- Marth, el taxi ya está afuera – oyó la voz de su madre por el otro lado de la puerta. Miró su reloj de pulsera, que marcaba las once en punto, y suspiró. Sabía que a esa altura sólo podía resignarse.

- Ya voy – contestó con voz monótona, ausente.

Se paró frente a su espejo, y se sorprendió a sí mismo con el ceño fruncido.

- Esto no es tan terrible – se dijo a sí mismo, intentando convencerse – no será tan terrible.

Cogió su pesada maleta con una de sus manos, y con la otra giró la manilla de la puerta. Miró hacia su habitación por última vez, y salió por la puerta. Al bajar por las escaleras comenzó a sentir que ya extrañaba su casa, tal vez incluso más que a su propia familia.

Sonó el despertador.

Y tal como había ocurrido el día anterior, y el día anterior al anterior, despertó creyendo estar en su cama; aún sin entender porqué, si el colchón sobre el cual estaba ahora era más duro, y la almohada apenas se hundía cuando apoyaba su cabeza sobre ella.

Estiró su brazo para alcanzar su celular y apagar de una vez por todas esa maldita alarma, que sólo significaba otro día más en ese lugar que tanto detestaba. Se levantó de la cama, sintiéndose cansado, como si su cuerpo le pesara, y caminó hacia el baño arrastrando los pies.

¿Qué día es hoy? Creo que ayer fue jueves… ¿o miércoles? Bah, qué importa; como si eso fuese a marcar una diferencia en el paso del tiempo. Aún ni siquiera ha pasado un mes y ya estoy pensando en marcharme. Si pudiera, lo haría. Si, si pudiera…

Seguro que hoy el profesor de matemáticas vuelve a preguntarme a mí. Seguro que la comida del casino está tan asquerosa como ayer. Seguro que Ike vuelve a acosarme con sus preguntas estúpidas. Seguro que hoy es otro maldito día común y corriente en este horrible lugar.

Mientras se duchaba con agua caliente –y no fría, como los dos primeros días, hasta que Link le explicó que tendría que levantarse más temprano- llenaba su mente de pensamientos pesimistas, y se hundía sólo en su propia amargura.

- Odio esto – masculló.

Los días habían pasado lentos, todos tan parecidos entre sí, que Marth ya no recordaba qué día había hecho qué. Y para éste, su quinto día, no esperaba nada diferente. Ya vería cómo se equivocaba.

Cuando sonó la campana que indicaba la hora del desayuno, el peliazul ya estaba bajando las escaleras en dirección al casino, notando incómodamente cómo su persona acaparaba las miradas de los estudiantes que bajaban en su misma dirección.

Si había algo de lo que Marth aún no se percataba, era que su llegada había causado gran alboroto dentro del internado. Y esto gracias a Ike.

- Que es de Altea y viene de intercambio – había comentado en medio de las clases.

De cualquier manera si hubiese sabido que se debía a Ike, no le habría sorprendido mucho. Marth estaba seguro de que podía esperar todo y a la vez nada de ese sujeto. Y es que el poco tiempo que llevaba instalado en el internado ya había sido suficiente para dejarle más que claro a Marth que Ike era una sorpresa tras otra, y, vamos, que no estoy hablando de sorpresas agradables ni entretenidas, es decir, a Marth no le resultaba para nada gracioso el hecho de que uno de sus compañeros fumase dentro del recinto mismo y que, además, se saltara las clases.

Al llegar al casino se dirigió a coger una bandeja para luego retirar lo que sería su desayuno, sin reparar en las pocas personas que se encontraban ya dentro del lugar.

Al parecer, Marth no se había equivocado respecto a la comida: se veía tan poco apetitosa como lo había estado en los días anteriores. Resignado, sujetó la bandeja y se detuvo a buscar con la mirada una mesa vacía, cuando de pronto sintió algo chocar contra su espalda, haciéndolo botar la bandeja al suelo.

- ¡Ey! – se quejó. Una vez hubo volteado, sólo atinó a tragar saliva. Ante él se encontraba un individuo mucho más alto que él, de espalda ancha y facciones toscas. Su piel era morena y su cabello cobrizo y desgreñado. Hasta ese entonces sólo lo había visto de lejos durante los descansos.

Es uno de los que juega al baloncesto… y me está mirado… enojado…

- ¿Y tú quién eres, pulga? – Exigió saber con desdén el desconocido.

