Nexus
Capítulo II: «Mago.»
La noche se cerró sobre el asentamiento humano y Mimi por fin pudo subir a la superficie. Se ató la enorme falda a los muslos para que no notaran que una cocinera había escapado de sus labores y así pasar como una recolectora o una curandera en entrenamiento. Ninguna de esas profesiones tenía un distintivo llamativo como la falda larga en las cocineras, por lo que fácilmente pudo mezclarse con el resto de los humanos que pululaban la superficie.
La herrería tenía sus fraguas con unas cuantas brasas a medio apagar, los vigías cambiaban de turno y los soldados se apostaban en las torres. Todo ese movimiento se veía enrarecido con la comitiva que había llegado el día anterior. Todos comentaban lo que había sucedido, el Emperador había utilizado magia para traer un demonio a su bando y destrozar un puñado de comerciantes de humanos. A Mimi le parecía idiota que creyeran esa tontería y no le creyeran a ella lo que ocurría en sus sueños. Ningún demonio lucharía en pos de un humano.
Masticó una manzana que sacó de uno de los bolsillos de su enorme falda y observó a su alrededor, buscando a los trece que habían salvado para preguntarles lo que se comentaba en las cocinas. Sin embargo, por mucho que buscara, veía gente que nunca había visto en su vida y que probablemente vivían allí desde el nacimiento y se quedarían a vivir allí hasta morir. Eso era otro punto malo de estar enclaustrada en las cocinas, solo conocías a los cocineros y un puñado de gente de tu infancia. Lanzó el corazón de la manzana a la selva, esperando que algún día creciera un árbol muy grande para que un descendiente de Takeru vigilara el perímetro. Sonrió perezosa y siguió caminando por el asentamiento.
Vio que Taichi estaba frente a la tienda del Templo, seguramente esperando a su hermana doncella. Se escabulló hacia el otro lado, él tenía una especie de sexto sentido de encontrar princesas de las cocinas fugitivas y no quería que su pequeña aventura terminara tan pronto. Llegó hasta una torre y le sonrió a un soldado, este se sonrojó y volvió la vista al bosque. Mimi rió extasiada, ese era su juego en la superficie.
—¡Mimi! —gritó una chica detrás de ella. La cocinera no puso buena cara cuando escuchó su nombre tan fuerte. Si no era Taichi, sería otra persona la que la enviaría de vuelta a las cocinas. Miyako lo notó y se tapó la boca con un sonrojo que le cubrió hasta la punta de las orejas—. Disculpa.
—No vuelvas a ser tan descuidada —indicó con una mueca de reproche. La cazadora se encogió de hombros y Mimi sonrió sintiéndose culpable. Le ofreció una manzana que la chica aceptó gustosa y comenzaron a pasearse por el asentamiento como lo hacían siempre que se veían.
Dieron una vuelta entera por lugar y llegaron hasta la Pirámide Invertida. Si veían a Mimi cerca de la entrada, nadie la podía acusar de fugitiva, ya que podía alegar que el calor la sofocó de tal forma que tuvo que salir. A esas horas no debía haber nadie rondando la entrada, como cuando había salido, pero en esos momentos estaba atiborrado de gente. Si las cocinas inmundas estaban bajo la superficie, en los túneles que había bajo la Pirámide, en el interior de esta se reunían los líderes de cada profesión del asentamiento.
—Hay un gran alboroto por la compañía del Emperador —explicó la cazadora, cruzando los brazos detrás de su cabeza en un visible gesto de pereza, el arco y sus flechas colgaban de cada lado de sus caderas y no llevaba una falda, sus piernas estaban cubiertas de un pantalón de piel que Mimi envidiaba con toda su alma—. Al parecer, él quiere formar una alianza con la gente del Norte.
—No somos muchos —graznó ella, sabía que no había lugar para una cocinera en la Fortaleza del Emperador por lo que no le quitaba el sueño esa vía de escape. Habría más aprendices de herrería.
—Hay más asentamientos norteños —rió Miyako, ella había visitado esos lugares ya que los cazadores no se perfeccionaban en su aldea natal. Viajaban mucho, hablaban muchos dialectos, aprendían a vivir solos en el bosque. Sora también había sido cazadora hasta que decidió cazar otras cosas, como hierbas, plantas y cortezas, complementando a Yamato en su calidad de explorador. En cambio, jamás quiso hacerlo con Taichi—. Debe ser algo serio.
—Siempre dicen lo mismo.
—Trajeron a un mago —rebatió la cazadora. Mimi frunció el ceño, disgustada, no había magos desde que la ambición aplastó a los humanos. Los magos habían construido la Pirámide Invertida y hablaban en un lenguaje de signos que ya nadie entendía, además de haber mantenido controlados a los demonios. No recordaba más de la historia que contaban las doncellas del Templo—. No lo ha demostrado pero habla cosas que nadie entiende.
