Hola gente. Traigo velozmente la segunda entrega de Viva el Amor. Agradezco taaanto sus reviews, realmente son motivantes para continuar con esto. Esta historia traerá muchas sorpresas, más personajes, dramas e historia. Espero que disfruten cada capitulo y los tenga al filo del asiento. Advierto que esta historia tiene cosas un poco más intensas, en este capitulo notarán un poco más por donde va el asunto pues hay un leve hard pero un poco diferente a lo que acostumbro hacer. Disfruten el cap!


Los días se resumían en una serie de actividades con ningún propósito en específico. Posiblemente la limpieza del hogar y los cuidados de su compañero de piso eran las únicas cosas en las que el chico de cabello de fuego se sentía 'útil' pero fuera de ello no había más. Miraba la ventana a medio abrir vislumbrando el nuevo día, pensando si esa es la vida que llevaría siempre, enclaustrado por miedo a ser descubierto, a que otros supieran que vive aún uno de los criminales más buscados.

Akashi Seijuuro, sin su dinero y poder, había quedado indefenso pero también había expiado y alejado la culpa, enmendado el mal de haber sido parte de ese proyecto que arruinó la vida de esos jóvenes que, en su pasado oscuro, fueron llevados a la fuerza hacia los caminos de la ilegalidad. Y en aquel entonces, hace cuatro años, desaparecer y fingir nunca haber existido parecía la mejor elección pero ahora viéndose recluido dentro de esas cuatro paredes ¿Realmente era la mejor elección? Aun si sus huellas fueron borradas las personas no olvidan.

—Akachiin…—dijo en tono cantado el pelimorado entrando al departamento con una bolsa con pastelillos. El más bajo relajó la mirada, por ese olor dulzón de las tardes y los abrazos de su pareja valía mucho la pena no existir, haber desaparecido del mundo.

—Bienvenido. —susurró a su oído cuando este se inclinó para abrazarlo.

—Traje algunos pasteles. He tenido mucho trabajo, parece que hay muchas bodas —Akashi escuchaba siempre atento a las cosas que Murasakibara decía, después de todo, aparte de eso o el televisor pequeño que tenían instalado en la sala, no se enteraba de muchas cosas del mundo exterior.

—Es la época del año en que todos se quieren casar ¿No? —mientras Murasakibara abría la caja de los pastelillos de color purpura un silencio invadió el ambiente.

Para ellos pensar en el futuro y las cosas que podrían hacer juntos parecía no ser relevante y eso estuvo bien durante los primeros años pero ahora parecía como un trago amargo que raspaba la garganta el hablar de la felicidad de otros, de como hacían sus vidas, se casaban y viajaban, planeaban adoptar hijos o inclusive tener mascotas. Para ellos cosas así no eran posibles. Cuando veía a Murasakibara diseñar los pastelillos de bodas parecía tan concentrado y emocionado al respecto, aquello era sorprendente por que el pelimorado parecía tan desconectado del tema del matrimonio y sin embargo, cuando hablaba de las bodas a las que asistía para dejar los pedidos, hablaba con esmero de los detalles del salón, de la gente y sus trajes elegantes y de la pareja en cuestión. Sus risas, sus palabras y el cómo etiquetaban a ese como "el mejor día de sus vidas".

¿Ellos tendrían algo a lo que pudieran llamar "el mejor día de sus vidas"?

No es que vivir y amar a Murasakibara fuera malo, en absoluto, siempre encontraba como hacerlo feliz pero no había planes a nada, no había algo que pudiera sorprenderlo o hacerlo temblar en la espera, en la expectativa, no había cosas nuevas ni pasos agigantados que dar y la culpa era de sí mismo por ser lo que era, por nacer donde no debía nacer.

—Voy a cocinar algo…—espetó Murasakibara sin más. Akashi se quedó con las manos pegadas en la mesa con la vista perdida hacia los pastelillos. Conocía tan bien al pelimorado, sabía que cocinar era una forma en que liberaba su frustración y coraje, una forma de huir de la realidad. Cuando emanó un sutil suspiro escuchó el andar de alguien en la cercanía.

