Estaba devastada, sola, sin saber qué hacer. No empezaba ni siquiera a saber lo que era vivir y ya el mundo se estaba poniendo en contra mía, quitándome todo lo que amaba, enseñándome lo verdaderamente cruel e injusto que es este mundo.

Me habían dado por muerta. Cuando me encontraron escuché a varios decir que tuve suerte de estar viva. ¿Suerte? Mala suerte, sin duda la tuve. ¿Qué era lo que el destino me deparaba para entonces, si había sobrevivido a esto? ¿Venía algo mejor? ¿Algo peor? "¿Qué puede ser peor que esto?" Me preguntaba "¿Qué más pueden quitarme de mí, si no es mi propia vida?" No tenía nada, ni a nadie.

Una amiga de mi padre tuvo compasión de mí al enterarse de su muerte, estaba dispuesta a criarme como suya junto a sus otros dos hijos, pero su esposo no estaba del todo de acuerdo. Lo sé porque una vez los escuché discutir mientras me hacía la dormida. Al parecer solo traía desgracias, pues meses después de que llegué, sus problemas económicos se complicaron y les era difícil mantener a sus hijos y a mí. ¿Qué problema tenía él en mi contra para culparme de todo lo malo que ocurría? Era muy callada; comía muy poco y compartía la cama con uno de los niños; no tenía más ropa que la que traía puesta y otras cuantas más.

Luego entendí que nadie más podía quererme como mi padre lo hizo. Ese hombre no me quería por no ser su hija; ese hombre no estaba dispuesto a cuidarme; ese hombre no quería ser mi padre. ¿Qué soy para él, entonces? Una boca más que alimentar. Ya tenía suficiente como para soportar ese tipo de rechazo por su parte, ya no quería estar más en ese lugar; así que una noche, mientras todos dormían, no me molesté en tomar mis cosas y salí por la ventana directo a la pradera donde estaba la cabaña de mi padre. Había vuelto a casa pero solo por un momento. Tomé el arco detrás de la puerta, junto con su carcaj y me interné en el bosque, que fue mi refugio durante un largo tiempo.

Ahí aprendí a sobrevivir. No tenía más que el arco de mi padre y sus conocimientos. Recordaba cómo lo hacía, los consejos que me daba en cuanto a plantas y animales para cazar y comer, pero no eran suficientes. Mis mejores maestros fueron el intento y el fracaso; los primeros días los pasé con hambre y frío, hasta que logré matar mi primer animal, una liebre. Era carne chamuscada y mal cocinada lo que cené ese día. Después de eso, mi puntería parecía mejorar, no faltaba ni un día en que no practicara con cualquier objetivo que se moviera.

Aun así, la cacería a veces no era suficiente; moría de hambre por no comer en varias semanas de no atrapar nada, y estaba asustada de comer algo venenoso de alguna planta; así que un día, al anochecer, recurrí a algo que creí nunca llegaría a hacer. Llegué al pueblo y hurté en algunos puestos de comida del mercado; rápida y sin dejar rastro, tomé lo que pude y hui al bosque otra vez. Hice eso unas cuantas veces más en distintos pueblos, poco a poco haciéndose una costumbre cuando no había nada bueno qué cazar. Así fue durante 3 años. Iba de pueblo en pueblo, unos más grandes que otros, había veces en las que casi me atrapaban pero lograba escapar, era más rápida que aquellos guardias. Me causaba gracia ver sus rostros confundidos cuando me escabullía entre sus piernas y huía con mi botín.

Pero todo se fue al carajo cuando decidí robarle a la persona equivocada.

[Capítulo II]

10 años después.

La noche había caído, ocultos entre los árboles de la zona más profunda del bosque. Un grupo de hombres armados con espadas, lanzas, cuchillas, mazos de acero, parecían prepararse para una batalla ya próxima a suceder. Alistaban sus armaduras oxidadas y abolladas de las constantes peleas; bebían para tomar fuerzas antes de la pelea; se escuchaban las carcajadas de varios hombres dentro de una carpa, que contaban sus anécdotas de batallas anteriores y cómo habían decapitado a unos cuantos de pocos tajos de su espada.

