Emma
Emma siguió a Elizabeth, Reyna, Octavio, Frank y a todo el senado hacia el Campamento Júpiter. En cuanto cruzaron la línea del pomerio, Término les devolvió mágicamente sus armas lo que no fue una buena idea. Ir corriendo a gran velocidad y que un gran bastón lleno de hiedra venenosa rematado con una gran piña afilada hecha de Oro Imperial en la punta aparezca de pronto en tu espalda haría tropezar a cualquiera.
-Maldito tirso- dijo Emma mientras se levantaba del piso y rengueaba para seguir a sus amigos.
Ese bastón era un regalo de su madre, Pomona. Era de cedro. Absolutamente natural. Y la punta podía matar a cualquier monstruo que se le cruzara. Por ahora, sólo servía para tropezarse.
El tirso tenía, además, un adicional moderno. Un pequeño botón en el centro, impulsaba a la punta como un resorte. La piña estaba conectada a una cadena que se guardaba en el interior del bastón y que, al presionar el botón de nuevo, volvía a reacomodarse. Esto se le había ocurrido al padre de Emma, un famoso escritor que en su tiempo libre le gustaba hacer manualidades, maquinarias y tener su propia huerta de verduras orgánicas que Emma comía con gusto. El recuerdo más antiguo que tenía de su padre fue la primer charla padre-hija que tuvieron. Sin rodeos, le dijo que era una semidiosa y le contó varios mitos greco-romanos. Emma estaba maravillada y creció amando a los dioses.
Tan ensimismada estaba en sus pensamientos que, cuando la procesión dejó de correr y llegó a donde estaban el resto de los campistas, el nuevo y la loba herida, tropezó por segunda vez en el día con Elizabeth y cayó de bruces en los brazos del nuevo semidiós. El chico la atajó y le sonrió.
El corazón de Emma dio un brinco. Era hermoso. Lo primero que vio fueron unos ojos verdes, el color favorito de Emma. Luego se fijó en el hermoso cabello rojo del chico. Era rojo natural, nada de esas modernas tinturas. Su cabello ondeaba como la melena de un león. Las pecas le cubrían la cara pero eso sólo lo hacía más tierno. Como un bebé león de ojos verdes que ella quisiera abrazar.
Reyna carraspeó.
-Emma Green, llevas más de cinco minutos mirando a Félix- dijo- Aquí hay asuntos más importantes que tratar. Necesitamos tus habilidades médicas.
Emma se incorporó y corrió hacia la loba herida. Volvió a mover su mano y hierbas medicinales llegaron hasta ella. Comenzó a curar al animal mientras ésta gemía. Todos los campistas guardaban silencio. Lupa era como la segunda madre de todos. Los había criado y adiestrado para ser guerreros de la legión. Verla ahí, herida, les bajaba la moral hasta el piso.
-¿Quién… quién hizo eso?- preguntó Reyna.
-Fue… fue tu tío- aulló la loba mirando fijamente a Elizabeth, una mirada que mataría de miedo a cualquiera.
Emma no entendía de qué estaba hablando Lupa pero Elizabeth pareció entender. Palideció al instante y su cara reflejó terror. Los campistas la miraron recelosa.
-¿Qué significa eso, Elizabeth?- preguntó Reyna, airada- ¿Hay algo que no nos hayas contado?
-Yo… yo…- balbuceó la chica.
-Llévensela- ordenó Reyna- Hablaremos después.
Emma terminó de curar a la loba a tiempo que veía a su mejor amiga siendo llevada por una guardia de legionarios. Conmocionada, sólo pudo retroceder hasta el nuevo semidiós, Félix, que la rodeó con sus brazos.
-¿Cómo ha sido?- preguntó Frank.
La loba, ya curada, se incorporó y habló en aullidos:
-Asumo que todos ya están enterados de la profecía- dijo- Habla de tres semidioses romanos que, con ayuda de tres griegos, vencerán al titán Urano. Yo… he encontrado a uno, lo presiento. Y fue menester traerlo aquí.
Todos miraron a Félix quien soltó, muy a su pesar, a Emma y se sonrojó. A Emma le pareció aún más tierno.
-Él… es poderoso, puedo sentirlo- explicó Lupa- En el camino he intentado entrenarlo pero no fue necesario. Sabe pelear muy bien con sus manos. Es astuto y rápido.
Comenzó a caminar hacia el Tunel Caldecott, la entrada del campamento.
