Estupefacta por la respuesta, Aqua simplemente se dejó llevar por los brazos del señor Eraqus, quien con un gesto complaciente le indicó que le acompañara al interior del carruaje.
Aunque había vito muchos carruajes luminosos, el del señor Eraqus le parecía especialmente sofisticado y acogedor; cuando las puertas se cerraron suavemente al entrar ellos, una lluvia de flechas de luz apareció de la nada, iluminando por completo el interior del vehículo. Cada vez que una luz atravesaba su cuerpo, Aqua sentía una calidez muy agradable similar a cuando se tomaba un tazón de chocolate caliente en una fría y húmeda noche invernal. Y realmente tuvo la sensación de que el hombre que se hallaba frente a ella y se deleitaba con su asombro provenía efectivamente de otro mundo.
-Se acerca tormenta -anunció Eraqus, fijndo sus rasgados ojos en el cristal de la ventana-. He considerado oportuno continuar la conversación en el carruaje. No te preocupes, no tardaremos demasiado. A Olive no le gustaría.
Aqua asintió con la cabeza, esperando por alguna razón que el vehículo se alzara en vuelo hacia el cielo estrellado. Pero lo único extraordinario que ocurrió fue que las lucecitas se reunieron en el techo del compartimento, comprendidas en una bola luminosa que hacía de calentador.
-Quizás mi comentario anterior la haya sobrecogido, pero es necesario que asimile este hecho cuanto antes, algo que creo te producirá más alegría que inquietud, pues me parece que posees el carácter de tu madre.
-Lo sé -admitió Aqua-. Hay otros mundos. Ella solía contarme que la luz de las estrellas es en realidad la luz de los corazones de las personas de otros mundos.
-Eso es correcto -contestó, sorprendido, Eraqus-. Pero es algo confidencial, de lo que solo unos pocos tenemos conocimiento.
-Lo cierto es que ella solía contármelo como si fuera una historia ficticia -se apresuró a decir la muchacha. Era indudable que el asunto que trataban era muy serio y no quería dar una imagen equivocada de su madre-. Nunca entendí los conceptos, ya que era un cuento. Quiero decir, que no había necesidad de explicaciones lógicas. Pero extrañamente he terminado creyéndolo.
Afortunadamente, la expresión adusta del señor Eraqus desapareció de su rostro.
-Supongo que en el fondo siempre lo supuso. Hay muchas cosas que se escapan de nuestro entendimiento, señorita Aqua; a pesar de ello, incluso cuando nuestra razón nos es impotente, la verdad sigue conservándose intacta en nuestros corazones. Curioso instrumento el corazón -susurró-, es capaz de intensificar las virtudes de una persona y de engañar a la mente para que se cometan las mayores atrocidades. Todo depende de su inclinación a la luz. Pero no te adelantaré acontecimientos, pues son conceptos que estudiarás con más profundidad en mi escuela.
-¿En su escuela? ¡Es usted director! -Exclamó Aqua con su permanente asombro.
-Desde el momento que te conocí supe que tenías potencial. Sí, Aqua, he venido para que aceptes mi invitación a estudiar en mi escuela. Además, no esperarás quedarte aquí tan tranquila después de esta sustanciosa revelación –dijo con humor el hombre.
-Oh, vaya. Perdóneme señor Eraqus, pero todavía estoy demasiado impresionada como para decir algo coherente.
-Es comprensible. Pero no me malinterprete; no soy ningún manipulador. Quizás sería más adecuado dejar que se piense unos días…
-¡No! –Interrumpió la niña-. Ya lo tengo decidido: iré a su escuela. No hay nada que desee más en estos momentos.
-Tienes el mismo arrojo que tu madre, de eso no hay duda.
Aqua se sintió tan halagada que no quiso dar a entender que era el deseo de abandonar ese mundo y no su valentía lo que le había llevado a aceptar la oferta. A pesar de eso, no podía evitar pensar en qué extraordinaria sería esa escuela, en las materias que cursaría, si sus maestros tendrían rasgos animalizados y colores extraños… El señor Eraqus prefirió contestar todas sus preguntas con una sonrisa, así que su curiosidad fue en aumento.