—Huelo algo dulce y melancolía. —dijo Himuro sosteniéndose de la pared mientras sonreía apacible —pésima combinación. Bienvenido a casa, Atsushi —el pelinegro llegó rompiendo la tensión del ambiente y tomando asiento con un poco de la ayuda del pelirrojo.

—Muro-chin ¿Quieres pastelillos?—le ofreció.

—Claro, gracias —servido y dando la primer mordida a un pequeño trozo que tomó sin mucha dificultad sonrió por lo bajo. —tiene un gran sabor Atsushi aunque creo que algo te preocupa…

—Siempre me sorprende Muro-chin diciendo esas cosas —Akashi no hizo mayor comentario mientras los chicos conversaban.

—Es tal vez uno de mis sentidos desarrollados…llámame loco pero puedo saber si algo te pasa con el sabor de tu comida…aunque es mucho mejor que en otras ocasiones. Seguro lo hiciste pensando en Seiijuro ¿No es así?— la pareja se miró por unos cuantos segundos, suficientes para ver a Murasakibara sonreír un poco.

—Tienes razón, Muro-chin…—y así, como en muchas ocasiones la tranquilidad retornaba al corazón de ambos.

—Por eso tiene tan buen sabor…solo concéntrate en ello y lo que te molesta se irá —comentó para seguir comiendo tranquilo mientras Murasakibara atrapaba el consejo de su amigo y entrelazaba los dedos del pelirrojo.

No debía desenfocar su atención en otra cosa que no fuese él, en hacerlo feliz y robarle una sonrisa como lo hacía ahora. Debía seguir así por él, por ambos y vivir entendiendo que su amor era más fuerte que los obstáculos pero…

¿Cuánto tiempo resistirían vivir así?


El pelinegro trotaba por los pasillos de aquella institución bastante colorida y llena de dibujos en las paredes. Podía escuchar en los salones canticos y travesuras de los niños de diversos grupos pero poco importó aquello, no podía concentrarse o pensar en esas nimiedades después de la llamada que recibió hacia escasos treinta minutos. Con una velocidad única se puso algo de ropa decente y emprendió camino al Kinder donde su pequeño estudiaba. Llegó con una mujer que atenta a su computador hacia anotaciones. El pelinegro tomó aire después de la agitada carrera y preguntó.

—¿La oficina de la directora…? —cuestionó entrecortadamente. La mujer alzó la vista, una ceja de igual forma de manera juzgadora y espetó.

—Señor Takao ¿Eh? La directora está esperándole —señaló a la puerta mientras Takao entró a la oficina de la misma mirando a la mujer en cuestión. Ella tenía un porte terrorífico, cabello blanquecino y unos ojos profundos por los cuales podía asegurar que más de uno le llamaba "bruja". Frente a ella un niño sentado y cabizbajo esperaba silencioso.

—Señor Takao Kazunari…si no me equivoco —dijo mirando a Takao—tome asiento por favor.

—¿Qué ha sucedido?...—preguntó preocupado, la mujer le hizo mohín para que le permitiera hablar.

—Primero que nada me sorprende verlo…comúnmente quien viene a las reuniones es su…—cortó la frase esperando respuesta.

—Mi marido, si…—la mujer asintió sin mucha emoción.

—El señor Midorima …—Takao asintió y miró de reojo a su pequeño quien tenía algunos raspones en las rodillas y una cara de querer romperse en llanto en cualquier instante.

—Él no pudo venir, está trabajando en la fundación —comentó.

—Ya veo…bueno, le solicité venir porque su hijo ocasionó un conflicto—Takao abrió los ojos sorprendido—se peleó con uno de sus compañeritos en plena clase. Debido a esto me veo en la pena de suspender temporalmente a Kazuto.

—Pero …¿Por qué has hecho eso, Kazu-chan? —el niño apretó los labios sin responder a su padre.