—Tonterías —dijo Mimi, Miyako dejó el tema hasta ahí y comenzó a hablarle de lo que había hecho en el día pero por más que la cocinera asintiera, no la estaba escuchando. Un mago podría decirle qué significaban sus sueños, las visiones de Takeru y sanar la locura de Hikari. Quizás podría convencer a la Gran Cocinera que la dejara ejercer otra profesión. Incluso podría irse con él como aprendiz de mago. Y sin pensarlo, Mimi se echó a reír.
—¿Qué te ocurre?
—Quiero conocer a ese mago.
—Dijiste que era una tontería —rebatió la cazadora algo extrañada pero Mimi ya lo había decidido. Lo veía en sus ojos que quemaban con el fogón de las cocinas—. Te llevaré pero no esperes que te dejen hablar con él. Es extraño.
Entraron a la Pirámide Invertida y subieron por ella. Era extraña la influencia que tenían los cazadores, algo que no tenían las cocineras, Mimi lo atribuía al arco, a las flechas y las dagas que supuestamente un cazador siempre tenía ocultas bajo su ropa y en sus pantalones de piel. La castaña la siguió con la cabeza en alto, nadie sabía qué era ella por su falda recogida.
Miyako abrió una puerta y aparecieron más escaleras en frente. Casi decepcionada, Mimi la siguió hasta que llegaron al último piso de la estructura milenaria, hasta que lo que sería el techo de esta. Desde allí se veía el mar de árboles, el puesto de vigía de Takeru parecía un pequeño árbol en sus primeros años de crecimiento. Mimi no sabía que existía un lugar así.
—Buscamos al mago —anunció Miyako, un norteño de las Tierras Heladas se le acercó. Era pálido como la nieve y su pelo era tan rubio que parecía ser cano, era perfecto para ser un cazador mimetizado con sus territorios. A diferencia del hielo, su personalidad parecía ser cálida. Sin embargo, al sonreírle como había hecho con el soldado anteriormente, el norteño pareció inmune a sus encantos. Seguramente estaba enamorado de Miyako.
—Se fue hace unas horas. Está en el Templo, las preguntas que hacía solo podían responderlas las doncellas.
—Gracias, Alexei —dijo la cazadora a su colega y se dispuso a irse por donde vino. Taichi debió haberlo llevado allá, no estaba ahí para ver a su hermana y Mimi se recriminó a sí misma. Podría haber conocido al mago hace mucho tiempo atrás. Le dio una mirada periférica al techo de la Pirámide, estaba devorado por la vegetación que trepaba por un lado. No encendían fogatas ahí y la cocinera podía asegurar que tenían ahí al cazador de las Tierras Heladas porque podía aguantar las bajas temperaturas y vigilar y dar caza a cualquier demonio que utilizara el follaje para subir.
Bajaron en silencio, Mimi porque pensaba en el mago y Miyako porque estaba cansada por su profesión. Pasaron por la puerta donde el olor de las ollas rancias las despertó del ensimismamiento y volvieron a estar en la superficie, de pie sobre la tierra pisoteada por generaciones y generaciones de humanos.
—Iré al Templo. —Miyako asintió con la cabeza ante la afirmación, no estaba segura si la cocinera quería que la acompañara porque no entendía la urgencia de conocer al mago que en un principio negó. Mimi tenía los más extraños encaprichamientos—. Nos vemos en un rato.
—Adiós, Mimi.
Corrió hasta la tienda del Templo, la que encerraba la estatua de Genai y lo veneraban de día y de noche, encendiendo velas y hierbas aromáticas para honrar su imagen. Era un joven apuesto convertido en piedra, Mimi siempre había pensado que si él estuviese vivo, lo amaría con locura. Había sido el primer hombre en dominar a los demonios.
Vio a Taichi en la puerta aún, no se les permitía entrar en la tienda a los hombres solteros capaces de perturbar la concentración de las doncellas. Aunque fuese hermano de una de ellas. Sin embargo, un mago masculino sí se les estaba permitido penetrar en la tienda. Él la vio acercársele con la falda recogida y frunció las cejas. Sabía su secreto de cocinera fugitiva y era su deber devolverla a las ollas, pero Mimi siempre lo desconcertó, así que siempre le daba el beneficio de la duda cada vez que aparecía en la superficie.
—Vine a ver al mago.
—No eres la única —resolvió él—. No creía que fuera un mago hasta que lo oí hablar; quizás no haga cosas mágicas como dicen los cuentos, pero sabe cosas que nadie debería saber.
