Reglamento Interno del Paraíso. Sección A. Del comportamiento de los Ángeles.

División 2. Pactos. Párrafos 1, 43 y 50.

"Todo pacto que haya sido realizado por un ángel, ya sea de manera consciente o inconsciente, deberá ser cumplido en su totalidad, hasta que la vida del uno de los dos integrantes del contrato haya expirado"

"En el caso de que un ángel desee deshacer un pacto, la anulación de esté deberá ser sometida a un juicio, en el cual se evaluaran los motivos por los cuales se desea anular, esté juico deberá contar con un jurado con una cantidad equitativa de ángeles y demonios"

"Con la finalidad de preservar la paz dentro del paraíso y preservar la integridad del ángel, está estrictamente prohibido encariñarse con la persona con la que se ha realizado un pacto"

Año de 1950. Algún lugar en el Paraíso.

…antes de que la tierra, el cielo y el infierno fueran conceptos diferentes, ángeles y demonios existían como una sola entidad encargada de proteger y guiar a las almas existentes bajo el poder divino de los dioses… - aquellas palabras resonaban a lo largo de la pulcra estancia de mármol, flotando en el ambiente cual delicado gorjeo, danzando entre la gran cantidad de muebles de caoba, siendo acompañadas ocasionalmente por los débiles suspiros que se colaban por las aberturas de los carnosos labios de la pequeña niña de cabellera escarlata; quien al no alcanzar el suelo bajo su asiento, alegremente balanceaba sus pies, mientras sus profundos ojos azules se deslizaban a lo largo de un gran libro de pasta dura cuyas amarillentas hojas desentonaban completamente al compararse con el impecable blanco de la mesa.

…tras soltar un nuevo suspiro, sus níveos dedos comenzaron a pasearse tímidamente sobre los bordes de las diminutas letras de plata que formaban las palabras de aquel texto, robándole al instante una sonrisa ante la sensación de cosquillas que el cambio de texturas entre el papel y aquel fino metal le causaban - …los demonios, seres bondadosos cuyas pulcras alas blancas llegaban a cubrir el sol, curaban y cuidaban a aquellas personas de corazón pu… -

Sin tener tiempo de decir algo más, aquellas palabras fueron silenciadas por el violento sonido causado por la huesuda mano de su instructor al impactarse contra la mejilla de la pequeña, reemplazando el tranquilo ambiente que comenzaba a reinar en la habitación con una gélida sensación de pesadez.

La pequeña suspiro mientras llevaba su mano hacia su mejilla afectada en un vano intento de calmar el punzante ardor que el golpe recién recibido le había dejado, haciendo un gran esfuerzo para evitar que la picazón que se había apoderado de sus ojos desencadenara en un tempestuoso torrente de lágrimas que bien podía llegar a costarle otro golpe igual o peor, paseo su mirada temerosamente entre las maltrechas hojas del gran libro de pasta dura, que se encontraba sobre la mesa frente a ella, hasta legar al tenso agarre de su mano que arrugaba un puñado de hojas, dándose cuenta de que, en su búsqueda de algo que le ayudase a sobrellevar el dolor, se había aferrado a lo más cercano a ella, incapaz de aguantar el ardor cerró los ojos con fuerza, sintiendo como un par de lágrimas traicioneras se deslizaban por sus mejillas hasta caer sobre las amarillentas hojas del libro.

- ¿Vas a llorar Marín? – aquellas palabras salieron sin emociones de los labios del rubio hombre frente a la pequeña, quien, acostumbrada a aquellos regaños, se limitó negar mientras mordía con fuerza la parte interna de sus mejillas hasta sentir como un familiar sabor metálico inundaba su boca – bien – anuncio el hombre con una sonrisa antes de que su expresión se volviera seria nuevamente - no te atrevas a confundir a un sucio demonio con un ángel – vocifero con desagrado el hermoso hombre mientras miraba a la pequeña con furia a través de sus ojos azules – no somos iguales – continuo hablando el hombre mientras jalaba con brusquedad el libro que se encontraba prisionero entre las manos de la pequeña – los demonios son malos, codiciosos, impulsivos, vanidosos y podrían matarte por cualquier cosa – dicho esto, cerro de golpe el libro y se encamino hacia la puerta de la estancia – alguien de la cocina te traerá algo para arreglar tu rostro, te ves horrible – dijo después de abrir con brusquedad la puerta para salir de la habitación, dejando tras de si a una pequeña que ocultaba su mirada vidriosa de su maestro y cualquier otro que pudiera verle.

