Disclaimer: Todos los personajes de InuYasha pertenecen única y exclusivamente a Rumiko Takahashi.
Advertencia: Lemon.
Pairing: InuYasha/Kagome
Capítulo 2
Presionó sus manos en las caderas de ella, acercándola a su cuerpo, sintiendo su calor.
—InuYasha…—jadeó ella, sujetándose al haori del hanyô.
Profundizó el beso, sintiéndolo húmedo y delicioso. Acarició con lascivia su cadera.
Kagome estaba tan perdida en las sensaciones que ese beso le provocaba, que apenas si sintió que una mano atrevida subía por su pierna, por debajo de la toalla, subiéndola lentamente, acariciando su piel.
—I-InuYasha…—susurró ella nerviosa al sentir la mano de él acariciaba su cadera desnuda.— ¿Q-Qué estás haciendo?
Trató de empujarlo un poco con sus manos, pero él no se lo permitió.
—Quédate quieta, Kagome.—dijo con voz ronca y firme hundiendo su rostro en el hueco de su cuello.
Sin tener idea del porqué se dejó hacer. Estaba nadando en un mar de sensaciones y las mariposas no dejaban de bailar en su estómago. Dejó que él la pegara a su pecho casi por completo y un gemido involuntario salió de sus labios al sentir que él pasaba su lengua por su cuello.
Cerró los ojos suspirando al sentir como él pasaba su lengua por el lóbulo de su oreja para luego bajar a su cuello de nuevo, besándolo y mordiéndolo con cariño.
Suspiró al sentir como los colmillos de él rozaban su cuello.
Sintiéndose atrevida acarició con sus dedos la clavícula de él, apartando el haori y el gi de a poco. Lo sintió respirar en su cuello.
Apretó la cadera de ella contra sí, haciéndole notar su erección, que ya estaba comenzando a hacer acto de presencia.
—InuYasha…—gimió ella aferrándose a su cuello.
Al escucharla decir su nombre, salió de la ensoñación en la que estaba y se separó de ella de golpe, dejándola aturdida y confundida.
—K-Kagome, y-yo lo siento, yo…—tartamudeó con un leve sonrojo en las mejillas.—Yo-Yo no debí, yo…
La miko apretó la toalla contra su cuerpo mirando el piso algo avergonzada.
—InuYasha, yo… ¿hice algo malo?—preguntó con un tinte de miedo en su voz. ¿Acaso había hecho algo mal como para que él se separara de golpe?
— ¿eh?—sintió los ansiosos ojos de la miko posarse en los suyos, esperando una respuesta.
—Es que, bueno, tú… te detuviste y yo… no sé… ¿hice algo malo?
—T-Tú… ¿Querías continuar?
La miko asintió avergonzada. Sí que quería, quería que él no se detuviera.
—Kagome…
Ella se acercó despacio y puso sus manos en el pecho de él, levantando la vista para verlo a los ojos. Él colocó sus manos sobre la cintura femenina, viendo como se le ofrecía de esa manera, acercando sus labios a los suyos de nuevo.
—Kagome yo…
Podía sentir sus alientos mezclándose y entrecerró los ojos al sentir que sus labios se rozaban.
Cerró sus ojos automáticamente cuando sus labios volvieron a fundirse de forma más hambrienta que la primera vez.
— ¿Estás segura?—preguntó jadeante cuando se separaron para respirar.
—Sí, InuYasha…
Volvió a dirigirse a su cuello, retomando su tarea no terminada de besar y lamer su cuello y ahora, su clavícula.
—K-Kagome, ¿está bien si yo…?—le preguntó subiendo la toalla de nuevo, dándole a entender a lo que se refería.
—S-Sí, yo soy tuya…—jadeó contra su cuello. Estaba perfectamente consciente de que al decir eso elevaría el ego y orgullo del hanyô hasta las nubes, además de que él era extremadamente celoso y posesivo, iba a lograr que lo fuera más, aunque en realidad no le molestaba que él fuera así si era solo con ella.
InuYasha gruñó en su cuello al oír esas palabras y volvió a reclamar su boca mientras se encargaba de quitarle la toalla, dejándola desnuda ante él.
Kagome era suya. Egoístamente suya, y luego de lo que estaban por hacer, nadie más podría decir lo contrario, ni siquiera ese lobo sarnoso.
