2.
La oficina de los S.T.A.R.S. está bastante animada. Ahora que el capitán Wesker está con los novatos y el cabronazo de Irons, podemos tomarnos un respiro. Llevamos sólo desde las ocho de la mañana aquí, pero parece que han pasado muchas horas.
Mi mesa está frente a la de Barry, y ambos nos estamos tomando un café para reponer fuerzas. Llevamos una semana bastante movida, y en lo que a mí respecta, apenas he podido pegar ojo. Una fuente fiable nos ha dado un soplo sobre un grupo que está vendiendo drogas a escondidas.
Por más que les seguimos la pista, siempre acabamos perdidos. El R.P.D., hartos de esta situación, nos ha pedido ayuda, y como el capullo de Irons considera que este caso tiene prioridad máxima, nos ha metido a todos en el ajo.
Echo en falta algo de acción de vez en cuando. Últimamente pasamos demasiado tiempo sentados en nuestro despacho leyendo y rellenando absurdos y aburridos papeles condenados a apilarse en un estante para que cojan polvo. Pero no me quejo en absoluto de mi trabajo. Lo adoro.
Debo dar las gracias al hombre que me metió en esto: Barry Burton, un viejo amigo desde hace un año aproximadamente. Lo conocí en una mercería en New York. Él trabajaba para los S.W.A.T.S., pero iba a dejar la unidad para trasladarse a Raccoon City para formar parte de una pequeña escuadra que iba a formarse para apoyar al cuerpo de policía.
Desde el primer momento me interesó el puesto. Estaba en el paro, y necesitaba ganarme la vida de alguna forma. Mis ahorros se estaban agotando, y no creo que hubiera aguantado muchos meses más. Así que me alisté, superé el entrenamiento básico... y aquí estoy. Llevo más de un año sirviendo a esta unidad, y cada día me gusta más mi trabajo. Es muy diferente al ejército.
Desde que abandoné el instituto por decisión propia, decidí probar suerte en el ejército del aire. Me apasionan los aviones, y me considero capaz de pilotar cualquier cacharro que me pongan por delante. Incluso he llegado a manejar el helicóptero de los S.T.A.R.S. en un par de ocasiones.
Vickers es el piloto oficial, pero tiene un gran problema. Y es que, en los momentos claves, se viene abajo. Todos nos burlamos de una forma u otra de él, y a pesar de que siento algo de compasión por él, es un chiste con patas.
Aunque no tanto como Irons.
Sonrío al pensarlo. El muy cabrón siempre se las ingenia para mosquearme de una manera u otra. Sé que no le caigo bien. El sentimiento es mutuo, y ya se lo he dejado claro en muchas ocasiones. Si por él fuera, ni siquiera me hubiera contratado, pero fue la insistencia de Wesker la que finalmente inclinó la balanza a mi favor.
Echo un vistazo al fondo de la sala, donde los miembros del equipo Bravo charlan animadamente a la espera de la llegada de nuestros nuevos compañeros. Siento curiosidad por saber quiénes serán. Por lo poco que nos ha contado Wesker, habrá un miembro para cada equipo.
Me gusta observar que esta "pequeña familia" va creciendo de forma escalonada. Los S.T.A.R.S. se formaron hace poco más de un año, y cada mes se crea una unidad nueva en diferentes puntos de los Estados Unidos. Pero a mí sólo me preocupa lo nuestro.
Todos mis compañeros han demostrado ser merecedores de este puesto. Bueno, salvo tal vez Brad Vickers... Aún no nos explicamos cómo ha podido entrar, y que esté ubicado en el equipo Alpha, donde están los mejores. Tal vez por su habilidad para pilotar, pero para eso estoy yo.
Comparto una sonrisa con Forest Speyer, uno de mis mejores amigos. Juntos compartimos muchas aficiones, sobre todo las prácticas de tiro. Somos asiduos todas las semanas al campo de tiro, y nos picamos por ver quién lo hace mejor. Nos divertimos mucho.
Vuelvo a mirar a Barry mientras le doy un sorbo al café. No es el mejor que he probado, pero tampoco puedo pedirle demasiado a una máquina expendedora. Me recuesto sobre el respaldo de la silla apoyando un brazo tras la cabeza. Mi vida ha cambiado bastante desde que me mudé a Raccoon City.