Mientras aquellos guerreros de apariencia temible se preparaban para la próxima batalla, dentro de una carpa, más alejada de las del resto, se encontraban dos personas conversando; uno de ellos, el hombre, con las manos arriba de un mapa sobre una mesa, acompañados de licor y restos de comida que ya era rodeada por las moscas.

—Estamos a un enfrentamiento más de recuperar lo nuestro. —Decía —Tenemos ventaja, es una simple emboscada lo que necesitamos. —El joven de rostro duro y con cicatrices, casi llegando a sus treintas, vestido con ropas rojas y azules brillantes y brazaletes de oro, haciendo su cabello negro, sucio, aceitado y despeinado, se acercaba a una joven mujer, no pasando de los 18 años de edad, que se encontraba sentada sobre una caja de madera cubierta con una tela blanca y sucia.

— Y a ti. — volvió a decir aquel chico, rodeando a la muchacha seria, pasando su mano por encima de las hombreras de oro de la chica, y después comenzando a acariciarle el cuello con sus manos enguantadas de negro –De no ser por ti, Ryu, no habríamos llegado a donde estamos ahora. Silencio y precisión, es lo que nos hacía falta entre nosotros. Eras justo lo que necesitábamos.

— ¿Era?— La chica, Ryu, cuestionó con su mirada fija en el mapa sobre la mesa — ¿Es que acaso ya no me necesitarás para esta última pelea? —

—No digas estupideces— el hombre apretó fuertemente la nuca de la joven mujer —Es muy obvio que tendrás que estar presente en esta batalla, y más te vale que esta vez obedezcas. —

—No sé de qué hablas, Zhu, siempre he seguido tus órdenes — La chica fue interrumpida de repente cuando aquel sujeto jaló de su cabello violentamente hacia atrás, haciendo que ella ahogara un grito, aferrando sus manos en la tela de la caja.

—No me quieras ver la cara de idiota, Ryu, sabes bien lo que pasó la última vez. —Dijo Zhu, mientras le susurraba al oído —Intentabas escapar en pleno combate, ¿lo recuerdas? Hasta que uno de los enemigos se te puso enfrente y te mandó a volar de un golpe. Ese tipo enorme de brazos inmensos, ¿lo recuerdas? Eres una perra suertuda, eso debió haber matado a cualquiera. —

—Yo no escapaba. Te lo he dicho miles de veces, pero como tienes mierda en la cabeza, pareces no entender. —Ryu no forcejeaba; miraba a Zhu a los ojos con desafío y media sonrisa reflejada en sus labios. Aquel hombre empujó bruscamente la cabeza de Ryu hacia delante, soltándola del cabello y poniendo sus manos sobre la mesa para no golpearse contra ella; pero apenas la chica levantó la mirada, Zhu la recibió con una fuerte bofetada.

— ¡Vuelve a decir eso otra vez! — Volvió a golpearla en el rostro una vez más, ahora con un puñetazo, casi haciéndola caer de su asiento. — ¿Ya no piensas decir nada? —Preguntó Zhu, sonriéndole con malicia. Lentamente acercó una mano al rostro de la chica, sosteniéndola por la quijada con fuerza. Tenía el rostro enrojecido y su labio partido por ambos golpes, mientras la sangre comenzaba a derramarse por su barbilla. La luz de una tenue de una vela hizo deslumbrar los ojos rojizos la chica que lo miraba con rencor y en silencio mientras él le apretaba con fuerza su rostro.

— No. —Respondió Ryu.

— ¿No, qué?

— No, tengo nada que decir. Señor. – La chica pausó ante aquella última frase

— ¿Volverás a cometer esos errores? ¿Te atreverás a insultarme de nuevo?