—Le recomiendo que hablen con él y le hagan entender su error—espetó la directora mientras anotaba en un documento la causa de la suspensión y la firmaba —unos días alejado de la escuela le ayudará a reflexionar.

—Lo entiendo y disculpe las molestias, directora…yo hablaré con él. —tras firmar la notificación de la suspensión se puso de pie con el niño de al lado. Antes de salir de una oficina las palabras de la mujer le detuvieron.

—Una cosa más señor Takao…—la directoria seguía haciendo anotaciones y otras labores mientras hablaba —le recomiendo que a las reuniones siga dirigiéndose el señor Midorima o de venir usted omita el hecho de que ambos son padres del niño….—hizo una pausa alzando la vista —puede que a los padres no sean tan 'abiertos de mente'.

Takao contuvo un suspiro de frustración, no era la primera vez que pasaba por algo de esa índole pero para nada quería que su pequeño se viese afectado por aquella clase de cosas. Simplemente se limitó a asentir y obedecer la sugerencia y petición de la directora sin muchos ánimos. La discriminación es algo que no quería que Kazuto experimentara o conociera por lo que podría mentir sutilmente para que el niño tuviese una vida no muy diferente al resto de los niños.

O al menos así esperaba que fuese.

—Kazuto…—dijo tras subir a la camioneta, el niño a su lado tenia los puños apretados y un puchero en el rostro—Kazuto ¿Por qué te has peleado?

—…—el niño no dijo nada, se quedó en silencio sin responder tal pregunta.

—Es la primera vez que haces algo así y es incorrecto…—decía el pelinegro mientras echaba a andar el vehículo—escucha …si no me dices la causa no puedo ayudarte…

—Yo no he empezado…—fue todo lo que dijo a su favor. Takao suspiró cansado ¿Cómo le explicaría a Midorima que su pequeño era un pleitista?

—¿Quién empezó entonces? ¿Por qué?—el niño se negó moviendo la cabeza de un lado a otro. Se sentía incapacitado para delatar a los culpables ¿Cuestión de honor? Quería arreglar las cosas por su cuenta sin que sus padres lo defendieran y en ello se parecía mucho a Takao.

Por eso mismo, porque lo conocía y se conocía decidió dejar de insistir, ya el niño hablaría por su cuenta.

Aunque Midorima era otra historia. Tan pronto llegó esa tarde Takao le contó lo poco que sabía del asunto y que el pequeño había estado desde entonces encerrado en su habitación. Le comentó casi todo, omitiendo el detalle de la directora y su petición pues en ese momento no le pareció tan importante de abordar, ahora lo importante es que su pequeño estuviese bien y dijera que ocurría para cambiar un poco esa conducta desplayada de él.

—Tampoco ha querido hablar conmigo…—dijo Midorima acomodándose las gafas mientras llegaba a la sala donde Takao esperaba que su pareja pudiese descubrir el porqué de la actitud agresiva del chico. Se sorprendió al saber que no había funcionado, comúnmente su miedo a Midorima le hacía hablar pero ahora debía ser algo verdaderamente fuerte para no decir nada.

—¿Qué deberíamos hacer, Shin-chan? Me da miedo que entre a la edad de la punzada si es tan pequeño? —el peliverde se sentó a su lado, Takao se aproximó recostándose en su hombro mientras sentía las caricias leves que Midorima daba a su espalda.—Tal vez quiera hablar con Haizaki.

—Por ahora dejemos el asunto así…iré a hablar con la directora de igual forma —dijo con seriedad, con algo de molestia. No le hacía nada de gracia que su hijo se pelease, fuesen las causas que fueran pero, de la manera más sutil que encontró, le otorgó un ultimátum para que aquello no se fuese a repetir. Kazuto había asentido con un puchero en el rostro y se había echado las cobijas encima furioso.

Las cosas no están bien cuando un niño llora en silencio.