-¿Y cuándo partiremos, señor? –Preguntó minutos después sin fingir su impaciencia mientras caminaba de nuevo por el jardín de la señora Olive, pero esta vez con una sonrisa radiante en su rostro y un acompañante fascinante.
-Hoy mismo, si le place.
-¡Vaya! ¡Qué rapidez! –se sorprendió pegando un brinco de alegría.
-No creo que sea necesario, señorita –recalcó Eraqus, deleitándose con la impaciencia de la muchacha. En breve dispondrá de todo lo que necesite.
-Qué mundo tan apañado.
-Es ciertamente más avanzado que este, pero debo reconocer que su mundo me inspira cierto encanto. Fue creado siguiendo el modelo del planeta Tierra. Esta zona en concreto corresponde con Gran Bretaña.
La señora Olive no trató de fingir su oposición a que Aqua se marchara de su mansión, llegando a perder por completo la compostura al gritar al señor Eraqus que vendía a niños como esclavos. El hombre respondió con su habitual tacto y amabilidad, pero eso sofocó aún más a la señora Oliva. Aqua, quien estaba pensando en hacer algunas visitas no demasiado seguidas a la señora Olive para intentar apaciguarla, cambió de idea cuando vio que esta intentaba tirar el jarrón de porcelana más grande que tenía en la mansión.
-Usted no puede venir aquí y llevarse a la señorita Aqua –replicó la sirvienta principal mientras trataba de apaciguar a la señora Olive. Aqua se sorprendió de su atrevimiento al dirigirse tan irrespetuosamente a alguien de un estatus claramente superior.
-En mi escuela la instruiremos de la mejor manera, se lo aseguro.
-Esa es una decisión que corresponde tomar a mi señora –protestó mientras trataba de evitar que la señora Olive se lanzara a propinarle arañazos a Eraqus cual felino.
-Me temo que no es su señora, sino el padre de la niña quien toma ese tipo de decisiones. Y recientemente me lo ha confirmado.
Ante eso no pudo objetar nada más. Los despidió desabridamente y ordenó a otros sirvientas que la ayudaran a tranquilizar a la señora Olive, quien había comenzado a descomponerse en lágrimas y a estirarse del cabello.
Se despidieron brevemente y se alejaron de todo el barullo. Aqua respiró aliviada mientras atravesaban juntos la mansión, con intención de no volver nunca más.
-¿Realmente mi padre ha aceptado sin reparos? –Preguntó.
-No ha tenido problema alguno.
Aqua suspiró, entre la alegría y la decepción. Era estúpido pensar que su padre hubiera querido consultar con ella antes de tomar esa decisión si ni si quiera había tomado en cuenta su negativa a hospedarse en casa de la señora Olive. Ella solo era un estorbo para él. Apretó el medallón en su bolsillo y se dijo a sí misma que todo iría mejor.
-Quizás se esté preguntando de qué manera abandonaremos este planeta.
-¿En su carroza, quizás?
Una súbita ráfaga de luz apareció de la nada, iluminando la oscura carretera en donde se encontraba aparcado el vehículo. Aunque ahora este había desaparecido; en realidad, había sido absorbido por la luz, que estaba siendo sostenida en la mano de Eraqus contenida en una bola. De repente el orbe aumentó de tamaño y adoptó una nueva forma. Parecía un arma, una espada, sin duda, pero tenía la peculiar forma de una llave.
Pero tuvo demasiado tiempo para contemplarla al detalle, pues el señor Eraqus la había agarrado fuertemente del brazo y juntos habían abandonado el mundo. Aunque no veía más que luz blanca, Aqua supo que estaba sobrevolando el espacio. Se movía rápidamente de un lado a otro, rebotando y dando vueltas, ascendiendo y descendiendo. Cuando finalizó el trayecto, casi estuvo a punto de caerse de bruces si no hubiera sido por el generoso agarre de su acompañante.