— No, señor.

— Buena chica. — Zhu aparto su mano, dándole una última caricia en su mejilla roja. —Soy un hombre paciente, Ryu, tú lo sabes bien. —El muchacho hablaba mientras caminaba a su alrededor con lentitud —Tuve piedad de ti cuando más lo necesitabas, y de no haberlo hecho, no estarías aquí ni en ningún otro lado, amor mío. Así que cada ofensa tuya me es inaceptable. Me lastimas. ¿Esta es acaso tu forma de agradecerme el haberte perdonado la vida por un trozo de pan? —

—Agradezco su bondad con mi servicio, señor. —Ryu respondió con voz monótona y seria.

— ¿Y estás consiente de lo que puede pasarte si vuelves a faltarme al respeto?

— Mi impertinencia será castigada con tortura, señor.

— ¡Suena divertido! ¿No es así? — Zhu se carcajeaba al mismo tiempo que volvía a sentarse frente a la mesa con el mapa, para entonces poner sus codos sobre la mesa y sus manos juntas, tocando su boca con sus pulgares. —Sabes las consecuencias. Pero ya tienes dos faltas. —Decía Zhu —Una más y será suficiente para que te jubiles. Te haremos una fiesta de despedida, si sabes a lo que me refiero. —

—Seguiré sus órdenes, señor. — Ryu habló, con su mirada fija en aquel hombre frente a ella. Él tan solo sonrió.

—Esa es la actitud. Entonces seguiremos con lo de siempre. —Decía Zhu, señalando el mapa —Tú te desharás de los centinelas, algunos de ellos ya están ubicados pero puede que haya más escondidos; después, rodearemos el campamento de esos desgraciados y los emboscaremos. —

— ¿Cuántos son ahí?

— Eso no importa. Están ebrios, así que será sencillo acabar con ellos. —Zhu se puso de pie y se adelantó a la salida de aquella carpa, apartando la cortina —Si acabamos con ese grupo, los Shen Jiéshí no tendrán ventaja ahora que nos deshagamos de su miembro más valioso; ése al que ellos le llaman "El Inquebrantable". —Volteó su mirada hacia la muchacha que aún se encontraba sentada —No es nada más que un nombre, no temas por eso. —

— ¿Me lo dices a mí o a ti mismo? — dijo Ryu entre dientes.

— ¿Disculpa?

— ¿Lo mato yo o lo hará usted mismo?

— El que sea más rápido, gana, amor mío. — Zhu le dedicó una sonrisa antes de volverse hacia la salida —Prepárate ya. Falta poco para la media noche. —

Zhu había salido de la tienda, dejando a la muchacha finalmente sola. Se limpió la sangre de la boca con el dorso de la mano, maldiciendo en silencio, se puso de pie para tomar sus cosas y salir de igual forma. Miró alrededor suyo, todos aquellos vagabundos con armas se preparaban para la batalla que estaba por comenzar. Una guerra por territorios, eso es lo que ha estado ocurriendo desde que se unió a ellos a la fuerza.

El aire apestaba a sudor, heces y leña quemada; solo entre ellos soportaban su propio hedor. Fue poco después cuando escuchó el llamado de Zhu y la horda de guerreros comenzó a alinearse a las afueras del campamento. La chica tomó su posición entre un grupo de hombres, unos incluso más delgados que ella, armados con hachas y arcos.

— ¡Esta noche recuperaremos lo que es nuestro! —Zhu, con su armadura de acero abollado y prendas llamativas, se dirigía a su ejército empuñando su espada. — ¡Aquellas montañas serán por fin derribadas! —Sus hombres vitoreaban ante sus palabras—. ¡No serán más que tierra bajo nuestros pies! —Los gruñidos de los hombres se hacían más fuertes mientras levantaban sus armas—. ¡No habrá piedad, ni misericordia! ¡Esta noche las montañas caerán ante nosotros! —Esas últimas palabras de alientos fueron admiradas por los demás con gruñidos y aplausos, incluso levantaban sus armas a su líder, hasta que con un movimiento de su mano, Zhu dio la orden de avanzar. La batalla había comenzado.

