Sin Control.
- Me estás diciendo que te besó y se fue, sin más- volvió a repetir Eric por enésima vez.
- ¡Mierda! ¡Sí!. Pero eso no es lo importante- grité frustrada.
- Lo sé, lo sé. Solo quería poner las cosas en orden. Bueno… -dijo pensativo- tal vez no es para tanto. Tal vez escuchó tu nombre por alguno de nosotros y simplemente lo repitió- se encogió de hombros.
Negué, no podía ser simplemente así. Tan fácil. No, no con él.
- Isabella creo que estás exagerando- dijo mirándome seriamente. Dios, me recordaba tanto a Marie cuando me hablaba de esa manera y pronunciaba mi nombre completo.
- No lo sé- susurré acariciando mis sienes. Suspiré- ¿Qué pasó ayer con ustedes? ¿Por qué no me fueron a buscar cuando me fui?
- Creímos que sería mejor dejarte sola con él. Ya sabes- se encogió de hombros. Le fulminé con la mirada. Se rió divertido. Rodeé los ojos. – Conocí un chico.
- Esto se pone interesante- me burlé.- ¿Cómo se llama?
- Tyler Crowley. Es modelo y actor. Es…-suspiró emocionado.-Sexy.
- ¿Es famoso? Como de Hollywood y esas cosas.
- No lo sé, no hablamos mucho. – Solté una carcajada por su osadía.- Aunque es bisexual- murmuró serio, como si realmente le molestase su orientación sexual.
- Si te gusta…-me encogí de hombros.- No sacas nada si no lo intentas.- Asintió.
- Las chicas tampoco perdieron su tiempo- cambió el tema.- Angela conoció a un tipo, en serio creo que era nuestra noche de suerte, porque era guapísimo. Sexy. Creo que se llamaba James. Y Jessica…- me miró con una expresión de disculpa- desapareció con el borracho.
Casi escupí el café. - ¿Qué?- logré articular.
- ¿Te sorprende?- era retórica.
- No, aunque me ofende un poco- dije molesta.
Mi amistad con Jessica era extraña. El tipo de amiga que sales de fiesta, que sales de compras pero que nunca confiaría algún secreto a ella. Ella solía siempre estar en una especie de competencia conmigo, como si siempre quisiese ser mejor que yo, lo que me parecía ridículo.
La mañana pasó lenta, era un día sábado nublado y frío. Subí a mi dormitorio. Busqué el vinilo favorito de Marie y me senté a pintar. El hacer esto me recordaba cuando era pequeña y soñaba con ser pintora. Nos sentábamos en el jardín con Marie escuchando el mismo vinilo mientras yo dibujaba y le contaba mis futuras aventuras. La extrañaba, demasiado.
Llevaba una hora más o menos pintando cuando escuché el timbre. Dejé que sonara hasta que me di cuenta que Eric debía estar ocupado así que bajé. Abrí la puerta y apareció ante mí un chico rubio, delgado y lleno de acné. Llevaba un uniforme horrible a rayas rojo con blanco y una chaqueta rojo fuerte.
- ¿Isabella Swan?- preguntó tímidamente. Asentí.- Amm… Tiene un paquete.- Me entregó una enorme caja plateada. – Tiene que firmar esto y esto es para usted- firmé el formulario de entregas y observé curiosa el sobre. Solo llevaba escrito mi nombre completo en una sutil y elegante caligrafía. Lo abrí y leí:
El color azul es mi preferido y me encanta lo adorable que se ve en ti.
Nada más, ni una firma. Nada. Pero no necesitaba firmas, sabía muy bien quién era el del mensaje.
Eric apareció en el living con una toalla en su cintura, recién bañado. Le mostré el sobre y se acercó a leer.
- ¿Es él?-Asentí. Se sentó en el sofá y abrió la caja. Realmente temí por su salud al ver su expresión, parecía que se estaba ahogando. – Es…u-un… Gucci- tartamudeó. Sacó el vestido delicadamente, como si fuera el objeto más fino que haya tenido en sus manos. Era hermoso y obviamente azul sin embargo me parecía exagerada su reacción.
- Es solo un vestido- comenté.
Si la miradas matasen.- No es solo un vestido Isabella- me reprendió.- Es un Gucci, además este no está en el mercado es de una nueva colección.
