Libertad
Capítulo 2: Vulpini
[Mirai Nikki - The Song of a Certain Truth]
La luz del alba apenas se reflejaba en mis gafas mientras subía por las escaleras de hierro de una obra en construcción, la ubicación que Alan me había dado. Allí, según su mensaje, debería encontrarme con mi compañero de trabajo. Subí hasta el último piso sin encontrarme un alma hasta que mi cabeza se asomó por la terraza. Un sujeto de pelo y ojos verdes se encontraba parado sin vértigo alguno en el borde de una caída de más de veinte metros de altura, y volteó tranquilamente al escuchar mis pasos. Su cara se me hacía extrañamente conocida.
—Tú debes ser mi compañero— dije en voz baja, mientras las aves trinaban en su andar mañanero—. ¿Sabes quién es nuestro objetivo?
A modo de respuesta, el hombre señaló una caja rectangular bastante grande escondida bajo unos escombros. Había visto esa caja numerosas veces, se trataba de un rifle de francotirador. Asomándome con cautela en el borde del edificio, alcancé a ver un ventanal un par de pisos abajo en el edificio contrario. Una mujer de aspecto cansado limpiaba el lugar con numerosos productos de limpieza.
—Mi nombre es Cilan. Soy un asesino de rango SS y me especializo en las armas blancas— se presentó, haciendo una reverencia–. Tengo permitido intervenir sólo si tu misión se encuentra en riesgo de fallar, Clemont. La reunión se celebrará hasta las diez de la mañana. Mientras tanto, debemos esperar.
Miré la hora: las seis de la mañana. Teníamos una larga espera por delante. Cilan no parecía un sujeto muy conversador, así que me centré en revisar mi arma. Ajusté la mira, chequée el cargador y limpié la recámara en silencio, mientras mi compañero caminaba peligrosamente por el borde de la obra en construcción, limpiándose las uñas con un cuchillo de cocina inmaculado. Su sola presencia me incomodaba: no parecía una persona mentalmente sana.
—Deberías resguardarte: alguien podría verte desde allí abajo— comenté en voz baja, luego de varios minutos de silencio—. Más con tu altura… y ese llamativo color de pelo.
Cilan no respondió. En su lugar, me miró con una sonrisa un poco perturbadora antes de seguir su camino habitual. Ocasionalmente, lanzaba su cuchillo al aire para atraparlo nuevemante. Su equilibrio y precisión eran soberbios, casi tan exactos como la puntería del rifle que se encontraba ensamblado a mi lado.
Así pasaron dos horas; poco a poco me fui acostumbrando a la imagen de mi compañero al borde del abismo. Su caminata era casi como una danza en la cuerda floja, jugando con los diversos elementos que podrían ocasionarle la muerte en un descuido. Quería probarlo, quería sentir esa adrenalina recorrer mis venas. Titubeé varias veces hasta que finalmente me decidí. Sin embargo, en el momento en que me levanté para intentarlo, Cilan se detuvo de golpe. Me acerqué a él y en silencio observamos el ventanal del otro edificio.
Una docena de hombres de saco y corbata se encontraban reunidos en una mesa rectangular, la mitad dándome la espalda y la otra mitad de frente. Me agaché junto al rifle de francotirador, comprobando mi pulso. Estaba tranquilo. Esto sería pan comido.
—Tu objetivo se encuentra en el centro de la mesa. Es el del kipá negro en la cabeza. No falles.
Respiré profundamente, acerqué mi ojo a la mira y luego de contar hasta tres, apreté el gatillo. La bala salió disparada silenciosamente, recorriendo el aire a la velocidad del sonido… más no dio en el objetivo. El proyectil quedó incrustado en el vidrio que se resquebrajó produciendo un sonido sordo. Los hombres se dieron vuelta anonadados, mirando la ventana con extrañeza.
—¡Maldición, es un vidrio blindado!— exclamó Cilan, inclinándose peligrosamente para observar. ¡Dispara, dispara otra vez!
Sujeté el rifle con fuerza, puse otra bala en la recámara y gatillé nuevamente. Esta vez, la bala atravesó el cristal pero falló en acertar al objetivo. En su lugar terminó en la cabeza del hombre a su lado, que se desplomó inmediatamente. El grupo se puso de pie rápidamente; los destellos en el cristal me indicaron que todos portaban armas. La misión corría peligro.