La pequeña soltó un suspiro cansino al ver como las puertas de aquella gran habitación se cerraban frente si, para dejarla nuevamente en el eterno claustro al que su mentor la había condenado con la excusa de una perfecta protección y bufo para sí misma al pensar que lo más seguro era que su mentor en realidad solo la mantenía ahí para que el pudiera hacer su vida sin pensar en ella.

Lentamente se levanto de la silla en la que se encontraba sentada y con tedio camino hacia la enorme cama con dosel que se encontraba en el centro de la habitación, dejándose caer boca abajo sobre el mullido colchón, sintiendo al instante como el suave aroma a almizcle de sus sabanas se colaba entre sus fosas nasales, ayudándola a relajar el cuerpo y sin poder contenerlo más tiempo, delicadas lagrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas… le dolía saber que a su corta edad, tenía noción de lo que era sentirse miserable ¿Por qué todos la trataban así? ¿Era porque ella no era igual a ellos? Pero si era por eso… ¿Qué tenia de malo ser diferente?

Cientos de memorias inundaron su mente, obligándola a recordar las duras miradas que los habitantes de aquella casa le daban cada vez que ella salía de su habitación para tener su reglamentaria charla mensual con su mentor, quien al hablarle demostraba que era igual o peor que los habitantes de aquella casa.

Cansada de estar boca abajo dio media vuelta para quedar boca arriba e instantáneamente sus profundos pozos azules se perdieron entre el inmenso mar conformado por las delicadas libélulas metálicas que colgaban del techo de la habitación gracias a cientos de hilos transparentes, danzando al compás de las efímeras corrientes de aire que se colaban por la ventana que daba a su jardín privado, ante aquella mágica imagen una débil sonrisa se formo en sus labios al recordar la discreta mueca de cordialidad que le dedicaba la tosca mujer demonio encargada del circulo infernal de la Lujuria cada vez que le entregaba una libélula, sorprendiéndola una y otra vez con nuevos diseños.

Sonrió encantada de recordar que hoy le tocaba ver a su mentor y por ende podría ver a aquella mujer demonio con la cual había llegado a encariñarse a pesar de su naturaleza, y con un estado de animo renovado se levanto de sus aposentos para comenzar a arreglar su aspecto, esperando que aquel vestido plateado con olanes que cubría su cuerpo, lograra arrancarle un cumplido a aquella fría mujer.

Año de 1950. Algún lugar en el Mundo Humano.

Aquella obscura noche, en un pequeño pueblo recolector ubicado en las faldas de una gran montaña, una gélida y violenta nevada azolaba las calles, tirando a su paso escaparates y ocasionalmente tirando árboles que secamente se impactaban contra el oscuro suelo de arcilla, llevándose entre sus ramas las almas de alguno que otro despistado que no había corrido a su hogar a refugiarse.

Aquel mal tiempo obligaba tanto a mujeres, como a hombres y niños a confinarse dentro de sus resistentes chozas de madera, mientras en busca de calor, encendían sus improvisados fogones, en los cuales calentaban la sopa, el té o el estofado, mientras los más pequeños jugaban alejados de las reforzadas ventanas, siguiendo así las severas recomendaciones de sus nerviosos padres, después de todo… una nevada salida de la nada no era algo que tuviera que tomarse a la ligera.

Esa noche gran parte de los hombres del pueblo se mantuvieron en vela, cuidando el sueño de sus mujeres, madres, hermanos o hijos, escuchando toda la noche los agonizantes e inolvidables alaridos que el viento esparcía, sin poder hacer mas que apretar con fuerza las empuñaduras de sus armas de caza, abandonados a un futuro incierto, esperando que aquella aterrorizante noche finalizara, sin saber que muy cerca de ellos algo extraño sucedía…

A menos de un kilómetro de distancia del pueblo, tres figuras ocultas en la obscuridad de la noche, se adentraban lentamente a lo que a primera vista parecía una maltrecha cabaña, provocando con cada paso que la malgastada madera del suelo bajo sus pies crujiera, dándole al ambiente un toque tétrico.

