Ya había pasado una semana exacta desde que Francia había propuesto la competición. Casi todos los países estaban emocionados pensando en el tema, así, todos aportaron su pequeño granito de arena. Cogieron un terreno vacío situado en algún lugar olvidado de la parte fronteriza entre Alemania y Austria y allí montaron el tinglado. Francis, como buen amante del buen gusto que era, quería y debía encargarse del apartado artístico, pero cierto polaco pesado no dejaba de insistir en que todo debería estar cubierto de rosa. El francés, ya cansado, le contestó que a nadie —a excepción de Feliks y Lovino, quien siempre llevaba camisas rosas— le gustaba tanto el rosa. A nadie.

Aunque hubo problemas menores de todo tipo, al final Francia consiguió su propósito: tener el lugar idóneo donde la competición tuviera lugar. Él, Suiza y Liechtenstein estarían sentados en unos sillones fastuosos colocados estratégicamente en un pequeño escenario adornado con todo tipo de banderitas con motivos tomateros y patateros, en honor a los dos equipos participantes. Luego, rodeándolo todo, estarían las gradas de espectadores, donde estaría el resto de naciones observando el espectáculo a la vez que comiesen palomitas, o en su defecto, pipas. Lo único que Francia le había pedido a Suiza en relación al decorado era el punto donde estarían los miembros de cada equipo mientras sus compañeros «peleaban sanguinariamente» y, como era de esperar del suizo, cogió dos bancos viejos de madera medio roídos por las ratas y los colocó de cualquier manera. Eso, desde luego, quedaba muy poco glamuroso.

Pero aquel detalle tan tonto carecía de importancia. Era el gran día, el gran momento, y Francis, vestido con el traje más chillón que encontró, era el presentador que tenía que inaugurar la ceremonia. Vash y su hermanita portaban ropas que hacían juego con las del francés, muy para el pesar del suizo. Se sentía como un payaso.

—¡Damas y caballeros, tengo el orgullo y la satisfacción de inaugurar esta ceremonia! —decía con micrófono en mano— Nos reunimos todos aquí para saber quién se sentará al lado de Italia —señaló al susodicho, sentado en un lugar destacado de las gradas, y le guiñó un ojo— durante las reuniones. El perdedor no tendrá más remedio que sentarse al lado de mi buen amigo Toni.

—¿Por qué lo dice como si fuera un castigo…? —preguntó cierto español ofendido.

—Porque lo es —contestó Holanda dirigiéndole una mirada cargada de odio.

—¡Comencemos con el equipo tomatero, liderado por el hermano de nuestro encantador Italia, Romano! ¡Un aplauso para el equipo tomatero!

El equipo en cuestión se levantó de sus bancos roídos (Holanda podía jurar que aquel banco hacía ruidos extraños y misteriosos) y se dirigió al centro del recinto. Los cuatro llevaban camisetas blancas sin mangas y unos pantalones rojos demasiado cortos y ajustados. Demasiado. España, con toda la alegría del mundo, saludaba a los espectadores y les lanzaba besos.

—¡Toni, saluda al tito Francis! —exclamó él, extasiado ante la presencia de su amigo en ropas tan provocativas, las cuales había elegido el propio francés.

—¡Hola, Francis! —agitó la mano— ¡Deséanos buena suerte!

—¿Pero tú no se supone que tienes que ser imparcial? —preguntó Suiza, de brazos cruzados. Francis seguía saludando como un tonto a su amigo.

—¡Soy imparcial! —protestó y carraspeó— ¡En fin, ahora presentemos al equipo patatero, liderado por el hermano del tipo que mantiene relaciones «especiales» —guiñó un ojo con picardía— con Italia! ¡Un aplauso para el equipo patatero!

Y con uniformes similares a los del otro equipo, con pantalones amarillos en vez de rojos, los patateros aparecieron con una actitud bastante más tímida que la de sus rivales. Alemania, por culpa de las palabras de aquel maldito gabacho, estaba más rojo y abochornado que nunca. Y aquellos pantaloncitos no hacían más que empeorar las cosas. La reacción de Roderich era similar a la del alemán y Prusia se limitaba a sonreír con altanería, con la mirada de una persona que está convencida de que va a ganar. Hungría era la única que parecía realmente feliz. Al fin y al cabo, tenía a un grupo de chicos apuestos (a excepción de Prusia. Él era feo) con ropas sensuales. Hasta llevaba unos prismáticos colgados del cuello para divisar mejor lo que pudieran hacer los tomateros. ¡Allí había tomate! Saludó a su amiga Bélgica con una sonrisa, quien respondió del mismo modo.

