In fraganti
Edward no se atrevió a darse vuelta. La espada de ella presionaba firmemente contra su garganta. Al lado de él, Emmett abrió la boca sorprendido, tropezó y cayó cuando quiso mirarla. Si Edward no hubiese estado furioso con él mismo por haber bajado la guardia, se habría reído con la escena.
-Muchachos, ¿no están un poco grandecitos para andar espiando doncellas bañándose? –se burló- Esperaba encontrar a jóvenes imberbes aquí, no hombres adultos.
La muchacha debió de dar la vuelta alrededor de la base de la colina, y subió por detrás. La humillación hizo arder las orejas de Edward, y para empeorar las cosas Emmett, en vez de venir en su ayuda, estaba apoyado sobre sus codos con una expresión perpleja que comunicaba al mundo que la morena era aún mas bella de cerca. Se preguntó si ella sería aún más bonita.
-Ustedes no son de aquí,- adivinó.- ¿Qué están haciendo en estas tierras?
Edward se negó a responder. No le debía a la mujer ninguna explicación. "Estas tierras" pronto le pertenecerían.
Pero Emmett, el traidor, estaba encantado por la mujer y respondió.
-No teníamos intención de ofender o molestar, mi lady,- dijo cuando se recobró de su estado de shock -Se lo aseguro.-sonrió, haciendo que sus ojos color negros bailasen de una manera que nunca fallaba para seducir a las muchachas. -Verá, somos amigos de Seth, el juglar.
Mientras Emmett la mantenía entretenida, Edward ganó ventaja con su distracción para deslizar su mano lentamente por el costado de su cuerpo y luego a lo largo de su pantorrilla. ¿Podría sacar la daga de su bota?
Emmett levantó sus cejas en fingida inocencia y siguió hablando.
-Nos dijeron que él había pasado por aquí. Sólo queríamos encontrarnos con él. No teníamos intención de entrar como intrusos en sus tierras.
La espada súbitamente se hundió en la carne del cuello de Edward, en violento contraste con la voz melodiosa de la mujer.
-Espero que te esté picando la pierna y no que estés tratando de sacar algo de la bota.
El apretó los puños. ¡Maldición! él era un guerrero, el comandante de un grupo de caballeros. ¡Ser amenazado a punta de espada por una doncella! ¡Por Dios!, era humillante.
-¿Qué quieres?- gruñó él.
-¿Qué quiero? Hmmn, ¿Qué quiero?- bajó la espada y golpeó el muslo de Edward con ella. Pero antes de que él pudiera reaccionar, ella la movió rápidamente de vuelta a su garganta. -Tu ropa interior.- dijo con una sonrisa encantadora.
Emmett ahogó su risa.
Ella sonrió suavemente en respuesta.
-Las tuyas también.
La sonrisa de Emmett se congeló en su cara.
-¿Yo? ¿Quiere que yo me quite mis...? ¿...la ropa interior?
-Si
La ira crecía en Edward.
-¡Idiota!- le dijo a Emmett, quien realmente parecía estar disfrutando la escena. - Coge tu espada. ¡Maldición!, ella es sólo una mujer, una nena. ¿Te vas a quedar ahí tirado como un...?
Emmett se rió.
-Ella ya no es una nena, se lo aseguro, ¿Verdad, muchacha? Además, si la señorita quiere mi ropa, estaré encantado obedecer - Emmett se puso de pie, dejó caer su cinturón, se quitó sus botas, y empezó a aflojar los cordones de sus pantalones.
-Después de todo, es justo. Yo la espíe mientras estaba desnuda.
El entusiasmo de Emmett mientras se sacaba los pantalones y la ropa interior sólo aumentó la furia de Edward. Para su sorpresa, cuando finalmente Emmett se mostraba valientemente ante ella, su miembro erecto estiraba la túnica larga como una carpa, la mujer permaneció indiferente a su exhibición de masculinidad.
Con la mano libre, ella recogió el cinturón y lo lanzó por la colina.
-Ahora vos- dijo, clavándole a Edward la punta de su espada.
Edward se negaba a ello. Emmett podía seguir con ese juego, sonriendo como un idiota sólo cubierto por su túnica, pero Edward estaba decido a no concederle nada a una mujer.
-No- dijo.
-Vamos,- lo apuró. -Es un pago justo por estar espiando.
-No es un crimen espiar aquello que se exhibe tan obscenamente- le reprendió.
Ella ya había herido su orgullo de caballero. Y no iba a permitirle ganar la lucha de voluntades también.
La voz de ella adquirió un tono duro.
-Quítate la ropa. ¡Ya!
-No
A pesar que la espada nunca se movió de su cuello, la mujer caminó detrás de él, inclinándose para susurrarle en el oído.