Iban a paso lento siguiendo un camino de tierra suelta hecha por ellos mismos para no perderse en entre la maleza de aquel bosque traicionero, ubicado a los pies de las montañas rocosas en el poniente. La batalla se libraría atravesando el bosque, detrás de las montañas; Zhu sentía la victoria asegurada, no le importaba cuántos y quiénes morirían en aquel encuentro mientras murieran por él y salieran victoriosos, todo habría valido la pena.

Se internaron en el monte poco a poco, escuchándose las duras pisadas de aquellos guerreros junto con el ruido de los metales de las armaduras y armas chocando entre sí al caminar. Avanzaron un poco más hasta que escucharon la orden de Zhu para detener la marcha. El grupo de no más de 10 personas, armado con arcos y flechas, se adelantaron a la horda y se dirigieron a la vanguardia. Ryu pasó por un lado de su señor al mando, deteniéndola al instante que rozó su cuerpo y tomándola por el brazo con fuerza.

—Procura no fallarme esta vez—. Le dijo Zhu al oído. La chica no respondió, se colocó la capucha de la capa en la cabeza y continuó su camino cuando Zhu le dejó libre el brazo, ocultándose entre los arbustos silenciosamente, uniéndose de nuevo a su grupo.

— ¿Algún vigía?— preguntó la muchacha en voz baja al acomodarse entre la maleza

— No veo un carajo. ¿Cómo quieres que lo sepa?— Respondió un hombre al lado de ella, de aspecto sucio y cabellos enmarañados, con una pelusa creciéndole en el mentón.

— Si no quieres que tu general pida tu cabeza en una pica…

— Ese imbécil no es un general, y lo que esa pica tendrá clavada será su lindo cuerpecito atravesado desde el culo hasta la garganta—. Aquel hombre sucio soltó una grotesca carcajada, como si en ese mismo momento lo estuviera viendo frente a él.

— Algún día, Shun…— Respondió Ryu con la vista al frente y una sonrisilla dibujada en sus labios. Quedaron en silencio un momento hasta que uno de ellos señaló a un centinela de pie sobre la rama de un árbol. El hombre era tan grande que creían que la rama no soportaría más su peso y caería, pero ¿cuánto tiempo había estado ahí de pie?

— ¿Quién hace los honores?— La chica preguntó con la misma sonrisa.

—Primero las damas…— Un muchachito casi de la misma edad que Ryu le señaló con el brazo, abriéndole paso entre los demás arqueros.

—No sabía que tenías tantas ganas de dar el primer tiro, Yusei— Ryu respondió con una ceja arqueada, provocando la risa de los demás.

—Solo hazlo—. Ordenó el chico, mientras movía la cabeza en dirección al vigía.

La muchacha se abrió paso entre sus compañeros, avanzando con pasos ligeros hasta lograr esconderse detrás del tronco de un árbol. Asomó la cabeza y ubicó al centinela sobre la rama, pero al fijar mejor la mirada, a unos cuántos metros más delante del que ya tenían ubicado, había dos o tres más en la misma posición que el primero que habían visto primero. Regresó a hurtadillas hacia su grupo y les informó lo ocurrido.

—Si los matamos uno a uno, les daremos tiempo para que alerten a los demás, no podemos arriesgarnos así…

— ¿Cuántos viste en total?— Preguntó el más viejo de ellos, de cabello gris pero brazos bastantes fuertes, y su ojo izquierdo emblanquecido.

—A lo mucho son cuatro, sin contar a los que vigilan por tierra—. Ryu se apartaba los mechones de cabello del rostro. El anciano se pasó una mano por el rostro y volvió a mirar al frente, frunciendo el entrecejo y mordiéndose los labios, pensativo.