Acarició la espalda desnuda de la miko y ella despacio y con timidez abrió el haori y el gi del hanyô al mismo tiempo, dejando a la vista sus pectorales y permitiéndole pasar sus manos sobre ellos.
¿Qué estaban haciendo?
No tenía idea, lo único que sabía era que no quería que parara, quería que ese momento durara para siempre.
Se sentía acalorada, su cuerpo ardía en llamas, pero no era para nada molesto, se sentía bien… Realmente bien.
—InuYasha…—gimió suavemente al sentir que él se apoderaba de su pecho izquierdo con su mano y lo apretaba con suavidad, como queriendo sentirlo.
El hanyô sentía el pezón clavarse directamente en la palma de su mano.
Sintiéndose desesperado él mismo se deshizo de su haori y del gi, quedando con el pecho completamente descubierto.
Ella se abrazó a él de forma desesperada y juntó de nuevo sus labios con los suyos.
Estaba avergonzada, debía admitirlo. Jamás había estado en esa situación con ningún chico, al igual que solo InuYasha la había visto desnuda, que ella supiera.
—Ahh…—gimió al sentir que él la tomaba por debajo de los glúteos logrando que ella lo rodeara con sus piernas, rozando sus centros.
Se sentó en la cama, quedando ella sentada sobre él con las piernas abiertas, sin dejar de besarse.
Echó su cabeza hacia atrás, dándole espacio a que él besara su clavícula sin algún inconveniente.
Se separó de ella para poder verla. Estaba sonrojada y con la respiración agitada. Inevitablemente bajó su vista hacia sus pechos, examinándolos.
Ella sentía que moriría de vergüenza en ese instante, estaba segura que tenía toda la cara roja, pero él parecía tan concentrado en examinarla, que no tuvo la fuerza para taparse siquiera.
Se encorvó un poco y ella puso sentir su aliento sobre sus pezones, para luego soltar un gemido al sentirlo lamer uno de ellos. Enterró sus dedos en los hombros masculinos al sentir como el comenzaba a besar, lamer, morder y chupar toda la zona de su pecho.
Sentía un cosquilleo extraño en su zona íntima.
Se separó de su pecho para ver más abajo, encontrándose con los pequeños rizos de la entrepierna de Kagome, quien se encontraba sumamente avergonzada de que él la viera de esa forma, devorándola.
— ¿T-Te gusta?—preguntó con timidez, refiriéndose a su cuerpo.
Él depositó un beso en su barbilla y luego volvió a sus labios, sin responder a la pregunta aun.
—Kagome.—dijo ronco.—Tú eres perfecta para mí.—dijo lamiendo con sutileza su labio inferior, lo cual la hizo temblar.
— ¿Estás seguro? ¿No son demasiado pequeños?—preguntó refiriéndose a sus pechos.
Él la miró con el ceño fruncido y ella comprendió que no debió de haber preguntado eso.
Bajó la vista, avergonzada, pero de inmediato se arrepintió al ver el gran bulto que había bajo el hakama del hanyô. ¿Sería tan grande como parecía?
Sintió como una de las manos de él se aferraba a su cadera y la otra abarcaba uno de sus pechos, apretándolo y amasándolo.
Él rozó su cuello con la nariz.
—No preguntes estupideces, Kagome.—le dijo en su oído.—Me gustan como son.
Dicho esto bajó sus besos al hombro de ella, acariciando la piel con sus colmillos.
—InuYasha…—suspiró al sentirlo rozarse contra ella.—Por favor…—esta vez ella movió sus caderas, tentándolo.
—Kagome.—gruñó contra su cuello, sujetándola firmemente por las caderas.
De un momento a otro se vio tumbada en la cama con el hanyô sobre ella, quien la besaba con ahínco.
En medio del beso aventuró sus manos hasta su obi intentando desatarlo. Él la ayudo a hacerlo y se deshizo del hakama, quedando tan expuesto como ella.
Al separarse del beso ella vio hacia abajo, sin poder contener la curiosidad.
Abrió los ojos sorprendida y el hanyô le miró con sorna y orgullo. Estaba segura de que su orgullo de macho no podría estar más elevado que en ese momento.
— ¿Sorprendida?—preguntó con sorna.