- ¿No está en el mercado?
Negó – No, ni siquiera ha sido presentado en las pasarelas. Esta colección todavía no está terminada y tú tienes un Gucci inédito para ti – exclamó eufórico.
- No es mío – Estaba intimidad de la osadía de aquel hombre. Él no conocía límites.- Se lo voy a devolver.
- Ni hablar. ¿Estás loca?
- No quiero nada de él, Eric. Se lo devolveré. Le pediré a Jenks si puedo investigar su dirección.
Miró el vestido con anhelo y tristeza, como si se le fuese a deshacer de las manos.
- ¿Puedes aunque sea probártelo?- preguntó esperanzado. Saquí la cabeza.
- Iré a cambiarme de ropa, debo ir a trabajar.
Llegué a la oficina de J. Jenks puntualmente. Algo que Jenks odiaba era la impuntualidad, era un poco irónico dado el caso que él siempre lo era. Los dos lo éramos. Así que la ironía se aplicaba también en mí.
Toqué la puerta y entré sin esperar. Jenks era un tipo regordete y bajo, calvo y con indicios de canas. Siempre llevaba trajes y lentes. Era un tipo serio, solitario y desconfiado. La verdad es que no recordaba cómo había conocido a Jason Jenks ni tampoco cómo terminé trabajando para él. A pesar de esa actitud de desconfiado que siempre reflejaba era un tipo bastante agradable. Tampoco tenía muy claro a qué se dedicaba, sabía que era abogado graduado en Columbia y se dedicaba a investigar gente. Era muy solicitado y eso sumándole que era su única empleada me hacía tener un buen sueldo. Un día osé a preguntarle a qué se dedicaba a ciencia cierta y amenazó con despedirme así que nunca más volví a preguntárselo. A veces sus actitudes eran un poco corruptas casi mafiosas, estaba segura que la mayoría de lo que había en su oficina era ilegal sin embargo yo no tenía nada que ver con eso y él era muy cuidadoso por lo tanto nunca habíamos tenido problemas con la policía además que sus clientes iban de adinerados empresarios hasta policías del FBI.
Me dedicaba a hacer algo así como su secreteria-asistenta-relacionadora pública entre otras. Por lo general me dedicaba a comunicarme con las secretarias de sus clientes a programar citas, recordarle sus citas, ayudarle con papeleo, a veces incluso casos aunque no daba demasiada información. Y muy pocas veces me invitaba a cenas con sus clientes-socios. Realmente tenía suerte de trabajar con Jenks, ya que el sueldo era bueno y trabajaba solo cuando él lo requería, avisándome con anticipación.
- ¿Qué quieres Isabella?- preguntó mirando el reloj. Él también lo había notado.
- Necesito información- alzó los ojos mirándome curioso y divertido.
- Creí que me ibas a pedir un aumento pero… ¿información?- sacudió la cabeza- ¿En qué estás metida?
- En nada, solo necesito saber una dirección
Comenzó a rebuscar en su computador - ¿Nombre?- preguntó profesionalmente. Se había metido en su papel. Tragué saliva.
- Edward
Espero mientras tecleaba. Alzó los ojos - ¿Apellido?
- No lo sé.
- No lo sabes. ¿Sabes cuántos Edward hay en el mundo?- dijo molesto. No le respondí – Sal de mi oficina Isabella, me estás haciendo perder el tiempo.
- No. Puedo decirte cómo es. Tal vez lo conozcas, es bastante adinerado.
- Escucho.
- Es inglés. Es rico, demasiado. Maneja un Audi R8 negro. Físicamente es alto, delgado y blanco. Su cabello es cobrizo y tiene ojos verdes. Es bastante atractivo como también pedante- me miró escudriñándome, analizando la información. Asintió lentamente y pude ver en sus ojos, lo había identificado.
- ¿Por qué necesitas su dirección?
- Necesito entregarlo algo que me dio esta mañana.
- Él no tiene dirección. La última dirección estable que tuvo fue en Londres y eso fue hace cinco años. ¿Algo más?
- Pero está aquí en Boston. De seguro que se hospeda en algún hotel- sugerí.
- No Isabella- no supe si me estaba negando información o no sabía de verdad pero se mostraba bastante reacio a entregarme información.