—¡Gilbo! ¡Gilbo! —exclamaba Francis, buscando una sonrisa por parte del prusiano.

Lo único que recibió fue un corte de mangas bastante desagradable. Si es que Prusia no tenía sentimientos, desde luego. Francis dio por hecho que eso era debido a todos los sartenazos que le propinaba Hungría y seguramente alguna vez le espachurró el corazón y así se quedó.

—¡Y ahora, que los participantes se den la mano! —anunció el presentador— ¡Al tito Francis le gusta la deportividad!

Obedeciendo al francés, ambos equipos se pusieron en fila y extendieron la mano para saludar a la persona que estuviera en frente de ellos. A Hungría le tocó con Bélgica, a Austria con España, a Alemania con Holanda y, obviamente, a Prusia con Romano. Los capitanes, lejos de mantener una actitud deportiva, ya estaban apretujándose las manos el uno al otro para ver quién causaba más daño.

—¡Suéltame ya, joder! —se quejaba el italiano.

—¡Tú primero!

Alemania, suspirando ya agotado (¡y la competición no había hecho más que comenzar!), separó a ambos y regañó a su hermano por ser tan infantil. A Lovino no le diría nada, más que nada porque ya no se atrevía a dirigirle la palabra a aquel italiano tan irascible.

—¡Muy bien! ¡Ahora sólo queda saludar a nuestro árbitro neutral, Suiza! —esperó que alguien aplaudiese. Nadie lo hizo— ¡Y a nuestra encantadora ayudante, Liechtenstein! —todo el mundo estalló en un aplauso. La niña sintió que su sangre se apelotonaba rápidamente en sus mejillas— Dicho esto, ¡daremos paso a nuestra primera prueba! No es una prueba normal, no, sino una que exige dosis insuperables de fuerza bruta. ¡Capitanes, elijan a un compañero!

¿Dosis insuperables de fuerza bruta? Prusia agarró el musculoso brazo de su hermano pequeño en menos que canta un gallo. ¿Quién podría ser más fuerte que su hermanito? Por su parte, Lovino clavó su mirada en el holandés, quien asintió sin quejarse en ningún momento.

—¡La prueba se llama «Pelea de plátanos» y consiste en que los concursantes han de coger sus plátanos y pelearse! —explicó Francia, orgulloso.

—No sé si eres consciente de lo pervertido que suena eso —comentó Vash frunciendo el ceño.

—Uy, uy, uy, petit suisse, me parece que eres tú quien tiene una mente pervertida —la verdad era que todo el mundo había interpretado lo mismo—. Pero como puede que tengas razón, aclararé de qué trata la prueba. ¡Nuestros adorables concursantes tendrán que coger un plátano y emplearlo como si se tratase de una espada! Así lucharán contra su adversario. Lo único que hay que tener en mente es que los plátanos deben salir intactos, ¿eh? —sonrió con aire seductor— Quien termine con el plátano partido por la mitad o macado, pierde.

—¡Espera, gabacho! ¡¿Se puede saber qué tiene que ver eso con la fuerza bruta? ¡Nos has engañado! —protestó Prusia a grito pelado y agitando frenéticamente sus brazos cual chimpancé enjaulado.

—¿Fuerza bruta? ¡Yo en ningún momento he dicho tal cosa, sino «fuerza fruta»! ¡Jojojo!

—¡Serás hijo de «fruta»! —el prusiano se cruzó de brazos e hizo pucheros. Maldito gabacho.

Liechtenstein cogió dos plátanos de una cesta que le había entregado Francia unos minutos antes y se los entregó a ambos concursantes, dedicándoles una leve sonrisa cargada de dulzura. Holanda no podía despegar la mirada de la niña. Qué pequeña, qué linda, qué delicada… Era perfecta. Y a él le gustaba todo lo perfecto. Suiza se dio cuenta de este detalle y cogió su pistola, por si las moscas. Si aquel mastodonte osaba poner un dedo sobre su hermanita, allí estaría él con su pistola para apartar ese dedazo holandés de ella.