Abrió los ojos, pero todavía veía luces moviendose de forma confusa a su alrededor. Esperó unos momentos a que se repusiera. Cuando lo hizo, vio que Eraqus le hacía un gesto de bienvenida y le invitaba a contemplar el paisaje.
El nuevo mundo no parecía muy diferente de su mundo a simple vista, pero observado más detenidamente se advertían sutiles diferencias; el césped era de un verde más intenso y contrastaba fuertemente con unas flores de brillantes colorines que iniciaron un frenético vuelo al cielo azul turquesa cuando Aqua intentó agarrarlas. El aire, aunque enrarecido, se sentía más puro que el de cualquier paraje natural de su mundo, y tenía la encantadora costmbre de moverse creando pequeños remolinos. Aqua se adentró en uno de ellos realizando un battement y pronto se encontró con que el viento la hacía dar vueltas como una peonza, lo cual la hizo reir de felicidad hasta que se estampó en el mullido suelo.
-Interpretó eso como una señal de que te parece óptimo.
-Es óptimo –contestó a los tres Eraqus que se aparecían ante ella.
-Sabía que dirías eso –se alegró el hombre-. No es un mundo de gran tamaño; tiene las dimensiones de un satélite. Pero posee condiciones favorables para la vida.
-Y supongo que aquí no se respetarán las pautas de comportamiento de mi mundo –agregó Aqua a la lista de virtudes.
-Aquí no se enseña a saber moverse con distinción en un corsé. Sin restarle méritos a lograr esa fastidiosa tarea, aquí hay más agresividad. Asimismo encontrará que tenemos un buen código moral.
-Esa arma que antes ha sacado –refirió la muchacha mientras intentaba descubrir en qué parte de su vestimenta la había estado fuerdando; al no encontrar nada, continuó-. ¿Me enseñarán a luchar con ella? –Preguntó entre la excitación y la aprehensión; siempre había querido recibir clases de esgrima, pero vacilaría si tenía que batirse en un duelo a vida o muerte.
-Es verdad que se necesita valor –respondió Eraqus-, pero no es lo que imagina usted. La reacción de su madre fue similar, pero logró adaptarse, y permíteme decirle que amaba este lugar.
-Espere, ¿mi madre estudió en su escuela? –Preguntó con asombro-. Pensaba que la había llevado a otros mundos, pero nos sabía de eso.
-Como ya te decía antes, es información que no debemos revelar a nadie. Y fue una de las mejores, sin ninguna duda. En ocasiones nos daba algunas lecciones a los profesores –dijo con un deje nostálgico-. Puede probarse unos días en este lugar para descubrir su vocación. Si no le convence, siempre puede regresar a su mundo.
Aqua pensó que de ninguna manera abandonaría ese mundo, y mucho menos ahora que sabía que su madre había estudiado en ese lugar.
Caminaron juntos durante media hora por el extenso prado de flores hasta llegar a un bosque oscuro y frondoso que a Aqua le atrajo de la misma manera que le provocó temor. Eraqus le explicó que era una zona restringida para los alumnos, así que para su alivio tuvieron que bordearlo. Tenía la impresión de que el silbido del viento al meterse por entre las ramas y las hojas eran en realidad malévolos susurros.
Al fin llegaron a zona elevada desde dónde se podía vislumbrar un paisaje de sobrecogedora belleza; cuatro viejas montañas rodeaban un conjunto de grandes edificios de mármol, los cuales, según explicó Eraqus, conformaban la escuela donde estudiaría. De estos emergían cuatro gruesas cadenas doradas que acababan en unas esposas que se ajustaban a las montañas. El sol incidía en ellas, y pinceladas de dorado surcaban el lago que se extendía más abajo.