- te excediste un poco con la ventisca – hablo calmadamente uno de los encapuchados mientras paseaba su mirada sobre la polvorienta cabaña, detallando con su mirada esmeralda la enorme mancha de sangre que se esparcía en la esquina frontal del lugar, soltando un suspiro al darse cuenta de que, a juzgar por las vísceras regadas de manera desordenada por todo el lugar, aquel cuerpo parecía haber explotado – desde aquí siento como todo el pueblo esta aterrorizado.

- así es mejor – contesto uno de los hombres que se habían quedado en el marco de la cabaña mientras caminaba hasta posicionarse al lado de su compañero – mientras más miedo tengan, menos oportunidad tienen de salir a husmear.

- Camus – hablo el hombre mientras se ponía en cuclillas frente al gran charco de sangre – hablas de miedo, pero no te das cuenta de que lo que provocas es terror – dijo el hombre para posteriormente tocar con su dedo índice la sangre que se encontraba regada en el suelo, posteriormente, llevo a sus labios el dedo cubierto con sangre y con la punta de su lengua saboreo son cuidado aquel liquido carmín – no aprendas eso de él Aioria – hablo el hombre con el dedo aun entre sus labios a la par que giraba su rostro hasta conectar sus mirada con la figura del encapuchado que se había quedado rezagado en la entrada de la cabaña.

- solo busco evitar que haya gente inocente involucrada – se justificó Camus fríamente antes de que Aioria pudiera decir algo – Aioros, hablas de mi como si fuera Milo – agrego mientras se comenzaba a encaminar hacia la salida de la cabaña.

- en lo absoluto – se apresuró a decir Aioros mientras sus pupilas se tornaban momentáneamente de un intenso carmesí al tragar la fresca sangre que momentos antes se encontraba en su dedo – de hecho, admiro que después de tantos siglos a su lado no te parezcas a él en nada – afirmo con una impecable sonrisa, la cual se esfumo casi instantáneamente, dando paso a una imperceptible mueca de asco – esta también es una mezcla de sangre.

- con esta ya suman catorce en lo que va del mes – hablo Aioria mientras se acercaba al charco de sangre – seis más que el año pasado – dicho esto se puso de rodillas frente al charco mientras sacaba de entre los pliegues de su obscuro abrigo un pequeño y alargado frasco de vidrio – la situación empeora hermano- dijo mirando al alto hombre de ojos verdes y pálida tez – llevare una muestra de esta cosa al paraíso – dijo mientras llenaba el frasco con la sangre que había en el piso, a lo cual Aioros asintió con un semblante preocupado.

Aioria tenía razón, la situación que había iniciado tres años atrás había empeorado radicalmente en esos últimos dos meses, lo cual, sumado a las constantes desapariciones de ángeles y demonios de bajo rango que habían iniciado durante una jornada de expedición en el abismo, había logrado causar un pánico tanto en el cielo como en el infierno, llegando a provocar tensiones entre ambos bandos.

Por un lado, estaban los ángeles, quienes ante la lógica de que la mayor parte de las desapariciones se habían dado en el desolado inframundo, aseguraban que los demonios cansados del inframundo habían decidido apoderarse de una vez por todas del cielo; y por otro lado, se encontraban los demonios radicales que aseguraban que eran los ángeles los que habían iniciado todo en un intento de desaparecer a sus contrapartes.

Tenía que admitir que cada bando tenia una excusa justificable, después de todo, no era misterio para nadie la rivalidad y creciente odio que existía entre ambas razas, sin embargo, dentro de aquella disputa se encontraban involucradas almas humanas y eso, dentro de las reglas escritas por el libro de la muerte era imperdonable, por lo cual ambos bandos buscaban encontrar al culpable.

- que nadie te vea hasta que llegues con el – la orden de Camus lo saco de su ensimismamiento, permitiéndole observar como el pálido hombre de ojos celestes le dedicaba una congelante mirada a Aioria, quien ya había llenado su frasco con sangre y pedazos de carne– sabes que…

- salúdame a Shion – interrumpió Aioros con una sonrisa cómplice, la cual Aioria respondió gustoso antes de salir de la cabaña tranquilamente.

- eres demasiado blando – hablo Camus tras escuchar un gran estruendo en el cielo, llamando la atención de Aioros, quien lo volteo a ver con una sonrisa torcida.

