzó la comida—. Podría decirte que he venido por un apasionado sexo mañanero, pero no creo que sea mi intención si traje algo para desayunar, ¿no crees?
—¿En serio quieres…?
—No te tomes todo tan literal, yo no ligo con cualquiera… sin ofenderte claro.
Le ofendió, pero prefirió no amargarse tan temprano. Comió en vez de renegar. La comida gratis no le caía mal, porque Satsuki cocinaba horrible y se ahorraría un almuerzo desagradable con ella.
El desayuno no fue callado como esperó. Usó su infalible técnica de asentir sin escuchar nada en sí. No era tan amigo de los chismes ajenos a él y Ryōta era como un buzón de ello. Rio cuando encontró otro gran problema entre ellos: la falta de empatía. Con Satsuki no le sucedía, por más que su mejor amiga fuese una mujer sumida en las manías femeninas. Había hasta olvidado cuántas veces la acompañó al centro comercial para comprar cosméticos y peluches. Le aburría, pero la compañía de ella le trasmitía confianza, la de Ryōta no. Siempre había pensado que su amigo decía verdades a medias, que ocultaba mitad de la historia detrás de aquella sonrisa fingida. Él no era un tipo muy conversador, pero prestaba atención a los detalles y los gestos de Ryōta le indicaban que estaba frente a alguien que mentía.
Ryōta era muy atractivo, lo reconocía. Se sentía algo halagado por el interés de un modelo hacia él y había pensado en la posibilidad de salir con Ryōta. No encontraba otra intención detrás del acoso, pero al enumerar cada diferencia entre ellos, retrocedía. Además, su compañero era muy voluble.
Se resignó a pasar la mañana con Ryōta, es más, le invitó una bebida bien helada para bajarle el sopor. Él solía subir la temperatura a 30° en invierno. Le gustaba que toda su casa estuviese cálida, hasta que Satsuki llegase a apagarle su exagerada calefacción. Se consideraba de sangre fría, por eso le gustaba el calor. Su estación preferida era el verano, donde podía ir a la playa o al río a pescar. Ryōta le agradeció el gesto, porque estaba a punto de pedirle un abanico. Afuera hacía frío, pero allí hacía mucho calor.
Himuro Tatsuya
Su hermano no había cambiado en nada. Tatsuya recogió las camisas a cuadros regadas por los cuartos y las dejó en la pieza de Taiga. Él era el orden, la balanza si podía acomodarlo así. Terminó de limpiar la cocina después unas horas. Su hermano no desinfectaba ni desengrasaba como era debido. Si hubiese regresado de Estados Unidos junto con sus padres, su mamá hubiese pegado el grito en el cielo por la gran cantidad de suciedad escondida. Esa primera semana se encargaría de renovar cada habitación.
Se quitó los guantes para descansar un rato. Ayer por la noche había estado investigando por internet algunas instituciones con modelos educativos estadounidenses y la que más resaltó su atención fue la llamada preparatoria Yōsen. Quedaba en Chiba, a una hora en tren. No le incomodaba madrugar, sufría de un leve insomnio desde pequeño. Había impreso varios folletos para leerlos con más calma y se los enviaría por fax a su padrastro, quien era el responsable de darle el visto bueno. Esperaba que tuviese un mejor humor después del incidente de la marihuana. Había sido tonto al aceptar guardar el paquete. Ese error lo había arrastrado hasta Japón, aunque tampoco era un cambio negativo. Extrañó mucho a su hermano el tiempo que estuvieron alejados. Se sirvió una taza de café y se acomodó en la mesa.
Su hermano llegó en ese momento, aburrido de estudiar sábados. Ese era un detalle que también a él le extrañaba. Las preparatorias del Estado tenían un horario de lunes a viernes hasta las 18:00 p. m. y los sábados hasta mediodía, aunque si a eso le aumentaba el club, le sumaba dos horas más. Era mucha la exigencia tanto en el estudio como en los clubes recreativos. Su último año sería pesado, por eso se buscó un colegio donde estudiara solo hasta el viernes, como algunos amigos de su hermano.
—Odio Japón, odio Japón —Taiga le dijo aburrido—. Ayer me dejaron tarea y hoy también.
—Puedo ayudarte si quieres, no te estreses. —Se levantó para servirle una taza de leche y sacó de las alacenas un paquete de galletas—. Ya le envié a tu padre mi elección, espero que acepte…
—En Yōsen estudia un amigo de Kise, Murasakibara. Ese tipo me arrancó la ceja una vez, es raro.
Se rio al escucharlo. Debía ser un tipo peculiar. Su hermano lo acompañó en la mesa y tiró la maleta en otra silla, debía avanzar los deberes para no cargarse el domingo. Volvió a ofrecerle su ayuda, así luego lo acompañaba a hacer el mercado para la semana. Taiga aceptó y sacó los libros de matemáticas.
Hara Kazuya
Kazuya nunca había visitado el barrio de Kabukichō. Había oído malas referencias de aquel lugar por parte de sus amigos y de su familia, pero estaba dispuesto a arriesgarse por amor. Su nueva novia vivía en aquel lugar y ella le había asegurado que su residencia era la más bonita de dicha ciudad. A pesar de que, Kabukichō estaba situado en Shinjuku —un barrio elitista—, el vecindario era considerado una zona roja por la gran cantidad establecimientos nocturnos. Se decía que ahí se contrataba a las geishas [1] sexuales. Esperaba no toparse con ninguno de aquellos lugares y salir ileso, sin levantar sospechas de su posición social, porque los prostíbulos solían ser frecuentados por gente sin modales del malvivir.
Aprovechó la ausencia de su mejor amigo para escaparse. Makoto regresaría a las 15:00 a su casa, para esa hora ya debía estar de regreso. Se despidió muy cariñoso de su mamá, ignoró el mal genio de Kō, y le agradeció a Kenma por prestarle su pase de tren. Él nunca se había subido a un transporte público, pero ya se encontraba instruido vagamente. La visita sorpresa a su novia sería una travesía para contar.
Apenas subió al tren, buscó un asiento disponible. Había gente de pie, pero él detestaba estar parado largo rato. Encontró un sitio al costado de un joven de preparatoria. Pidió permiso y se sentó pegado a la ventana. El trayecto duraba tres cuartos de hora, tenía tiempo para pensar cómo ubicar a su novia sin tener la dirección exacta. Ella decía que era muy popular, entonces sobrentendía que, preguntando a la gente por su pareja, ubicaría rápido su residencial. Era lo más lógico. Su vecindario sí lo conocía.
—¿Qué quieres? —escuchó después de un rato. Volteó interesado. El desconocido estaba con el móvil, lucía fastidiado—. Estoy cerca ya de Kabukichō y he tenido un muy mal día, así que no me jodas.
Esa era una muy grata coincidencia. Observó a ese sujeto de pies a cabeza. Portaba el uniforme de la preparatoria Fukuda Sōgō. Una escuela nacional si no le fallaba la memoria, recordaba aquel nombre por las competencias de básquet. Ese extraño le ahorraría el preguntar y se le ocurrió la gran idea de perseguirlo. Se bajó en la misma estación y caminó por el mismo rumbo. La ciudad de Kabukichō no era muy grande.
—¿Se te perdió algo? —escuchó otra vez. Retrocedió unos pasos. No le había prestado tanta atención al rostro de ese sujeto. Ahora entendía por qué nadie se sentaba a su lado en el tren. Ese tipo tenía el semblante duro. Cualquiera diría que ese muchacho era un tío apático y muy gruñón—. ¿Qué tanto me miras? Ladra o te rompo la cara de baboso que tienes, ¿por qué mierda me sigues? —Lo amenazó.