-Eres peligrosamente arrogante.- Su cálido aliento le produjo un escalofrío que le recorrió el cuerpo, y la esencia de su piel recién lavada era una distracción peligrosa. Pero se negó a admitirlo.
Con el silencio de él, ella se dio vuelta para enfrentarlo cara a cara, se agachó para estar directamente en su línea de visión. Edward no tenía otra opción más que mirarla. Lo que vio hizo que su corazón se acelerase y que su boca se secase.
Gracias a Dios, ella ya no estaba desnuda, si fuera así, la lujuria habría aplastado toda su voluntad. Aún así, su furia se derritió instantáneamente, y era difícil para él formar ideas, y mucho menos emitir palabras.
Era hermosa como una mañana de verano. Su cabello, se secaba formando suaves ondas, parecía pintada con la luz del sol, y sus ojos chocolate brillaban como los diamantes. Su piel era clara, parecía que sería tibia y suave al tacto, y sus labios eran carnosos y rosados. Edward deseó ponerlos mas rosas con besos.
Él bajó sus ojos hasta el dulce hueco entre sus pechos. El martillo de Thor hecho en plata colgaba de una cadena ahí, un brusco contraste con su delicada piel.
Su voz era suave ahora.
-¿Realmente esto vale tu vida?- Había curiosidad en sus ojos, como si no pudiese creer que él se negaba a obedecer sus demandas.
El tragó con dificultad. Si ella había planeado desarmarlo con su belleza, era una buena idea. Y funcionó hasta cierto punto. Pero mientras el continuaba mirando su hermosa y femenina cara, se dio cuenta de una verdad. A pesar de toda su bravura y palabras duras, ella era una mujer. Y el corazón de una mujer siempre era tierno y compasivo.
La espada amenazando su garganta no era mas que una travesura. Ella nunca la usaría para lastimarlo. No era más peligrosa que un gatito.
-No me lastimarás- dijo, desafiando su mirada.
Ella frunció el ceño.
-No serías el primero.
Edward no le creyó por un instante.
Emmett, preocupado por el serio intercambio de palabras, interrumpió con una sonrisa.
-Paz, amigos. No necesitamos que esto se convierta en un asunto tan grave. Vamos, quítate la ropa como un buen muchacho, Sir Edward.
Con sus palabras, una alarma recorrió los rasgos de la doncella como un rayo, desapareciendo otra vez tan rápido que Edward se preguntó si se lo había imaginado.
Ella se puso de pie entonces, y se puso frente a él como un conquistador. Emmett tenía razón .Ella no era una nena, ni siquiera una muchachita con semejante altura. Y su voz era tan tajante e impresionante como su altura.
-Su ropa, sir ¡Ahora!
Edward entrecerró los ojos ante su cadera, que estaban rodeadas por un pesado cinturón de caballero que servía para sostener la espada, el cinturón iba por encima de una femenina falda azul.
-No- desafío.
Un largo silencio creció entre ellos, como la calma después de la tormenta.
Y entonces un rayó estalló. Fue tan inesperado y tan rápido que al principio Edward no lo sintió.
-¡Santa Madre de Dios! – murmuró, su amigo, asustado.
Algo ardía en su pecho. Era imposible. Impensable.
Atónito, llevó sus dedos al lugar. Volvieron ensangrentados.
La muchacha lo había herido. La muchacha de cara dulce, de voz suave, y de ojos chocolate le había herido.
Antes que el pudiera recobrarse para lanzar un contraataque, ella llevó la espada de vuelta a su garganta, y él solo pudo agacharse doblado en dos como un animal herido mientras la sangre del corte superficial se escurría por la túnica rasgada.
Se había equivocado respecto a ella. Estaba completamente equivocado. Ningún remordimiento suavizó su mirada tranquila. Nada de piedad. Nada de clemencia. Podría matarlo sin pestañear.
Nunca había visto tanta fuerza de voluntad en una mujer. Y sólo en los más despiadados guerreros había visto ese tipo de fría determinación. Lo impresionaba y lo enfurecía. Doblado en dos, desamparado, mirándola fijamente con ira silenciosa, no podía decidir qué sentía por ella, admiración u odio.
-¡Madre de Dios! – dijo, Emmett, balbuceando a la mujer,- ¿Sabes lo que has hecho?
Su mirada nunca se desvió.
-Le di una advertencia previa.
-Oh, mi lady,- dijo, Emmett, sacudiendo su cabeza, -ha provocado al oso.
-Es sólo un rasguño- le dijo Bella, entrecerrando sus ojos hacia Edward- Para recordarle quien tiene la espada aquí.
-Pero, mi lady -presionó- ¿Sabe quién es él?
-Déjala,- interrumpió, Edward, sin dejar de mirarla y permitiéndose una sonrisa maliciosa, agregó - Haré lo que mi lady quiere.