—Quizás sepa lo que signifiquen mis sueños. —Taichi la miró de hito a hito, la cocinera siempre lo convencía de alguna u otra forma—. Juro que me quedaré tranquila si obtengo una respuesta.
Taichi dejó de mirarla y apartó un poco la tela para dejarla entrar a la tienda. Mimi sonrió agradecida, y entró a la tienda con el corazón en la garganta, como si fuese a caer del puesto de vigilancia de Takeru otra vez. Dentro de ese lugar se asemejaba a la atmósfera caliente de las cocinas, pero con un olor agradable en vez del rancio de las ollas. El humo cargado de hollín era reemplazado con la ceniza suave de las hierbas aromáticas. Estaba segura de que si ella no se enamorara tanto, cambiaría sin dudarlo de profesión a la de una doncella. Unas hermanas estaban arrodilladas frente a la estatua mientras murmuraban cánticos tristes, oyó las voces susurrantes de un hombre y las de otras hermanas más adentro de la tienda. Sentía miedo de abrir la boca porque verían su corazón latiendo en la garganta.
—Disculpe —murmuró cuando llegó hasta ellos. El mago no era más que unos centímetros más alto que ella y tenía el pelo del color de las brasas de la fragua de los herreros, no quería decepcionarse del aspecto del mago. Se lo había imaginado tan apuesto como Genai—. Disculpe —reiteró. Las hermanas dieron cuenta de ella y le sonrieron, una de ellas era Hikari. El mago se volteó finalmente para verla.
—¿Mimi? —dijo él, sus ojos negros la penetraron y sintió cómo la atravesaba un recuerdo que pensó había enterrado en su memoria.
—¿Koushiro? —Suspiró recordando al chiquillo que la acompañó al Laberinto—. Deberías estar muerto.
—Es algo complicado… —indicó encogiéndose de hombros. Todavía no tenía una idea clara de lo que estaba sucediendo, las doncellas le habían hablado de los tiempos de los magos, de Genai, de la ambición y la desaparición. Todo ocurrido hace siglos atrás. Nadie sabía con exactitud lo que representaba la Pirámide Invertida. De hecho, nadie sabía con exactitud alguna una cosa, ya que relato comenzaba con un «dicen» y terminaba con un «todo el mundo lo sabe». Volvió a mirar a las doncellas, a Hikari y su superiora—. Discúlpennos.
—Ve hacia la luz —se despidió la mayor, en un saludo que al parecer era típico del Templo.
Mimi lo miraba como si tuviera la misma peste que Taichi le atribuía afuera de la Pirámide, murmurando cosas inentendibles a causa de su supuesta muerte, su transformación a mago y un no-sé-qué de un laberinto. Tomó a la chica del brazo para hacer que lo siguiera donde fuera que pudieran tener privacidad. Ella era la única que pareció recordarlo. Taichi no lo hizo, Takeru tampoco; había visto al rubio menor a las afueras de la tienda del Templo al entrar pero no hubo más que un intercambio de miradas entre dos personas que se topaban en la calle.
Al salir, el moreno esperaba y abrió con sorpresa los ojos. Mimi lloraba a borbotones y el mago la llevaba del brazo.
—¿Qué te pasa, Mimi?
—¡Debería estar muerto! —resolvió ella, gritando con una fuerza desmedida en la voz. Koushiro se encogió de hombros y se alejó, preguntándose dónde estaría Mina en esos momentos—. ¡Lloré meses por ti! ¿No tuviste eso en consideración? Me culparon a mí de tu desaparición.
—¿De qué hablas? —preguntó el explorador, tomándola de los hombros al ver que el pelirrojo no hacía nada. Lo poco que entendía era que Koushiro era una persona que no debería estar en ese lugar y que probablemente por quién Mimi lloraba no era él, pero sí lo era. Un doble, quizás.
—Él se perdió en el laberinto conmigo cuando éramos niños, yo salí pero él no —comentó con hipo, estaba cabizbaja con los ojos inyectados de sangre. Se debatía en ver o no al pelirrojo y él mantenía su vista pegada al suelo. Sus pupilas se movían frenéticamente como si estuviera pensando en algo.
—No era yo exactamente, pero seguramente debí morir en este mundo para que yo llegara a reemplazarme. —Sonaba raro dicho así pero esa era la verdad. Esa Mimi y ese Taichi eran como los recordaba en su mundo natal, pero habían vivido vidas totalmente distintas.
Mimi se zafó y se marchó caminando echa una furia. Soltó su falda larga para que se arrastrara por el suelo, levantando polvo en su pesada marcha hacia las cocinas.