—Easy, bro —le dijo en el tono más pacífico y despreocupado. Sabía defenderse, pero tampoco se iba a arriesgar a regresar a su casa con un golpe en la boca. Su padre lo resondraría y Makoto, más—. Eh, mira, solo estoy buscando una dirección —le explicó. El sujeto bajó el puño—. Como le dijiste a alguien que ibas para Kabukichō, me pareció oportuno seguirte… no te enojes. —Sacó de su bolsillo un mapa infantil que había dibujado, donde marcó el campo de golf que su novia le había mencionado—. Si vas para allá, me facilitas la búsqueda, porque… la verdad, bro, estoy muy perdido. No conozco este lugar.
El muchacho le recibió la hoja, aún con un gesto desconfiado. Lo entendía. Tal vez no fue una brillante idea acosar a un extraño. Él hubiese estado paranoico. Le señaló el dibujo del campo de golf, también le volteó la hoja. Allí había apuntado el nombre de su novia y su teléfono móvil, nunca estaba demás.
—¿Por qué te tapas los ojos? ¿Tienes una cicatriz o algo? —El sujeto intentó retirarle el cabello, pero lo botó a tiempo. Si no era un conocido, prefería mantener su distancia. El chico al fin sonrió, de un modo pícaro a juzgar. Retrocedió por seguridad—. Destápate los ojos si quieres que te ayude~, me gusta ver con quién estoy tratando, porque ¿Qué crees~? Yo vivo exactamente por dónde tú quieres ir~.
Miró a su alrededor y no había nadie más. La gente no mentía cuando decía que las calles de Kabukichō se encendían de noche. El muchacho que estaba frente a él era su más viable guía. Bufó, pero acató su condición. Se peinó el cerquillo para atrás con la mano, algo avergonzado. Era malísimo con el contacto visual, nunca le había gustado sentir la mirada de la gente sobre sus ojos. El tipo se rio. Imaginaba qué le diría o qué broma haría. La mayoría le decía que tenía un semblante muy pánfilo o muy ingenuo.
—Bonitos ojos de llorón~, no deberías tapártelos, debes ser muy-muy bueno rogando~.
—… no te he preguntado tu opinión, bro —dijo cansado de ese tipo de burlas—. ¿Me llevas?
Se dejó caer el cerquillo al ya haber complacido las exigencias de su guía y lo siguió. Caminó en silencio por unos minutos hasta que aquel tipo le contó que conocía Los Lobos y también a su novia. Lo repasó una segunda vez, pero no lo reconoció. No recordaba haber coincidido con ese muchacho alguna vez. Tampoco le agradó la forma en que se expresó de su pareja, tildándola de mujer barata y poco útil.
—Ella no es ninguna prostituta y lávate la lengua con jabón, bro… eres muy soez.
—Perdón, perdón~, seguro eres un tipo sensible, ¿no? —le contestó burlón—. Con esos ojos de niñito bien no hay mucho qué preguntar en realidad… ¿Cómo me dijiste que te llamabas? —Oficialmente ese tipo lo desesperaba. Le respondió puntual—. Mirada de pavo, nombre de pavo, en fin~, Hara, agradece que no te he cobrado y encima te estoy desengañando. Tu "novia" nació puta y morirá siendo PUTA.
—Sea o no… prostituta —repitió otra vez con cierta vergüenza—, no es de caballeros referirse de esa forma de alguien que tuvo la confianza de entregarse. No seas ordinario, bro, eso no es cool.
—Perdón, señor Modales, gran ejemplo de hombre, salvador del sexo débil.
—Mira, —El tipo le adelantó su nombre—, Shōgo, si te mantienes callado, te doy 500 dólares.
Sacó su billetera para acentuar el trato y le mostró los cinco benjamines. Shōgo levantó los brazos, en un gesto inocentón, y le recibió la comisión para guardarse los comentarios ofensivos. Agradeció que, al menos, fuese una persona de palabra, porque no volvió a conversarle para nada. Lo llevó en silencio hasta una entrada que lucía un colorido letrero amarillo. Esa no era una residencia, era un callejón.
Allí no pasó desapercibido, la gente volteó a mirarlo como si fuese alguien fuera de contexto y no se equivocaban. Él jamás había pisado sitios como esos. Le parecía de muy mal gusto que una camioneta, llena de madera y mayólicas, estuviese estacionada en medio de la calle, estorbando el paso de incluso los peatones. Se apegó más a Shōgo en ese momento, ya no le estaba gustando la aventura. Había un mendigo sentado en la vereda que no le quitaba la mirada de encima. Se sintió muy incómodo. Su pareja era humilde o muy ciega, pero ese rincón no era el mejor lugar de Kabukichō.
Shōgo se despidió en ese momento, pero no le permitió desentenderse tan fácil. Lo necesitaba para ir de regreso a la estación de tren, no se había memorizado el camino. Además, le tenía recelo a ese sitio.
—¿Qué sucede~? ¿No me digas que te orinas? —Shōgo se burló.
—N-no… yo no conozco el miedo, bro. —Mintió. El estómago se le estaba revolviendo por dentro—. Mira, bro, jamás he llegado tan lejos en mi vida, de hombre-a-hombre, quédate. Te pago 500 más si me esperas. No me demoraré más de diez minutos, te lo juro. No sé ni cómo regresarme —le pidió.
Si su tranquilidad costaba mil dólares, los desembolsaba. Sintió alivio cuando Shōgo estiró la mano por el dinero, sí que estaba frente a un sujeto muy desconfiado. Le pagó por adelantado y pasó al callejón sin más retrasos. Shōgo le indicó el número de su novia y respetó su privacidad al quedarse en el portón conversando con otro sujeto. Había puras casas antiguas, muy deterioradas, y olía a puta. Fue un idiota al creer ciegamente en una desconocida. Makoto se lo advirtió y él decidió ignorarlo, merecido se tenía haber sido engañado. Para colmo, no sabía cómo decirle a su padre que le regaló un todoterreno.
Tocó la puerta para acabar con ello. La madera estaba tan desgastada, que botó polilla. Era asqueroso, nunca más se enamoraba a primera vista. Esperó e insistió más de tres veces antes de que un señor lo atendiera. El viejo llevaba varios tatuajes en los brazos y su apariencia no era la mejor de todas, se veía peor que Shōgo. Fingió serenidad y preguntó por su supuesta novia, si la señorita Miki vivía allí.
—Sí, es mi mujer y cuando yo estoy en la casa, no recibe a nadie, ¿entendiste? —le preguntó y le apuntó con un arma. Se quedó de piedra—. Piérdete, ¿q-qué-…?
—D-déjalo —su novia salió a tiempo, desencajada, y le imploró a ese señor que la esperase adentro. El tipo dejó de apuntarle y obedeció— ¿Q-qué haces aquí? ¿Qué te dijo? Él es un amigo q-que…
—Soy comprensivo, pero no estúpido. —No quería saber más de ese asunto.
Por más que ella le rogó, no cedió y se fue de allí antes de quebrarse. Sentía muchas nauseas al recordar los besos con esa prostituta, ahora entendía por qué era demasiado fogosa y agradecía a sus principios que no hubiese intimado con ella. De todos modos, consideró ir a la clínica a realizarse un chequeo por prevención. Makoto se fastidiaría cuando se enterara de todo lo ocurrido, no le podría ocultar algo así.