—¡Que comience la pelea de plátanos! —anunció el árbitro, aún clavándole una mirada inyectada en sangre a cierto holandés pedófilo.

Con plátano en mano, ambos participantes se acercaron lentamente el uno al otro, tanteando el ambiente. ¿Cómo se suponía que iban a pelear con un plátano? En el bando patatero, Prusia animaba a los cuatro vientos a su hermano, mientras que en el tomatero, España y Bélgica hacían lo propio, aunque estos llevaban consigo pancartas de apoyo repletas de corazoncitos y tulipanes.

—Que gane el mejor —susurró Ludwig, por decir algo.

El holandés tenía la deportividad en algún lugar oculto de su corazón y cerrado con llave, así que lo primero que hizo fue alzar el plátano y arrearle un golpe a la fruta del otro rubio. El plátano se partió por la mitad. Mierda.

—Será gilipollas… —masculló Lovino, cubriéndose la frente con una mano. Mal empezaba.

—Pues… ¡Alemania es el vencedor de la primera prueba! ¡Punto para el equipo patatero!

El ganador volvió algo desorientado al banquillo de su equipo, recibiendo la enhorabuena por parte de sus compañeros. Holanda, más desconcertado si cabe, sólo obtuvo una palmadita en la espalda que le había dado España con una sonrisa, unas palabras de consuelo de su hermana y varios insultos entre dientes en italiano.

—Holanda, ¿puedo preguntarte algo? —intervino el capitán.

—Dime.

—¡¿Eres tonto? ¡¿Cómo es posible que pierdas en menos de dos segundos? —se puso rojo de la ira— ¡Y encima contra el macho patatero! ¡Es que joder, Holanda, ya te vale!

Holanda apartó la mirada. Ya sabía que había perdido y no le apetecía que encima le metiesen el dedo en la yaga. De todas formas, ¿importaba mucho aquel tinglado? Era una competición bastante absurda.

—Holanda, ¿puedo preguntarte algo? —inquirió esta vez España.

—No.

—¡Por favor!

—Que no.

—¡Oh, vamos!

—Dios, qué pesado… —suspiró— Venga, di.

—¿Puedes darme el plátano? —sonrió de manera bobalicona— Tengo hambre.

Tras enviarle una mirada furiosa al español, le entregó el plátano partido por la mitad. Antonio lo recibió gustoso, saboreándolo como si se tratase de la mayor joya gastronómica que hubiera probado en su larga vida.

—¡Qué buen plátano! —exclamó contento.

—No te pongas así por un plátano, idiota —murmuró Romano, bastante estresado.

Francis sonrió de lado. Parecía que el público estaba bastante animado y, si bien la primera prueba había sido demasiado breve por culpa de la rudeza de cierto holandés errante, lo cierto era que todo lo demás estaba saliendo a pedir de boca. Ya era hora de comenzar la segunda prueba.

—¡Capitanes, elijan a un compañero! —exclamó el presentador de nuevo— ¡Esta prueba se llama «Vas de culo» y trata de responder preguntas! Se valora la inteligencia.

Inteligencia. Esa era la palabra clave para Lovino Vargas. Holanda ya había demostrado su incompetencia en la prueba anterior y Antonio era… Antonio. Meter en una prueba de inteligencia a un chico que estaba comiendo un plátano medio aplastado mostraría una falta de criterio por su parte, así que sólo quedaba una persona en su grupo que pudiera participar…

—¡Lovi, ¿puedo participar yo? —preguntó el español aún masticando la fruta amarilla.

—Y una mierda. Tú eres tonto.

—Lovino, ¿puedo participar yo? —intervino Bélgica, con una sonrisa radiante en su rostro.

—Claro que sí —contestó él con un tono suave— Es más, ya había pensado en elegirte a ti.

—¡¿Qué tiene ella que no tenga yo? —preguntó con cierto asombro. Ahora el plátano le sabía mal.

La chica dio un saltito de alegría y acarició la cabeza de España, quien tenía cara de cachorrito abandonado. Se sentía mal porque su querido Lovi no confiaba en él y eso le dolía. Ahora ya sabía lo que había sentido el plátano de Holanda al ser aplastado.

