Capítulo II.- Buenos recuerdos
Antigua guerra santa.
Sus manos tocaron el suelo poco después que sus rodillas. Cayó sobre la árida tierra, cayó sobre el fango y la sangre.
Su cuerpo se resistía a seguir sosteniendo el peso de su armadura, pero su puño derecho se negaba a soltar la larga espada, sentía que era lo único a lo que podía aferrarse, su único sostén; que irónicamente, le hacía más ardua la tarea de levantarse.
Su frente perlada de sudor y su corazón palpitando desbocado evidenciaban el gran esfuerzo que había echo ese día. Todo lo que le había costado lograr llegar a ese momento. Su cuerpo tembló ante el frío de la noche que le iba cayendo encima.
Tiritó un poco, su cuerpo estaba húmedo, empapado en sangre. Suya, de sus enemigos... y de sus amigos y compañeros. De aquellos a quienes había matado y de las personas queridas que había sostenido en los últimos momentos.
Cerró los ojos con fuerza. No quería mirar. Se negó a apreciar la completa desolación que se extendía por esa tierra regada de sangre y muerte. No quería mirar, ni aceptar.
Había terminado, la guerra había llegado a su fin. Pero Shion no quería dejarla ir. No quería enfrentar ese final. No quería reconocer todo lo que se había perdido en esa batalla.
El eco de su respiración era lo único que alcanzaba a escuchar y aún con los ojos cerrados sabía que él único movimiento a su alrededor no era otro que el de sus propios cabellos.
El aire comenzaba a tornarse pesado, un olor penetrante y desagradable parecía colarse en sus pulmones, y en su mente: uno que le llevaría años olvidar.
Quiso levantarse, pero su cuerpo le pareció demasiado pesado, estaba exhausto y la armadura le oprimía el cuerpo contra el piso. La idea de no levantarse cruzó por su mente, sencillamente dejarse hundir en la tierra, la misma donde se habían hundido ya todos los demás.
Comenzaba a desesperanzarse, cuando una mano sobre su hombro lo hizo estremecerse.
-Shion.
La voz que llenó sus oídos se oía cansada, pero era de la persona que había creído perdida, esa persona le hizo abrir los ojos de golpe, y mirarle con rapidez, ignorando el resto del paisaje.
Dohko lo ayudó a levantase. El ariano se apoyó en él, clavando la espada en la tierra para tener un mejor apoyo. Cuando por fin se puso de pie y el moreno lo soltó, extrañó el contacto de sus manos.
Sacó la espada de la tierra nuevamente, mientras sentía las últimas gotas de sangre escurrir lentamente de su cuerpo. Trató de mantener la compostura, pero no pudo dejar de temblar. Se quedaron ahí, parados, durante un largo tiempo, considerando sus opciones.
Shion sintió un vació en el estomago cuando todo el líquido sobre él se seco y se tornó quebradizo. Estaba acostumbrado al dolor, al maltrato y a la vida difícil. Le habían hecho fuerte a punta de entrenamientos forzados y malas noches. Y sin embargo en cada entrenamiento que afrontaba tenía la certeza de que pasaría pronto. De que al terminar el día los contendientes dejarían de medir sus fuerzas y se retirarían a sanar sus heridas, hasta la próxima vez.
Pero esta vez, nada había sido así. Ninguno volvería a levantarse. Shion había sentido el frío del acero muy cerca de su cuello y aún estaba alterado y asustado. Y a pesar de todo estaba vivo. Y al mirar de frente a los cobrizos ojos de su acompañante comprendió que Dohko también estaba vivo y que no estaba sólo.
Ya no le molestó tener los ojos abiertos, porque al menos así podía mirarlo.
Dohko le sonrió un momento, con esa pícara y confiada sonrisa tan característica de él; aunque no duró mucho, estaba cansado, demasiado. Sólo quería brindarle un apoyo a su amigo. Quería que Shion comprendiera que estaba con él. Y que seguiría estándolo, sin importar nada más.
Pero la mirada fija de Shion lo hizo sentir algo nervioso y desvió la vista de su rostro. Su rostro adquirió una triste expresión, entre los cuerpos inertes a sus pies podía reconocer un par de rostros. Su cuerpo tembló a su vez. Mientras apretaba la quijada, obligándose a ser fuerte y resistir. Tenía un nudo en la garganta, todos aquellos a quienes conocía yacían sobre esa tierra. Todos y cada uno de ellos habían sido compañeros, amigos...
Ahora fue la mano de Shion la que tocó el hombro de Dohko, no sonrío, pero en su mirada se reflejaba la alegría de encontrarle, y verle con vida.