- aun es un niño – respondió Aioros congelando el ambiente con el tono de sus palabras – de hecho, ni siquiera debería estar pasando por este tipo de cosas – agrego borrando de su rostro aquella tétrica sonrisa.

- ya tiene doce años y es un prodigio – hablo Camus seriamente, clavando su mirada en Aioros – además, está pasando por estas cosas porque no fuiste capaz de dejar que su tiempo corriera y decidiste rogarle a Shion por su vida – continúo hablando mientras paseaba su mirada por la cabaña abandonada, memorizando cada uno de los detalles que lo rodeaban – en vez de lamentarte tanto, deberías estar orgulloso de su facilidad para asimilar tu sangre demoniaca.

- y lo estoy – interrumpió Aioros – pero…

- no puedes hacer nada para cambiar la situación que tu mismo iniciaste – lo corto Camus – debe seguir su entrenamiento y dentro de seis años deberá obtener su inmortalidad - continúo hablando el hombre – ya torciste una vez lo que estaba escrito en el libro de la muerte, no puedes volver a hacerlo.

- no quiero este tipo de vida para el – susurro Aioros sin dejar de observar el suelo de madera bañado en sangre.

- entonces lo hubieras dejado morir esa no… - no pudo continuar hablando debido al dolor causado por el puñetazo que Aioros le había asestado en el estómago.

- Camus – hablo Aioros con furia – sé que no lo ibas a decir con malas intenciones – continúo hablando mientras retorcía su puño en el estómago del hombre, quien a pesar de todo mantenía una máscara de frialdad en su rostro – pero si vuelves a hacer un comentario como ese, te matare.

- lo tendré en cuenta – respondió Camus tranquilamente tras soltar un suspiro a causa de la falta de oxigeno provocada por aquel potente golpe.

- gracias – dijo Aioros con una sonrisa tranquila grabada en el rostro y lentamente se levanto de su lugar – hay que apresurarnos, pronto amanecerá…

Año de 1950. Algún lugar en el Paraíso.

Las lágrimas salían de sus ojos una a una cual lluvia torrencial, resbalándose lentamente por el regordete rostro de la pequeña hasta caer limpiamente sobre el rugoso piso de mármol, mientras el nublado cielo sobre su cabeza reflejaba el brumoso estado en el que se encontraba su corazón, acompañando su dolor con débiles relampagueos que se mostraban como el preámbulo de una inevitable tempestad.

Su hermoso vestido de plata había perdido el brillo radiante que horas antes ostentaba, convirtiéndose en un fino retazo de tela sin chiste, las pequeñas flores azules que adornaban su rizada cabellera yacían marchitas y deshojadas, mientras la delicada trenza que sujetaba su cabello se mostraba desarreglada, dándole un aspecto descuidado a la pequeña, que sumado al lodo embarrado en sus blancas calcetas le hacia ver como una pequeña niña sin hogar; y a decir verdad, eso era.

Limpio sus ojos con la sucia manga del suéter blanco que llevaba puesto, dejando sobre su pálida piel restos del lodo sobre el cual había caído cuando había tomado la decisión de salir corriendo del hogar de su mentor, deteniéndose únicamente al darse cuenta de que se encontraba perdida frente a la entrada de un gran bosque.

Soltó un suspiro al sentir nuevamente la picazón en sus ojos y reprimió un suspiro al recordar lo mal que le había ido aquel día, que, según ella, debía haber sido mucho mejor…

Todo había comenzado a salir mal desde que su mentor le había informado que la mujer demonio que tanto admiraba, ya no volvería a ser admitida dentro de su hogar debido a la supuesta mala influencia que ocasionaba en la pequeña de risos escarlatas, seguido de eso, se le había notificado de la destrucción de cada una de las libélulas que adornaban el techo de su habitación y para finalizar, había escuchado con horror como el hermoso hombre de cabellera azulina, le había informado que sería trasladada otra habitación… Aquello ultimo no sonaba tan malo, después de todo le ofrecían la habitación más amplia dentro de la mansión, con vista a una gran fuente de aguas cristalinas y con un jardín techado plagado de diversas hierbas medicinales, sin embargo, todo rastro de consuelo se había borrado de su rostro, cuando su mentor le había informado que tendría prohibido salir de aquella habitación, alegando que incluso las audiencias mensuales se realizarían ahí dentro.