El azabache andaba por el centro comercial eligiendo algo de comida de una lista a medio elaborar. La mayoría de las cosas las conocía y sabía de memoria. Después de tantos años viviendo esa curiosa vida de casado todo era más repetitivo cada día. Tomó la misma lata de verduras, aquella que duraba más tiempo en la alacena y pasillos más adelante tomó del mejor café, ese que el otro adoraba y alababa tras el primer sorbo. Esos pequeños detalles, aun cuando no lo admitiera, le hacían sentir en calma, sentir que ser parte de su vida valía la pena.

Hanamiya alzó la vista tras tomar una bolsa de azúcar y sonrió ladino al escuchar el andar y la presencia conocida de alguien.

—Tenía muchos ayeres sin escuchar ese andar…—comentó sin girar la vista.

—Hay cosas que no se olvidan… —Hanamiya rió bajando la vista mientras apretaba la bolsa de azúcar sutilmente.

—Hay cosas que quisiera olvidar…—sus ojos brillaron un poco, el hombre detrás de él chistó.

—¿Te has vuelto sentimentalista, Makoto? —el azabache lo digirió un momento.

¿Así era? ¿Se había vuelto un hombre sentimental? Más bien los golpes, las caídas y el dolor habían afligido y hecho de su alma algo más humano, algo con mayor variedad de emociones. Perder a su hija no es fácil, ver caer su matrimonio y esforzarse para reconstruirlo tampoco. Si, tal vez detrás de esa puerta Hanamiya era sentimental pero nadie podía ver a través de esa puerta excepto Teppei y aquel hombre.

—¿A que debo tu aparición? —una risa irritante se escuchó.

—Solo vengo como advertencia…cuídate las espaldas Hanamiya… los están cazando a todos como bestias que escaparon del zoológico. ¿Lo recuerdas? Así los llamaba él —Hanamiya abrió los ojos tras recordar esa frase tan hiriente y despectiva, solo una clase de hombre podría decir esa clase de cosas sin hacer una mueca de comedia ni insatisfacción, simplemente mantener un porte serio y sin remordimiento.

—¿Por qué lo hace? —el otro no respondió, Hanamiya seguía sin verlo —¿Por qué nos quiere a nosotros?

—¿Negocios?¿Placer?¿Está muy aburrido y no le quedan más vidas en su juego del móvil? No lo sé, usa tu cabeza Hanamiya….—el azabache curvó una risa lentamente, una que se incrementó.

—Tu no me buscas para advertirme…quieres divertirte viendo averiguar la causa…—un suspiro feliz escapó de los labios del otro hombre.

—Oh, Makoto… si algo me enamoró de ti fue esa inteligencia tuya…—hubo una pausa y la conversación cesó tras un —no es una lástima que estés casado, por si eso piensas. En realidad un papel no me detendría de hacerte mío como antes.

La bolsa de azúcar se vaciaba lentamente en el suelo, su contenido caía como si se tratase de un reloj de arena víctima de la presión. Hanamiya echó sin mucho ánimo la bolsa al lugar donde lo había tomado y agarró una más, una cuyo contenido no estuviese prácticamente vacío mientras emprendía camino dejando regada el azúcar en el suelo pensando en lo dicho por aquella persona.

Habría creído que fue una mentira para molestarlo como siempre de no haber sido porque desde hace un tiempo sentía unos ojos encima de él. Apenas salió del centro comercial y alzó una vista percatándose de que esas personas que parecían espiarle cada vez estaban más cerca, cada vez era más peligroso salir.

¿Qué estaba planeando la casa negra ahora?


Una habitación enorme fue el escenario de aquel ruin acto. Las paredes decoradas con dragones pintados con exquisitez, los detalles en oro y las lámparas de papel que descendían del techo iluminando sutilmente, apenas opacado por el humo de las pipas que muchos presentes fumaban hacia unos momentos. Ahora, en aquel lugar de facha asiática, no había más que dos azabaches.

Los quejidos se escuchaban cada vez más altivos mientras unas leves marcas carmesí acompañadas de unas leves gotas del mismo color le marcaban desde los hombros hasta la parte baja de la espalda. Sus muñecas tenían ligeras marcas y ambas se encontraban atadas hacia atrás, unidas con una correa de cuero de lo más incómoda. Sus piernas eran las únicas cubiertas con unas prendas que lucían como mallones de color oscuro y con un liguero que subía hasta su cintura.