Dejé su oficina y me senté en mi escritorio. Estaba enojada. Enojadísima con Jenks y con el inglés engreído. Me rasqué la cabeza frustrada. Estuve tentada a buscar por Google pero no quería seguir arruinando mi día. Trabajé unas dos horas, hice llamadas, programé y cancelé citas, leí correos electrónicos, entre otras cosas.
De repente se abrió – Vete a casa Bella- mandó Jenks.
- Me faltan unos papeles por terminar…
- Vete a casa Isabella. Lo terminarás después
- Es que no quiero tener demasiado papeleo cuando vuelva
- No lo repetiré de nuevo- me calló y golpeó la puerta. Suspiré.
Gracias a Dios que el edificio Crown tenía ascensor porque sería una tragedia subir y bajar los dieciséis pisos.
- Buenas Tardes- dijo Jerry el conserje. Le sonreí amablemente.
- Para usted también- el asintió servicialmente. Era muy amable. Se acercó a mí y educadamente me abrió la puerta.
- Muchas gracias…- Mierda. Me di la vuelta antes de que me viese e intenté esconderme.
- Isabella- gritó. Mierda, me había visto. Salí dignamente ignorando su presencia, lo miré de reojo y allí estaba él con su sonrisa burlona, su cabello cobrizo desordenado y vestido de jeans y chaqueta de cuero con camiseta blanca, parecía todo un chico malo apoyado en su Audi.
- ¿No me vas a saludar?- preguntó cuándo pasé por su lado. – No sabía que trabajas con Jenks- me detuve.
- ¿Conoces a Jenks?
- Claro que lo conozco, trabaja para mí. Me sorprende que le pidas información sobre mí.
- No era información solo era una dirección. No te creas tan importante- le contesté.
Sonrió con esa maldita y sexy sonrisa torcida.- ¿Mi dirección? ¿Para qué la querías? ¿Para terminar el beso de ayer?- terminó la frase susurrándola en mi oído.
Lo empuje – No imbécil, para devolverte tu regalito.
- ¿Por qué harías eso?
- Porque no lo quiero. No quiero nada de ti. Es más, dime dónde te alojas para entregártelo.
- No seas ridícula Bella- dijo como si la hablara a una niña pequeña.
Lo miré sorprendida – Le pediste a Jenks que me investigara- le grité. Era cierto lo de psicópata.
Chasqueó la lengua rehuyendo la mirada.
- No puedo creerlo. En serio eres un sicópata. Dime porqué lo hiciste- grité alterada.
- Sal conmigo- dijo tomándome de la muñeca acercándome a su cuerpo.
- Estás loco, no saldré contigo. Y suéltame- tenía una manía con tener sus manos sobre mí.
- Si quieres saberlo entonces sal conmigo. Esta noche. Usarás el vestido
Lo pensé un minuto – Me dirás todo- le exigí.
- Todo – prometió. Parecía sincero. Acepté además que quería saber lo que tenía que decirme.
- Tengo reglas- crucé los brazos.
- ¿Reglas?- dijo impresionada y divertido.
- Uno: Quiero toda la verdad. Dos: No quiero que me beses. Tres: No me defenderás de nadie. Cuatro: No entrarás a mi departamento de nuevo. Cinco: No quiero regalos ni tampoco sorpresas.
Y seis: Si digo que no quiero verte más. Desaparecerás de mi vida. Entendido.
Se quedó pensativo. – Son bastantes. Pero acepto. Te pasaré a buscar a las diez.
- Pero no me pondré el vestido
- Te lo pondrás, yo también tengo algunas reglas.
Enarqué una ceja.- Así, como cuáles.
- Te las diré esta noche. Adiós Isabella.- Se alejó.
- Estoy tan emocionado- chilló Eric al contarle mi encuentro con Edward.- Dios, tengo tantas ideas. Puedo hacerte un recogido pero también podría dejarte el pelo suelto y alborotarlo un poco…- comenzó a parlotear.- Llamaré a las chicas para saber su opinión- dijo tomando el celular.
- ¡NO!- dije lanzándome sobre él para quitarle el teléfono. – Nadie sabrá esto.
- ¿Por qué?
- No es una cita. Me voy a juntar con una especie de sicópata, incluso estoy pensando seriamente llamar a la policía.
- Tu odias a los policías
- Lo sé pero puedo requerir sus servicios.