-Deberá emprender una misión para detener a quien me hizo esto y quiere ver a Roma ardiendo. Elegirá dos compañeros que a su juicio sean los necesarios. Y esos compañeros serán los otros tres semidioses de la Gran Profecía. No me fallen- dijo y con un último aullido, se esfumó.
Los romanos se quedaron estupefactos. Era un mensaje muy directo el que tenían allí. Inmediatamente muchos interesados empujaron a Emma (que se cayó por tercera vez en el día) y empezaron a colmarlo de atenciones. Emma se paró y fue a hablar con Reyna.
-¿Qué ha pasado con Elizabeth?- preguntó.
-Nos ha ocultado información- respondió la pretora mientras observaba a Félix ser conducido por el mismísimo Octavio hacia las cohortes- Puede que no sea nada valioso pero debo interrogarla.
-Pero es nuestra edil- protestó Emma.
La cara de Reyna mostraba ira pero sus ojos decían otra cosa, miedo, cansancio, compasión.
-Mi decisión es final- dijo- Puedes venir al interrogatorio, si quieres.
Emma se volvió para irse y vio a Félix yendo hacia ella.
-Oh- dijo Reyna mientras caminaba hacia Nueva Roma- Lleva al nuevo también.
Su risa resonó en el atardecer de ese día.
-No necesito interesados en mi vida- dijo Félix en cuanto llegó a su lado- ¿Quieres mostrarme el lugar?
Emma sólo pudo balbucear en asentimiento. Recorrieron el Campamento Júpiter en su totalidad mientras Emma le explicaba los distintos lugares.
-Esas son las cohortes- dijo, señalando grupos separados entre sí de barracones- Hay cinco cohortes de cuarenta campistas cada una. Hoy a la noche, en la revista, decidirán en cual te quedarás. Yo estoy en la cuarta.
-Quizás podría estar en la cuarta cohorte, contigo- sonrió Félix y logró que Emma se sonrojara.
-Esos son los baños. Adentro hay duchas, una piscina y un sauna. Esa es la armería. Varias armas de Oro Imperial se almacenan ahí. Y esas son las cuadras. Nuestros pegasos descansan allí.
Salieron del campamento y siguieron la Vía Principalis hasta que el camino se bifurcó.
-Luego te muestro Nueva Roma- dijo Emma- Primero debes ver la Colina de los Templos.
Subieron pesadamente la colina hasta llegar a una zona donde varios edificios de mármol se alzaban imponentemente. A lo lejos, el Campo de Marte, una gran llanura con una fortaleza en el centro, estaba siendo preparado para los juegos de guerra de esa noche. Ya había oscurecido y miles de antorchas y luces iluminaban el Campamento y Nueva Roma. La Luna llena bañaba de un blanco inmaculado todo el valle.
Se detuvieron frente a un edificio verde pequeño con una fruter con algunas frutas podridas.
-Es el santuario de mi madre- dijo Emma- Los hijos de Pomona son escasos y sus poderes no son muy buenos así que nadie lo visita salvo yo.
Siguieron caminando y esta vez fue Félix quien se detuvo frente a un templo grande y marrón. Un caduceo y unas zapatillas aladas hechas de mármol adornaban el templo.
-Es el templo de Mercurio- explicó Emma- El dios de los ladrones, comerciantes, mensajeros, etc.
-Siento… Siento una conexión con el templo- dijo Félix y se adentró.
Emma lo siguió. En el interior, un caduceo de bronce oxidado descansaba sobre un altar. Tenía una nota a su lado que decía:
Querido hijo, éste es uno de mis caduceos viejos, espero que te sirva en tu misión.
Atte, Mercurio
P.D. Cualquiera que no esté destinado a tener este caduceo, morirá electrocutado.
Félix se adelantó a agarrarlo pero Emma lo detuvo.
-No creo que deberìas tocar eso. ¿Qué pasa si no eres hijo de Mercurio? Ésta reliquia ha estado en el templo por siglos y nadie la ha reclamado.
-Bueno- dijo Félix- No lo sabré hasta que no lo intente.
La apartó y tocó el caduceo. De inmediato comenzó a brillar y Emma temió lo peor. Cerró los ojos y… no pasó nada. Los abrió y vio a Félix sonriéndole.
-Bueno, creo que eso resuelve el misterio del caduceo.
Salieron del templo y bajaron la colina hacia Nueva Roma.
-Ha sido un paseo interesante, Emma Green- dijo el chico.
-Me ha encantado darte la bienvenida al Campamento Júpiter Félix…
-Baumeister- dijo el chico- Félix Baumeister.