—Y-Yo… E-Es muy grande.—fue todo lo que pudo decir antes de que él la besara.
—Abre tus piernas.—le dijo de forma demandante.
A ella le temblaron los brazos.
—Ábrelas.—le dijo aun más firme.
Ella obedeció y él volvió a sonreír con sorna, solo que esta vez contra su cuello.
Kagome podría hacer lo que quisiera en cualquier momento, incluso mandarlo al suelo, pero él sería quien llevara las riendas en esas situaciones, porque estaba seguro de que se repetiría.
Pudo observar por primera vez su cuerpo sin censura, viendo como su miembro rozaba la húmeda cavidad de ella, logrando hacerla gemir.
—Kagome.—dirigió su vista a ella, mientras que con sus manos tomaba sus piernas haciendo que rodearan su cintura, luego sujetándola de las caderas, para impedir cualquier alejamiento entre sus zonas.
— ¿Estás segura?—no quería obligarla a nada.
—Te amo…
No necesitó más. De una sola estocada se introdujo completamente en ella. Sabía que le dolería, había hablado con Miroku, y a pesar de que la charla no fuera agradable, había entendido bien.
Ella, por su parte, tensó la mandíbula y soltó un gemido de dolor, aferrándose a la espalda del hanyô, quien comenzó a moverse ni muy despacio, ni muy rápido, sino a un ritmo moderado, logrando hacerla jadear.
Podía sentirlo entrar y salir de ella. Ya no dolía, se sentía más relajada y cerró los ojos para disfrutar mejor de la sensación.
—InuYasha…
El gemido que ella expulsó con su nombre lo hizo jadear. Tomó sus caderas para poder arrodillarse y comenzar a arremeter con fuerza contra ella. Sentía el caliente y húmedo interior de Kagome rodearle y sentía que quemaba.
Ella se agarró con fuerza de las sábanas y dejo escapar gemidos y jadeos entremezclados con su nombre.
Se sentía extraño. Después de todo, la sensación era nueva para ella, pero no era nada desagradable. Más bien era adictivo. Sí, muy adictivo.
—I-InuYasha… S-Sigue ¡Ahh! No pares ¡Mmhjn!
Se inclinó para besarla, sintiendo que pronto llegaría al final.
Ella pudo sentirlo, como los músculos de su cuerpo se tensaban y luego se relajaban en medio de una convulsión, sintiendo un extraño pero delicioso placer.
Él sintió lo mismo, viendo como de entre su unión salía un líquido viscoso y de color blanco.
Apoyó su peso en sus codos para no aplastarla. Ambos sudados, cansados, jadeantes y extremadamente satisfechos.
Volvió a unir sus labios, esta vez con suavidad y ternura.
Habían hecho el amor.
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Abrió los ojos perezosa, acostumbrándose a la luz.
Había tenido el sueño más hermoso de todos los sueños de su existencia. InuYasha y ella… Hacían el amor.
Se acurrucó mejor de aquel cálido objeto al que abrazaba, sin abrir los ojos. Se sintió más apegada al objeto y frunciendo el ceño abrió los ojos. Se encontró en frente con un torso masculino que, por qué no decirlo, estaba muy bien tonificado.
Abrió los ojos de golpe, tensándose pero sin moverse. Miró hacia arriba y observó el rostro del hanyô, el cual estaba despierto mirando la nada, abrazándola de modo protector y sobretodo, muy posesivo.
Se sonrojó furiosamente al recordar a la perfección todo lo que había ocurrido.
El hanyô, al notar el movimiento, bajó su vista hacia ella, quien al percatarse, enrojeció más de lo que ya estaba.
Lo vio sonreírle, como pocas veces lo hacía.
— ¿Estás bien, Kagome? ¿No te duele?—le preguntó preocupado, lo que a ella le pareció un gesto muy tierno.
—Estoy bien.—le contestó la miko con una sonrisa. Él pareció relajarse y descansó su barbilla sobre la cabeza de ella.
La miko suspiró relajada y feliz. Había pasado. Apenas podía creerlo, había hecho "eso" con el hombre que amaba.
Sintió como la mano del hanyô acariciaba su espalda con sutileza. Se sentía tan bien estar así.
—InuYasha.—le llamó Kagome separándose un poco para poder verlo.— ¿No te arrepientes, cierto?—preguntó temerosa.