Rodó los ojos. – Pruébate el vestido- cambió de tema.
A las diez en punto sonó el timbre. Eric me dio un leve retoque al maquillaje y cabello. Bajé con dificultad la escalera ya que el vestido era muy ceñido. Abrí la puerta mientras Eric me ayudaba con el abrigo sin embargo no estaba Edward.
- Señorita Swan. Soy Fred Jones, su chofer- se presentó educadamente el hombre. Era alto y delgado, rubio y sus ojos azules mostraban seriedad, debía tener unos cuarenta aproximadamente.
- ¿Mi chofer?- pregunté confundida.- El de Edward- susurró Eric en mi oído.
- Oh. Okay.- Me despedí de Eric deseándome suerte. Rodé los ojos cuando lo dijo. Fred me ayudó a bajar los escalones lo cual le agradecí muchas veces.
Casí me da un infarto cuando llegamos a la calle. Una limusina. Había enviado un chofer y una limusina. Lunático.
- Permítame- abrió la puerta. Subí con dificultad. – Puede servirse lo que quiera- sugirió mostrándome el minibar. Asentí por cortesía sin embargo no tomaría nada, quería estar lucida cuando estuviese con él.
Toqué la ventanilla de la limusina comenzando a abrirse automáticamente. – Si, señorita Swan.
- Amm… ¿Dónde está Edward?
-El señor tuvo un compromiso y se retrasó por lo que me pidió a mí venir a buscarla- asentí.-¿ Algo más señorita Swan?
- Sí. ¿A dónde se supone que vamos?
- El señor me pidió que no le dijese nada.
- Eso es romper una regla
- ¿Disculpe?
- No, no usted. Tiene cómo contactarse con él.
- Si- rebuscó en su bolsillo y marcó un número- Aquí tiene.
- Gracias- al tercer pitico contestó.
- Jones. ¿Qué pasa?- escuché su voz demandante a través de la línea.
- Soy Bella. Estás rompiendo una regla.
- Las reglas están hechas para romperlas
- Entonces yo romperé todas tus reglas- dije desafiante.
- Oh, me encantaría eso- ronroneó. Me mordí el labio, nerviosa. Este hombre me ponía de los nervios.
- Iremos al restaurant Soirée à Paris. A menos que quieras venir a mi casa.
- No, muchas gracias- le dije con falsa amabilidad y colgué.
Soirée à Paris era exquisitamente fino y elegante. Un lugar cálido y romántico iluminado con tenue luz y velas. Me despedí de Fred con un gesto con la mano, él solo asintió y se marchó. Seguí al camarero por las mesas mientras buscaba a Edward y su cabeza cobriza. Subimos unas escaleras entrando a una zona reservada y allí estaba, vestido elegantemente con un traje negro.
Me sonrió con esa estúpida sonrisa que comenzaba a gustarme y se levantó a quitar mi silla como todo un caballero. Casi me rió por mi pensamiento. Nos quedamos viendo como idiotas sonriéndonos hasta que él dijo.
- Isabella
- Edward
- Steve, déjanos solo por favor- parpadeé y miré al camarero que se alejaba.
- ¿Debería preocuparme?- pregunté, realmente estar sola en una habitación con él comenzaba a tener algún efecto en mí y no podía distinguir si era bueno o malo.
- Te diré mis reglas- sus ojos esmeraldas se posaron en mí, penetrantes.
- Claro, las que quieres que rompas
- Me encantaría verte romper las reglas como una chica mala.
Solté una carcajada - ¿Chica mala? ¿Piensas que tengo cinco años?- me burlé.
- A veces te comportas como una. Pero no me refiero a eso, sino que sería excitante ver cómo te sueltas, siempre estás a la defensiva.
- Tú no sabes nada de mí y estoy a la defensiva por tú culpa- aclaré un poco enojada.- Hablemos de tus reglas mejor.
- Bien. Uno: No hablaremos sobre lo de Jenks hasta que yo decida…
- ¿Estás bromeando? Estamos aquí por eso- le interrumpí.
- Déjame terminar
- ¿Terminar qué?
- Isabella yo nunca te dije que te contaría esta noche- habló lentamente.
- Claro que lo hiciste, me dijiste que me lo contarías si yo salía contigo. Pues aquí estoy- dije alterada.