—Ha sido un largo viaje —indicó su hermano caminando detrás de él. Si estaba realmente cansado, Ken no lo notaba; Osamu tenía la extraña habilidad de permanecer optimista frente a cualquier situación. Sea en medio de un calor abrazador en medio del desierto o un frío invernal en las Tierras Heladas, el mayor siempre tenía una sonrisa estampada en los labios. Era como si fuera su opuesto, Ken no se permitía mostrarse alegre ante ninguna situación. Su seriedad era inquebrantable—. Creo que me apetece quedarme una temporada para no volver a caminar en un tiempo.
—Sabes que eso no es posible —graznó él. Se calzó sobre los hombros la capa oscura que siempre llevaba en público, su distintivo como el Emperador. El hombre que había decidido poner fin a la era de los demonios y revivir los tiempos cuando Genai caminaba por el mundo. Si bien nadie sabía cómo era que ejercía su poder ni la fuente de ella, todo apuntaba que era el mejor de todos los tiempos. Y Ken sería su descendiente—. ¿Estás seguro de que está aquí?
—¿Quién? —Murmuró, tenía la boca llena de fruta como si nada le preocupara—. Claro, sí, la chica está aquí. Es una chica, ¿te conté?
—No importa si es o no una chica —rebatió. La capa era lisa, ligera y negra, al igual que sus pantalones y el jubón. Ni iría a usar los guantes porque en aquel lugar del norte había más calidez que frío. Osamu era su lado sentimental, lo que todavía lo ligaba a los humanos, pero él quería ser más que eso—. Me importa si es una como yo.
—Lo es, y hay más. Mejores que la rubia, la de las Tierras Heladas. —Se refería a Catherine, estaba en la Fortaleza esperándolos. No era una de las favoritas de Osamu pero fue la primera que habían encontrado—. Hay uno chico.
—Arréglate, los buscaremos y trataremos de irnos hoy —dijo mientras espiaba sacando tela de la tienda que le habían ofrecido en el asentamiento. Era un lugar ruidoso y antiguo, con una estructura creada hace siglos de una pirámide invertida y una estatua de Genai. No había muchos hombres y mujeres que le gustaran para que merodearan en la Fortaleza, todos parecían sucios y estúpidos—. ¿Dijiste que estaba en el Templo?
—Sí, los otros no lo sé. —Estaba calzándose su propia capa, era más clara que la de su hermano menor, como todo lo demás; pero se detuvo de pronto, como si hubiese detectado algo más. Su mirada se endureció y Ken lo observó en silencio—. Hay algo más, un hombre. No es uno de los tuyos.
—Lo buscaremos también, de algo debe servir —concluyó y salió de la tienda. Su vestimenta pulcra, y aunque oscura, causaba distinción en la muchedumbre del asentamiento y dio sus frutos al caminar por las calles atestadas, absolutamente todos se echaban hacia atrás y los dejaban pasar.
No fue difícil encontrar el Templo, era la tienda más grande y perfumada que había allí. Tuvieron que ir solos, sin escolta ni alguna comitiva, ya que no había un líder establecido en ese lugar inmundo, soloun puñado de líderes de cada profesión. Para Ken, no había ningún recolector o cocinero que fuese capaz de tener un juicio aceptable, por lo que no se molestó en pedirles audiencia.
Una chica de las Islas del Sur estaba sentada afuera de allí, como si esperara algo, y se levantó de golpe cuando los vio aparecer por entre la gente. Sus ojos estaban desorbitados y bajó la vista cuando ambos hermanos pasaron junto a ella. Osamu se retrasó mirándola fijamente, había algo en su esencia que debía parecerle interesante. Luego, apuró los pasos y se reunió con el Emperador en la tienda del Templo.
—Necesito encontrar a alguien, me dijeron que se encontraba aquí —comenzó a decir Ken y una a una las hermanas doncellas empezaron a aparecer detrás de la estatua de Genai con la cabeza gacha y sus túnicas blancas que caían hasta el suelo sucio. Osamu comenzó a mirarlas y sonrió.
Se abrió paso por entre las chicas de distintas edades se detuvo en una de ellas.
—Ella es —le dijo a su hermano como si no hubiese nadie más en la tienda.
—Tráela —resolvió Ken y tomó asiento en uno de los bancos que habían en la entrada. Osamu asintió con la cabeza y tomó a la chica por el hombro, pero al instante retiró su mano. Era como si tocar a la chica la piel se le hubiese quemado y el escolta del Emperador hizo un esfuerzo sobrehumano para no quejarse. A Ken le molestaban las quejas—. ¿Qué te sucedió?
—Me quemó.
—Yo no hice nada —se defendió, su voz era dulce e infantil—. Le juro que no hice nada —le dijo al hombre vestido de negro.
—No me importa si le hiciste algo o no —indicó con los ojos entornados—. Acércate, tengo algo que proponerte. Dime, ¿cómo te llamas?
