Capítulo 2
Cuando ella se acercó a él, el invierno estaba comenzando. Pero se sentía como otoño.
Draco llevaba dos días en la enfermería. No podía levantarse más que para ir al baño, eso si el cuerpo no le dolía. No estaba acostumbrado, pero si era positivo podía compararlo a un entrenamiento de Quidditch o a una caída de su escoba.
Habían sido cinco, en Hogsmeade.
Draco no salía del castillo a menos que lo necesitara y ese día lo había necesitado; pero nunca imaginó que aquello que en Hogwarts no eran más que miradas hostiles y palabras amargas se convertirían en golpes sin regla. Ni siquiera magia.
Draco no había hecho nada. Sentía que de alguna forma merecía aquellos golpes.
Pero se había traducido en contusiones, moretones, dos costillas rotas e hipotermia. Había perdido el conocimiento en medio de la paliza, por lo que cuando despertó ya estaba en la enfermería, con un hechizo calefactor y una poción que no sabía nada bien. Le suplicó, como nunca lo había hecho antes, a la enfermera Pomfrey para que no escribiera a su madre. Y sorprendentemente para él, ella había accedido sin miramiento alguno. Le tenía pena, él sabía. Y si hubiese hecho acopio de su orgullo hubiese reaccionado con rabia. Pero Draco no tenía orgullo ya. No recordaba haberlo tenido, desde sexto año.
Astoria Greengrass lo fue a ver ese día.
Le sorprendió un poco el tenerla en la silla de visitas, con un libro abierto y una expresión de curiosidad genuina. Posiblemente con un montón de preguntas para él. No se conocían mucho, pero hablaban lo suficiente desde aquel paseo como para hacerse una idea de su personalidad. Y Astoria Greengrass tenía un hambre de conocimiento equivalente a Theodore Nott. Quizás más. Quizás comparable a un Ravenclaw, o a Granger.
–No voy a preguntar cómo te hiciste esto –dijo ella. Draco no esperaba que preguntara, de todas formas. Más temprano que tarde había comprendido lo sumiso que Draco era ante las pullas. Quizás no terminaba de comprender hasta donde iba su culpa, pero como él la conocía un poco ella también le conocía un poco a él. Ella se sentó como una dama, espalda recta a la silla. –Pero te has excedido–
–No intentaba matarme, si eso te estabas preguntando –intervino él, antes de que se hiciera una idea equivocada. Draco era un sobreviviente por naturaleza. Y aún no se odiaba lo suficiente como para querer suicidarse. Si no lo había hecho cuando aquel demonio había vivido en su casa, menos lo haría en estos momentos.
–No lo creí. Pero los golpes… Malfoy, te vez terrible –Se encogió de hombros. Había evitado el espejo, por sanidad mental. No se habría sentido bien consigo mismo si hubiese visto el estado de su cara. Pero al ver la cara de Greengrass, se lo planteó.
–No me digas –ironizó. Y Greengrass se encogió de hombros, abrió el libro que traía en la mano y comenzó a leer en voz alta.
Y siguió, durante casi cuatro horas.
Afuera, las últimas hojas del sauce boxeador terminaron en el suelo. Y el viento terminó por levantarse y dominarlo todo, junto a las primeras gotas de agua. Draco pudo ver, mientras Astoria leía, como el primer trueno sacudió el castillo y la fuerza de la naturaleza tomaba control. Y supo que, como la tormenta, algo comenzaba a cambiar en su vida.
Los siguientes dos días ella hizo exactamente lo mismo, a la misma hora y durante el mismo periodo de tiempo. Junto con el clima. No hablaban más que para comentar un capítulo en el especial, o cuando Madam Pomfrey aparecía con su medicación. Y cuando no leían, se dedicaban a mirar al exterior y a admirar las gotas que caían, el viento que corría.
Incluso cuando Draco salió de alta, ella siguió yendo a visitarle. Incluso le visitó una vez, en Gloucestershire, el hogar de su madre.
Pansy nunca apareció, en esos cuatro días. Y mucho menos después.