Se frotó el rostro y buscó con la mirada a Shōgo. Esperaba que el tipo ese no lo haya estafado, pero se alivió al verlo en el gran portón enrejado. Caminó unos pasos atrás mientras regresaban a la estación y por más que luchó contra ello, no pudo y se le escaparon las lágrimas. Era la tercera novia que jugaba con él como si fuese divertido exprimirlo. Creía valer más que regalos caros y salidas a lugares lujosos.
—¿Puedes ser un poco más hombre? —Shōgo le preguntó de repente—. Créeme que llorar como nena no sirve de nada, ya fue. Tipas como esa encuentras en cada esquina, no es irremplazable.
—No lo entenderías… y-yo en serio pensé que con- con esta chica sería diferente.
—Sí fue diferente, no creo que hayas salido alguna vez con una puta. —Shōgo le bromeó, pero lo único que hizo fue hacerlo sentir peor. Ese tipo era una bestia—. Eh… ya fue… ¿Quieres un balde de KFC?
—¿Un qué? —le preguntó sin entender.
Se limpió mejor el rostro cuando llegaron al restaurante. No quería lucir tan patético y se acomodó su cerquillo para cerciorarse que le cubriese por completo la mirada. Era su medida de salvación. Entró al lugar y se quedó espantado, ese sitio era una aberración a la tranquilidad. Había una gran cantidad de gente extranjera y las colas para ordenar eran descomunales. Los niños corrían de lado-a-lado y la voz de la cajera la oía hasta donde él estaba. Shōgo había logrado que se distrajera del trago amargo con su exnovia, definitivamente ese estrago no pasaba desapercibido para nadie. No ordenó nada, pero sí pagó sin saber por qué. No importaba, cincuenta dólares no era ni la propina de sus jardineros. Shōgo se olvidó de agradecerle el gesto, o así lo supuso cuando ese tipo lo abandonó y se dedicó a coquetear en el tiempo de espera. Lo observó en ese lapso: ese sujeto era muy seguro de sí o muy descarado.
Shōgo cargó el pedido cuando los llamaron y despojó a unos muchachos de secundaria de una mesa. Le pareció un trato abusivo y recién se percató que estaba frente a un buscapleitos. En Kirisaki Daīchi, los estudiantes problemáticos no tenían la oportunidad de martirizar a nadie. El consejo de padres era estricto y determinante: expulsión, sea hijo de quien sea. Recordó que uno de sus amigos de Los Lobos fue separado de la institución por una pelea en la cafetería. Shōgo lucía igual, lleno de problemas por situaciones quizás externas. Entendía, ningún hijo era culpable de haber nacido con carencias.
—¿Cuántos años tienes? —le preguntó. Reconocía que él mismo le había pedido a Shōgo que cerrara la boca, pero en ese momento necesitaba conversar, evitar pensar en su exnovia.
—Dieciséis —le contestó directo, sin palabreo. Era muy arriesgado de su parte sacar conclusiones tan rápidas de un desconocido, pero presentía que, en realidad, Shōgo era un hombre muy malhumorado. En el tren, ese tipo también largó a la persona que lo llamó por teléfono. Tal vez le afligía algo para ser un muchacho tan cascarrabias, tan desconfiado. Makoto tenía un motivo para haberse amargado, para ver el mundo a blanco y negro. Shōgo también debía tener una razón—. ¿No comes? Frío es un asco.
—No, bro, no te han dado chopsticks —le contestó con desagrado.
—Ay, chopsticks, qué cool soy~. —Shōgo se burló. Conclusión rápida número dos de ese tipo: era muy odioso. Se mordió la lengua para no discutir—. Se come con la mano, tarado~. Mira, coges una pieza, le pones hartas papitas, le untas kétchup para darle más sabor y todo tuyo, Lobo~. —Se asqueó al ver aquel menjunje—. Prueba, imbécil, y si te gusta, compras otra promo igual~ que tengo mucha hambre.
La apuesta estaba lanzada. Probó, solo por el delicioso olor que emanaba de todas esas piezas de pollo crujiente. Los cocineros de su mansión elaboraban platillos con tendencias dietéticas, con un balance adecuado de vitaminas esenciales; por eso fue un verdadero placer probar, por primera vez, la comida fastfood. Se tapó la boca con la mano, le había dado un orgasmo de lo rico que estaba ese pollo frito. Terminó la primera pieza y repitió. Shōgo sonrió. Lo había apostado, pagaría por una promoción más.
Midorima Shintarō
Shintarō creía que culminar los ciclos en buenos términos era lo mejor para limpiar el karma, pero en aquella ocasión, dudaba. Los exnovios no se convertían en amigos, menos para él. Retomar su amistad con Seijūrō significaba desenterrar el pasado que existió y no sabía hasta qué punto podría tolerarlo. Tenía otros planes y un nuevo objetivo, no era conveniente escarbar en lo enterrado. Aquel día cumplía un año desde que decidió afianzar su relación amical con Kazunari y no estaba dispuesto a desperdiciar el terreno ganado. Además, si iniciaba un noviazgo con su compañero, era casi una obligación contarle sobre Seijūrō, porque el pelirrojo no había sido una pareja cualquiera y Kazunari debía saberlo.
Bajó al vestíbulo después de unas horas, bien arreglado. Ese día había invitado a Kazunari al parque de Epson, una atracción acuática en Shinagawa, aunque lo guardaba como factor sorpresa. Había tardado más de tres horas en elegir el lugar. Era riguroso para preparar una velada que le gustase, sobre todo, a su acompañante. A Kazunari le fascinaban esos lugares novedosos. Había investigado sobre Epson, no era un simple acuario, sino también un parque de atracciones temático. Imprimió incluso la lista de eventos y espectáculos para escoger el mejor día. Estaba preparado hasta para esperar la tardanza de Kazunari, quien seguro se aparecía media hora después del tiempo indicado. Su amigo era un tardón.
—Lo siento, Shin-chan. —Kazunari se disculpó, con un gesto de manos también—. Me quedé dormido y me demoré en bañarme, pero ya… ¡¿Por qué estás tan elegante?!
Vestía una camisa abotonada y un pantalón de vestir; mientras que, Kazunari se había puesto un clásico polo y un short. El contraste era evidente, pero él no le prestó atención y lo apresuró. El espectáculo de los delfines comenzaba a las 19:00 pm. Kazunari le preguntó por el lugar de la cita, pero no le aclaró la intriga. Buscaba sorprenderlo y demostrarle que su formalidad no lo convertía en alguien aburrido.
Kazunari se quedó boquiabierto al llegar, asombrado. Epson era idéntico a las fotografías. Era un lugar de entretenimiento que superaba la categoría de acuario. Les impresionó el juego de luces que rotaba cada cierto tiempo. Como él no le ofreció fotografiarse, Kazunari fue quien tomó la iniciativa y lo jaló para sonreírle a la básica cámara de su teléfono móvil. Salió en varias fotos con un gesto un poco serio, pero Kazunari no le exigió ser Mr. Sonrisa del Año. Su acompañante crearía un álbum de fotos para su Mixi e inclusive aprovechó la oportunidad para grabar su recorrido por una jungla acuática.
—¡Shin-chan, mira a la cámara! —le dijo divertido— ¿Puedes declararte en este video si deseas? Nunca nadie ha hecho eso por mí, tú sería el primero y eso te haría muy especial. Piénsalo.
—¡N-no digas tonterías y apaga eso! Tenemos que ir a la sala de eventos, lo sabes.
—Tranquilo, solo bromeaba~, no te lo tomes todo tan literal, Shin-chan. —Lo ponía de los nervios.