En el bando de Prusia, la situación fue similar. Austria, alegando que era un hombre culto y sensato, quería ser el participante, mas Gilbert se lo impidió.

—Esta prueba te queda grande, señoritingo —sonrió con chulería.

—¡Gilbert, deja que Roderich participe! —exclamó Hungría con un deje molesto.

—¡Estoy diciendo que no! ¡Yo soy el asombroso capitán y hay que seguir mis asombrosas normas! —puso los brazos en las caderas, mirando con altanería a sus compañeros— ¡Y ya que el niñato italiano ha elegido a Bélgica, yo te elijo a ti, Elizaveta!

Suiza, observando a los concursantes desde lo alto de su sillón, se estaba impacientando. ¿Por qué tenían que tardar tanto? Dio golpes en el suelo con el pie y carraspeó, mostrando su descontento. Francis captó el mensaje y cogió de nuevo el micrófono.

—¡A ver, muchachos! ¡Apuren! —él también estaba algo cansado de esperar— ¡Además, he de añadir una cosa que se me ha olvidado antes! Cada equipo cuenta con un comodín, es decir, si ven que sus compañeros necesitan ayuda, ustedes podrán socorrerles… ¡Pero sólo una vez!

Bélgica sonrió confiada. Ella no necesitaba que nadie la socorriese, claro que no. Si al fin y al cabo, ella era una joven fuerte y decidida.

—¡Vaya, qué olvidadizo soy! —intervino Francis de nuevo, pero esta vez su voz se había vuelto más oscura y pervertida— ¡En esta prueba, necesitarán a otro miembro del equipo! Ya que, como no tenemos pulsadores, tuvimos que ingeniárnoslas para sacar la prueba a flote… En otras palabras, que en vez de pulsador, utilizaremos el trasero de uno de sus compañeros. Quien azote antes las nalgas de su compañero, tiene derecho a responder. Y si alguna de ustedes dos falla una respuesta, tendrá que besar a la otra.

—¡Espera un momento! —Suiza se levantó echando humo por las orejas— ¡No inventes, la prueba no incluía eso!

—A mí me parece que darle cachetadas a un compañero es un poco excesivo… —comentó Liechtenstein, ruborizada ante tal idea.

—Ah, no, si esa parte está bien —comentó el suizo, sus mejillas también algo coloradas —. Lo que no está bien es lo del beso. ¡Quítalo, gabacho!

—Sí, sí, ya va. Era sólo una bromita sin importancia —se hizo la víctima, fingiendo aprensión.

Ni los miembros del equipo patatero ni del tomatero podían creérselo. ¿Cachetes en el culo? Eran tontos, pues habían olvidado por un momento que quien había organizado aquella competición había sido, ni nada más ni nada menos, que Francia, el depravado por antonomasia.

—¡España, ven conmigo! —Bélgica lo arrastró ilusionadísima consigo. Sí, no ocultó para nada su ansia de toquetear el trasero del joven.

A Romano no le hizo gracia el entusiasmo de la belga y a Holanda, mucho menos. No es que estuvieran celosos, ni nada parecido.

En el otro bando, Hungría pensaba que iba a morir de un momento a otro, porque la forma en la que le latía el corazón no era normal. No lo era. Pero tampoco era muy normal que tuviera que participar en una prueba en la que tuviera que tocarle «eso» a Austria. Él, al igual que su compañera, estaba consternado por la organización de semejante competición. Si no fuera porque Prusia lo había chantajeado de mala manera, el austriaco se habría ido gustosamente de aquella locura.

—¡Por cierto, Hungría, tienes que quitarte los prismáticos! Es por motivos de seguridad —aclaró Francia con un tono no muy convincente— Por favor, Liech, ve a cogerlos.

La niña obedeció y fue a buscar los prismáticos que colgaban del cuello de la húngara. Esta se mostró un poco reacia a entregarle aquel objeto, pero no tenía más opción. Liechtenstein se los dio a Francia, quien se los puso inmediatamente para divisar mejor aquellos dos traseros tan apetitosos. El de Austria era una bastante adorable, pero es que el de su buen amigo español ya estaba a otro nivel. ¡Qué culo!

—¡Ustedes dos, echen el culo para fuera! —ordenó Francis, ya babeándose— ¡Son las normas!