Por ahora, pensó. Pero en unos pocos días, no, mañana, él reclamaría Swan como propio. Ya había elegido su novia. Se casaría con la tercera hermana, la pequeña, delicada y la dócil, la que parecía incapaz de matar una mosca. En cuanto a esa muchacha, la encerraría por su impertinencia.
No podía esperar para verla cuando él le informase que ella pasaría un mes en el calabozo de Swan.
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El corazón de Isabella latía ferozmente, y deseaba que sus huesos no temblasen. El más leve temblor en su mirada podía resultar mortal. Había llegado a tal extremo, y ahora, sabiendo a quien se enfrentaba, ella no se atrevía a retroceder, menos aún ante un normando que presumía que ella era el tipo de mujer que él podía intimidar.
Aún así, ella deseó haber lidiado su desafío de un modo más diplomático. Respondiendo con semejante golpe no era digno de ella; ese tipo de reacción violenta era más propia de Rosalie. Le avergonzaba admitir que había actuado de manera irrazonable. Pero al oír el nombre de Edward refiriéndose al hombre que ella había creído que era un inofensivo y travieso muchacho fue un gran shock. Y soportar el escrutinio de esos verdes ojos ardientes, tan temerarios, tan insolentes, tan atrevidos la había perturbado completamente. Bajo semejante presión, lo había herido.
Había esperado terminar con el asunto de los espías rápida y fácilmente. Con la primera impresión, había adivinado que el sonriente caballero de cabellos oscuros era inofensivo, por eso había apuntado su espada al otro, el que le había parecido más peligroso. Pero había subestimado su peligrosidad. Y aunque ella preferiría morir antes que admitirlo, cuando finalmente pudo ver la cara de Edward, se había estremecido por el hecho que el fuera el hombre mas guapo que jamás hubiese visto. Había esperado que el normando que vendría como administrador fuera mucho mas... feo. Y mucho menos joven, y menos magnifico.
Aún ahora, era difícil mirarlo, sin notar el tono verde de sus ojos, su cabello cobrizo brillante, el fuerte ángulo de su mentón, su boca curvada que parecía llamarla, tentarla, invitarla a...
Volvió a mirar sus ojos. ¡Por Dios!, ¿Qué estaba pensando? No importaba que él fuese guapo. El era su enemigo. Era el bastardo normando que había venido a ocupar su castillo y sus tierras. Se estremeció al recordar que había venido a tomar parte de sus tierras.
¿Se había dado cuenta de su distracción?¿De la vacilación de su determinación?
Una luz sutil alteró su mirada. Podía ser diversión. O satisfacción. Ningún buen presagio.
Bella se enderezó y se tensó mientras el se quitaba sus botas, desabrochó su cinturón, y comenzó a tironear sus pantalones, con deliberada tranquilidad.
¡Maldición!, sus manos sudaban. La espada estaba resbaladiza. Si no era cuidadosa, podría caérsele.
-Apúrate,- murmuró.
Su mirada bajó con insolencia mientras se terminaba de quitar los pantalones.
-Paciencia, mi lady- murmuró.
Deseó golpearlo otra vez, pero ahogó ese impulso. Él no debía descubrir como la provocaba o ella nunca lograría doblegarlo. Nunca.
Aún, contra su voluntad, su mirada permanecía fija donde sus dedos diestramente aflojaban los cordones de su ropa interior. Sus nudillos mostraban cicatrices propias de un guerrero, pero sus manos se movían con una gracia y habilidad que hizo que sus rodillas se debilitaran.
Entonces, sin ceremonia y antes que ella pudiera recobrarse, él se bajó la última prenda.
Se ahogó. Era como si no hubiese visto cientos de hombres desnudos antes. Habiendo pasado la mitad de su vida entre hombres, verlos sin ropa había sido inevitable. Pero la mirada que ella le lanzó a sus partes íntimas, expuestas por un breve momento, parecía decir lo contrario. Pues él parecía estar muy bien dotado. Era evidente que él no estaba ni conmovido, ni excitado con su belleza, como a otros hombres invariablemente les ocurría.
Lo que significaba que ella tenía un arma menos en su arsenal.
¡Maldición!
Sus ojos chispearon peligrosamente.
-¿Y ahora qué? preguntó suavemente. -¿Te gustaría ver si te cabe?
Si él quería insultarla, había fallado. Desde el primer minuto en que Isabella había levantado su primera espada y usado su primera cota de malla, había sufrido la ridiculización por parte de hombres y mujeres. Se había ido acostumbrando con los años de insultos, a lo que ella había aprendido a responder, al principio con la espada y más tarde con la indiferencia.
Se estiró para coger y acercar el cinturón de Edward.
-Tenga, mi lady,- dijo su compañero, arrojando sus pantalones y su ropa interior al suelo a los pies de ella. -Perdone a mi amigo. Es lento mentalmente y demasiado rápido con la lengua. Nos ha quitado nuestras armas. Tiene nuestra ropa interior. Usted ha ganado. Le ruego, nos deje irnos en paz.