—Hikari.—Osamu seguía murmurando maldiciones a su espalda y presionando la mano entre sus rodillas como si así el dolor se le esfumaría. La castaña tuvo miedo de avanzar hacia él, su hermano le había advertido que había llegado el Emperador al asentamiento y ese hombre parecía calzar con las características. Le hizo una seña para que ella se acercara pero no supo si obedecerlo.
La hermana superiora entró entonces en la tienda y Hikari pudo soltar el aire que contenía en sus pulmones. Su hermano Taichi no podía ir a rescatarla porque había sido criado ahí y respetaba las creencias del Templo, aunque no las compartiera. No como el Emperador que no parecía respetar las reglas de nadie más que el de él. Pero por alguna razón, él le parecía menos peligroso que el hombre que estaba a sus espaldas.
—Disculpen, ningún hombre soltero puede ingresar.
—Podríamos estar casados —replicó Osamu elocuentemente—, pero no lo sabría de ninguna forma, ¿verdad?
—Necesito hablar con Hikari a solas —interrumpió el Emperador a su escolta, daba la impresión de que no le importaba mucho si hablaba o no. La hermana superiora negó con la cabeza.
—Nadie puede hablar con ella a solas, está preparándose para tomar los votos esta primavera.
—Si todavía no ha tomado los votos, no le pertenece al Templo todavía —afirmó el Emperador, arqueando una ceja. Hikari se sorprendió, él sí comprendía las creencias antiguas pero no estaba dispuesto a seguirlas. La hermana superiora no tuvo nada más que asentir y bajar la cabeza, no así la mirada—. Entonces es decisión de la chica escucharme o no.
El hombre se retiró de la tienda y su escolta lo siguió de cerca. Hikari resopló y supo que debía seguirlo. Afuera Taichi podría defender de un hombre como él, adentro solo tenía a la hermana superiora y no había logrado ahuyentarlo. Cerró los ojos y pasó saliva, miró a sus hermanas doncellas y siguió los pasos de los hombres desagradables. Oyó murmullos a su espalda, eran rezos a Genai para que la tuvieran en su gracia, ya que las doncellas en medio de la meditación previa a los votos, no podían poner un pie afuera sin que la luz que las rodeaba se mancillara un poco.
Osamu estaba con la chica de las Islas del Sur que acompañaba al mago, la hostigaba para que no se fuera a ir demasiado pronto.
—Sé que puedes usar el nexus. No debe ser mucho lo que puedas hacer hasta el momento, y ni siquiera sepas qué es lo que significa, pero sé que sientes que eres distinta al resto. —Hikari permaneció en silencio y frunció la boca. Por mucho que quisiera negarlo él hablaba con verdad—. Si vienes conmigo, te enseñaré a utilizarlo a la perfección.
—Quieres que abdique y vaya contigo a la Fortaleza —afirmó la doncella novicia. Emperador torció la boca en una sonrisa imperfecta y asintió.
—He venido por ti —confesó—, aprenderás más de Genai conmigo que en un Templo como este.
—¿Cómo sabes que sé usar eso?
—Mi hermano lo sabe, es el especial —murmuró el hombre de negro como si se tratara de una broma aunque en su voz no se distinguía la alegría que acompañaba al humor—. Y con el tiempo aprenderás a reconocer a alguien de tu tipo con solo mirarlo. Yo no te podía encontrar fácilmente porque no lo sabes usar y tu poder está oculto.
Hikari bajó la cabeza y los hombros. Intentaba pensar con claridad en una mente nublada. Su madre le había dado un nombre que la había destinado a ser doncella del Templo, y las enfermedades que la mantuvieron recluida en su celda familiar por casi toda su infancia. Sufría de fiebre constante y en las alucinaciones se veía a sí misma en lugares desconocidos con climas extremos. Su corazón latía con fuera cuando era otra y se detenía cuando volvía a ser la chica enfermiza en la celda mugrosa sobre las cocinas. Las doncellas del Templo curaban las enfermedades de la mente, y por medio de la meditación había podido acallar sus alucinaciones pero no parecía del todo efectivo.
Pensó en su hermano, lo único que le quedaba y sintió que se le hacía pedazos el corazón cuando pronunció las palabras hacia el Emperador. El mago no había podido entender su problema cuando ella se lo había expuesto pobremente porque la hermana superiora estaba a su lado, pero el Emperador decía conocer la solución, y no era domarlo y ocultarlo, sino domarlo y controlarlo.
—Acepto.
—Bien, no esperaba otra respuesta —dijo él, estaba dispuesto a marcharse cuando apareció un hombre en su camino.