El espectáculo comenzó puntual. La atracción les pareció impactante, porque no era un conjunto de básicos trucos, sino que tenía un toque adicional por la música de acompañamiento y las luces, además de una gran cortina de agua instalada en el centro de la piscina. Kazunari se mantuvo en silencio, impresionado de aquellos efectos especiales. Alguna vez le escuchó decir a su compañero que jamás asistía a los acuarios por considerarlos aburridos, por eso buscó el mejor parque de agua para hacerlo cambiar su opinión y se sintió bien de haber logrado su cometido.
—La verdad pensé que me llevarías a comer tus raros aperitivos de gente-bien o a un concierto tonto de música clásica, Shin-chan, te subestimé, lo siento~ —Kazunari le dijo al acabar el espectáculo. Ellos seguían sentados en las bancas, mientras otros se disponían a continuar el recorrido por el lugar.
—Siempre hago todo lo humanamente posible para alcanzar mis objetivos, Takao, lo sabes.
—¿Así~? ¿Y cuál era tu objetivo? —dijo pícaro y se inclinó unos centímetros hacia adelante.
—… n-no aburrirte —murmuró rayando lo inaudible, pero no le permitió a Kazunari burlarse al pararse con rapidez para seguir. Aún no terminaban—. Vamos, nos queda una hora.
Todo el primer año le había servido para entender a su amigo. Desmenuzó a su compañero mes a mes, lo conocía más allá de las bromas y aquella personalidad de cero-rencores. En un inicio, no comprendía cómo un Escorpio podía llegar a ser tan relajado, pero luego se percató de que aquella sonrisa era solo una careta. Kazunari vivía estresado por la separación de sus progenitores, por la ausencia de su padre en la casa y por el maltrato psicológico de su mamá. Era una situación complicada que, por desgracia, no alcanzaba a entender. Él nunca había vivido algo así y tampoco preguntaba, porque su amigo nunca le permitía traspasar su línea de privacidad familiar. Kazunari era desconfiado, como un Escorpio.
Esperaba ganarse su total confianza más adelante, aunque ese día sintió un significativo avance entre ellos. Kazunari le mostró las fotos que había colgado, colocándoles una simple reseña: el mejor acuario del mundo. Al salir del complejo, le ofreció acompañarlo hasta su casa, pero Kazunari se negó. Lo hacía sentir algo incómodo con ello, hasta donde él sabía, a Kiyoshi sí lo dejaba pasar a su casa. No le insistió y aceptó que Kazunari lo acompañase. Vivían relativamente cerca y a su amigo le gustaba caminar.
El chofer los dejó en la entrada y entró a la cochera. Sudó frío al no saber qué decir, pero no le permitiría a Kazunari marcharse sin antes haberlo aceptado como novio. Había preparado la velada perfecta para declararse y no se acobardaría. Titubeó y sintió comezón en las manos, le comenzaban a sudar.
—¿No vas a entrar a tu casa, Shin-chan? Me está dando frío estar aquí parado, ¿a ti no?
—S-sí —musitó apenas. Se arregló las gafas, muy nervioso—. Takao, ¿q-quieres…?
—No te pongas tan tenso, eres hilarante —le dijo riéndose. Intentó acercarse, pero Kazunari volteó el rostro en ese momento—. Shin-chan, tú sabes que no puedo ser novio de alguien que no he probado. Tómate tu tiempo. Yo espero, no estoy impaciente. —No supo por qué, pero se sintió rechazado—. A mí no me molesta que seas conservador, pero es algo que no va conmigo. Piénsalo, no hay prisa.
No lo entendía. Trataba de mantener la mente lo más abierta posible, pero no lo llegaba a entender. Tal vez era muy anticuado y, por primera vez, pensó en pedirle un consejo a Ryōta. Los Géminis eran más volátiles, modernos, vanguardistas. Su amigo podría asesorarlo, aunque no alcanzó a terminar de pensar más. Kazunari le robó un beso de un momento a otro y él le correspondió lo mejor posible, hasta donde le permitía su pudor. No era mentira lo que se decía del halcón en Shūtoku, era muy fogoso. Lo comprobó cuando Kazunari deslizó las manos por su espalda.
—¿Ves? No pasa nada —dijo al cortar el beso y le guiñó—. No se ha terminado el mundo por besarme, seguimos siendo amigos, ¿no? A eso me refiero. No necesitamos una relación formal para eso.
—No te entiendo, Takao. —Definitivamente, llamaría a Ryōta—. ¿Estás jugando conmigo?
—Claro que no, solo quiero que te relajes, pero supongo que ambos tenemos ceder. Hay que salir unos meses y si funcionamos bien, somos novios, ¿te parece? —le preguntó. Estaba en la nube— ¿Estás?
—S-sí, está bien. —Kazunari le volvió a guiñar y se despidió antes de irse corriendo para entrar en calor con la ventisca que se avecinaba. Él se quedó allí parado, ignoraba qué era lo que acababa de aceptar. No sabía si tenía una relación o no con Kazunari, ni comprendía la frase "hay que salir unos meses".
Su mamá llegó para sacarlo del estupor y lo regañó por estar en el frío buscando la enfermedad. Él era alérgico a los medicamentos contra la fiebre, debía cuidarse más que nadie. Subió a su habitación y fue directo a su celular, lo guardaba en el cajón de su escritorio. Necesitaba aclarar lo sucedido. Él siempre escuchaba a Ryōta cada que lo llamaba para alguna sonsera, ahora le tocaba a su amigo atenderlo. No podía esperar a las tutorías del lunes. Era un alivio que Ryōta fuese un adicto al celular, le contestó.
Aomine Daiki
No entendía a Ryōta. Hizo el esfuerzo, pero no llegó a nada. Daiki se levantó para ordenar una gaseosa más para acompañar su última hamburguesa, mientras que su amigo seguía conversando con Shintarō por celular. Eso sí era una sorpresa. Nunca imaginó presenciar el día que el orgulloso del horóscopo le pidiese a Kise Ryōta un consejo. Él no lo haría, ni ebrio. Ryōta era tan volátil que le aconsejaba por día, porque cambiaba de opinión en un suspiro. Cualquiera que fuese el problema de Shintarō, se apiadaba profundamente. Con un asesor como Ryōta, necesitaría más que un amuleto de la suerte. Lo apostaba.
Regresó con su gaseosa y una orden de papitas fritas, aburriéndose de ver que su amigo persistía con la llamada. Lo consideraba una falta de respeto, pero se ahorró el malhumor. Estaba comiendo y quería disfrutar su pedido. Prefería que su amigo estuviese distraído cotorreando, en vez de criticar y criticar.
—Midorimacchi, entiende, no es tu novio —Ryōta repitió por enésima. Rio ya divertido de lo cabezón que era Shintarō, aunque todavía no hilaba la conversación—. Sexo, ¿qué más? Solo quiero sexo. Esas relaciones son como "quiero acostarme contigo, pero sin compromisos, no te ilusiones".
—¿Midorima estaba saliendo con alguien? ¿Con quién? —Ryōta lo miró— ¿Qué? Aunque sea dime.
—No, Midorimacchi, TAKAO-kun… —le dijo con énfasis para responderle también a él. Ahora entendía el dilema. Alguien tan cuadriculado como Shintarō debía estar confundido con el opuesto. Kazunari se caracterizaba por ser muy rápido para relacionarse. Recordó que Satsuki le comentó que mensajeaba mucho con el halcón de Shūtoku, que le parecía súper espontáneo y muy avispado. Ya se imaginaba la vergüenza de Shintarō lidiando con tanta osadía—. No sé, esa es tu decisión, pero es un arma de doble filo —siguió escuchando—. Puede aceptarte o rechazarte con un "lo siento, creo que no pegamos".