- Si, dije eso. Pero en ningún momento te dije que te lo contaría hoy- volvió a repetir.
- ¿Y cuándo será entonces?- dije bastante cabreada.
- Cuando yo decida- lo miré atónita, su hipocresía no tenía límites.
- ¿Cuáles son tus otras reglas?
En ese momento entró Steve cargando una botella de vino tinto y dos copas.
- Señor. ¿Desea probar el vino?- Edward asintió y Steve procedió a servirle. Edward tomó la copa con elegancia y bebió, en todo momento no dejó de mirarme. Asintió.
Steve sirvió vino en las dos copas y preguntó- ¿Ya han decidido?
- No- dijo Edward, Steve asintió y volvió a irse.
- Tu nombre- dije. Si no tendría mi respuesta pues le sacaría la mayor información.
- Edward Anthony Cullen
- ¿Cullen?- pregunté sorprendida, lo miré fijamente buscándole algún parecido con Carlisle. Quise golpearme cuando caí en la cuenta, era obvio.
Frunció el ceño, molesto, como si el hecho de reconocer su apellido le molestase.
- Sí. Cullen- admitió.
- ¿A qué te dedicas? A parte de mandar a investigar a la gente- me burlé.
- Soy empresario, me dedico a diversas cosas.
- ¿De qué es tu empresa?- insití.
- Tengo diversas empresas pero comencé con compras de empresas.
- ¿Compras de empresas?
- Si, se compran empresas que están por quebrar y con una inversión se estabiliza. Cuando empiece a producir dinero se venden el doble o triple de su valor principal- explicó.
- Y si te llaman la atención o te dejan dinero no las vendes- concluí. Asintió. Whao, era interesante.
- ¿Dónde estudiaste?- seguí con mi interrogatorio.
- Cambridge.
- ¿Cuántos años tienes?
- Veintiséis.
- ¿De qué lugar de Inglaterra eres?
- Londres.
- ¿Qué haces en Boston?- comencé a acercarme a lo que me interesaba.
- Estoy fundando una nueva empresa aquí.
- ¿Qué hacías en Dark Eye el otro día?
Se rio- Eres inteligente. Estaba con un amigo.
- ¿Qué hacías no con quién estabas?- volví a preguntar- Y yo no vi ningún amigo- agregué.
- Pasando un buen rato como todos. Isabella no hablemos de esto, volveremos a discutir y me apetece pasar un buen rato.
- Está bien- acepté.
- Tu nombre- repitió mi pregunta. Sonreí burlonamente.
- Ya lo sabes. Isabella Marie Swan.
- ¿A qué te dedicas? A parte de desconfiar de la gente.
Enarqué una ceja pero obvié el comentario – Soy estudiante de Medicina.
- ¿En qué universidad?- insistió.
- Me sorprende que no lo sepas, Jenks es bueno haciendo su trabajo. Estudio en Harvard.
- De seguro te enseña Carlisle y de seguro sabes que es mi padre- se encogió de hombros- Fue muy obvio, lo asumiste por mi apellido.
- Sí. ¿Alguna pregunta más?
- ¿Por qué elegiste medicina?- fue una pregunta cualquiera pero la sentí demasiado personal.
- Para ayudar a la gente.
- ¿Qué edad tienes?- prosiguió.
- Veintitrés.
- ¿Tienes novio?
- No
- ¿Eres virgen?- preguntó como si estuviera preguntando el clima
- No- dije incómoda.
-¿Por qué te incómoda mi pregunta?
- Es personal.
Se encogió de hombros – Somos adultos.- Sacudió la cabeza – Eres bastante correcta.
- ¿A qué te refieres con correcta?
- Te gusta tener todo controlado, además de juzgar con demasiada facilidad ni para qué decir lo desconfiada que eres- prosiguió ignorando mi pregunta.
- Tú no sabes nada de mí- le dije molesta.
- Estás molesta y eso me da la razón- dijo triunfalmente.
- ¿Qué te hace pensar que soy así?
- ¿Has hecho algo ilegal?
Hice una mueca – No
- ¿Has ido a algún sicólogo?
- No- mentí.
- ¿Te masturbas?
- ¿Disculpa- le dije atónita.-No es algo que te interese.