Esto no puede ser bueno. Esto no-

- Pregunté quién mierda eres – dijo, agarrando al peliazul del cuello y estampándolo contra la pared.

Dios, ¡qué impaciente!

- ¡Suéltame! – se quejó Marth intentando forcejear para liberarse. Un esfuerzo inútil, por supuesto. El mayor rió e hizo caso omiso a la orden del joven.

De pronto, Marth se percató de que su escena estaba siendo observada por varios de sus compañeros, pero que ninguno hacía algo por ayudarle.

Con estos amigos para qué quiero enemigos. Bah, ni siquiera son mis amigos… esto es tan humillante… ¿quién se cree que es este idiota?

- ¿Y bien? – preguntó de nuevo el más grande, dirigiéndole una mirada entre divertida y cruel.

¡Déjame!

- Marth Lowell – respondió de mala gana. Creyendo que sería liberado del agarre, el desconcierto y el miedo se apoderaron de él al ver una sonrisa curvarse en el rostro de su atacante.

- Ah – habló con simulado interés - tú debes ser ese niñito de papi que ha estado causando revuelo aquí dentro, ¿no?

Humillado, frunció el ceño.

¿Qué clase de apodo es ese?

- ¿De dónde oí que venías? – Comenzó a preguntar, más para sí mismo que para Marth - ¡ah, sí! Altea. Discúlpame por no haberte dado una bienvenida más apropiada; después de todo, no todos los años llegan maricas como tú a este lugar.

¿Marica? ¡Cómo te atreves!

- Ey, Ganon – oyó la voz de Link entre la multitud de espectadores.

¡Link! ¡Mi salvador! Es decir… supongo que viene a ayudarme.

El mayor volteó y soltó el cuello de Marth, pero lo retuvo del brazo.

- ¿Qué quieres, enano? – Inquirió fastidiado.

- Hm – el rubio sonrió de medio lado ante tal sobrenombre y se colocó frente al atacante de Marth – déjalo, ¿quieres?

Sí, ¡déjame!

Ganondorf rió y luego volvió su mirada hacia Marth.

- ¿Apenas llegaste y ya contrataste un guardaespaldas? – preguntó divertido.

De hecho, pensé en hacerlo.

- Viene Snake – se oyó entre los espectadores.

Rápidamente, Ganondorf soltó a Marth.

- Tienes suerte – le dijo al menor – pero no creas que durará por mucho, marica.

Luego, se abrió entre la multitud y se alejó.

- ¡Vuelve a decirme eso y te…! – masculló más para sí mismo que para el matón.

- ¿Qué está pasando aquí? – preguntó el hombre que Marth había visto en la entrada cuando llegó por primera vez al internado. La mayoría de los que había mirado la pelea se fue, quedando sólo Marth, Link y dos o tres estudiantes que se encargarían de difundir distintas versiones de la historia.

Lo que faltaba. Esta es la parte en la que no sé qué hacer.

- No es nada – contestó el rubio, siempre sonriente.

- No creo que nada reúna a tanta gente – replicó, y luego mirando la bandeja tirada en el suelo con la comida desparramada, agregó - ¿Y eso qué es?

¿Qué no ves? Se llama comida.

- Lo siento, la he botado sin querer – se disculpó Link – ya lo limpio.

¿Pero qué…?

- Sí. Más te vale hacerlo ahora – contestó Snake, dedicándole una última mirada al par de chicos, para después continuar con su minuciosa inspección por el lugar.

Una vez se hubo alejado, Link se agachó para recoger la bandeja, y Marth le imitó.

- Gracias – murmuró el peliazul sonando poco convincente. La verdad es que no estaba acostumbrado a agradecer nada a nadie. La sonrisa que le ofreció el rubio le incomodó un poco, pero sin dejar de reconfortarlo.

- No es nada – le contestó.

Luego de limpiar el desparrame, Link se ofreció para buscarle otra bandeja con otro desayuno, pero Marth se negó. Prefería tomar aquel incidente con Ganondorf como un favor, es decir, ya había sacado una bandeja… y que se le hubiese caído, pues esa era otra historia, gracias a la cual no tendría que probar ese poco apetitoso desayuno. De cualquier modo, se sentó junto al rubio en una de las mesas del fondo para acompañarlo.