—Ella no irá a ningún lado contigo —dijo Taichi, sus puños estaban listos para estamparlos en su rostro pálido y sombrío. Osamu soltó a la isleña y se acercó a zancadas hacia su hermano para interponerse entre él y el harapiento.
—Tú no usas el nexus, no me eres de utilidad —replicó él, viendo que Osamu negaba con la cabeza en un gesto severo.
Hikari se había ido a parar con su hermano para detenerlo. Apoyó sus manos en los hombros de él, el primer contacto que había tenido con su consanguíneo hace meses. Taichi la miró a los ojos y entornó los suyos, intentaba mantener la calma pero su pecho se llenaba y vaciaba con su respiración atormentada.
—Tengo que hacerlo. Por favor, hermano, déjame ir con él.
—No puedo cuidarte si te vas —advirtió de pronto. Allí en el asentamiento, se quedaba horas esperando a que la hermana superiora saliera para que le dijera cómo estaba su hermana y preguntarle si la fiebre había bajado. Con los meses, Hikari había dejado de tener episodios febriles y eso lo tranquilizó un poco. Sin embargo, ella no parecía feliz con su decisión de unirse al Templo, para él, ella estaba conformándose.
—No iré sola —respondió y con la punta de la nariz apuntó hacia Takeru que venía más pálido que de costumbre. Su traje verde de vigía estaba sucio, su cabello estaba despeinado a causa del viento y en una mano llevaba un saco de harapos con fruta y un pan a medio comer. Lo más seguro es que había estado escuchando todo en un punto cercano al bosque.
Ken miró a su hermano y éste asintió. El chico rubio también era uno de ellos.
—Bien, nos vamos.
—Espera, Ken—susurró su hermano—. La isleña tiene algo extraño, acompaña a alguien.
—Eso puede esperar.
Restregó la olla con fuerza, la fuerza que nunca había tenido para esa tarea y que ahora brotaba como si estuviese posesa. Sentía su cabello húmedo y adherido a su frente, y de ella se escapaban gotas de sudor que corrían, llegaban hasta la punta de su nariz y caían para mezclarse con el agua con costras de alimento antiquísimo que se despegaban de la superficie de la olla. Tomó un respiro en el que se sacó el sudor de la cara con la manga, antes de volcar el contenido del metal hueco hacia el río. La soltó al instante en que se vació, exhausta; sus brazos temblaban como gelatinas. Se echó hacia atrás y cayó al suelo, rendida.
Nunca había trabajado tan arduamente en su vida. Si Taichi la viera en esos momentos, se sorprendería y felicitaría. Y seguro la nominaría a Gran Cocinera en el próximo Solsticio. Frunció el entrecejo, nunca en su vida había cocinado algo, solo revolvía el contenido de las ollas y las lavaba mal, como lo hacían todos los aprendices de cocinera. Todas las cocineras con experiencia les decían que las hacían trabajar el doble, mientras a algunos les molestara el comentario, Mimi lo usaba para escaparse de sus obligaciones.
Se levantó del suelo, alisó su falda y fue en busca de la olla olvidada en el río. La tiró sin mucho cuidado hacia donde ella hacía caído, decidiendo de pronto que ese sería el lugar donde apilaría las ollas limpias, y arrojó la siguiente olla inmunda al río. Comenzó nuevamente la tarea de restregar y restregar la suciedad. Las manos le dolían y pronto comprobó que sí tenían la habilidad de ponerse azules como Sora le había comentado una vez, y ella en su burbuja, no le había creído.
«No era yo exactamente, pero seguramente debí morir en este mundo para que yo llegara a reemplazarme.» Una olla más al suelo, su falda empapada hasta arriba de las rodillas pesaba más que nunca y su reflejo la miraba como si susurrara esa frase sin sentido alguno. Nadie moría pero seguía viviendo. Tomó a la última olla que se le había encomendado sin fuerzas, la arrastró hasta al agua y se la quedó mirando. Se sentó en el río con la olla. No estaba muerto, sin embargo, no había salido en años e inevitablemente lo declararon muerto. Era un chiquillo sin padres por lo que nadie había sufrido demasiado la pérdida y ella había decidido llorarlo por todos.
—Anda adentro, niña, ya hiciste bastante —indicó una cocinera mayor surcada por las arrugas—. Enviaré a otra aprendiz a que termine el trabajo.