Sonrió triunfal – Eres controladora, no te gusta que alguien te incomode y lo intentas controlar con algún tipo de ironía o psicoanálisis barato. Al ser controladora juzgas todo lo que está fuera de tu control, eso te hace ser cerrada de mente. Y desconfiada, al ser completamente cerrada de mente te cuesta aceptar el confiar con la gente.
- Yo no soy de esa manera, pero si lo he sido contigo tengo mis razones- inquirí.- Sabes, es realmente molesto estar contigo. Eres pedante, soberbio y egocéntrico, detesto a los hombres así.
- Porque no los puedes controlar- se burló.
- Cállate- le grité cabreada. - ¿Por qué no intestaste hacer esto grato y preguntar cosas como qué música me gusta o qué libro leí últimamente? Lo que una persona normal preguntaría.
- ¿Para qué? Eso es bastante predecible. Tú eres bastante predecible
- ¿A sí? Sorpréndeme
Se aclaró la garganta – Bueno, siempre estás bajo tensión, controlando así que utilizas el arte como terapia, diría que usas técnicas como pintura o dibujo asumiéndolo por tus manos, los leves callos en los lados de tus dedos al tomar el lápiz o los pequeños restos de pintura en tus uñas.
También te gusta la música, otra terapia, lo tuyo es el Jazz y sus derivados, suaves, lentos, y te agrada por la combinación de instrumentos con las voces potentes de los cantantes que le da talento y eso los hace ser clásicos lo cual tú amas. A parte de leer libros de medicina- prosiguió- no te gusta ser ignorante, no te gusta que te juzguen ni mucho menos en lo que respecta a tu inteligencia o conocimiento así que te mantienes informada constantemente además del hecho que siempre necesitas saber las cosas. Así que de seguro lees sobre política y me atrevería a decir que lo tuyo va por el lado más de izquierda. Tal vez lees también economía y si no, lo harás ahora que sabes que me dedico a los negocios. Novelas podría decir que clásicas pero no románticas, no eres una chica suave de amores platónicos, tú eres una chica moderna e independiente así que lees sobre feminismo o puede que novelas pero siempre intentas buscar el talento antes del cliché así que de seguro te gusta leer libros de autores alternativos.
Me mordí y tragué saliva. Nunca me había sentido tan incómoda en mi vida era como si hablara con mi sicóloga.
- Jenks hizo un buen trabajo- dije irónicamente. – Pero esta velada pasó de ser desagradable a horrorosa. A sí que yo me voy. Adiós.
- ¿Por qué te veas? Yo me estoy divirtiendo, además que no hemos cenado
- Vete a la mierda- lo insulté. Me bebí toda la copa y me volví hacia la salida. Él realmente me asustaba y demasiado.
Casi corrí por el restaurant con Edward pisándome los talones, salí sin importarme mi abrigo y vi que Fred bajaba de la limusina abriéndome la puerta.
- No me subiré- dije alejándome. Sentí la mano de Edward en mi cintura dándome vuelta para que lo mirara.- Suéltame- dije entre dientes.
- ¿Por qué siempre huyes? ¿A qué le tienes miedo?- susurró, su aliento a vino y chocolate golpeo mi rostro. Estaba tan enfadada que casi lo golpeé cuando lo empujé.
- No sé por qué me mandaste a investigar ni mucho menos lo que quieres de mí pero lo que sea que estés planeando. Olvídalo. ¿Entiendes?- le grité en su cara. Vislumbré las luces de un taxi- ¡TAXI!- grité al ver que se acercaba.
El taxi se estacionó al lado de la limusina, pude ver el rostro de Fred asombrado cuando pasé por su lado. Subí al auto.
- Gracias- susurré aliviada.
- Señorita. ¿Dónde la llevo?
Entré casi corriendo al departamento, en el camino tuve que quitarme los zapatos y abrirme el vestido porque no me dejaba respirar. Dios, es que los diseñadores no sabían que las mujeres comían.
Como había olvidado mi abrigo no tenía las llaves conmigo por lo tanto tuve que golpear la puerta para despertar a Eric.
- ¡ERIC!- grité al tercer golpe. Apareció con una camiseta y bóxer y su cabello desordenado, estaba durmiendo, creo. – Lo siento- me disculpé.
-¿Qué pasó?- preguntó rascándose la cabeza. Abrí la boca para responder cuando escuchamos golpes en la puerta bastante insistentes.