- ¿Qué tal dormiste? – le preguntó Link, para luego llevar una cucharada de cereales desabridos a su boca.

- Igual que la noche anterior – respondió Marth. Prefería decir eso en lugar de "mal, pésimo, la cama cruje cada vez que me muevo, las sábanas se salieron de la cama y tardé siglos en ponerlas en su lugar, ¿ya mencioné que odio este sitio?" o algo por el estilo.

- Oh – fue la única respuesta que obtuvo. De seguro había captado el mensaje. O quizás no, es decir, era amigo de Ike. No podía esperar mucho de alguien así, ¿cierto?

"Dime con quien andas y te diré quién eres".

De pronto, un color le hizo sentir que su día ya estaba arruinado: azul. Y ahí estaba ese sujeto, Ike, como si sus pensamientos lo hubiesen invocado, entrando al casino. Su cabello azul se veía aún mojado. Sus mangas iban arremangadas, y esta vez no llevaba puesta la corbata.

- ¿Qué ocurre? – inquirió Link al ver a su acompañante agachándose y cubriéndose el rostro con la bandeja vacía.

Por favor, que no me vea. Prometo desayunar todos los días si Ike no se me acerca.

- Nada – respondió sin descubrirse – no es nada. Es sólo que… tengo un poco de tos – agregó, simulando una tos compulsiva que dejó al rubio un poco desconcertado.

- ¿Estás bien? – insistió.

- ¡Ey, Link! – oyó la entusiasmada voz de Ike a la distancia. Se lo imaginó saludándolo con el brazo completamente extendido, como presumiendo sus músculos, y con una sonrisa de oreja a oreja.

- ¡Ike, qué tal! – Le respondió el saludo el rubio – te he guardado un asiento.

Genial. Perfecto.

Saliendo de su improvisado e inútil escondite, Marth se limitó a fingir una sonrisa y mirar de reojo al peliazul, que se acercaba hacia ellos.

Ike se sentó frente a Link, junto a Marth –para su desagrado- y no dejó de hablar durante toda la hora del desayuno. Marth se preguntaba cómo era posible que hablase tanto y que pudiera comer tanto a la vez.

Cuando sonó la campana que indicaba la entrada a clases, Ike acompañó a los menores hasta el pasillo, y luego se separaron. Marth y Link entraron al salón.

La mañana transcurrió lenta, monótona, aburrida. Tal y como había predicho Marth en la ducha, el profesor de Matemáticas volvió a preguntarle a él por la tarea. Luego tuvo que pararse frente a todo su curso a recitar un poema en la hora de castellano. En fin, nada demasiado terrible, después de todo, todo lo que le pidiesen, él lo hacía bien. No. "Bien" era una palabra demasiado pequeña para lo que lograba Marth. Una semana bastó para que los profesores se dieran cuenta del brillante estudiante que había llegado a sus clases.

A la hora del descanso, Marth decidió ir a la biblioteca para descansar un poco de todo el bullicio, y especialmente de "las malas juntas", como prefería llamar a Ike.

Estuvo vagando por los pasillos de la biblioteca durante un buen rato, mirando ausente los miles de títulos que asomaban por las estanterías , hasta que, aceptando que no había ido hasta ahí por un buen libro sino por la tranquilidad, se sentó en una de las sillas. Luego se percató de que no estaba sólo, como había creído, al ver a un castaño sentado unas mesas más allá, inmerso en su lectura. Se veía más joven que él, con facciones aún infantiles. De pronto, el menor subió la mirada y se encontró con la de Marth, haciendo a este último agachar la cabeza rápidamente, sonrojándose.

Me vio. Debe creer que lo estaba espiando. Qué vergüenza.

- Hola – oyó.

¿Me habla a mí?

- ¿Cómo te llamas? – siguió el castaño.

Con algo de incertidumbre, Marth volteó buscando alguna otra persona a quién pudiera estar hablándole el joven.

- ¿Me hablas a mí? – Inquirió al verse los dos solos dentro de la biblioteca.

- Claro – asintió sonriendo – Yo soy Pit.

- Soy Marth – contestó confundido.

El menor cogió su libro, se levantó de su asiento y se dirigió al que se encontraba frente a Lowell.

- Creo que no te había visto antes. Al menos, no en la biblioteca – comentó Pit.

Ahí va otro…

- Es que llegué este lunes – respondió.