—¿Qué más quiere? Debería sentirse bien de no tener compromisos y disfrutar a sus anchas.
—Un momento, Midorimacchi. —Ryōta lo miró bastante serio—. Lo siento, Aominecchi, tengo que ir a la casa de Midorimacchi. Nos vemos luego, ah, y gracias por la salida —dijo. No lo dejó ni contestar.
Apretó los labios para no golpear la mesa de lo molesto que estaba. Abrió la hamburguesa, pero ya no tenía ni hambre. Ryōta era una molestia. Le tiraría la puerta en la cara la próxima vez que se apareciese por la pensión. Guardó la comida en la bolsa de papel y salió del Maji Burger, se la regalaría a Satsuki.
Haizaki Shōgo
Era oficial. Cada vez que la vida parecía sonreírle, algo sucedía. Una semana le duró la buena suerte, el respirar tranquilidad después de haber ganado mil dólares por un golpe de suerte. Lo lamentó. Shōgo forcejeó con su hermano y logró tumbarlo en la cama después de tanta tensión. No entendía lo que le decía. Shinji estaba alucinando otra vez, el estrés lo desestabilizaba. Se mantuvo con la guardia en vilo, esperando una señal de calma. Shinji se apretó la cabeza, le pidió disculpas repetidas veces. Evitó tener contacto visual y se sosegó, todavía pálido por el susto. Su hermano había intentado asfixiarlo con una almohada. Su mamá estaba dormida, alejada de esa situación en otra recámara, y recordó allí por qué él debía dormir con Shinji. No la expondría a un lamentable accidente. Él tenía la fuerza suficiente para lidiar con su hermano, su mamá no. Shinji no era una persona agresiva, pero las alucinaciones muchas veces lo dominaban, lo obligaban a hacer cosas que su hermano jamás haría en sus cinco sentidos.
—Solo quería que te dejara en paz, yo no quería lastimarte —Shinji le explicó en una disputa consigo mismo para serenarse, se le notaba la angustia—. Él decía que te haría daño.
—Está en tu mente, respira, yo estoy bien —le contestó. Se sentó al filo de la cama y lo observó. Shinji intentaba calmarse—. Todo está en tu mente. Shinji, mírame, yo soy el único en esta habitación.
—No quiero hacerte daño.
—Shinji, mírame, solo mírame. —Su hermano lo obedeció con miedo—. Mírame, ¿te amenaza con que me va a matar? Déjalo que lo intente, no podrá, antes lo mato yo primero~. No le tengo miedo.
Su hermano miró al suelo. Aprovechó aquel lapso para sacar la pastilla, el medicamento de emergencia para Shinji. Al menos el Estado era generoso con los pacientes psiquiátricos y les brindaba la atención con fármacos, aunque las citas con el psiquiatra eran contadas con el dedo durante todo el año.
En Japón, aquella enfermedad se llamaba Trastorno de la Integración, pero él prefería decirle tal cual: esquizofrenia. Su hermano tenía esquizofrenia y le brotó a los dieciséis años por la gran sobrecarga de estrés cuando su padre fue encarcelado por ser vinculado con la conocida Yakuza. Shinji ahora estaba por cumplir los veintiséis años, pero no había logrado integrarse como los demás jóvenes de su edad.
A veces se preguntaba cómo sería su vida si su hermano fuese normal. Tal vez él no tendría la necesidad de vender droga para subsistir. Vender pastillas era exhaustivo. Los crímenes relacionados con drogas marcaban en su país y no anhelaba acabar encerrado como su padre, arruinándole la vida a su familia.
Cuando Shinji se tranquilizó y retomó el sueño, salió del cuarto. Ya estaba por amanecer. Encendió una vez más la estufa y colocó las manos. Le dolían por el forcejeo, aunque estaban heladas por su presión, que debía estar por suelos con el susto que pasó. Se apoyó en la pared, era frustrante cada que Shinji tenía una alucinación. Le desgarraba más de lo que la gente pensaba. Era su hermano y lo amaba.
—¿Shō? —escuchó de repente. Se levantó del piso, limpiándose rápido las lágrimas. Su mamá lo miró preocupada—. ¿Sucedió algo? Me levanté asustada, tuve una pesadilla horrible.
—No sé si la pesadilla hubiese sido mejor. Shinji tuvo otra alucinación. —Su mamá jadeó muy asustada y se acercó a él—. No me hizo nada, pero creo que es conveniente que Nash lo lleve otra vez al psiquiatra, que lo atiendan por emergencia. Si continúa así, tendrá otra crisis y tendremos que internarlo.
—No quiero que tu hermano esté ahí, empeora. Voy a llamar a Nash, espero que los atiendan.
Su hermano parecía un ancla en su vida. Entró a su cuarto de nuevo y se cambió. Correría hasta sentir que había huido lo suficiente. Lo repetía, era su mejor terapia. Cuando volviese, Nash ya estaría allí con el mismo gesto de consternación que su mamá, fingiendo compartir un desayuno tranquilo con Shinji.
Hara Kazuya
La aventura por el barrio de Kabukichō, Kazuya no se la comentó a sus amigos. Fue acertado no haber involucrado a nadie en la sorpresa para su exnovia. Unos cuantos compañeros de salón le preguntaron por justamente por la famosa Miki, a lo que resumió a hemos-cortado. Utilizó las mismas palabras que Makoto le repetía y repetía cada que le contaba sobre una nueva relación: uno no se puede enamorar solo por el físico. Fue su escudo para librarse de las habladurías siendo tan popular y le sirvió muy bien.
—… agradece a tus dioses que tu padre recuperó la camioneta —Makoto le dijo. Su padre le acababa de enviar una foto de la todoterreno que le regaló a Miki en un momento de idiotez—, te desheredaba.
—Ya no me lo recuerdes, créeme que me siento bastante mal.
—Soy tu amigo, Kazuya, no tu papá y no tengo la potestad de castigarte —continuó. Se desordenó el cabello, aburrido de recibir un segundo sermón—. Estos son los resultados de hacer tus estupideces a mis espaldas. Si no te hubieses escondido como un niño de tres años, te hubiese prevenido.
—Perdón…
Era la última vez que hacía una travesura. Se acabó su refresco y lo aventó al basurero que estaba cerca de él, fastidiado de su ingenuidad. Su padre también lo resondraría otra vez apenas llegase de trabajar y Kō disfrutaría de verlo metido en un papelón. Se desparramó en la banca y se acomodó en el hombro de su mejor amigo, para ablandarlo de algún modo. Reconocía que esa vez Makoto tenía motivos para estar enojado. Lo único agradable que le sucedió ese día, después de su fea experiencia en Kabukichō, fue probar el pollo frito de KFC y tal vez conocer al hosco de Shōgo. Se preguntaba dónde estaría.
Aquello no se lo había contado a Makoto para no agrandarle más el malhumor, pero toda esa semana había estado buscando a Shōgo para agradecerle la gentileza de ayudarlo. A pesar de las bromas y los gestos hostiles, reconocía que ese extraño lo había intentado animar después de verlo tan destrozado. Eso tenía mérito para él y sentía que mil dólares no bastaban. No le preguntó nada a Shōgo, porque le hubiese parecido rudo de su parte, pero era obvio que ese muchacho vivía en situaciones decadentes. La mochila que Shōgo llevaba ese día estaba vieja al igual que sus zapatos, sin contar el hambre que le mostró al comer. Admitía que muchas veces se dejaba influenciar por las ínfulas de su medio de élite y de alcurnia, pero él se consideraba un muchacho de buen corazón. Esperaba coincidir otra vez con su nuevo amigo para ofrecerle algo más como compensación. Lo había buscado en la estación de tren de Kodaira, donde subió, y también por la ruta de Kabukichō, ni siquiera lo ubicó en el famoso KFC.