-Las montañas encadenadas son un reflejo de nuestra filosofía –le aclaró Eraqus más adelante, cuando hubieron descendido la colina y se hubieron situado bajo la sombra de una de las gigantescas cadenas-. Hay que mantener encadenada la oscuridad de nuestro corazón.
Entraron por una puerta de oro macizo con hermosos dibujos tallados en plata, así como las letras que componían el nombre de la escuela, Lux, y accedieron al vestíbulo, que daba la impresión de ser bastante moderno, aunque tenía más de dos mil años. Estaba decorado con una suntuosa lámpara de bronce y con los rostros esculpidos de los fundadores de la escuela.
-Ellos trajeron luz y orden a un mundo repleto de caos y violencia –decía Eraqus-. Pero basta de cháchara, esto parece una visita turística. Supongo que tendrás hambre.
El comedor era una amplísima estancia excelentemente iluminada. La luz entraba por las vidrieras coloreadas e iluminaba la escena; decenas de niños y adolescentes estaban sentados en unas mesas rectangulares. Todos portaban el mismo uniforme plateado, aunque algunos llevaban unos protectores de metal en las rodillas, los brazos y el pecho. También habían algunos cascos cerca de los platos de comida.
Aqua atravesó con Eraqus las mesas, mientras sentía como los estudiantes dejaban de atacar el plato de comida y de hablar entre ellos para centrar su atención en ella. Los cuchicheos pronto inundaron el comedior. Aqua le inquietó oir las palabras "chica" y "extraño", pues probablemente indicaba que allí no podría hacer ninguna amiga de su mismo sexo. Su vista se fijó en un chico de cabellos castaños y revueltos que no hablaba con nadie, y Aqua supo en seguida porqué, ya que le devolvió la mirada con el mismo agrado que si la hubiera mirado uno de los gatos de la señora Olive. Aqua pronosticó que no se caería demasiado bien.
Se sentó con Eraqus en la mesa que presidía la sala, hecha de un material negro y brillante que indicaba el mayor rango de los que allí se sentaban. Eraqus le comentó que serían sus profesores, y procedió a presentárselos.
-Estos son el maestro Genov, la maestra Elektra y el maestro Xehanort.
El señor Genov, un hombre joven y de larga melena rubia se acercó para abrazarle nada más llegar a ella. Con una brillante sonrisa en el rostro que indicaba que su carácter no solía tender a la depresión, le comentó que él sería su profesor de combate cuerpo a cuerpo y que no tenía que preocuparse de nada, pues recibiría un trato especial.
La maestra Elektra, una mujer que compartí cierta similitud en los rasgos faciales con el maestro Genov, pero cuyo aspecto severo contrastaba fuertemente con él, le cortó al instante:
-Quizás deberías probar sus capacidades antes de dar por hecho su debilidad.
Y acto seguido saludó a Aqua cortésmente y anunció que le impartiría clases de Control Lumínico.
El tercer individuo apenas movió su cabeza cuando ella le dedicó una sonrisa, lo cual significaba que probablemente sería un huraño. Su calva y sus ojos amarillentos tampoco le transmitieron una enorme simpatía. Sin embargo, su asignatura, Historia de la Luz y la Oscuridad, era la que más le atraía.
Eraqus le invitó a sentarse a su lado para comer, y ella aceptó con agrado. Comió unas codornices bañadas en una salsa azul de sabor indescriptible y bebió un líquido grisáceo que para su decepción sabía igual que el agua.
Cuando terminó de comer, el señor Eraqus la acompañó hasta un dormitorio situado en una de las zonas más altas. Como no había más niñas, era obvio que ella iba a tener una habitación para ella sola.
Cansada por el viaje y la falta de sueño –mientras en la escuela de Eraqus anochecía, en su planeta aparecían los primeros rayos de sol-, se tiró a la cama, feliz de no tener a nadie de que le dijera cómo debía dormir. Antes de caer rendida al sueño, deseó que al despertar no se encontrara de nuevo en la mansión de la señora Olive.