A pesar que ella realmente había ganado, los había superado a ambos, y estaba ejerciendo su venganza al condenarlos a una tarde humillante, caminado por el campo con nada para cubrirse mas que sus túnicas, Isabella no podía sobreponerse a la idea de que de alguna manera estaba siendo rehén de la situación.
El normando aún la miraba con ojos penetrantes, y no importaba que ella lo estuviese amenazando a punta de espada. No importaba que el estuviera desnudo debajo de su túnica. Tampoco importaba que él estuviera marcado por el filo de su espada. Había una mirada de victoria en Edward, y ella sabía que nunca había enfrentado a un enemigo más formidable.
¡Por Dios!, ¿Que pasaría cuando descubriese quien era ella? ¿Qué sería de Swan cuando ese bruto viniera a reclamar su lugar en el gran castillo? ¿Y que sería de ella cuando viniera a reclamar su lugar en su cama?
Rápidamente, antes que un temblor pudiera traicionarla, ella tomó la ropa interior de Edward y de su compañero con su mano libre, poniéndolas luego sobre su hombro. Entonces saludó a los hombres con un breve cabeceo y se apresuró a salir de allí.
Estaba alejándose cuando Edward la llamó.
-Te olvidaste de algo, damita
Siempre en guardia, ella giró con su espada lista para atacar. Demasiado tarde. Algo pasó silbando cerca de su oreja y se alojó en el tronco del árbol al lado de ella. La daga de su bota.
Se sobresaltó. La daga no le había acertado por unos pocos centímetros. Pero cuando ella fijó sus ojos en Edward, parado allí en abierto desafío, supo en un segundo que él había tenido la intención de errar. Lo cual era aún más amenazador.
Su mensaje era claro. Él podía haberla matado. Simplemente eligió no hacerlo.
Con sus fosas nasales abiertas y alertas, envainó su espada y se alejó con toda la calma que pudo fingir, silenciosamente maldiciendo al normando todo el trayecto de vuelta a su casa.
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-¡Maldición! ¿Qué nos pasó?- demandó Emmett cuando la muchacha hubo desaparecido.
Edward aún hervía por la traición de Emmett.
-Hemos perdido nuestra ropa interior, y en parte gracias a vos.
-¿Nuestra ropa interior? Edward, has perdido la cabeza.- Emmett bajó con tropezones por la colina hasta el lugar donde estaban sus armas.- Sabes, si vos querías elegir una novia por proceso de eliminación, podrías habérmelo dicho. No era necesario matarla. Yo estaría encantado de tomar a una de ellas.
Edward fue tras él.
-No iba a matarla.
-¿No?- Emmett maldijo mientras pisaba algo pinchudo con el pie descalzo.
-No- Edward entrecerró sus ojos -Tengo algo mucho peor planeado para esa.
-No bromees - dijo, saltando en un pie -¿Te vas a casar con ella?
-Ahora vos perdiste la cabeza -Edward no podía negar que la idea de acostarse con la muchacha era diabólicamente tentadora. La belleza de ella lo había excitado, a pesar de su determinación de no demostrarlo. Pero había algo más. La mayoría de las muchachas lo hacía sentirse superior, fuerte e inteligente. Esta desafiaba su dominio. Por primera vez en su vida, se había sentido de igual a igual con una mujer, físicamente y mentalmente, y la idea de yacer a su lado lo excitaba.
Pero en un instante, con el cruel ataque de su espada, ella había mostrado la fría naturaleza de su corazón.
-No,- le dijo a Emmett amargamente. -Voy a encadenarla. Quebraré su espíritu. Le enseñare lo que es obediencia.
-Ah si, como dije, vos vais a casarte con ella.
-Voy a casarme con las tranquila y dócil - declaró, aunque la idea le trajo poca alegría.- Sin dudas ella probará ser una esposa devota, agradecida, abnegada, obediente, feliz de complacer mis pedidos. Y la más frágil de las tres no parece capaz de levantar una espada, y mucho menos de atacarme con una.
Me encanta esta Bella. Se casará Edward con Alice¿? Me encanta el momento Emmett..Jejeje. En el prox. Cap. Más.
quiero dar las gracias a: Pope, "V", Belewyn, Yu, Paolita, Ecaza, Kiria hathaway Swan, nomigo y Mada... por sus comentarios, algunas ya nos conocemos, jejeje, y las nuevas bienvenidas... les sigo animando a comentar y a dar ideas... jejeje. la historia siempre puede ir variando con una pincelada de sus cabezitas...jejeje.
Gracias por sus favoritos y alertas, para mi es un voto de confianza, y espero no defraudar...
y sin más..Nos leemos guapas. bsotes