—Son tan enormes que harán mucho ruido al caer— mencionó el anciano —Lo mejor sería deshacernos de los guardias en tierra primero, nosotros nos encargaremos de ellos, ustedes dos se encargaran de los que están sobre los árboles— el anciano señaló al joven llamado Yusei y a Ryu.

—Los de tierra llevan armaduras en todo su cuerpo, Umizuka, no creo que podamos atravesarlos con flechas—. Otro más señaló, dirigiéndose al anciano.

—Entonces los enfrentaremos en silencio— el anciano Umizuka se colgó su arco a sus espaldas y con un ademán les indicó a otros tres más que lo siguieran, mientras que el resto se quedaría a hacer guardia.

Ryu y Yusei ocuparon sus puestos, observando como las plantas se movían mientras el pequeño grupo de Umizuka se adelantaba hacia los demás guardias. Cada uno de ellos escogió a un guardia qué asesinar, tomando su lugar detrás de cada uno. Como si fuera una serpiente, el anciano se abalanzó sobre el primer vigía, encajando una de sus dagas en el cuello de éste con un movimiento rápido y lentamente lo dejaba caer el pesado cuerpo del guardia. Guardaron silencio y esperaron un momento para asegurarse de que no hubieran hecho tanto ruido como para alertar a los demás. Así, los demás hicieron el mismo trabajo hasta no dejar a ningún vigía con vida.

Umizuka se dio la vuelta e hizo una señal con el brazo a los dos muchachos escondidos detrás de los árboles. Ambos se miraron y después prepararon sus flechas sobre el hilo de sus arcos. Las flechas salieron disparadas hacia sus objetivos; la de Yusei le atravesó el cráneo al guardia que se encontraba sosteniéndose del tronco con una mano, cayendo hacia atrás hasta que azotó el suelo con pesadez; mientras que la flecha de Ryu se clavó en la garganta de otro que se hallaba apoyando su espalda contra el árbol. El impacto hizo que la flecha se clavara en muy profundo en aquel tronco, deslizándose a través de la garganta del guardia quien, ahogándose en su propia sangre, cayó hacia delante sobre la rama.

—Increíble que aun así no se rompiera…— murmuró Ryu.

Continuaron con los otros dos que faltaban, parecían estar alerta por el primer guardia caído así que debían darse prisa antes de que pudieran alarmar a los demás. Los dos jóvenes arqueros volvieron a tensar las flechas en sus arcos y dispararon. Ryu dio un tiro limpio al pecho de su objetivo, pero Yusei no tuvo tanta suerte.

—Mierda—. Exclamó el chico de cabello largo y negro al ver que su flecha se clavó en el árbol, sobre la cabeza del guardia, quien miró desconcertado a todas partes, hasta que logró ver el momento en que su compañero caía muerto de su rama. El vigía tomó un cuerno, pretendiendo sonar la alarma, pero una flecha atravesó su quijada antes de que pudiera soplar el cuerno. Sus manos soltaron el instrumento y cayó muerto como los demás.

Yusei había disparado aquella flecha que casi les costaba todo. El chico se pasó una mano por el rostro, limpiándose el sudor. — ¿Eres estúpido? Casi haces que nos descubran—. Ryu le reclamó, empujándolo para hacerlo a un lado mientras se dirigía con los demás arqueros.

—Lo siento—. Dijo el muchacho con timidez, a la vez que le seguía el paso. Pero de Ryu nada más recibió un bufido. La muchacha se pasó el arco a su espalda y acomodó su carcaj. Ambos llegaron por fin con el señor Umizuka y los demás.

—Estuvo cerca—. Dijo el anciano

—Díselo a él…— Ryu señaló a su compañero con la cabeza

— ¡Ya sé que fue mi error!— El muchacho elevó la voz y todos los demás lo mandaron callar con siseos.

