Capitulo 1

En mitad del Pasillo.


-Un poco más y todo acabará.- se dijo a si mismo mientras seguía recorriendo los pasillos del castillo. Eran las once y media de la noche y se encontraba solo en un área olvidada del castillo. Estaba aburrido por la falta de actividad de esa noche. Normalmente había algo que hacer en las rondas, pero al parecer hoy todos estaban comportándose debidamente según el reglamento.

-Que ironía.- se dijo a si mismo. El normalmente deseaba que nada sucediera, para poder centrarse en pensar o en hacer cosas más productivas que estar regañando y persiguiendo estudiantes de cursos más bajos que él. Y la noche en que su mente no podía estar tranquila, en la que necesitaba cualquier cosa que lo distrajera del aburrimiento que cargaba sobre si, parecía que todos los habitantes del castillo se hubieran puesto de acuerdo en quedarse en sus cálidas camas, durmiendo plácidamente. Comportándose como debían hacerlo.

-Donde estarán los inútiles de los amigos de mi hermano en este momento. Seguramente ellos me darían algo con que entretenerme un poco, mientras acaba la ronda.- susurró, mientras jugueteaba con su varita, la cual se encontraba en el interior del bolsillo de su pantalón. Deseaba que algo sucediera en ese preciso santiamén, o si no, que el tiempo pasara rápido para poder irse a la sala común y sentarse a leer algo. Al menos así tendría algo de entretenimiento y cualquier cosa sería mejor que estar en ese olvidado corredor, escuchando grillos imaginarios y el suspirar del viento.

Sabía que cuando llegara a su sala común todo estaría bien. Podría leer todo lo que quisiera sin que nadie le dijera nada. Al fin y al cabo, era su pasatiempo favorito. Sonrió levemente, con algo de diversión y un tanto de burla, al recordar la vez que había dejado irreconocible a uno de sus compañeros de casa por insinuar que parecía un ratón de biblioteca al estar tan pegado a los libros. Lo había castigo, era cierto, pero el perderse de todas las clases que le tocaban no le había parecido un nada extraordinario. Mucho menos si había sido después de ver la cara aterrorizada de ese idiota presuntuoso.

Comenzó a recordar todos los libros que tenía en su habitación, decidiéndose en cual seria la mejor elección para esa noche. Tomando en cuenta, que mañana tendría entrenamiento de quidditch, debía descansar bastante. Pero que diablos, él quería leer y eso haría. Además, no había nada más interesante con lo que distraerse y gastar su tiempo.

Se levantó la manga de la camisa y observó por unos segundos su reloj. Las once y cincuenta. Solo hacía falta diez minutos. Diez eternos minutos y su ronda terminaba. Sonrió levemente y siguió caminando por el área que le tocaba patrullar. Decidió tomarse un descanso por un momento, al fin y al cabo a nadie le importaría si lo hacia o no.

Con parsimonia, tomó asiento en la mitad del pasillo y apoyó su espalda contra la fría pared de piedra. Se llevó una mano a su cabello negro, y se lo revolvió con descuido. Cerró sus ojos y luego se masajeo la sien con las yemas de los dedos. No sabía porque, pero su mente se dirigió a aquel día de Julio, que parecía tan lejano, aunque solo hubiera sido hacia un año atrás. Ese día de Julio, donde comenzó a ser hijo único. El día que su hermano se largó de la mansión. El día en que renegó de su familia. Cuando renegó de su nombre y de si mismo.

No entendía porque su mente seguía regresando a ese día. Seguía devolviéndolo a la cara furibunda de su madre y el rostro tensó de su padre. A la mueca que había hecho su prima Bellatrix y a las lágrimas que había derramado Andrómeda. No. No entendía porqué, meses después, seguía recordando eso.

Su madre le había dicho que olvidara cualquier indicio de su hermano mayor. Que él era ahora el heredero de los Black y que estuviera orgulloso de ello. Se había hartado de escuchar la misma cháchara acerca de su destino y de lo agradecido que debía estar. Entonces, porqué ese sabor agrio a su aparente buena fortuna. Aún con los ojos cerrados, sonrió irónicamente. Tal vez no era tan parecido a su familia, como todos querían ver. Y no era tan distinto a Sirius, como todos, y él mismo, quería creer. Tal vez, sólo tal vez.

Se reprendió a si mismo por ese pensamiento, pero supo que era verdad. Aunque no compartiera los ideales de su hermano, no estaba en desacuerdo con su actitud. Él había seguido su ideal, sin importar el medio y las consecuencias. Un pensamiento muy digno de un Slytherin, si le preguntaban a él. Se había largado de la casa, para irse a vivir con los Potter, pasando sobre su madre y su padre, sin importarle la opinión de nadie más que la de él mismo.

Siempre le gustó eso de su hermano, su capacidad de ser fiel a su ideal. Y también se sorprendía de su actitud. Cuando Sirius quedó en Gryffindor pensó que el sería la encarnación de todas las cursilerías que pregonaban los de las casas, y aunque su hermano tenía varias de las características de la casa de los leones, no se podía negar su ascendencia. Esa sangre tan Slytherin que corría por sus venas, y por las de él también. No se puede negar de la sangre que corre por sus venas, por más que se intente o se quiera.