- ¡Qué bien! – le sonrió entusiasmado.

Oh, sí. No te imaginas cómo me alegra estar en este lugar.

- Hm.

- Bueno, seguiré leyendo – dijo Pit, dejando caer el pesado libro sobre la mesa, para luego abrirlo y volver a perderse en él. Marth no pudo ver qué libro era, y aún cuando pensó en preguntar, luego se retractó. Apoyó sus brazos sobre la mesa y luego apoyó en ellos su cabeza. Sólo cuando bostezó se dio cuenta de lo cansado que estaba. Miró una vez más a Pit, y luego cerró los ojos.

Me pregunto qué estará haciendo Ellice en este momento. Y mis padres… ¿se acordarán de mí? ¿Se harán una idea de lo desagradable que me resulta todo esto? Mi madre siempre me ha dicho que las cosas se me hacen desagradables sólo por que yo quiero verlas así, que ni siquiera les doy una oportunidad. Bah… qué sabe ella de esto. Cómo me gustaría volver a casa…

De pronto, abrió los ojos. El joven castaño ya no se encontraba ante él.

¿En qué momento se fue?

Marth podría haber jurado que había cerrado sus ojos por sólo unos segundos, pero eso no fue lo que le dijo su reloj de pulsera.

- ¡No! – exclamó al ver la hora. Se supone que debería haber entrado a clases hacía media hora.

¿Qué voy a hacer? El profesor creerá que me salto las clases… ay, no. No, no, no. De acuerdo… sólo tengo que volver al salón y disculparme por… ¿por quedarme dormido en la biblioteca? Oh, vamos, ¡a cualquiera puede ocurrirle!

Tan angustiado como preocupado, se puso de pie y se encaminó hasta el salón. Pero, oh, cómo prefirió volver a la biblioteca cuando el matón de aquella mañana junto con otro de los muchachos que jugaban al baloncesto, se cruzaron con su mirada en el corredor. Y lo vieron.

Marth tragó saliva y dio un paso hacia atrás. Tenía el ceño fruncido y la boca cerrada en una sola línea. Pensó en correr. Y después pensó en lo patético que sería hacerlo.

- Pero mira qué tenemos aquí, Bowser – habló al fin Ganondorf a su acompañante, quien sonrió tan maliciosamente como el primero.

Corre. Corre. Corre. Corre. No, no puedo, sería tan humillante… maldita sea, qué importa, ¡corre! No puedo. No… debo irme de aquí.

Marth dio otro paso hacia atrás al ver a los dos sujetos acercándosele lentamente.

- ¿Estás perdido? – preguntó Bowser en tono burlón.

Ya, ya, qué importa si es patético. ¡Corre, ahora!

En sólo un segundo, el joven peliazul dio media vuelta y corrió tan rápido como sus pies se lo permitieron. Pero, ¿a dónde? No tenía idea, y no le importaba.

Oyó los pasos de los otros dos tan apresurados como los suyos –e incluso más- aproximándose.

Corre. Corre. Corre.

De pronto, una mano lo asió de la camisa por la espalda, haciéndolo parar abruptamente.

- ¡Déjame! – pidió el menor, comenzando a inquietar.

Ganondorf, que lo tenía sujeto con sólo una de sus manos, rió, seguido por Bowser.

- No lo creo, marica – contestó Ganondorf, empujándolo contra la pared.

- No me digas así – masculló el peliazul.

- No digas que no lo eres. Después de todo, ¿no viste cómo has escapado de nosotros, muerto de miedo? – respondió Bowser burlándose.

Idiotas. Cómo me gustaría poder darle un buen puñetazo a cada uno

- ¿No lo vas a decir, pulga? – pidió saber Ganondorf – que eres un marica.

- No – contestó de inmediato.

El mayor levantó una ceja ante aquella respuesta inesperada. Pero luego amplió aún más esa sonrisa maliciosa.

- Bowser, creo que hay que darle una lección a esta basura – habló.

¿Una lección?

Acto seguido, Bowser sujetó a Lowell de ambos brazos tras su espalda, y lo obligó a caminar tras Ganondorf.

- Tal vez un poco de agua te haga pensar dos veces antes de responderme así – comentó este último.

¿Agua? No entiendo nada. Y eso sólo puede significar algo muy malo.