—Vuelve a hacer una estupidez como esa y te daré una razón para gritar—. Umizuka le advirtió severamente mientras le cubría la boca con una mano y con la otra ponía su cuchilla en la entrepierna del joven, quien lo miraba tembloroso y con sus ojos abiertos de par en par. Éste volvió la cabeza a uno de ellos de estatura baja y ojos bastante rasgados, a quien le asintió con la cabeza y éste también de vuelta. Se dio la vuelta e imitó el sonido de un grillo entre sus dientes; dos veces y pausaba, seguida de otras tres veces más y guardó silencio.

Después de un momento la maleza detrás de ellos comenzó a moverse; era su grupo que avanzaba armado hacia el campamento de los Shen Jiéshí, sin temor a ser descubiertos. Comenzaron a rodear el campamento, no había gente fuera de las carpas. Mientras más se acercaban, el ruido de las graves risas de los guerreros se intensificaba y al igual que el olor a alcohol; se escuchaba música viniendo de una de las carpas más grandes, de otra más se escuchaban gemidos y risas de mujeres, y en el centro de todo se encontraba una enorme pira que iluminaba a todo el campamento.

La mitad del ejército de Zhu se colocó del otro lado del campamento mientras que la otra mitad tomaba su lugar detrás de las carpas. La mitad del grupo que se separó del resto, se dirigió a sus posiciones, pero a mitad de camino, uno de los guerreros tropezó con una cuerda que estaba tensada en el suelo. Varios quedaron inmóviles y desconcertados al ver a su compañero caer. Pronto se escuchó el crujir de las ramas sobre ellos, y varios de ellos levantaron la cabeza.

— ¡APARTENSE DE AHÍ!— Uno de ellos advirtió, pero ya era muy tarde al ver que una enorme roca de la montaña caía sobre ellos, aplastándolos. La sangre salpicó a los que lograron salvarse y a las tiendas de los enemigos. La música se detuvo de pronto y hubo silencio en el lugar.

— ¡INTRUSOS! — Gritó uno de los hombres dentro de las carpas, causando una gran revuelta en las demás tiendas. Pronto comenzaron a salir de ahí más de esos hombres gigantes y con armaduras, vestidos con pieles de bestias tan grandes como ellos y algunos de ellos perforados del rostro o con extraños tatuajes en sus cuerpos. Las mujeres que se encontraban en las tiendas junto a los guerreros salieron corriendo aterradas hacia el bosque, sosteniendo prendas sobre sus senos o unas saliendo completamente desnudas.

— ¡MÁTENLOS SIN PIEDAD!— Zhu exclamó a todo pulmón, levantando su lanza y avanzando entre sus hombres quienes lo seguían y acompañaban con un grito de guerra.

Los arqueros se quedaban en la retaguardia, disparando a los que se encontraban más vulnerables; había unos que seguían de pie incluso con tres flechas clavadas en sus inmensos cuerpos. —Es como si su piel fuera una armadura…— el muchacho Yusei decía estupefacto.

—Dales al cuello y cállate—. Shun se dirigió al joven, mientras tensaba una flecha más en su arco

Tiro tras tiro, las flechas parecían no ser suficientes y no tan útiles contra ellos. — ¡Sólo perdemos tiempo! — Uno de los arqueros exclamó, lanzando su arma a un lado y avanzando hacia la batalla con un grito de guerra.

—Tiene razón, no podemos seguir aquí desperdiciando flechas—. Shun exclamó, también dispuesto a dejar su arma a un lado, pero Umizuka lo detuvo tomándolo por el brazo, abriendo la boca para decirle algo.

— ¡CUIDADO! — Alguien más gritó a lo lejos, y al voltear la cabeza, Umizuka no vio más que la punta de una lanza viniendo hacia él, ensartándolo por el pecho y clavándose en el suelo. Shun se arrastró lejos de él y vio con horror cómo la vida se esfumaba poco a poco del anciano, quien sostenía la lanza con ambas manos, como si intentara quitársela el mismo. Con un último esfuerzo, su cuerpo se debilitó y calló sin vida, resbalando su cuerpo por aquella arma. La ira pareció invadir a aquel sucio arquero; se aproximó al recién muerto Umizuka y desenfundó la daga de su cinturón. Con un gruñido, se lanzó de la misma manera a la batalla, repitiendo con furia en su voz el nombre del recién caído.

Los demás parecían seguir a Shun a la batalla, quedándose Ryu atrás, a punto de desenvainar sus cuchillas para luchar de la misma manera. Pero, por el rabillo del ojo, logró ver a uno de ellos vestido con la piel de un tigre albino, con la cabeza del animal cubriéndole el rostro, quien luchaba ferozmente contra sus compañeros que trataban de acercársele con espadas y lanzas. El guerrero con piel de tigre los tomaba por el cuello y los lanzaba lejos como si fueran no más que simples muñecos de paja. Desde donde estaba lo escuchaba carcajearse, no era más que un juego para él. Ryu tomó su arco, y tensó una flecha en el hilo de su arco. Dejó a la flecha salir disparada velozmente hacia el guerrero en un momento en el que se burlaba de sus contendientes.

A la distancia donde Ryu se encontraba, no se veía muy claro, pero el posó la vista sobre ella cuando recibió al flecha en su hombro izquierdo. Esbozó una sonrisa burlona y sacó la flecha de su cuerpo como si fuera una simple astilla.

— ¿Es todo lo que tienes, chiquilla?— le decía —Sal de ahí, déjame verte mejor—. Ryu soltó un bufido y se echó a correr directo hacia él. La chica era bastante ligera al correr, que en poco tiempo ya había llegado hacia donde el guerrero con piel de tigre se encontraba, quien la esperaba con un puño cerrado. Ryu preparó su arco mientras se aproximaba a él y justo cuando él estaba por darle el golpe con su puño ya preparado, ella se movió al lado contrario y disparó la flecha que le atravesó el brazo.

El hombre gruñó al sentir la flecha perforar su brazo. Giró su cuerpo rápidamente para ubicar a la chica con quien se enfrentaba, pero ya no estaba ahí. De pronto sintió un dolor punzante en su espalda. Era ella que se había colgado en su melena de tigre y atacado mientras estaba desprevenido. Violentamente el guerrero se apartó la piel del animal y junto con él a la chica, haciéndola caer, azotando su cuerpo en el suelo, con fuerza. Ryu se recuperaba del impacto cuando vio el puño del guerrero dirigirse a ella una vez más. Rodó su cuerpo hacia un lado e intentó arrastrarse para tomar su arco una vez más, pero el guerrero logró tomarla de una pierna y la jaló hacia él.

—Me voy divertir mucho contigo, chiquilla—. Decía mientras se carcajeaba —Eres una perra muy escurridiza—. El sádico guerrero tomó a la chica por los hombros y le dio la vuelta. Ryu trataba de soltarse en vano de las manos de aquel inmenso hombre moviéndose y golpeándolo con toda sus fuerzas. — ¡Deja de moverte!— Exclamó, tomándola con fuerza por el cuello.

La pira aun ardía en medio de la batalla y su luz iluminó el rostro de la chica, así como sus ojos, que destellaban en un brillante color carmesí. La sonrisa del guerrero pronto se fue disolviendo a medida que se perdía en aquellos ojos que lo miraban con furia; su mano dejó de apretarle el cuello y sus ojos se abrían cada vez más con sorpresa.

—No… no puede ser…— Los labios del guerrero parecían musitar. Se apartó de la arquera como si hubiera visto un fantasma frente a él. Ryu tocía y tomaba aire a bocanadas mientras se recuperaba, tomando su cuello. No pasó mucho tiempo cuando vio que aquel hombre arqueó su espalda, y en su rostro se reflejaba un intenso dolor; varias flechas fueron a dar a las espaldas del guerrero distraído, quien calló de rodillas frente a la chica.