—¡Nos han visto!— exclamó Cilan: en lugar de parecer preocupado, sonrió de forma maniática—. ¡Eso significa que no podemos dejar testigos! ¡Cúbreme!—gritó, antes de ponerse el cuchillo entre los dientes y saltar al vacío.
Perdí el aliento momentáneamente al ver al hombre de pelo verde saltar; al acercarme al borde de la terraza, pude verlo balancearse entre las barras de los andamios con una agilidad impresionante. Sólo podía ver su pelo verde en la lejanía mientras daba numerosas vueltas desconcertantes, hasta que finalmente saltó al ventanal, cuchillo en mano. Éste se clavó en el orificio que habían dejado mis balas, resquebrajando el cristal y partiéndolo en mil pedazos con su propio cuerpo. Viendo el inminente peligro en que se encontraba, tomé mi rifle y apunté nuevamente.
Existía una razón por la cual los asesinos de rango S en adelante eran casi inexistentes: Cilan no parecía ni remotamente humano. A pesar de todas las balas que los hombres dispararon en su dirección, ninguna dio en el blanco. Su cuchillo arrojaba chispas de color rojizo cada vez que este desviaba una bala con el mismo, y entre saltos, coberturas y cargas espontáneas, fue acabando uno a uno con los miembros del grupo. Realizaba cortes limpios en la garganta de sus víctimas, que lo cubrieron de sangre en cuestión de segundos.
No necesité usar ni una bala para defenderlo, pues él se las arregló sólo. Y al finalizar la matanza, sólo quedaba vivo el hombre del kipá, mi objetivo. Cilan intercambió unas palabras con el sujeto que no alcancé a oír, y el hombre se puso de rodillas implorando piedad. Pero en ese momento Cilan tuvo todo menos compasión de él. Cinco, diez… quince puñaladas. Pude observar la sonrisa desquiciada en el rostro del joven mientras hundía su cuchillo una y otra vez en su víctima hasta agotarse y voltearse para verme.
—¡Todo despejado, Clemont! —gritó levantando un pulgar de color rojo. El río de sangre chorreaba por el piso y atravesaba el ventanal roto, deslizándose por las paredes—. ¡Largémonos de aquí!
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Cuando regresé al espacioso departamento que Alan pagaba durante mi estadía en Paris, Serena seguía durmiendo. Deposité la bandeja del desayuno sobre sus piernas mientras la despertaba con un beso.
—Buenos días, mi princesa. Café Hélene y Coulants de chocolate se encuentran el menú de hoy.
—Oh, no tenías que molestarte, Clemont—musitó la joven de ojos azules, su larga melena rubia descansando junto a sus hombros—. ¿Quieres uno?
Alcé los brazos para aceptar el postre y dejarle un beso a modo de agradecimiento, sin darme cuenta de mi error: las manos aún me temblaban por la escena que había visto esa mañana. La mirada de Serena adquirió una expresión consternada, mientras separaba la bandeja rápidamente y me agarraba de las manos con fuerza.
—¿Te encuentras bien, Clemont? —musitó acercando su cuerpo envuelto en un camisón de seda que sólo resaltaba aún más su figura— Estás palido.
No supe qué responderle. No podía decirle lo que acababa de ocurrir esta mañana. Cerré los ojos , sintiendo una punzada en la sien al recordar el rostro de aquella persona que había matado por accidente y suspiré intentando tranquilizarme.
—No es nada. Sólo pensaba en mi trabajo. Me gustaría ser libre de él por una vez— dije evasivamente, en voz baja.
—¿Y por qué no renuncias?
—No es tan sencillo.
No podía renunciar. Una vez te conviertes en un asesino, lo eres para siempre. Obtienes un nuevo nombre, una nueva vida… una nueva identidad. ¿Pero a qué costo? Los fantasmas de tus víctimas te perseguirán por siempre, así como los cazadores persiguen a un zorro por su codiciada piel.
Próximo Capítulo - Capítulo 3: "A la báie"