Resignados, Antonio y Roderich bajaron el tronco y estiraron sus traseros, dejando una visión magnífica para el presentador del concurso. Bélgica y Hungría ya estaban delante de aquellas nalgas y las observaban algo perturbadas. Si bien la belga antes se había emocionado con la idea, ahora no lo tenía tan claro. ¿Cómo le iba a dar un cachete al pobre España? ¡Eso sería muy cruel!

—Bien, ahora que todos están listos, ¡que comience la prueba! —proclamó— Petit suisse, por favor, procede a realizar las preguntas.

—Pregunta número 1: ¿quién vive en la piña debajo del mar?

Hungría sabía la respuesta, pero aún se sentía mal por tener que golpear el trasero de su ex marido. Bélgica, por su parte, quería ganar. Simplemente quería ganar, así que se apresuró a darles el cachete de su vida a aquellas posaderas españolas. El pobre chico protestó. ¡Qué bestia era Bélgica cuando le convenía!

—¡Bob Esponja! —exclamó la rubia, convencida de su respuesta.

—¡Correcto! —aclaró Suiza. Le abochornaba tener que hacer preguntas tan estúpidas, pero como decía Francis, c'est la vie— Pregunta número 2: ¿quién tiene las cejas más feas del mundo?

—¡Inglaterra! —gritó Bélgica tras volver a golpear el trasero de su amigo.

En las gradas se oían las carcajadas de cierto estadounidense e insultos varios por parte del inglés, quien consideraba bastante gratuito aquel ataque hacia su persona. ¡Encima que no le dejaban colaborar con la competición, se burlaban de él!

—¡Correcto! Pregunta número 3: ¿cómo son los calzoncillos de Prusia?

—Elizaveta, si te sabes las respuestas, contesta —aclaró el austriaco, abochornado—. No te preocupes por mí.

—Pero Roderich…

—¡¿Pero por qué tendría que saber alguien cómo son mis calzoncillos? —gritó Prusiadesde el banquillo, indignándose más a medida que pasaban los segundos.

Bélgica vaciló. La verdad era que no recordaba haberle visto los calzoncillos y en el hipotético caso de que lo hubiera hecho, confiaba en que Gilbert tuviera la decencia de cambiárselos. Al fin y al cabo, no sería tan guarro como para tener sólo un calzoncillo, ¿no? Hungría, por algún motivo misterioso y posiblemente oscuro, sí que sabía a dedillo cómo eran absolutamente todos los calzoncillos de su rival. No estaba orgullosa de contar con semejantes datos, pero el saber no ocupaba lugar. Echó un vistazo al prusiano. Era un día importante para él, así que seguramente había escogido una ropa interior que le brindase buena suerte. Ya lo tenía decidido. Posó su mano sobre las nalgas del austriaco con cierta vergüenza.

—¡Blancos y de pollitos! —proclamó a los cuatro vientos.

—¡Correcto!

La cara de Gilbert en aquel momento estaba muchísimo más escarlata que los pantaloncillos del equipo tomatero. Lo peor es que su rubor se volvió más violento cuando escuchó las carcajadas de los espectadores. ¿Qué diantres les parecía tan gracioso? ¡Todo el mundo tenía derecho a llevar calzoncillos adorables! Echó un vistazo al banquillo contrario: Holanda tenía las cejas levemente alzadas y Lovino se estaba riendo con maldad.

—Pregunta número 4: ¿quién tiene los pechos más grandes, Hungría o Mónaco? —Suiza se ruborizó al leer tal pregunta.

—¡Hungría! —contestó Bélgica con una sonrisa victoriosa tras propinarle su correspondiente cachete al español.

Todo el mundo se quedó en silencio. ¿Y Bélgica por qué conocía la respuesta? Se notaba que todos los francófonos tenían algún elemento heredado de Francis, pero Bélgica fue a heredar el peor, posiblemente. Hungría no sabía adónde mirar, así que decidió que lo más sensato por su parte sería clavar la vista en el suelo. Sí, sería lo mejor.

—¡Correcto! ¡Última pregunta: ¿quién es la nación de l'amour?

—¡Tito Francia! —respondió Bélgica, acribillando de nuevo las doloridas cachas de España. El pobre estaba deseando que toda aquella pesadilla terminase, pues le dolía la espalda y sentía que el trasero se le iba a incendiar de un momento a otro.