Echo de menos New York, sus luces, sus rascacielos, sus tiendas abiertas las veinticuatro horas... Pero he de reconocer que mi vida ahora está siendo muy placentera. Tengo piso propio, un trabajo digno de admirar e incluso puedo permitirme algún que otro escarceo de vez en cuando.
No sigas por ahí...
Me obligo a quitar de mi mente pensamientos que no tengan nada que ver con el trabajo. Necesito concentrarme. Wesker llegará de un momento a otro, y proseguiremos con la táctica a seguir para pillar a esos mamonazos escurridizos. Barry observa atentamente la pantalla de su ordenador sin apenas pestañear.
-Como sigas así, pronto vas a necesitar gafas, abuelo -bromeo sacando de su estado a Barry, que sonríe ampliamente. Está acostumbrado a oír comentarios como aquél a menudo, a pesar de que no llega ni a los cuarenta años.
-No sabes lo que un vejestorio sería capaz de hacerle a un jovenzuelo como tú -me responde intentando que su tono sea amenazador.
-Hoy no, que esta noche tengo una cita.
Lo suelto casi sin pensarlo. Es cierto. Una policía del departamento de homicidios me ha tirado los tejos en varias ocasiones, y he decidido seguirle el juego para ver qué pasa. No creo que algo de diversión pueda ser malo.
-¿Tú? -me espeta algo incrédulo -. Me parece muy bien que quieras divertirte, pero ten cuidado...
-Eso siempre...
Los Bravo se han acercado un poco más a nuestra posición, dejando a Brad al lado del aparato de telecomunicaciones dando unos sorbos a su refresco de forma ausente. Joseph Frost, el otro miembro del equipo Alpha, está sentado junto al fax esperando que el F.B.I. nos mande un protocolo de actuación para cuando demos con los contrabandistas.
De pronto, la puerta se abre, y aparece el capitán Wesker seguido de un hombre y una mujer. No puedo evitar fijarme más en ella que en él. ¿Nos han metido a una mujer en el equipo? Me alegro de que por fin haya un toque femenino.
Pero en lo que realmente me fijo es en sus penetrantes ojos grises y sus curvas, marcadas por el ceñido pantalón vaquero que lleva puesto. No puedo evitar ponerme recto en el asiento mientras los recién llegados avanzan hacia la mesa del capitán.
Y no es lo único que se ha puesto tieso...
Niego en silencio mientras intento controlar a mi mente y a lo que no es mi mente. Aquí en la oficina no puedo permitirme divagar. Wesker les dice algo a los nuevos antes de girarse y mirarnos.
-Bueno, gente, ya habéis tenido tiempo suficiente para estar de cháchara. Es hora de ponerse serios -hay risas generales antes de que el murmullo se apague por completo -. Como anuncié ayer, hoy tenemos dos nuevas incorporaciones, una para cada equipo. El señor Richard Aiken -señala al joven que está a su derecha -, trabajará para el equipo Bravo como especialista en telecomunicaciones. Enrico te pondrá al tanto de todo.
Miro al capitán Marini y veo que asiente con una amplia sonrisa en el rostro. Vuelvo a centrar mi atención en los nuevos, y puedo notar por sus expresiones lo tensos que están. ¿Me sentía yo igual mi primer día? No lo recuerdo a pesar de que no hace tampoco demasiado tiempo.
-Y ésta es la señorita Jill Valentine, nueva incorporación del equipo Alpha. No quiero que te sientas presionada por ser la única mujer. Vamos a tratarte como una más, y estoy seguro que todos tus compañeros lo harán.
Así que nuestra amiguita tiene nombre...
Observo su sonrisa nerviosa... y me entran ganas de besarla. Cierro los ojos unos segundos echando el freno de mano. No la conozco de nada. Me la acaban de presentar. Es mi compañera de trabajo. ¡Por el amor de Dios! Debo detener toda esta mierda antes de que vaya a más.
-Chris -la voz de Wesker me trae de vuelta -, Jill aún no tiene su uniforme. Me dijeron que se lo habían dejado en los vestuarios. ¿Serías tan amable de indicarle el camino?
Lo que me faltaba...
-Por supuesto -contesto mientras me levanto rápidamente de mi asiento.
Ni que me hubieran metido un palo por el culo.