Por eso no le dejaba de sorprender de lo brutalmente infantil que podía ser Sirius cuando se le daba la gana y de cómo podía llegar a ser cruel con los demás si se lo proponía. Por algo era famoso su grupo de amigos, que se hacían llamar a si mismos, los merodeadores

Suspiró levemente. Extrañaba a su hermano. Extrañaba sus bromas a la hora de levantarse y sus peleas por todo y por nada. Extrañaba los gritos en la casa y los arranques de furia de Sirius. Aunque no podía negar que su hermano era un grandísimo idiota la mayoría del tiempo, pero hacia que sus días fueran más llevaderos. Más interesantes. O al menos, muchísimos más coloridos, al tinturar los días de su niñez con recuerdos de regaños por parte de su madre o de las rabietas de Bellatrix. Pero ahora no había nada de eso, luego de que el siempre valiente y fiel Sirius, siguiera su ideal gryffindoriano.

Y ahora que pensaba en ello, ¿Cuál era su ideal? ¿Cuál era su pensar? La verdad es que a él poco o nada le importaban los nacidos de muggles. Mientras que no se metieran con él, podían vivir tranquilos, y también le importaba poco los mestizos y los mismos sangre limpias, ya que muchos de estos, por esa obsesión enfermiza con la pureza de la sangre, prácticamente todos se casaban entre familia, procreando nuevas generaciones débiles, mediocres, hablando en términos de magia. O peor aún, generando squibs.

Más que horrorizarle la posibilidad de una ascendencia sin historia de magia, le mortificaba la posibilidad de una descendencia débil y sin magia. No cuando toda su vida había girado entorno a la magia. Patético. Para él era patético el vanagloriarse de ser sangre limpia, de ser mejor que un hijo de muggles, solo por una larga dinastía de magos sangre pura, pero sin poder hacer nada, por su casi inexistente habilidad mágica. Eso le producía asco. Para que alabarse a si mismo, si eran prácticamente incompetentes en todo lo que hacían.

Entonces, eso en que lado de los prejuicios lo dejaba. En realidad, lo apartaba de todos. No estaba del lado de los sangre limpia, ni de los amantes de los muggles. Estaba de lado de los más fuertes, del lado de los capaces. Y si en algún momento tenía que hacer parte de alguno de los dos bandos, este concepto, sería el que lo ayudaría a decidirse.

-Al fin y al cabo. El más fuerte sobrevive.- se dijo a si mismo, mientras seguía recargado a esa pared, sentado en el piso, sin ver nada.

Eso era lo que lo diferenciaba de su familia. Lo que lo diferenciaba de Sirius. Los Black estaban obsesionados con la pureza de sangre y Sirius estaba en contra de esa manera de pensar. Pero él no estaba en contra de ninguno de los dos. Sólo esperaba la mejor oportunidad para él. Solo esperaba pacientemente que las cosas se colocaran de algún lado de la balanza, para actuar acorde a su filosofía. El mas apto sobrevive, una ley natural. Sabía que los prejuicios serían la perdición del mundo. Todo el tiempo lo han sido, ¿Por qué debería ser diferente ahora? Cuando alguno de los dos lados pujara con más fuerza, él actuaria y se aseguraría de encontrarse en una buena posición. Todo en búsqueda de una estabilidad para él. Un pensamiento egoísta, cierto. Pero, ¿Qué Slytherin no es egoísta? No, más bien. ¿Qué persona no es egoísta? Su hermano lo era, los amigos de su hermano lo eran, los Gryffindor, los Hufflepuff y hasta los Ravenclaw. Entonces, porque él no lo sería también.

Sonrió levemente ante ese pensamiento y se quedó en la misma posición que tenía. Dejó que su mente se escapara lejos. Pero en ese momento la sensación de vacío se adueñó de él. Se sentía vacío y aburrido. Extremadamente aburrido. Pero también sentía una pequeña presión en el pecho y su corazón comenzó a latir rápidamente. Se sentía ansioso y sin saber porque. Tenía un presentimiento. Sentía que algo iba a pasar. Algo importante. Algo entretenido.

-¿Pero qué?- preguntó a la nada. En ese momento se escuchó un golpe seco y un quejido. Sus ojos se abrieron rápidamente y se levantó del suelo con rapidez. El ruido se había escuchado cerca del lugar donde se encontraba ahora mismo, por lo que le tocaba a él ir a averiguar. Con paso apresurado se acercó al pasillo donde creía que provenía el ruido y se sorprendió con lo que encontró.