Sus miradas volvieron a enredarse y ambos pensaban lo mismo, en silencio agradecían estar con vida y agradecían con mucha mayor fuerza que el otro lo estuviera.
Una fuerte ola de viento rompió sus pensamientos. Tomando sus armas comenzaron a caminar. Aún debían saber cómo estaba ella. Sasha, la mujer por la que habían peleado, aquella Diosa por la que tantos habían muerto.
Ahora que la guerra había llegado a su fin y sus vidas no estaban inmediatamente amenazadas, la adrenalina y el instinto de supervivencia habían abandonado sus cuerpos. Su energía parecía haberse acabado y ya nada los obligaba a seguir luchando , a dar el siguiente paso para llegar a su destino.
Nada, salvo la persona que iba a su lado. Iban sosteniéndose mutuamente, enterrando en parte sus armas en la inmóvil tierra, para permitirse avanzar.
Se miraban uno al otro para evitar mirar los cuerpos a sus pies. Iban bordeándolos, respetando el descanso de amigos y enemigos, guerreros ambos. Se movían tan rápido como les era posible, guiados únicamente por el débil pero aún sensible cosmos de su deidad.
Siguieron el largo trayecto, en cada paso esforzándose por no caer, y por no dejar caer al otro. Eran amigos, lo habían sido desde que tenían memoria, se habían criado juntos. Habían crecido juntos, conocían al otro a profundidad. Ambos pensaban que eran inseparables. En verdad lo creían.
Shion lo miraba de reojo. Lo veía moverse con seguridad y soltura, y sabía que lo hacía para darle seguridad a él, lo admiró en silencio obrando de la misma manera. Pensó que de no ser por él habría deseado morir junto a los otros, en cierta forma, Dohko lo había salvado y en ese momento fue muy claro para él que lo amaba.
Más no dijo nada. No quería hacerlo en medio de la desolación de ese lugar, tan profano y sagrado al mismo tiempo. Estaban en medio de una tragedia, de un duelo fuerte y pesado y no quería que Dohko lo tomara como un gesto de débil dependencia debido a la situación.
-Recuerdas cuando nos conocimos?
Preguntó Shion en un tono neutral para despejar su mente de las imágenes teñidas de rojo en su mente.
-Sí- respondió Dohko rascándose la cabeza en un ademán que pretendía fingir inocencia.
-Creíste que estaba extraviado. Porque no tenía un aspecto digno de un guerrero.
Shion sonrío al decirlo. Pero Dohko seguía fingiendo no recordar esa parte.
-No, no creo que eso haya pasado. No lo soñaste?
Ambos rieron, en voz muy baja, para no profanar aún más el lugar.
-No, me llamaste pueblerino, y preguntaste porque me había quitado las cejas...
-Y pintado esas marcas en la cara.
Dijeron ambos al mismo tiempo. Guardando silencio un rato más.
-Nos entregaron la armadura dorada el mismo día.
Añadió Dohko, eso había sido unos años después de conocerse, hacía relativamente poco tiempo. Pero para él ese echo era muy importante, resaltaba la igualdad en la que siempre habían vivido. Habían tenido las mismas experiencias casi a la misma edad y eso le parecía al caballero de libra que formaba un perfecto equilibrio entre ambos. Haciéndolos los mejores amigos. Sabían lo que el otro había sufrido o gozado, porque ellos mismos lo experimentaron.
Eso hacía que se sintieran comunicados, se sentían parte del otro.
-Te veías muy bien con esa armadura.
-Habló en pasado porque ahora la dorada armadura tenía manchas rojizas por todos lados y Dohko no quería verla así. -Por primera vez tenías cuernos de verdad. Me gustaste desde ese momento.
Shion sonrió al comprender que su afecto era correspondido, pero no quiso declararle su sentir, en ese lugar, era un asunto que debía tratarse con muchísima discreción, estaban en un tiempo bastante hostil ante ese tipo de amor, y ninguno tenía idea de cómo manejar la situación.
Siguieron adelante, sintiéndose menos pesados con el pequeño intercambio de palabras.
El ariano decidió esperar, decidió que dejaría pasar un tiempo antes de develarle la verdad. Necesitaba encontrar las palabras correctas y que la mente de su amigo estuviera libre de tensiones.
Su mentalidad analítica salio a flote, dominando sus deseos de gritárselo con pleno amor y convicción, decidió esperar a que el mal trago pasara y haber dejado atrás temores y remordimientos.
Lo pospuso para después.
Quizá si se lo hubiera dicho...