Akashi Seijūrō
Reo parecía cupido. Seijūrō suspiró cuando leyó el mensaje de su amigo, insistiéndole que actuara. No había hecho nada para nutrir la supuesta reconciliación. Vacilaba si buscarlo o no. Hace un par de días, le llegó la revista de la Asociación Shōgi y recordó que Shintarō antes asistía con él todos los sábados.
—¿Puedo acompañarte a elegir tu amuleto? —le preguntó en una ocasión, aburrido de su día a día—. No quiero regresar tan pronto a mi casa, gato.
—Si quieres, pero me voy a demorar, ya sabes.
—No interesa, podría jugarle una broma pesada a mi padre. —Rio.
—Tu padre llamará a un escuadrón policial especializado, lo sabes, no seas infantil. —Shintarō lo regañó como si fuese su padre en vez de su novio—. No seas impaciente, ya sabes, ya llegará el día de desligarte de él, Sei.
—Confío en tu palabra.
Suspiró, fue un buen día aquel. Tal vez no era tan descabellado proponerle retomar el shōgi. Dejó de entintar los pergaminos. Ese domingo era una buena oportunidad para visitarlo. Los días de semana ambos regresaban a sus casas alrededor de las 22:00 p. m., muy tarde, además su padre no le permitiría ir hasta Tokio a esas horas de la noche. Si apretaba su horario del día, culminaría los pendientes antes de la media tarde. Solo así su padre le permitiría salir a distraerse un rato después de los deberes.
Aomine Daiki
Satsuki no lo torturó el fin de semana pasado, pero ese domingo sí y se apareció por su número antes de las 10:00 con una pila de libros. El título de mejor amiga le atribuía más confianza de la que imaginó, ni siquiera supo cuándo le entregó una copia de sus llaves para entrar con la libertad que quisiese. Salió de la cama, desganado. Entre más rápido empezara, más temprano acabaría; además, los apuntes de su amiga lo salvaban en los exámenes. Ella era excelente para resumir la información más importante, era una maniática hasta para las materias. No le importaba tanto esa manía, lo beneficiaba mucho.
A mediodía recién Satsuki le permitió soltar el lápiz. La guerra mundial tenía más de diez capítulos y no se los grabaría todos en un día. Faltaba un mes para las pruebas, tenía tiempo para estudiar con calma.
—Dai-chan, ¿a ti te gustaría salir en vacaciones? —su amiga le preguntó—. Me enteré de que Riko-san está organizando un campamento y podría convencerla de unirnos a todos nosotros, sería divertido.
—¿Un campamento de qué? ¿Entrenamiento?
—Sí, tengo entendido que sería de jueves a domingo en la mañana. —La idea le sonaba bien—. Seirin tiene una cabaña en las montañas de Kamakura. No nos costaría ni el bus ni el hospedaje, es un ahorro.
—Bueno, para esa fecha ya no hace tanto frío, es casi primavera…podríamos ir a la playa.
—¡Sí! ¡Tienes razón! —dijo asustándolo por tanta exaltación—. Le preguntaré a los demás.
Cualquier plan fuera de Tokio le agradaría y si era en las montañas, mejor. Los lugares llenos de césped y naturaleza le recordaban a la casa de sus padres en Nikkō, en la prefectura de Tochigi. Sus padres no vivían en Tokio, pero los visitaba en las vacaciones largas de verano y su papá lo llamaba seguido para cerciorarse que nada le faltara. Le gustaría regresar con ellos, pero el pueblo de Nikkō no tenía ninguna secundaria ni preparatoria buena en básquet y él quería disfrutar de ese pasatiempo lo que durase.
Su celular vibró varias veces distrayéndolo. Allí estaba otra vez el acoso de Kise Ryōta, pero lo ignoró. Pensó, con ingenuidad, que después de haberlo plantado en el Maji Burger, su amigo se disculparía al día siguiente como mínima consideración, pero no. Había esperado demasiado de alguien tan frívolo como Ryōta. Su compañero no solo omitió las disculpas correspondientes, sino que lo ignoró durante toda la semana. Era domingo y Ryōta volvía a aparecer, después de ocho días. Él no estaba a su tiempo ni a su disposición. El gran modelo podía irse a freír espárragos. No le respondería a ningún mensaje.
Midorima Shintarō
Quizás actuó por miedo a perder o por un impulso. Shintarō tragó duro. Kazunari estaba en su cuarto de baño, cambiándose para una tarde de placer. No se imaginaba cómo sostener algo de tal magnitud. Él jamás había tenido relaciones sexuales. No era ducho en el tema y jamás había visto pornografía, ni siquiera unas simples revistas sexistas. Suponía que Daiki podría improvisar en una situación como esa, su compañero solía guardar revistas pornográficas en Teikō. Se secó las manos en su propio pantalón, estaba una gota. Sus valores lo cohibían. Sentía que no estaba actuando como debía, Kazunari no era su novio y, por más que, Ryōta le haya explicado con manzanas la relación en la que se había metido, no estaba convencido de que aquello fuese lo correcto. Su mamá siempre le había dicho que debía ser paciente, esperar por su cónyuge. Se quitó los lentes al estar empañados. Quería huir, no podía creer que estuviese experimentando ese feo sentimiento de no querer enfrentar el miedo como debía. Saltó cuando escuchó el ruido de la puerta. Kazunari se asomó en ropa interior, lucía relajado, no como él.
—Shin-chan, no muerdo —le dijo comprensivo. Kazunari no se estaba burlando como era su manía, le parecía que trataba de sosegarlo. Su amigo se sentó a su lado y sonrió con desgano—. Oye, la verdad siento como si fuese a violarte. Si no puedes hacer esto, dímelo. Yo de verdad quiero ser tu novio, pero no sin antes comprobar que somos compatibles. Nadie tiene por qué sufrir. Tú no tienes obligación de ceder. Si no puedes, si esto no es negociable para ti, es mejor quedar aquí, ¿no crees? —le preguntó.
—Siempre p-pensé que- que esto sería c-con mi esposo o esposa. No así. —Jamás imaginó sentirse tan vulnerable frente a alguien. Kazunari suspiró, no le dijo nada. Presentía que estaba arruinando todo el terreno ganado de un año en menos de una hora—. Me es difícil, no es por ti… es… es mi ética.
—Creo que aquí quedamos. Es lo mejor. Yo no voy a dejar de ser tu amigo, no cambia nada, pero sería un error ser luego novios cuando somos muy diferentes. No puedo esperar tanto y no quiero casarme tan joven solo para tener sexo. Creo que… eso sí sería muy estúpido —le dijo. Kazunari se levantó. Tal vez, como decía Ryōta, para eso se necesitaba más un impulso que un razonamiento.
Él era experto en impulsos y sí necesitaba uno. Se paró antes de caer en moralidades y lo detuvo antes de que perdiera el tiempo invertido. Cuando decidía salir con alguien, era con pretensiones de ser una relación con futuro. El orden de los factores no alteraba el producto. Tener relaciones en ese instante o en diez años no cambiaría su decisión de mantener el noviazgo con Kazunari. Esos meses de prueba no tenían por qué intimidarlo. Era un hombre seguro de sí mismo y le demostraría que eran afines.