—¡Correcto! ¡Punto para el equipo tomatero!

España recuperó la postura erguida y abrazó con devoción a su amiga. Ya no estaba enfadado con ella por ser tan bruta, sino que ahora estaba jubiloso por haber ganado una de las pruebas. Austria y Hungría no parecían demasiado decepcionados por haber perdido, pero su capitán sí. Estaba comiéndose las uñas y eso era de todo menos asombroso.

—¡Bueno, chicos! ¡Ahora toca un pequeño descanso! —anunció Francia— ¡Nos vemos dentro de diez minutos!

Francia aprovechó para estirar las piernas y hablar con el público para saber qué opinaban de la competición. Primero mantuvo una breve charla con Seychelles, quien lo felicitó por crear pruebas tan peculiares. Sonrió orgulloso, consciente de que era uno de los mayores genios sobre la faz de la Tierra. Quien no parecía tan satisfecho era Arthur, pues nada más divisar al galo lo cogió por el cuello con la vil intención de estrangularlo.

—¡Tú! ¡¿Por qué diablos tuviste que meter una pregunta sobre mis cejas? —Inglaterra sacudía con ferocidad al bueno de Francis, que ya comenzaba a marearse.

—¡Calma, calma! ¡¿Dónde está tu sentido del humor?

—¡¿Qué sentido del humor ni qué leches? ¡Soy el hazmerreír por tu puñetera culpa!

—Pero si ya lo eras antes… —murmuró con un hilito de voz— Venga, venga, no te sulfures. El tito Francis ha venido para darte una cosa.

Del bolsillo de su traje fosforito sacó una notita. El británico la miró con desconfianza, pero después de unos segundos se decidió a cogerla.

—No se tratará de tu número de teléfono… de nuevo, ¿no?

—¡Jojojo! ¡No me hagas reír, Artie! ¡Claro que no! —miró a su «amigo» con superioridad. Él era demasiado seductor y hermoso como para codearse con alguien como Arthur— Sólo quería decirte que necesito tu ayuda para la prueba final. Mira la notita y asegúrate de que nadie más la lea —le guiñó un ojo y se fue.

Arthur ojeó la notita e, inmediatamente, la mirada se le iluminó. ¡Por fin tendría la oportunidad de mostrarle al mundo lo útil que podía ser! Sonrió con satisfacción.

La prueba ya estaba en su ecuador y ambos equipos estaban empatados. Lovino y Gilbert intercambiaron miradas. Ya ni recordaban por qué se estaban enfrentando, pero sí sabían con certeza que debían derrotar al otro fuese lo que fuese. Costase lo que costase.


Notas: Tenía planeado que el capítulo dos abarcase toda la competición, pero como iba a quedar demasiado largo, decidí cortarlo :3 El último capítulo mostrará las dos últimas pruebas~ ¿Quién conseguirá sentarse con Feliciano en las reuniones? Tatatachán~ *música trágica*

Ahora, los reviews ~

Haru_Katsuragi: ¡Y YO AMO QUE AMES EL FIC! *U* Compiten por algo tan estúpido que ya ni se acuerdan. Qué penosos son xD ¡No me maldigas, he continuado el fic! ;A; Las huelgas y la pasta podrían solucionar todos los problemas del universo~ ;D ¡Muchas gracias por el review!

LovinaxTonio95: Obviamente, Toño prefiere estar con su querido Lovino que con un prusiano pesado xD Yo lo comprendo. A lo mejor pierde, quién sabe~ ;D Es que Holanda es un buen hermano mayor que quiere proteger a su hermanita~ (o a lo mejor quería participar pero le daba vergüenza admitirlo xD) ¡Muchas gracias por el review!

Konsu-chan: La verdad es que es una comparación bastante mala xD Es más, hasta diría que Austria y España son polos opuestos. Hungría es demasiado poderosa, ¿quién no la querría en su equipo? ;D Y Lovino es, definitivamente, malísimo. Espero que no llame a la mafia para que maten a Gilbert, ¡o peor, a Gilbird! D': ¡Muchas gracias por el review!

Happy (¿por qué FF me corta tu nick? ;_;): ¡Muchísimas gracias! :'D ¡Me alegra tanto que te gusten! ^^ Aquí tienes la continuación, espero que la disfrutes ;3 ¡Muchas gracias por el review!