Soledad. Es una palabra que a muchos les aterroriza.

Yo estoy en soledad. Entrenada para cumplir mi misión, en ese estado constante. ¿Condenada? No sabría que decir.

Estoy segura que muchos, en mi lugar, estarían indignados. Condenada a pasar la eternidad sola, alejada de amigos, familia y todo aquello entre lo que me crié.

¿Renuncié al amor? Para nada. Si hay algo que me han enseñado todos esos años, es que las cosas ocurren por un motivo, por una razón. No renuncié a mi amor, estoy convencida de que, cuando llegue el momento apropiado, podré disfrutar de él.

Condenada, dirían muchos. Sentenciada a la oscuridad solitaria, por respeto y lealtad a una princesa a la que no veo desde que era apenas una infanta. Pocos podrían entender mi razonamiento. No me arrepiento de lo que soy, juré lealtad y así seguirá siendo siempre. La heredera también ha pasado dificultades y estoy segura de que, si en sus manos estuviera, yo ahora mismo estaría con mis compañeras, aunque tuviera que ordenármelo.

La soledad. Para muchos, una maldición. Sin embargo, es todo desde el cristal con que se mire. Una soledad agobiante, sin saber que hacer, sin un propósito, dejándote consumir por la amargura. Una oscuridad que te va absorbiendo y destruyendo poco a poco tu cordura, hasta perderla completamente y quedar reducido a un cuerpo sin alma, sin pensamientos ni sentimientos.

Sin embargo, yo no lo veo así. La soledad, bien llevada, es un don del que pocos seres pueden llegar a gozar en plenitud. Un bien que te permite reflexionar, pensar y repasar tus actos, hacer examen de conciencia. Un regalo que, bien aprovechado y usado con sabiduría, puede llegar a ser una bendición.

Como todo, depende de cómo hagas uso de ella, de su gran poder. Además, es algo usado con gran ligereza. Nadie está completamente solo.

Junto a mí, están mis recuerdos. Mis compañeras, a las que se que podré ver en poco tiempo. Mi amado planeta Plutón, con su peculiar encanto, que no todos perciben. Las Puertas del Tiempo, que me muestran lo pasado y lo presente, dándome la posibilidad de observar tiempos mejores y ver como todos a los que aprecio son felices en este momento. ¿Hay mejor bendición que eso?

Si; la soledad no es una maldición, si sabes como usarla en tu beneficio. Simplemente, una forma de pasar el tiempo, algo insustancial, hasta que el destino dicte mis siguientes pasos.

La soledad no es tan mala ahora que se ve desde otro punto de vista, ¿verdad?