Ese chico se encontraba en cuclillas contra un hombre, contra esa silenciosa persona que solo le observaba como se alzaba y bajaba contra su erección apretando los labios para no gemir. Detener su ritmo no era una opción, si dejaba de darle placer sería castigado.

Aquel hombre sonrió tétricamente mientras escuchaba como el cuerpo del joven respondía al placer.

—¿Lo ves? Solo eres un mono predecible… no importa cuántas veces hagas el amor si al final cualquiera te puede dar placer….—dijo aquel hombre maléfico. Su ropa lucía como un traje tradicional chino, apenas se había limitado a retirar las prendas que cubrían su miembro para entrar en aquel joven, hacer mas no valía la pena, obligaba a otros a hacerlo por él.

Recibió como respuesta una mirada retadora de aquellos ojos azul grisáceo, una queja más se quiso presente y el cuerpo del azabache más bajo, quien estaba siendo sometido, se estremeció terminando entre medio de ambos mientras el sudor leve caía sobre su cuerpo, mientras jadeaba sutilmente. La puerta sonó con un par de golpes y esta fue abierta sin pretensión de importunar. Igual no importaba que otros le viesen en plena acción, después de todo siempre era divertido ver al de ojos azul opaco ver ocultar el rostro ante la vergüenza de que uno de los guardias le viesen con aquella facha, con esa ropa insinuante y estando aun unido al otro, totalmente tembloroso ante el orgasmo.

—Señor…—dijo el guardia —un informante nos ha dicho que la policía ha abierto una investigación con su nombre…

El joven de ropa oriental le hizo una seña al chico para que se quitase haciéndolo de lado, dejándolo prácticamente tirado encima de ese montón de almohadas que estaba a lado de ellos aun atado de manos y con las piernas manchadas de líquido blanco, controlando su respiración

—Los policías entre ellos se traicionan. Me asquea pero son buenas noticias…—el hombre, quien se puso de pie acomodándose las ropas , siendo tan imponente, se acomodó las prendas y el cabello —¿Quién está tras la investigación?

—El oficial Aomine Daiki, señor —el hombre no hizo expresión alguna, solo se quedó ahí de pie pensando.

—Pequeño es el mundo ¿No? —miró al chico que aún seguía recostado entre las almohadas mirándole con rabia, con ira — justo busco a Kise Ryouta y resulta que su pareja me busca a mi…tendremos que acelerar las cosas para que él esté aquí.

Le hizo una seña al guardia para que se alejase y haciendo una reverencia el hombre salió dándole privacidad a la 'pareja'. Una sutil caricia en los cabellos hizo que el ojiazul apretase los parpados esperando no ser herido, la espera fue en vano pues sus cabellos fueron jalados arrancándole un gemido lastimero.

—Quiero que busques a Kise….y con mucho cuidado lo atraigas hacia acá… pero procura no decir mi nombre ni que él diga el mío…—el chico chistó furioso.

—¿Por qué habría de ayudar a un idiota como tú? —el hombre lo lanzó de nueva cuenta contra las almohadas y caminó hacia la salida.

—Tienes dos opciones, Kasamatsu….estar a mi favor o morir. Tu elijes —abrió las puertas del lugar de par en par iluminando totalmente la habitación donde Kasamatsu seguía recostado, atado y con leves heridas en la piel además de un sutil dragón tatuado bajo el ombligo, ligeramente inclinado a la izquierda —recuerda que ahora eres un animal de zoológico, y los animales como tú y Kise Ryouta deben estar en cautiverio.

Las puertas se cerraron de nueva cuenta mientras Kasamatsu Yukio contenía el aire y la frustración en sus pulmones. Si quería salvar su vida debía obedecer a aquel hombre y eso no le gustaba en lo absoluto.

Pero hay gente que teme a la muerte al grado de romperse como humano y volverse un monstruo.