Hey, Hol! Si; prometí tontamente que actualizaría estas vacaciones, lo sé, pero mi salida a Tijuana y San Franciasco duró mas de lo planeado, asi que apenas hoy he retomado mi inspiración para escribir.
He aquí la segunda parte.
FIESTA Y DOLOR DE CABEZA
Un par de brazos fuertes la tomaron por la espalda cuando ya casi rozaba la puerta de salida. Demasiado fuerte. Pataleó y gritó una vez más, pero lo que la sostenía era tan fuerte que terminó rindiéndose.
Los reyes la miraban atentamente desde los tronos. Ella mantenía los ojos pegados al suelo, como si tuviera rabia de verlos directamente; ni siquiera se había molestado en figurar que su captor había sido esta vez un minotauro. Respiraba copiosamente, con el cabello cubriéndole la cara y la rabia de su impotencia. El minotauro la llevó ante ellos.
—¡Macadamia! —llamó la reina Susan.
Una criatura apareció de detrás de toda aquella gente, una joven de figura esbelta, cabellos ondulados sueltos de color avellana y ropa ligera. Hizo una reverencia. La reina saludó con una ademán de la cabeza.
—Lleva a esta… dama a una alcoba vacía. Y asegúrate de que la aseen y vistan bien.
La joven asintió y miró a su alrededor.
—¿A qué dama?
Edmund rió.
—A la dama que sostiene el minotauro —aclaró algo molesta.
La sirvienta abrió los ojos como platos. Carraspeó.
—Enseguida —dijo con una reverencia más, y guió al minotauro.
Una vez solos, Susan no se contuvo un momento más, tenía muchas cosas que hacer. Suspirando pesadamente, se levantó y se dirigió al comedor.
—¡Peter debe estar loco! —se despidió en modo de burla mientras agilizaba sus pasos.
La fiesta de aquella noche era gloriosa. Antes de entrar, ya se escuchaba la música, y el salón otorgaba una vista esplendida después de varias horas de meticulosa preparación en el ornato. Todo cortesía de la hermosa monarca.
—¿Es que tienes que lucirte siempre? —le preguntó su hermano menor al oído mientras bajaban las escaleras hacia el salón principal tomados de la mano.
Susan profirió una risa y comenzó a saludar a los invitados. Había cortesanos de Archeland y Telmar, un nuevo país ubicado en el oeste que ganaba cada vez más fuerza. Festejaban el triunfo sobre el intento de Calormen de dominar las tierras del norte.
El baile se apoderó de la estancia y comenzaron a formarse parejas y grupos para interpretar las coreografías narnianas. Más tarde, Susan anunció la hora de la cena y todos se deleitaron del banquete planeado hasta la última aceituna, para después sentarse y disfrutar del recitar de un trovador. Por su parte, la mayor de las reinas era extremadamente gentil y le repartía a todo invitado sonrisas y un excelente servicio.
Se sentía la paz, pero los tres reyes restantes sabían porque su hermana era tan amable con ellos aquella noche: temía cualquier cosa que tuviera que ver con ese país del oeste, como temían que Carlomen llegase a atacar alguna vez sus tierras.
Todo era tan maravilloso que dio la impresión de que había pasado en un instante. Felices y orgullosos después de aquella noche de fiesta, todos se dirigieron a sus alcobas.
Susan estaba especialmente cansada. Afortunadamente, nadie en Palacio se negaba a seguir sus órdenes ni una sola vez y eso le había ahorrado algo de trabajo y negado de una buena dosis de estrés. Casi no recordaba los acontecimientos de la mañana, de no ser por el susurro que se oyó entrada la noche, cuando después de arreglarse para el día siguiente, alguien entró sin preaviso a su habitación.
—Hermana —susurró la voz de su hermano mayor, la del Rey Peter.
El poco coraje que había sentido al saber que alguien no se anuncia para entrar, se disipó. Por algún motivo, le costaba desafiar a la voluntad de Peter. Había algo en su voz que casi en cualquier momento la hacía sentirse reconfortada desde que eran reyes.
—¿Qué sucede Peter? —inquirió igualmente en voz baja.
El sonrió, de una forma que no le gustó a su hermana.
—Estuve hablando con Edmund. Discutimos acerca de que no tenías que ser así de amable con la gente de Telmar. Apenas son un país naciente y no hay razón por la que tenga que provocarse una guerra.
Susan asintió, acudiendo al tocador para quitarse las argollas de las orejas.
—Aún así hermano, me siento incómoda con ellos. Quería que se sintieran bienvenidos, ya sabes. .. nunca se sabe.
Peter hizo una mueca.
—Exacto. Nunca se sabe si pueden ser unos maniáticos que quieran raptarte para casarte por una pocas palabras de amabilidad.
Un calambre atravesó el peso de Susan al oír esas palabras, y se dio cuenta de lo que su hermano trataba de decirle.
—De acuerdo.
El Sumo Monarca asintió, sonriendo y dándose la vuelta para irse a descansar. Cuando casi había salido, se dio la vuelta de nuevo para ver a una Susan que se metía ya en su cama y suspiraba cansancio.
—Ah; y… no olvides que le ayudarás a esa pobre salvaje.
La reina sintió como volvía el estrés del que había luchado por olvidar toda esa mañana.
Bueno, ¿Que tal? ¿Bien, no? xD
Necesito su opinión, recuerden que eso como :D