Lo besó del mismo modo húmedo que Kazunari le demandaba y lo llevó a pasas atarantados hasta su cama. Casi nunca dormía en ese lugar, él prefería su hamaca, pero supuso que, desde ese día, su cama tendría un valor significativo. Kazunari trataba de moverse, de salirse debajo suyo. Se inclinó para darle facilidad, sentía que lo había aplastado con su propio peso. Sería muy torpe esa tarde, pero aprendería para demostrarle que él sí era capaz de hacer un esfuerzo por la persona que elegía para compartir su vida. No le daría la oportunidad de zafarse de los compromisos serios. Él se lo demandaría luego.
Kasamatsu Yukio
La etapa más dura había acabado. Yukio había ingresado a la universidad de Tokio, raspando el puntaje mínimo. Fue un alivio. Su mamá lo presionaba, la disciplina era lo más importante para ella y lo hubiese castigado de por vida si no alcanzaba un cupo. Estudiaría Economía. Aquella fue la razón para cambiar de prefectura, para beneficiarlo, su padre había pedido trasladarse a un hospital de la capital y el jefe lo aceptó. A partir de marzo viviría en la ciudad de Arakawa y, por eso, debía preocuparse en empacar.
Yukio dejó el ocio y observó su habitación de rincón a rincón. Armó unas cajas y comenzó a desocupar su estantería. Embaló bien y acomodó el equipaje en la cochera. Su padre había señalizado el depósito para la mudanza, que estaba repleto por culpa de sus hermanos menores. Ellos no sabían economizar espacio y guardaban sin ningún juicio. Ayer, había encontrado en una caja solo dos ositos de peluches, que estorbaban, pero ese año se había prometido ser más tolerante con sus hermanitos.
Al pasar por el salón, miró el reloj. Faltaban dos horas para la llegada de los gemelos, aunque su mamá llegaría con ellos. Ella era profesora de inicial, pero ese año no laboraría para encargarse de los niños. Yukio lo agradecía, porque cuidar a sus hermanitos era muy pesado, no lo dejaban ni siquiera comer.
Acabó una hora después, pero no alcanzó a desparramarse en el sillón por el timbre. Abrió con recelo, no esperaba a los revoltosos gemelos tan temprano. Para su tranquilidad, se trataba de Ryōta.
—Kise… —dijo agotado—. No te puedo vender mis libros, ya se los cedí a Fukushima.
—¡Qué cruel! ¡No quiero comprar libros! —Ryōta se ofendió—. Quiero comprar unas nuevas zapatillas, pero iré hasta Shinjuku, y quería que me acompañara, Kasamatsu-senpai —le dijo animado—. Hace tiempo que no salimos y, en un mes, ya no lo volveré a ver. —Exageró, como era usual en su amigo.
Para no despreciar su consideración, aceptó y le pidió unos minutos. Primero, llamaría a Yoshitaka —su mejor amigo—, quien le había pedido hace unos días que le avisara si subía hasta Tokio para darle un pequeño encargo. De paso, aprovechaba y compraba una nueva mochila para la universidad.
En el camino, Ryōta le avisó que debía pasar unos minutos por su estudio de modelaje. No le animó ir a un ambiente tan lleno de vanidad, pero aceptó para no regresar tan rápido. Los gemelos lo obligarían a ver Los Caballeros del Zodiaco y le aburría, prefería mil veces ver una presuntuosa sesión de fotos.
—¡Hola-hola! —Ryōta saludó en general al llegar al estudio—. No, él no es un polizón, es mi superior de preparatoria y amigo, Kasamatsu Yukio. —Su amigo lo presentó ante las miradas curiosas.
Ahora entendía por qué Ryōta era a veces muy vanidoso con su entorno y sus amistades. Se sentía el carácter ególatra de cada uno de los modelos allí presentes, incluso de los maquillistas y fotógrafos.
Escuchó la etiqueta de Yo marco la diferencia, aunque ignoraba el propósito. Los modelos hablaban en clave o con frases que él no captaba. Retrocedió para no inmiscuirse en conversaciones ajenas, pero al final terminó siendo incluido por un modelo. A ellos no le gustaban los excluidos y más si era invitado. Fingió comodidad, con una sonrisa torcida. No preguntó acerca de aquel reto para no quedar como un idiota. Se notaba que era la moda entre ellos. No quería desentonar, suficiente con sentirse un intruso.
Ryōta se demoró conversando con su representante. Salió de allí casi a las seis, con el corazón casi en la garganta por tantas preguntas empalagosas. Nunca más pondría un pie en aquel estudio.
—¿A qué hora piensas que tomaremos el tren, Kise? —le preguntó antes de seguirlo.
—Es que quería ir al cine… ¿No quiere ir al cine, Kasamatsu-senpai?
—… bueno, ha salido de nuevo en cartelera El cáliz de Fuego, en el Cineplex de Shibuya creo.
—¡¿Le gusta Harry Potter?! —Ryōta le preguntó exaltado. Asintió perturbado por tanto fanatismo—. ¡Es increíble, Kasamatsu-senpai! ¡Yo soy uno de los administradores del fanpage de Potterheads! —Torció la sonrisa—. Quise ir a verla con Midorimacchi, pero él no es un fan, así que me mandó a volar, ¡pero podemos ir juntos! ¡Yo lo invito, tengo entradas dobles! Me las regaló mi representante.
Sin esperar su respuesta, Ryōta lo jaló de la muñeca con afán para alcanzar la función de 19:30 p. m. y Ryōko —la hermana mayor de Ryōta— los podía recoger sin problemas. Ella salía del trabajo tarde. En el camino, Ryōta le mostró el álbum de fotos como Potterhead de su celular. Su habitación estaba llena de pósteres de las cuatro casas de Hogwarts. Kise Ryōta era un verdadero fanático de la saga de J.K.R.
—No conocía este lado freak de ti, Kise, se te ve menos vanidoso así.
—Hay muchas cosas de mí que la gente no conoce —respondió y le guiñó—. No todos somos un libro abierto, es más interesante conocer a las personas poco a poco, ¿no cree?
No contestó, pero concordaba con él. Le sucedió con Miyaji Kiyoshi. El único que estaba enterado de lo que sentía por Kiyoshi era su mejor amigo, quien lo pinchaba con el tema cada dos días.
Lo conoció en los partidos de básquetbol de la secundaria, pero se enamoró gracias a una coincidencia de hace unos años, cuando visitó una heladería en la ciudad de Nakano. Recordar aquel día lo ponía de los nervios. Se había flechado de su sonrisa y de su carisma fuera de las canchas. También le encantaba su explosiva forma de ser y si lo veía, enlistaba algo más. Lo había visto varias veces de lejos, siempre riéndose o renegando de algo, de extremo a extremo, pero admitía que en realidad no lo conocía y allí tallaban las palabras de Ryōta. Era interesante descubrir poco a poco a alguien, mientras reunía el valor suficiente para pedirle su número de celular. Yoshitaka se lo insinuaba seguido, debía atreverse.
Se fastidió al estar pensando tanto en Kiyoshi, no debía perder la razón. Renegó y volvió a prometerse mesura con el tema, suficiente tenía con los recordatorios de su mejor amigo. La voz chillona de Ryōta fue una excelente distracción. Su amigo conversaba hasta por los codos, aunque se llevaban bien.