De pronto, los tres entraron al baño que, para desagrado de Marth, olía a humo de cigarro.

- ¿Q-qué estamos haciendo aquí? – se atrevió a preguntar el peliazul, intentando inútilmente que el miedo no se notara en su voz.

Los dos matones rieron y entraron con él dentro de un mismo cubículo.

- De rodillas – dijo Ganondorf, agarrándole del pelo, obligándolo a adaptar aquella postura.

Marth dejó escapar un gemido, aunque luego se mordió la lengua. Jamás en su vida se había sentido tan humillado, podía jurarlo.

Abrió los ojos, sin saber porqué, y luego se arrepintió de haberlo hecho, ya que, de inmediato, Ganondorf lo forzó a bajar la cabeza.

Y lo hundió.

Esto es asqueroso. Tengo que respirar. Tengo que salir de aquí.

Por primera vez, Marth dio indicios de oponer resistencia, agitando sus brazos e intentando ponerse de pie. Estaba comenzando a desesperarse.

Sumergido hasta las orejas en aquella agua turbia, podía aún oír las risotadas de Ganondorf y Bowser. Las oía aún más fuertes.

Estos tipos quieren matarme. No quiero morir en un retrete.

De pronto, la mano de Ganondorf jaló de su cabello, alejando su cabeza del excusado.

Marth respiró agitadamente, desesperado, a lo que le siguió la tos.

- Grítalo aquí – oyó la voz del más grande.

¿Qué mierda quieren?

- Grita que eres un marica.

Estos dos no se cansan.

- No – se negó con firmeza. Sabía que la mejor opción sería hacerles caso, pero no quería humillarse más.

- Entonces volvemos a lo mismo – contestó Bowser.

Ganondorf volvió a hundirle la cabeza.

Agh, que asco. Si mi padre me viera. Si cualquier otra persona me viera… ya qué. No puedo hacer nada. Odio a estos tipos. ¿Cuánto más piensan tenerme aquí? Necesito respirar. ¡Me ahogo!

Y aquella tosca mano volvió a tirar de su pelo. Marth tosió.

- Ya… no más – pidió.

- Grítalo – volvió a decir Bowser.

Esta vez Marth vaciló. Si les daba el gusto acabaría humillándose ante esos dos, pero al fin y al cabo se irían y lo dejarían en paz. ¿No era eso lo único que quería ahora?

- ¿Qué tengo que gritar? – Preguntó. Ya lo sabía, pero esperaba tontamente que le dijesen otra cosa. Ambos rieron.

- Que eres un marica – respondió Ganondorf, realmente divertido, como disfrutando el momento. Seguro que lo hacía.

Sólo ellos lo oirán. No importa lo que diga. Yo sé que no es verdad.

- Soy marica – balbuceó.

- No te oí.

Hijo de puta, sí que oíste.

Marth frunció el ceño.

- Soy marica – dijo más fuerte.

Ganondorf jaló de su cabello mientras reía junto a Bowser.

- Claro que lo eres – dijo, para luego empujarlo contra el retrete y salir del cubículo.

Marth dejó escapar otro gemido. Se había golpeado la boca contra el borde del excusado, dejándole un tenue sabor metálico en los labios.

- Vámonos – oyó decir a Bowser, para luego oír la puerta del baño abriéndose y cerrándose.

Ya. Acabó.

El peliazul se puso de pie y se limpió los labios con el antebrazo.

Salió del cubículo y se paró frente al espejo.

- Odio esto – masculló, mirando su reflejo. Por primera vez se sintió repugnante. Verse así, con el rostro –y no su cabello, afortunadamente- empapado de aquella agua nauseabunda le hizo desviar la mirada.

Furioso, escupió en el lavabo, y vio cómo esa mezcla de saliva y sangre se deslizaba, espesa, hasta el desagüe.

- Odio esto – repitió. Pero esta vez su voz sonó distinta. Apenas se percató de que estaba llorando cuando vio por el espejo que una de las puertas del baño se abría.

Mierda.

Intentó secarse las lágrimas con el antebrazo, pero sabía que ya lo habían visto. Y él ya había visto a quien se encontraba adentro.

- Bueno, eso no se oyó muy agradable, ¿eh?

¿No se te pudo ocurrir un comentario más estúpido?

Ike salió de la cabina en la que se encontraba y se acercó hacia Marth. Traía, como siempre, un cigarro en la mano. Lo que volvía a explicar el olor a humo en el baño.