Se trataba de una joven. Una joven que rondaba su edad, a su parecer. Llevaba puesto un vestido de color azul cielo que le llegaba a un poco más debajo de las rodillas y de tiras, lo cual dejaba la piel de sus brazos y hombros al descubierto, con zapatos a juego y una capa negra que la cubría. Sus rodillas se encontraban raspadas y sangre brotaba de ellas. Su rostro, ligeramente ovalado y casi sin la redondez característica de la niñez, se observaba algo rasguñado, pero nada realmente serio. Lo que le permitió observarla mejor. Tenía facciones finas, con pómulos suaves, labios pequeños y rosados, y pestañas largas. Su cabello, largo y ondulado, era de color castaño. En eso la escuchó gemir levemente del dolor y volvió a revisar para que nada se le pasara por alto. Se veía ligeramente lastimada, pero la joven parecía sufrir mucho, ya que sus labios soltaban leves quejidos de dolor constantemente.

Con cuidado de no levantar nada de su lugar, el joven la tomó en sus brazos y la cargó con delicadeza. Al fin y al cabo, se trataba de una dama, aunque no la conociera. Un extraño cosquilleo recorrió todo su cuerpo, cuando sus dedos hicieron contacto con la piel descubierta de la joven, pero lo ignoró simplemente. Con paso firme y rápido, comenzó a caminar rumbo a la enfermería.

Podía sentir la calidez que emanaba del cuerpo de la chica, e instintivamente la apretó contra si, tratando inconscientemente de retener ese calor con él. Observó su rostro una vez más, sorprendiéndose de lo acelerado que latía su corazón y de que las expectativas que tenía para entretenerse esa noche se habían cumplido de una forma poco convencional.

En ese momento, notó como ella se movía y se acomodaba en sus brazos, pegándose más a él. Notó como parecía tranquilizarse un poco, y como la expresión de dolor menguaba un poco, haciendo que él sonriera sin darse cuenta.

Cuando quiso ver, había llegado a la enfermería. Abrió la puerta como pudo y se acercó a una cama para depositar a la joven. Cuando la dejaba sobre la cama, sintió pasos que se acercaban a donde estaba él. Era Madame Pomfrey.

-¿Quién anda allí?- preguntó la enfermera del colegio, algo molesta por la intromisión a esas horas de la noche.

-Regulus Black, Madame Pomfrey.- respondió el joven, mientras se separaba lentamente de la joven y giraba su rostro en dirección a la enfermera. La señora venía con el ceño fruncido, el cual desapareció al ver a la joven que reposaba sobre una de las camas.

-¿Qué sucedió, señor Black?- preguntó Madame Pomfrey, mientras empujaba levemente al menor de los Black y comenzaba a revisar a la joven.

-La encontré tirada en uno de los pasillos del área donde me tocaba patrullar el día de hoy.- respondió con simpleza.

-Mmm. Parece no tener nada grave. Tan solo algunos rasguños, raspones y golpes leves. Nada que una pequeña poción sanadora no pueda arreglar con facilidad.- murmuró la mujer de cabellos castaños. -Pero me parece raro el que nunca haya visto a esta joven en Hogwarts.- susurró la enfermera mientras hacía tomar a la inconsciente castaña una poción de color verde.

-Tiene razón, yo tampoco la he visto nunca.- comentó el prefecto de Slytherin. El joven vio como las pequeñas heridas desaparecían del cuerpo de la castaña.

-Listo. Mañana la joven despertará en perfectas condiciones.- dijo Madame Pomfrey con una pequeña sonrisa, para luego mirar al joven de cabellos negros. -Señor Black, puede retirarse ahora. Es casi la una de la mañana. Su ronda terminó hace rato y es momento que regrese a su sala común.- dijo con voz neutra la enfermera mientras se disponía a irse a su habitación.

-Madame.- la llamó el joven, haciendo que la mujer detuviera su camino. -Me gustaría permanecer en este lugar por esta noche. Quisiera hacerle compañía a la señorita, si usted me lo permite.- pidió educadamente el menor de los Black, ante la atónita mirada de la enfermera de Hogwarts. Madame Pomfrey no entendía la extraña actitud del joven, pero no le dio importancia a ello, por lo que asintió en silencio, antes de girarse y seguir su camino.

-Espero que mañana se valla temprano a su sala común y se aliste para las clases, señor Black. No quiero enterarme que por su estancia esta noche en la enfermería, no asista a las clases que tiene programadas.- dijo ella sin girarse para ver al joven, antes de abrir la puerta de su habitación y cerrarla detrás de ella.

Él se quedó en silencio contemplando la puerta por donde había desaparecido la mujer antes de girarse a observar el rostro de la castaña. Ahí estaba la respuesta a todas sus suplicas, acostada en una cama, inconsciente e indefensa. Ella era el misterio que estaba esperando por resolver en medio del aburrimiento en que vivía.

-Ahora, solo hace falta esperar a que despiertes.- dijo él en voz baja. Con lentitud se acercó a la silla que estaba junto a la cama y la haló para acercarla más a la cama, se sentó en ella y se quedó observando el subir y bajar del pecho del la joven, por su tranquila respiración. Poco a poco, y casi sin darse cuenta, sus ojos se fueron cerrando por el sueño que lo invadía. Dejándole como última visión, el rostro de la desconocida que reposaba en la cama, justo al lado de él.