—Buen trabajo distrayéndolo, Ryu—. Zhu se acercó a ella, ofreciéndole su mano para ayudarla a levantarse, pero ésta lo ignoró y se puso de pie ella misma. —Gracias a ti, tenemos al Inquebrantable bajo nuestro poder—. Continuó el hombre que sostenía su lanza ensangrentada, con firmeza.

Varios hombres de Zhu se aproximaron al guerrero, atándolo con cadenas como si fuera un animal, pero éste no apartaba la vista de la chica. No la miraba con rencor, no la miraba con ira; era una mirada triste y confundida.

—Ryu…— decía el guerrero —. ¡Ryu, soy yo! ¡SOY YO!— El guerrero repetía lo mismo mientras lo llevaban a rastras a un lugar más alejado del campamento

— ¿Lo conoces?— Preguntó Zhu, después de soltar una leve risa.

—No…

—Sabe tu nombre.

—Lo dijiste frente a él. Así cualquiera sabría mi nombre—. Ryu se apartó de él, aun con una mano sobre acariciando su cuello. Tomó su arco y volvió a enfundar sus cuchillas. Al parecer la batalla había terminado. Los Shen Jíenshí habían perdido la batalla, estaban demasiado ebrios para poder pelear, pero aun así, varios guerreros de Zhu estaban tendidos sin vida en el suelo, completos o en pedazos. Uno que otro cadáver colgando de la rama de un árbol. Ryu se amarró el cabello en una cola que le llegaba hasta la espalda, y volvió a ponerse la capucha sobre la cabeza. Aún lograba escuchar a lo lejos la voz de aquel hombre que seguía gritando su nombre con desesperación, y seguía preguntándose el por qué. Pero decidió dejar de tomarle importancia.

— ¡Ryu! — Zhu volvió a aproximarse a ella, tomándola por el hombro. —Ya era hora de demostrarles a esas montañas que nunca debieron meterse con nosotros, y más les vale que no lo hagan de nuevo—.

—Bien por ti…

La pelea había terminado y milagrosamente habíamos ganado; pero, ¿a qué costo? Varios de mis compañeros arqueros habían muerto, incluido Yusei, cuyo cuerpo estaba separado de su cabeza; literalmente se la arrancaron de un tirón, o eso fue lo que me dijeron. Al parecer nunca la encontraron. De los diez arqueros solo sobrevivimos tres pero uno de ellos se veía muy malherido. No creo que sobreviva para el amanecer. Éramos no menos de cien personas quienes nos enfrentamos a las montañas, que no eran más de 30. Los superamos en número pero aun así dieron batalla y destrozaron a más de la mitad de nosotros.

Bien jugado Zhu.

Amordazaron al tipo de piel de tigre que gritaba mi nombre y lo golpearon hasta dejarlo inconsciente. En privado, Zhu volvió a dirigirse a mí, con esa sonrisa estúpida en su rostro, diciéndome que había encomendado la tarea de servirlo ahora como ejecutora de los rehenes Shen Jíeshí que se negaran a unirse al nuevo y "mejorado" ejército de Zhu. Esos hombres deberían ser estúpidos o estar lo bastante ebrios para aceptar unirse a esta imitación barata del ejército del Emperador. No sé a qué quiere llegar, pero no tengo opción. Aunque me dieron la libertad de escoger mi arma para ejecutarlos; flechas o cuchillas. Lo último suena tentador, aunque no me gusta ensuciarme las manos.

Serán ejecutados cuando al alba.

Pero antes de todo me interesaría hablar con la montaña vestida con pieles de tigre. Su historia es la única que me interesaría escuchar antes de atravesarle una flecha en el cráneo.

[Fin del capítulo II]