Se puso de pie con dificultad y obedeció sin molestarse en replicar o agradecerle. El frío nocturno la rosó delicadamente, la falda mojada se fue llenando se tierra; su piel estaba erizada y su cabello alborotado. Siguió el camino delineado con antorchas que la llevaba de vuelta a la Pirámide Invertida para dejarse caer dentro de su celda sucia, seguramente sería su primera vez durmiendo plácidamente a causa de un trabajo bien hecho. Su andar era desaliñado, arrastraba los pies en vez de moverse grácilmente como siempre y sus brazos descansaban a cada uno de sus lados como dos bloques de metal. No vería absolutamente nada de no ser por las antorchas que la guiaban. Su respiraciónempezó a agitarse cuando comenzó a ver luciérnagas aparecían frente a ella, flotando como si lo hicieran en el agua. De sus pisadas brotaban capullos y flores pequeñas que inundaron el ambiente con su perfume dulzón, haciendo desaparecer el olor a leños quemados. Sus manos eran distintas cuando se las miró y ya no se encontraba en el camino entre el río y la Pirámide. Estaba en la fortaleza de setos y espinos, en un pasillo de madera que serpenteaba en el centro de un túnel arbóreo y lleno de cavidades donde se ocultaban sus sirvientes. Había silencio con excepción del canto de una doncella, un chorro delicado de agua corriendo y de insectos pequeños.
—Mimi —la llamaron de vuelta y volvió a estar junto a las antorchas. Unas manos le aprisionaban los hombros, era Taichi que la miraba con preocupación—. ¿Qué te sucede?
—Estoy cansada, eso es todo. —Se miró las manos, seguían rojas y entumecidas, pero al menos habían entrado en calor y el azul había desaparecido por completo. Notó que sus rodillas temblaban bajo su falda mojada y sucia.
—Te llevaré a tu celda —indicó con preocupación, estaba más dulce que de costumbre. La atrajo hacia sí y la ayudó a echarse a andar—. Me gusta tu falda así, es como si te gustara tu profesión —murmuró casi con tristeza, estaba deprimido, lo notaba pero no podía hacer o decir nada al en el camino de las antorchas y cuando pestañaba volvía a la fortaleza de setos y espinos; pestañaba otra vez y volvía a ver las antorchas y escuchar al explorador. Su cabeza le daba vueltas y se mantenía quieta a la vez. Pensaba en el mago y luego en el hombre que esperaba audiencia. Era cocinera, luego princesa. Tenía hambre y al segundo quería vomitar. Tuvo suficiente y se detuvo, oía que alguien le hablaba en el otro lado preguntándole lo mismo que Taichi le estaba preguntando—. ¿Sucede algo?
—Necesito ayuda —susurró, la cabeza martillaba mientras que la nariz le sangraba. La princesa sufría al igual que ella por lo que en esos momentos se mantenían separadas. No la quería dentro de su cuerpo, ya no más. Taichi corrió, sus pasos le retumbaban en los oídos como si fueran explosiones. Las antorchas bailaban violentamente frente a sus ojos entornados, haciéndola sudar copiosamente y que sintiera que respirara fuego. Se ahogaba en aire y de su cuerpo corría sudor como si fuera un río de sal y su nariz uno de sangre.
Despertó en la celda, su falda seguía mojada pero ella estaba seca, le habían pasado un paño por todo el cuerpo mientras dormía. Había un aroma herbal allí y asumió que había ido una doncella del Templo a verla mientras dormía sin sueños. Taichi estaba a su lado con una sonrisa de alivio.
—Creo que ya no te darán más trabajo, creen que te enfermas cada vez que lo haces.—Mimi solo sonrió cansada, no había tenido que ver con lo que había hecho con las ollas. Quizás el cansancio había ayudado para que soñara despierta pero nunca había sentido a la princesa en su mente, viendo las antorchas mientras ella veía su fortaleza. Algo debía significar.
—¿El mago sigue aquí?
—Sabía que dirías eso —dijo el explorador con un suspiro—. Ya le he comentado lo que te sucedió y me dijo que debía consultarle a un curandero. Habló algo de la sangre y presión. Igualmente se veía preocupado.
—Necesito hablar con él, por favor. —Taichi levantó una ceja y luego la otra, pasó de la duda sarcástica a la sorpresa; la expresión de Mimi era elocuente. El castaño se levantó y caminó hasta el umbral.
—Me alegra que estés aquí, no soportaría perderte a ti también. —Desapareció en la oscuridad de los pasillos que conectaban las celdas con la salida de la Piramide y las cocinas. Mimi no comprendió pero la cabeza le dolía tanto que no se permitió pensar más allá de las palabras. Se levantó y desabotonó la falda húmeda y sucia para cambiarse a una menos sucia pero seca. Peinó cabello con los dedos y se sentó en la cama de paja, se alegraba que una doncella la hubiese honrado con su presencia ya que el lugar olería bien cuando Koushiro atravesara la puerta, y quizás con un poco de suerte, Sora podría deleitarse con el olor cuando llegara de Bosque Oscuro. Pensando en la pelirroja, se preguntó su tendría agua suficiente para prepararse un Té de la Doncella para no añadir una boca que alimentar al asentamiento. En medio único pensamiento calmado que tuvo en todo su día, apareció el pelirrojo en el umbral de la puerta, con su chaqueta de tejido extraño empolvada y su cabello rojo y liso despeinado por el viento nocturno.