- ¿Estás bien? – Le preguntó. Sonaba preocupado, pero eso a Marth ya le daba igual.

¿Por qué siento que cada vez que abres la boca es sólo para decir cosas sin sentido?

- No sé. Vete – fue la única respuesta que recibió por parte del menor, que habló frío, cortante.

-Ey, no te enojes conmigo. No salí a ayudar porque no sabía quien era – se excusó.

- No me importa. Déjame solo.

Ike lo miró con el ceño fruncido.

- No te desquites conmigo.

- No me estoy-

De pronto, se abrió la puerta.

Ambos voltearon para ver de quién se trataba, el menor más preocupado que Ike. Sus ojos se abrieron de sobremanera, y Marth sintió su sangre helarse.

- Ni siquiera una buena excusa los libra de esto – habló Snake.

~ o ~ o ~ o ~ o ~ o ~ o ~ o ~ o ~ o ~ o ~ o ~ o ~ o ~ o ~ o ~ o ~ o ~ o ~ o ~ o

¡Chan, chan! Siento la demora, pero aquí está el segundo capítulo (¿Segundo o primero? El anterior a este era el prólogo… pero bueno, qué importa xD)

Bueno, aún no hay yaoi… pero ya viene :)

Muchisisisisisimas gracias a todos los que leyeron, leen y leerán(?), como sea xD… aaaw, y ahora… ¡a contestar reviews! (siempre quise hacer esto)

Lolita: gracias por leer! Y sí, es cierto, pobre Marth u.u, su situación no es fácil. Respecto a lo de la palabra peliazul, no creo que deba escribirse con guión (peli-azul) ya que si lo comparas con la palabra pelirrojo, no se utiliza. En sí, es cierto que la palabra peliazul no existe, pero es porque no existe el pelo naturalmente azul xD. De cualquier forma, gracias por hacérmelo notar.

Zeldi-chan de Hyuuga: me alegra saber que te haya gustado la idea! Muchas gracias por leer! La verdad es que la tenía dando vueltas en mi cabeza desde hace un buen tiempo… si no me crees, pregúntaselo a Sam xD. Y sí, el hombre que estaba a la entrada era Snake, qué bueno que se haya notado con la descripción! (:

Sam: jajaja, me reí mucho con tu review. Al fin lo hice! :D y comparto tu opinión, Marth es totalmente un mamón, el aro de Link hace que se vea muy sexy, y pues, qué decir de Ike… sabes que me encanta! Sé que te violarías a Marth si estuvieses en el internado, jajaja, te creo. Gracias por leer! Tus reviews nunca faltan!

Autumn Twilight: créeme, yo también quiero un internado así ToT, jajaja; la verdad es que al principio sí iban a compartir cuarto, pero después preferí dejarlo sólo como una broma. Gracias por leer! :D

Rikkukichi: jajaja, sii, es verdad, ahora te toca comentar a ti! Muchas gracias por leer y por suscribirte :), ojala este capítulo te haya gustado. Por cierto, a mí tampoco me desagrada el aro de Link *u*

Mr D: xD, pues gracias! Que bueno que te haya gustado (:

Ayuchan: espero que no te importe que haya acortado tu nombre xD. Muchas gracias por leer! Me alegra que te haya gustado la redacción! Y sí, ya veremos de qué forma Ike hace cambiar a nuestro pobre Marth.

Maripi: jajajaja, oye, qué original tu nombre xD aunque la página se haya comido la í ): de cualquier forma, muchas gracias por leer y por darte ese tiempo de comentar! Jajajaja, me reí mucho cuando me dijiste que Ike te parecía adorable con tanto músculo, torpe, y fumando, puede que no seas la única que lo vea así (yo me apunto xD); ya se viene la trama que te adelanté! :D, así que te mantendré informada. Espero que tu también escribas y que no borres setenta y tantas páginas de Word ¬¬, pajarota! Jaja, nos vemos!

Dani: nyaa! Gracias por leer Dani! Si, al fin subo algo que no es un one-shot! Que bueno que te haya gustado! :D y sí, lo continuaré! Gracias por entenderme cuando digo estar ocupada TuT. Nos vemos!

Bueeeno, reitero, muchas gracias por leer, estaré trabajando con el próximo capítulo (: