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Disclaimer: Historia original. Todo es culpa mía.


EGO


1.5— Estáis fatal.

El reloj que tengo sobre el cabecero dice que ya son más de las cuatro. Y mi estómago rugiendo de fatiga dice que también. Me doy media vuelta en la cama hasta quedar boca arriba y me levanto, estirándome y bostezando antes de pretender desperezarme. El móvil está en el suelo, con la carcasa por un lado y la batería cerca de la puerta, después de haber salido volando tras lanzarlo al no poder soportar una notificación más. Ahí se queda. Estoy en bóxers, porque tras la ducha tenía demasiado calor y demasiada vagancia como para ponerme un pijama; y es así mismo como salgo de la cama y arrastro los pies hacia la cocina. Enciendo la cafetera, la dejo trabajando y me doy mi paseo matinal al baño.

Da gusto mirarse al espejo todos los días y ver una cara que, incluso recién levantada, es encantadora. Cojo una de las diademas de plástico y me peino el pelo hacia atrás, considerando quizás cortármelo a finales de año. El look rebelde también se lleva mucho, o eso de afeitarse la cabeza solo por un lado. Después me enderezo y saco pecho. Perfecto. Un metabolismo que no gana ni un solo gramo es el mejor aliado de un modelo. Guiño un ojo al tío guapo del espejo y vuelvo a la cocina, me preparo mi café con leche y canela y salgo al balcón. Nagoya es un lugar tranquilo, y más si estás a seis pisos de distancia de la civilización.

Doy un sorbo. Miro a mi izquierda. Y me acuerdo de mis vecinos. La imagen del viejo besando al bellezón moreno casi hace que me atragante con el café. En primer lugar, ¿Qué coño hace un oficinista como ese en mi edificio? De la mujer me lo esperaba, porque parece ser de las que tienen dinero y clase suficiente para comerse el mundo, pero eso… El viejo no daba el perfil. Me daría vergüenza invitar a alguien importante a mi casa un día y que apareciera ese abuelo tomándose confianzas excesivas por los pasillos. Aún me pica el brazo que me tocó sin venir a cuento…

¿Habría pegado un braguetazo con la mujer…? Tal vez era la típica hija de un magnate que se ha visto obligada a casarse con un trabajador de su padre. O que sea un matrimonio de conveniencia porque a la pobre mujer se le estaba pasando el arroz.

No sé lo que sea, pero desde luego podría haber aspirado a algo mejor.

Dejo a mi sincera taza de café sobre la mesa –es sincera porque a un lado pone you´re a sexy, y no puedo más que darle la razón– y voy a por el móvil. No puedo estar incomunicado tanto tiempo. Lo armo de nuevo, me aseguro de que aún funciona y lo enciendo mientras vuelvo al balcón. Reviso rápidamente el muro de mis redes sociales, respondo a algunas cosillas y marco como vistas todas las inútiles notificaciones que me pitan en la parte alta de la pantalla, antes de dar prioridad al hambre que tengo. No sé si pedirme algo de comida rápida o bajar a la cafetería que hace esquina. Me apetece una buena pizza con extra de atún y queso…

En mi nevera hay lo suficiente como para hacer una comida para diez personas. Pero tengo muy pocas ganas de meterme en la cocina ahora mismo, así que opto por uno de los folletos de comida a domicilio que tengo pegados en el congelador. Pido la de atún y una bebida sin gas, dejando caer que si se dan prisa pueden llevarse una buena propinilla. Tras una última mirada al balcón de mis vecinos, vuelvo dentro a esperar.

Tengo el resto de la semana libre, aunque aparte de la fiesta y la resaca que supuestamente le seguía, no tenía planes para nada más. Tal vez simplemente me quede en casa no haciendo nada, o me vaya a renovar mi fondo de armario para matar el tiempo. Igual Riki no tiene nada que hacer y se apunta; tengo que reconocer que su compañía no está tan mal. Además, a su lado parezco mucho más carismático. Y hablando de carisma, ahí estoy. Tras encender la tele y pasar un par de canales. Me acuerdo del anuncio; creo que era para una nueva línea de ropa, y que compartí pantalla con otro modelo. Entre los dos lo petamos, todo hay que decirlo.

Paso otros dos canales más cuando escucho el timbre. O el repartidor necesita urgentemente la propina o es otra persona…

—Parece que estabas despierto, menos mal… Perdona que te moleste, sólo quería pasar a saludar ya que esta mañana no se pudo hacer en condiciones.

Es el viejo… ¿Qué coño hace en mi puerta este insulto a la moda?

—Soy Itoh Shigeru, tu vecino de al lado. Me mudé con mi mujer hace dos días, y no nos habíamos cruzado hasta hoy. Qué cosas, ¿eh? —hizo una inclinación con la cabeza—. Espero que nos llevemos bien a partir de ahora —levantó una bolsa con el logo de la farmacia. Aún estaba vestido con el traje horrible de esta mañana, así que supongo que estará llegando de trabajar—. No es lo usual, pero creo que las necesitarás. Esta mañana no te vi con buena cara, y como los jóvenes no se privan de nada, pues…

Cerré la puerta. En serio, no puedo mirarle durante más un minuto sin sentir vergüenza ajena. Espero que no sea uno de esos vecinos pesados que se pasan cada dos por tres por las casas ajenas solo para cotillear. Sabiendo quien soy, lo más probable es que vuelva.

Cuando volvieron a tocar, unos diez minutos después, era el repartidor. Y mientras le pagaba el pedido, me di cuenta de que la bolsa de la farmacia que me había ofrecido el viejo ahora estaba colgada en el pomo de mi puerta. Cuando la cogí, junto a la pizza y el refresco, vi que eran pastillas para la resaca.

Las tiré a la basura.

Aunque me dije que hacer vida hogareña sería buena idea para variar, aquella noche también terminé saliendo. Más que nada para quitarme la sensación de repelús que suponía tener a aquel individuo viviendo al lado. Me encontré con la modelo morena que conocí en la fiesta, y después de cenar y hacernos un par de fotos con fans en medio de la calle, terminamos en un hotel de Osaka; de donde salí antes que ella a la mañana siguiente.

Dejé que Rikiya me recogiese con la moto cuando le propuse ir de compras, aunque tuve que volver en taxi cuando fue imposible hacerle cargar con todas las bolsas. Espero que no tarde en comprarse un coche, así no tendré que verle el careto al Frígido incluso en mis días libres.

El lunes, de vuelta a la rutina. De camino a una sesión de fotos he tenido que explicarle a Ichinose por qué salgo en la portada de una revista de prensa rosa entrando a un hotel con la modelo morena.

—Sexo, macho. Sexo. ¿Recuerdas como se hace…?

Que un paparazzi nos hubiera estado siguiendo no era nada raro. Además, eso también era publicidad. Mañana me invitarían a cualquier programa de máxima audiencia para contar la historia de ese romance y todo quedaría en eso, una historia. Por hoy, me centraré en la sesión. Creo que el fotógrafo que se encargará de hacerla es extranjero, y tiene bastante buena fama. Y cuando vi que era joven y con estilo, pude sentirme de nuevo entre los míos.

—Le conozco —me dijo Riki un par de días después, cuando salía el tema. Él, Kuroki, Hana y yo acabábamos de comer algo en un restaurante de ramen a unas cuadras de mi piso, y ahora íbamos hacia allá para pasar la tarde con otros dos amigos—. Hay rumores que dicen que se acuesta con sus modelos.

—¿Con los hombres también?

—¡Que ascazo!

—Oye, pues guapo es. Y su acento es una risa…

—Esa pluma, Kuro, esa pluma…

—Ruri-chan se pondrá celosa.

—Pues hemos roto, ya ves tú.

—¿Ya? ¡Tío! Que no han pasado ni dos semanas desde la fiesta…

—El amor es fugaz. Yo sigo la dirección del viento.

—Tus orgasmos sí que son fugaces…

La conversación de besugos llegó hasta ahí, porque una vez dentro del ascensor se nos unió una quinta persona para subir: la secretaria calentorra. Chitose, creo que era. Tuvimos que apretarnos un poco para dejarla pasar, y en cuanto nos dio la espalda nos holgamos lo suficiente para fingir algún "roce accidental". Kuroki fue el primero en mirarme, alzando las cejas y estirando una mano hacia el culo de mi vecina, fingiendo que se lo manoseaba hasta la saciedad. Yo negué con la cabeza, y lo que hice fue mover la cadera, como si estuviese embistiendo contra algo. Hana fue la que rompió el silencio con una risilla, y Riki el primero que se atrevió a acercarse un poco más, escudándose después en un "lo siento" que no se creyó nadie.

Nos paramos en la sexta. Ella es la primera en atravesar el pasillo y meterse en su piso, mientras nosotros hacemos lo propio pero a nuestro ritmo.

"Chitose" —Kuroki leyó la placa—. Mm, tiene nombre de mujer dura.

—A mi me ha parecido bastante normalita —Hana pasó de largo su puerta, diciendo aquello intencionadamente alto.

—Cuidadito, que está casada —Rikiya pareció haber leído también los nombres antes de seguir hasta mi piso.

—Casada o no, un polvo tiene. O dos…

—Por cierto, ¿a qué hora venían los demás?

Entramos. Y casi una hora más tarde, aparecieron los otros dos. Eran dos posibles figurantes del dorama que se estrenaría en invierno, así que estuvimos la mayor parte de la tarde parodiando escenas con el guión del capítulo piloto, mientras otros se dejaban los pulgares con la consola.

En un momento dado, Riki salió a por algo de picoteo a la cafetería, y tardó tanto en volver que tuvo que ganarse el volver a entrar. Lo tuvimos penando en el rellano un cuarto de hora antes de que amenazase con comerse todo lo que había comprado.

Cayendo la tarde, el tema de la vecina volvió a salir. Hana se había marchado media hora antes cuando su teléfono, con una melodía horripilante de Gackt, había estado sonando un buen rato antes de que se decidiese a cogerlo. Cosas de chicas, al parecer. Qué más daba.

—¿Qué piensas hacer con ella? —Kuro abrió la boca mientras no despegaba la mirada de la pantalla. Habían puesto el GTA y ahora se picaban en el modo multijugador para ver quien se cargaba a más ancianitos.

—¿Qué pienso hacer con quién? —yo comía pipas. Me encantan las pipas.

—Con la vecina, tío. ¡La vecina!

—En teoría lo que se debía hacer ya se hizo, ¿recuerdas? Cuando se casó —volvió a puntualizar Riki. Está empezando a parecerme un puto sacerdote.

—¿Es que vas a comisión por evitar divorcios? —Kuroki movió el cuerpo como si con ello pudiese controlar mejor el mando—. Lo que quiero decir es, ¡venga! ¿Con quién está casada? ¿Shigeru? Tiene nombre de pagafantas…

—Es un oficinista del montón —informé.

—Un oficinista, ¡buf! Co-ña-zo. ¿Y se muda al lado de un modelo que hace que las bragas de las tías se vuelvan gelatina? ¡Se está buscando los cuernos solito! Deberías atacar pero ya. Sería como una de esas historias porno donde el joven vecino mantiene satisfecha a la ama de casa solitaria, mientras su marido chupa sellos en una oficina.

—¿Y quieres que ella chupe otra cosa mientras?

Nos carcajeamos en conjunto. Aquel tipo de reuniones absurdas eran lo mejor para recordar que, por mucho que lo intentes, no eres igual al resto de la plebe ni de lejos.

—Estáis fatal.

—Mentirías si dijeses que no te lo has replanteado.

Mentiría, desde luego. El viejo no tendría nada que hacer si un día me da por ponerme serio.