—Buenas noches —indicó educadamente y esperó hasta que ella le permitiera entrar a la celda con un gesto. No era como Taichi que siempre entraba cuando se estaba cambiando la falda, como si todavía fuesen pequeños sin pudor—. Taichi me contó lo que te sucedió, me alegra que estés bien.
—Eres mago, debes saber algo de lo que siento.
—No soy esa clase de mago. —A Koushiro se le había agotado la paciencia con explicar lo que era un científico, luego investigador lo abrumó y terminó aceptando su profesión como «mago». Claro que no uno que podía hechizar a alguien o lanzar fuego de sus manos, sino que de la clase que escribía en ciertos lugares de la Pirámide para encender la luz. No podía hacerlo en cualquier pared, de eso estaba seguro—. Entiendo unos cuantos símbolos.
—De noche sueño que soy otra persona… —empezó la cocinera—, y hoy ella estuvo en mi mente. Es como si viajara a otro lugar.
—No sé qué puede estar pasando —reconoció sorprendido. Tenía otro enigma entre manos, y no era que no le gustaran, pero había tanto y no había respuestas. Había muchos mundos juntos, y con pesar recordaba muy bien el Mar Oscuro que Hikari y Ken veían cuando era adolescentes, sabiendo que él podía haber viajado a otro mundo al igual la hermana de Taichi y Takeru habían hecho brevemente—. Sin duda eso es algo que debo investigar.
A Mimi se le aguó la mirada, nunca nadie antes le habría ofrecido ayuda porque nadie creía que sus sueños fueran reales. Recordó esa vez que se habían perdido en el Laberinto y él le aseguró que saldrían de allí. Confiaba que esta vez cumpliría su promesa. Cerró sus brazos entorno a su cuello y sollozó con sus labios rosándole la piel, estos temblaban haciéndole sentir como si le diera miles de besos pequeños que le erizaban el vello de la nuca. Él suspiró, mucho tiempo había soñado en vano tener esa cercanía con la Mimi que había dejado al cruzar la Puerta hacia ese mundo, y ahora que la tenía, se sentía extraño. Siempre había sido torpe, pero logró abrazarla también, presionándola contra su cuerpo como si no quisiera que se fuera. Un brazo cruzaba su cintura y el otro pasaba por sus hombros, mientras que su mano sujetaba la cabeza y sus dedos se enredaban entre sus mechones castaños.
—Llévame contigo, por favor. —Suplicó Mimi—. No nací para este lugar. Puedo ser tu esposa, acostarme contigo de noche y cocinar para ti de día. Nunca te cansarías de mí, lo prometo.
—No puedo llevarte conmigo —resopló resignado. Si sus presunciones eran ciertas, ella debía morir al otro lado de la Puerta para dejar entrar a Mimi. No podría hacerlo aunque eso quisiera. La cocinera sollozó nuevamente y le besó el cuello, primero tiernamente y luego con más fuerza. Con los ojos cerrados, levantó su falda hasta sus rodillas y se sentó sobre su regazo para seguir besándolo mientras subía hasta sus labios. Koushiro sintió que la sangre le hervía, se enfriaba; fluía y se congelaba. Quería llevársela; no, no debía. Quería quedarse allí; sí, quedarse toda la vida en esa celda mugrosa con la chica de la falda larga. Tomó su cintura y la atrajo hasta que sus ojos se le cerraron como embriagados, la cocinera se separó de él unos milímetros y volvió a presionar su cuerpo contra el suyo. Sus labios estaban juntos, a veces se movían, otras no. Mimi lo miraba con sus ojos castaños llenos de brillo y los cerraba momentáneamente para seguir viéndolo. Intentaba ver si era verdad lo que sus palabras decían: sí, él quería llevársela. La deseaba.
Sus manos femeninas fueron hasta su falda y volvió a levantarla para luego tocarlo a él. Y se detuvo, el brillo de sus ojos había desaparecido y había sido reemplazado por nebulosas. Oscuras, inhumanas, dos perlas oscuras que lo miraban extrañado. Mimi se había ido y otra ocupaba su mente.
Salió sangre de su diminuta nariz y tosió.
—La vi. —Koushiro oyó su voz salir muy grave, como un graznido de un cuervo hambriento, estaba aterrado—. La princesa estuvo aquí.
—Quiero que se vaya —sollozó la cocinera.
Gracias a CieloCriss y ChemicalFairy por sus lindos rw T-T
Reto a alguien que me explique este fic tan raro jajaja. Continuará, besos.