No odiaba a su mentor, de hecho, ella misma se había sorprendido de ver como el rostro de aquel hombre se había descompuesto en una imperceptible mueca de dolor tras escuchar como ella, en un impulso de coraje, le había gritado lo mucho que lo odiaba antes de salir corriendo de su despacho.

Odiaba estar encerrada, odiaba estar sola, odiaba que decidieran por ella y más que cualquier otra cosa, le dolía en lo más profundo de su corazón que apartaran de su lado a la única persona que no la veía como algo abominable.

Suspiro adolorida y con tranquilidad comenzó a caminar por el largo camino de mármol que se extendía hasta adentrarse al bosque, al cual había llegado cuando al encontrar abierta por casualidad la puerta principal, había decidido que no sería mala idea escabullirse para continuar corriendo lejos, deteniéndose únicamente al sentir como el aliento le escaseaba.

Continúo caminando a través de aquel estrecho camino que poco a poco se volvía más inclinado, a la par que la temperatura comenzaba a descender a tal grado que de su boca salía un delicado vaho, mientras su ligero suéter ya no era suficiente para mantenerla cálida, a pesar de eso, la pequeña continuo caminando por un par de minutos, deteniéndose únicamente al escuchar lo que parecían cientos de murmullos emanar de entre las entrecruzadas ramas de los árboles, notando por primera vez el tétrico aspecto de aquel bosque.

Dio media vuelta de manera abrupta en un intento de volver sus pasos y salir de aquel lugar, que poco a poco se llenaba de una densa bruma, a la par que los murmullos comenzaban a escucharse con mas claridad, descubriendo con horror que el camino que antes había recorrido había desaparecido completamente.

Exaltada volteo nuevamente hacia el frente, descubriendo que de igual manera, el camino hacia el frente había desaparecido, dejando tras de sí una densa mancha grisácea que se extendía, dejando ver únicamente las sombras de las torcidas ramas de los enormes arboles que la rodeaban.

Poco a poco las voces que habían iniciado como desordenados murmullos se fueron transformando en gritos sin sentido de entre los cuales se podían rescatar desde un simple "Ayuda" hasta una elaborada combinación de palabras, sin soportarle más aquella agobiante cantidad de palabras aleatorias la pequeña se puso en cuclillas, tapando con sus manos sus oídos, en un vano intento de acallar aquellos sonidos que poco a poco habían comenzado a martillear en su cabeza, arrancando sin piedad los pocos rastros de tranquilidad que poseía, dejando en su lugar a una temblorosa niña que dejaba escurrir por sus ojos una nueva cantidad de lagrimas mientras su rostro se comprimía formando una mueca de dolor…

No supo cuanto tiempo se mantuvo ahí, tampoco supo si en algún momento aquellas voces se habían vuelto mas fuertes y mucho menos supo si aquello iba a acabar pronto, tampoco creyó que alguien hubiera escuchado los desgarradores gritos que se escapaban de su garganta, de hecho, lo único que supo fue que justo cuando comenzaba a perder el conocimiento, un chico con un par de ojos verdes cual esmeraldas, la había tomado en brazos antes de comenzar a caminar lejos de aquel lugar, siempre dedicándole una sonrisa tranquila que lentamente le regreso la tranquilidad que horas antes había perdido…

Año de 1950. Hogar de Afrodita.

- encuéntrenla – fueron las palabras que grito el hombre tras asestar un fuerte golpe al escritorio de caoba que estaba frente a él.

- mi señor – hablo el hombre de larga cabellera rubia que se encontraba frente a el – hacemos todo lo que podemos, usted no se preocupe, mientras este en el paraíso nada malo podría… - dijo el hombre, deteniendo sus palabras instantáneamente al ver como aquel hombre de andrógina apariencia le dedicaba una gélida mirada.

- soy consciente de eso – hablo el hombre con rabia contenida.

- ¿Entonces por que se encuentra tan exaltado? – interrogo nuevamente el hombre, haciendo que el otro apartara su mirada de él.

- no es asunto tuyo – espeto el hombre, sin embargo, antes de poder decir algo más, una nueva oleada de dolor recorrió su cuerpo, desencadenando en el hombre una serie de temblores que alarmaron a los demás hombres que se encontraban dentro de aquella habitación.