—No digas tonterías, Kagome. No soy tan estúpido.
Ella sonrió ahora completamente feliz y depositó un pequeño beso en la mejilla del hanyô, quien, a pesar de lo que había ocurrido, se sonrojó levemente.
—InuYasha.—volvió a llamarlo.— ¿Qué cambia ahora?
— ¿A qué te refieres?—preguntó confundido.
—Etto… digo, ¿qué somos? Sé que entre nosotros siempre hubo algo más que amistad, pero… No lo sé.
—Keh, pues es obvio, ahora eres mi mujer.
La miko le miró sorprendida.
— ¿Qué? Eres mi mujer, Kagome, después de esto, nada te apartará de mi lado. Eres mía.—era más que obvio que eso no podía sonar más posesivo.
—Entonces… ¿somos una pareja?
—Ya te lo dije, Kagome.
Ella sonrió y volvió a acurrucarse en su pecho.
Se quedaron un tiempo en un cómodo silencio, completamente tranquilos.
—Oye, InuYasha, ahora que lo recuerdo, ¡tú eras el gato! —gritó sentándose de golpe en la cama, tapándose con la sábana.— ¡No puedo creerlo! ¡Y no dijiste nada!
— ¡¿Y es que esperabas que dijera algo?! ¡Si hubiera podido lo hubiera hecho!
—A-Además, te conté todo lo que sentía, ¡no puedo creerlo! ¡Te dije todos mis sentimientos!—se llevó sus manos a la boca, aterrada.
—Keh, ¿y con eso qué?—preguntó sentándose él también.
— ¿Cómo que qué?
—Pues sí, ¿eso qué importa? Después de todo, estás conmigo, ¿cierto?
Ella le miró con el ceño fruncido.
—Pero no tenías que saberlo todo.—masculló.
El hanyô roló los ojos.
— ¿Por qué no?
— ¡No eres quien para saberlo!
—Keh, claro que lo soy, ¿no te ha quedado claro luego de lo que hicimos?
La miko miró la cama, sonrojada.
—Aun así, no tenías porqué saberlo todo. Me siento una idiota.—dijo tapándose la cara con las manos.
Escuchó un bufido y luego sintió como unos fuertes y cálidos brazos la rodeaban y le daban apoyo.
Ella se dejó hacer.
—Lo siento.
— ¿eh?—levantó su vista para verlo, sorprendida. Él evitaba su mirada, sonrojado.
—Siento haberte lastimado tanto, Kagome.
No respondió, solo volvió a acurrucarse en su pecho.
—Ya no importa, ahora estoy feliz.—dijo con una sonrisa.—Y tú, InuYasha, ¿eres feliz?
La apretujó contra él.
—Mientras estés conmigo.
Kagome pensó que no podía ser más feliz que en ese momento.
—Eso sí.—la voz del hanyô interrumpió el silencio que se había formado.—Desde ahora tendrás que decirme cada vez que quieras salir, con quien y a qué horas piensas hacerlo.—le dijo serio.
Ella lo quedó viendo de forma neutra.
—No eres quien para darme ordenes. Además, puedo cuidarme yo sola.
—Ni lo pienses, yo soy quien debe cuidarte, idiota.
—No soy una niña, InuYasha, y tú no eres mi padre ni nada parecido.
El hanyô gruñó.
—No va a ocurrirme nada, InuYasha.—le dijo ahora con voz dulce.
—Estaré cerca.
—Lo sé.
—Keh.
—InuYasha.
— ¿Qué?
—No seas grosero con Kôga cuando le digas lo que ocurrió.
— ¡¿Estás pensando en ese lobo sarnoso?!
La miko sonrió divertida, le encantaba verlo celoso.
—Claro que no, pero sé que eres muy obstinado.—lo escuchó bufar e hizo que ambos volvieran a recostarse en la cama.
—Ese lobo tendrá que entender que eres mía. No permitiré que vuelva a acercarse.
La miko soltó una risita y luego cerró los ojos.
—Te amo, InuYasha…—susurró antes de volver a quedarse dormida.
"También te amo, Kagome."
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N/A: Bueno, sé que me tardé un montón en subir el último capítulo, pero dicen que más vale tarde que nunca, ¿no?
¡Chaito! Tsuki ;)