En la entrada del cine, se encontraron con el as de Seirin y una persona desconocida. Taiga les presentó a su hermano mayor cuando se unieron. Tatsuya los saludó educado y les adelantó que ellos también habían comprado boletos para ver Harry Potter. Eso sí lo distrajo, aunque la alegría se le esfumó en un segundo. Kiyoshi llegó al mismo lugar, con una chica. Taiga fue quien se animó a saludarlos.
—¿También vienes a ver Harry Potter? —le preguntó amigable.
—Sí, a mí no me gusta la saga, pero a mi novia sí, así que… aquí estoy. —La chica les sonrió y abrazó cariñosa a Kiyoshi— ¿Ustedes en qué asientos están? Yo todavía no he comprado.
—N-no queremos ser inoportunos —Tatsuya le contestó—, supongo que estás en una cita.
—Sí, Ki-chan. —Yukio evitó mirarlos, sentía que el malhumor le brotaba por los poros—. Ayer no te vi en todo el día, mínimo dedícame el domingo, ¿no? —ella le preguntó y lo volvió a apachurrar.
Luchó consigo mismo para no prestarles atención, pero los ojos se le desviaban. Yoshitaka tenía razón al decir que a Kiyoshi le gustaban las muñequitas. Ryōta lo jaloneó para hacerlo avanzar, la puerta de la sala ya había abierto. Había llegado a ese cine con muchas ganas, pero en ese momento, ya no sentía ni la más mínima emoción. Kiyoshi tenía novia. Yoshitaka era un desastre para las averiguaciones.
Akashi Seijūrō
Sintió nervios cuando bajó de la limusina. Su padre lo había enviado con un pequeño presente para la señora Midorima, quien fue una de las mejores amigas de su difunta mamá. Ambas habían pertenecido a la asociación de Chanoyu [2] en Shinjuku, antes de casarse. Sonrió al recordar, pero no ahondó. Aún no superaba la ausencia de su mamá. Se envalentonó y tocó el timbre antes de arrepentirse de estar allí.
Shintarō lo recibió con un gesto descolocado, impresionado de verlo en su umbral después de haberlo botado como un saco de basura la última vez. Esos recuerdos tampoco le agradaban. Fingió serenidad y le enseñó el regalo que su padre enviaba. No era momento para entrar en pánico. La presencia de la señora Nanami —la mamá de su exnovio— lo alivió. Ella no se quedó congelada como Shintarō. Sonrió al ser invitado a pasar y se avergonzó cuando lo invitó a cenar con ellos. El señor Ryū —su exsuegro— estaba de guardia en la clínica según entendió y Shintarō seguía en silencio. Como agradecimiento, se ofreció a comprar un postre antes de que la señora Nanami pusiera la mesa. Ella le aceptó encantada, pero su tranquilidad flaqueó cuando Shintarō habló. Su exnovio iría con él a la pastelería de la esquina.
—¿A qué has venido? —Shintarō le dijo a la defensiva apenas cerró la puerta—. Sé breve, Akashi.
—Puedes seguir llamándome Seijūrō, creo que la confianza conti-…
—Prefiero decirte Akashi, —Lo interrumpió con hostilidad—, no quiero malinterpretaciones, lo sabes, y tampoco quiero ser grosero, pero sabes que no te puedes quedar a cenar en mi casa.
—Solo pensé que podíamos reinscribirnos en el club de shōgi nacional —dijo para ser concreto.
Le dolió la actitud prepotente de Shintarō, pero no se lo demostró para mantener su dignidad intacta. Él también podía ser muy orgulloso. Su exnovio se quedó de nuevo sin palabras, pensativo. Retomó el camino para disipar el silencio pesado. Si no cenaría con los Midorima, al menos le enviaría a la señora Nanami el postre que le había prometido comprar. Shintarō lo siguió. Suponía que protestaría cuando tuviese una respuesta elaborada. Le reconfortaba, aunque sea, que no se haya negado tan rápido.
Abrió la puerta de la pastelería y no supo cómo reaccionar a lo que sucedió tan de repente. Tragó duro al ver a Kazunari besar a Shintarō. Odió la coincidencia y agradeció que su exnovio fuese recatado en ese sentido. Shintarō cortó el beso en pocos segundos, susurrándole al aparente nuevo novio algo que él no llegó a escuchar. No supo cuándo inició aquella relación. Hasta donde estaba enterado, Shintarō aún no formalizaba un noviazgo, pero al parecer estaba mal informado. En aquel instante, recordó la típica frase de su padre: confiar en los demás resulta CONTRAPRODUCENTE. Lo comprobó con desdén.
—Qué estricto~ —escuchó. Kazunari le sonrió—. A Akashi ni le importa, es el único que está aquí.
—¡No me gustan esas cosas, lo sabes! —Shintarō contestó abochornado, se le notaba en el rostro.
—Qué genio, bueno-bueno, nos vemos, Shin-chan. —Kazunari se despidió apresurado luego de cargar una gran caja. Al parecer, el halcón estaba celebrando un cumpleaños ese día— ¡Te visito más tarde!
¿Más tarde? , pensó intrigado. Él no salía de su casa pasadas las 22:00 p. m., lo tenía prohibido por no ser mayor de edad todavía. Infirió que Kazunari contaba con una amplia libertad para mandarse sin permiso de nadie. Shintarō no parecía sorprendido, debía estar acostumbrado a las visitas nocturnas.
Caminó en silencio, con un ambiente más pesado que el anterior. No dejaba de visualizar el beso entre los tórtolos, le dolió más de lo que admitiría alguna vez. Lo afligió. Tal vez lo más sano era retractarse sobre su propuesta de reiniciar el shōgi con Shintarō, pero su orgullo se lo impidió. Él no retrocedería, no se mostraría afectado. Después de todo, solo buscaba la antigua amistad de su exnovio, nada más.
Se detuvo cuando Shintarō al fin se animó a hablar de lo sucedido y le dio la premisa de que, ahora, era el novio de Kazunari. No supo si felicitarlo o no. Lo único que sintió fue un apretón en la garganta y esa molesta comezón en los lagrimales. Miró para el cielo, lleno de nubes por la estación, y se repitió varias veces las molestas frases de su padre. Le servían cuando necesitaba mantener la cabeza fría. Shintarō siguió comentándole sobre el halcón, explicándole por qué tomó esa decisión, como si necesitara que entendiese las razones y no lo juzgara. Él jamás le haría reclamos. No se llevaba con la vulnerabilidad.
—En el fondo, pensé que tú serías el primero en… ya sabes. Botaste nuestra relación a la basura por él, Akashi, deberías hacer que, aunque sea, valga la pena… así sea con el imbécil de Murasakibara.
—Supongo que careces de juicio para criticar gustos ajenos —le dijo con el ego y se arrepintió, porque Shintarō sabía dónde hincarle cuando lo sacaba de sus casillas. Ambos se conocían demasiado bien.
—Sabes que, deberías estar feliz por mí, al fin me he deshecho de toda la MIERDA que tuve contigo.
Nunca había entendido esa forma de ser de Shintarō. Por más enojado que estuviese, él jamás le diría algo que lo hiriera. Bajó la mirada, había sido suficiente. Le alcanzó el postre que había cargado desde la panadería y le pidió por favor que se lo entregase a su mamá. Lo obedecería, no se quedaría a cenar.
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Continuará...
[1] Artista tradicional japonesa cuyas labores consisten en entretener en fiestas, reuniones o banquetes.
[2] Ceremonia del té. Costumbre social y estética característica de Japón, en la que se sirve y bebe el té verde en polvo.
F/N: Gracias por leer, los comentarios son bienvenidos