- ¡Isabella! Abre la puerta-escuchamos a través de los golpes, nos miramos no sabiendo qué hacer.
- Abre, despertará a los vecinos. Los dejaré solos- me dijo subiendo las escaleras.
Me acerqué a la puerta y removí el pestillo. Edward se abalanzó sobre mí entrando en la casa, llevaba mi abrigo en su mano. Se lo quité y lo colgué.
- Demuéstramelo- se acercó susurrando en mi oído, todavía me encontraba de espaldas a él y podía sentir el calor que emanaba su cuerpo, sentí escalofríos. Contuve la respiración cuando me volví para mirarlo.
- ¿Qué te demuestre qué?- intenté que mi voz saliera con algo de valentía pero lo único que pude pronunciar fue un leve jadeo.
- Que me equivoco. Has algo alocado, descontrolado. Demuéstrame que me equivoco- me desafió.
- No tengo que demostrarte nada.
- Demuéstramelo. Te desafío. Hazlo. Muéstrame que no eres la cobarde que creo que eres. Vas demuéstramelo- continuó hablando, desafiante. Y de repente lo golpeé, estampé mi mano en su rostro. Nos quedamos viendo sorprendidos hasta que vislumbré un sonrisa burlona- ¿Es en serio? ¿Es todo lo que tienes? Yo creía haberte subestimado pero que creo no me…-lo callé con un beso, estaba demasiada furioso que casi fui salvaje. Le mordí el labio y se lo tiré con fuerza mientras le agarraba la solapa del abrigo y se lo quitaba. Chocamos con varias cosas hasta que llegamos a la sala de estar y en ningún momento dejamos de besarnos. Tanteé el sofá y lo tiré, él calló quedando semi-acostado, subí un poco mi vestido y me senté a horcajadas encima de él. No tenía conciencia de lo que estaba haciendo en ese momento, me dejé llevar por la rabia y el deseo que comencé a sentir cuando sentí sus labios sobre los míos. Tocó mi espalda que había quedado expuesta cuando me abrí el vestido al llegar, fue suave y erótico haciéndome gemir. Tomé su cabello de la nuca y se lo tiré con fuerza, escuché su gruñido y volví a hacerlo. Bajé mis labios por su mandíbula hasta su cuello, olía delicioso, mordisqueé su cuello, él lóbulo de su oreja y volvía a su cuello para besarlo, con fuerza, eso le dejaría una marca. Mientras que con mis manos deshice el nudo de su corbata y comencé a abrir los botones de su camisa y peleaba con su chaqueta del traje. Él se adueñó de mi trasero, tocándolo y me dio una nalgada. ¿Cuál era su problema con las nalgadas?. Eso me molestó, quité con fuerza su chaqueta y le abrí la camisa a tirones, los botones volaron por todos lados. Nos detuvimos y nos miramos. Él parecía sorprendido lo que me hizo sentir orgullosa.
- Whoa- logró articular. Me dio una sexy sonrisa torcida e inclinó sus labios, bajando hasta mi cuello. Mi cuerpo comenzó a arder, hervía y ya no podía controlarme, esto comenzaba a escaparse de mis manos. Agarré su cabello y sus labios se volvieron insistentes, solté un gemido involuntario cuando sus manos se fueron a mis caderas haciéndome rozar contra su erección. De repente estaba en el aire y en un minuto acostada sobre el sillón mientras él se ponía encima de mí, aprisionando mi cuerpo con el suyo. Comenzamos a besarnos donde pudiéramos y tocarnos donde alcanzaran nuestros manos, podía sentir su cuerpo excitado en todo momento y él mío también. Sus manos comenzaron a hacer un peligroso avance por mis piernas rodillas y muslos.
Repentinamente tuve un momento de lucidez y recordé lo que estaba haciendo y el por qué.
- Sal de mi casa- murmuré tranquila pero decidida. Levantó su mirada de mis pechos, parecía confundido. – No quiero verte nunca más. Sal de mi casa, ahora
Parpadeó un par de veces como si no entendiera mis palabras, me miró por un momento y se quitó encima de mí.
Desapareció de mi vista y luego escuché el portazo, en ese instante tuve una sensación de vacío que me asustó sin embargo me mantenía decidida, yo no quería verle más.