- yo te puedo responder eso – se escucho hablar a la única mujer que se encontraba dentro de aquella habitación – es simple - y dicho esto, se acercó al hombre de larga cabellera azulada y una vez frente a él, lo derribo de un golpe para rápidamente montarse sobre sus caderas a la par que aprisionaba sus manos sobre su cabeza con su mano izquierda, y con un rápido movimiento, desgarro con las filosas uñas de su mano libre la blanca camisa que el hombre llevaba puesta, dejando ver como sobre su trabajado abdomen se extendía una gran cantidad de manchas purpuras.

- Señor Afrodita… usted… - hablo uno de los hombres con sorpresa.

- si – fue lo único que afirmo el hombre antes de dedicarle una mirada furiosa a la mujer que aún se mantenía sobre él con la mirada fija en las manchas – así que más les vale encontrarla.

Y tras una colectiva afirmación la habitación se vacío, dejando a solas a Afrodita y a la mujer que se mantenía sobre sus caderas.

- nunca imaginé que desarrollarías manchas purpuras – comenzó a hablar la mujer, mientras paseaba lentamente el dedo índice de su mano libre sobre el pecho de Afrodita, provocando que una serie de tortuosas corrientes eléctricas asaltaran el cuerpo del hombre – creí que los Ángeles solo podían quererse a sí mismos – dijo mientras bajaba poco a poco su dedo hasta comenzar a tocar el abdomen del hombre.

- tú mejor que nadie sabes que podemos sentir – comenzó a hablar el hombre con la voz quebrada al sentir como el dedo de la chica comenzaba a bordear sus caderas – pero por nuestro bien no podemos demostrar lo que sentimos – dijo cerrando los ojos al sentir como la mano de la mujer empezaba a colarse entre su pantalón – para con eso Albafica – ordeno el hombre al sentir como la mano de la chica se acercaba peligrosamente al elástico de su ropa interior.

- ¿Por qué? – pregunto la chica con una sonrisa, deteniendo el avance de su mano despues de colar dos dedos entre su ropa interior, sacándole así un profundo suspiro a Afrodita -se ve que te gusta - menciono fusionando sus gélidos ojos cobalto con la mirada aguamarina de Afrodita, mientras poco a poco bajaba su mano.

- porque si lo hacemos no estarás pensando en mi – hablo el hombre entre suspiros causando que la chica detuviera el descenso de su mano – además, si el se entera me matara.

- eso debería tenerte sin cuidado – dijo la chica metiendo completamente su mano al pantalón del hombre – te he visto haciéndolo bastantes chicas ¿Qué más da si lo haces conmigo también? – comento restándole importancia al asunto mientras acariciaba tortuosamente su miembro con las suaves yemas de sus dedos – además no creo que seas tan tonto como para decirle.

- ¿Qué mas da? – pregunto el hombre molesto mientras cerraba con fuerza los ojos en un intento de controlarse a si mismo y a su creciente erección – tu eres mi contraparte y a pesar de todo yo respeto a Shion – su voz se quebró en aquella última palabra al sentir como Albafica había decidido rodear su miembro con su mano.

- al demonio Shion – dijo Albafica sacando su mano de la ropa interior de Afrodita – el me dejo, tiro a la basura lo nuestro, no le importo.

- sabemos que no es así – afirmo Afrodita – tú le importas…

- ni siquiera me habla – alego apartándose de cuerpo de Afrodita.

- la maldición no lo deja – susurro el hombre mientras se levantaba lentamente.

- lo odio.

- ¿a la maldición o a él? – pregunto

- a ambos – afirmo la chica mientras cerraba con fuerza sus puños.

- no creo que lo odies a el – afirmo el hombre – de lo contrario, no intentarías llamar su atención tan desesperadamente como lo haces – agrego el hombre – agradecida deberías estar de que es el Ángel más poderoso que hay en el paraíso y todos temen acercarse a ti – dijo soltando un suspiro cansado – o de lo contrario tendrías en tu conciencia el cargo de muchas almas incluida la tuya.

- no creo que a Shion le importe si llego a acostarme con alguien - suspiro Albafica con melancolía.

- no estés tan segura – suspiro Afrodita.