Jill camina con decisión hacia la puerta...y no me aparta la mirada. Recorre cada centímetro de mi cara con un rápido movimiento. Me está examinando. Bien por ella. Aunque...eso quiere decir que se está fijando en mí. Se detiene junto a la puerta y yo corro hacia ella antes de que toque el pomo.
Nuestros dedos se tocan sólo el segundo, el suficiente como para sentir una descarga de adrenalina que me invade todo el cuerpo. ¿Qué ha ocurrido? Giro el pomo y le hago un gesto con la mano para que pase. Me responde con una sonrisa. ¡Me sonríe! Creo que le caigo bien.
Una vez en el pasillo, cierro con cuidado la puerta y noto cómo el frío va calando en mis huesos. Estamos en pleno enero, y la verdad es que está siendo un mes bastante frío. Antes de dar un paso, decido presentarme. No sería de buena educación acompañarla sin más.
-Chris Redfield. Encantado de conocerte.
Me estrecha la mano con brío. Su piel es suave, un contacto sumamente agradable. Noto cómo el frío que sentía hace un momento va desapareciendo y cómo me voy acalorando. ¿Pero qué me está pasando hoy? Y para colmo, ella se sonroja un poco.
-Gracias. El placer es mío.
Vaya, tomo nota, chica.
Es la primera vez que la escucho hablar, y su tono de voz es tan... suave, aunque denota cierta energía. Suelto la mano lentamente y aún puedo sentir su contacto. Ella se coloca distraídamente un pelo detrás de la oreja apartando un poco la mirada.
¿Qué me dijeron que significaba eso? Ah sí, que estaba nerviosa.
Es comprensible. Es su primer día, ha debido aguantar el chaparrón de Irons, y está rodeada de tíos. ¿Cómo me sentiría yo si la situación fuera la inversa? Sería muy agradable, pero al mismo tiempo echaría en falta el tener un colega con el que poder hablar de cosas que no podría hacer con las mujeres.
-Las taquillas están en el sótano, junto al parking. Te indicaré el camino.
Camino unos pasos por delante sintiéndome un tanto liberado. Necesitaba escapar del agobiante ambiente del despacho, y liberar un poco mi mente. Aunque...la señorita Valentine no lo está poniendo nada fácil. Abro la puerta que lleva hacia pasillo que comunica la segunda planta con la primera.
La mantengo abierta hasta que Jill pasa, y la cierra a continuación. Sé que este tipo de cosas las gustan a las mujeres, y lo cierto es que intento complacerlas lo mejor posible. No es que sea un loco de las mujeres, pero sí me gusta que se sientan cómodas conmigo.
Saludo con la cabeza a un par de polis que charlan animadamente junto a una de las ventanas. Miran con curiosidad a Jill, que aún va de paisana. Ella no se percata, ya que va unos pasos de delante. Pongo una mano delante de mi boca y les murmuro "nueva".
Arquean las cejas sorprendidos antes de que prosiga con la marcha. Doy una pequeña carrera hasta situarme a la altura de mi compañera y decido romper el hielo. Lo cierto es que no puedo dejar de mirarla... y parece que ella tampoco aparta los ojos de mí.
Normal, capullo, no tiene ni idea de dónde están los vestuarios.
-¿Llegaste ayer? - le pregunto mientras bajamos la escalera hacia la primera planta. Dios, esos ojos grises me están volviendo loco.
-Sí, casi de noche. El tiempo justo para encontrar mi piso, instalarme y dar una vuelta para saber dónde estaba la comisaría.
Saludo a David Ford y John Flynn, del R.P.D. He ido con ellos algunas veces de pesca. Sonrío a Jill antes de pasar por el pasillo de la sala de reuniones. La comisaría es un auténtico laberinto. Si no te pierdes, raro es.
-Entonces no has tenido tiempo para ver nada más -le digo mientras caminamos con paso rápido hacia el vestíbulo -. A mí me pasó más o menos lo mismo. Me llamaron una mañana, y me dijeron que al día siguiente tenía que estar aquí... Pienso que deberían avisar con más tiempo, porque en un día apenas te da tiempo a buscarte un sitio donde quedarte. Recuerdo que la primera semana me estuve alojando en un motel hasta que encontré algo decente -abro la puerta que comunica con el vestíbulo, y el habitual ir y venir de polis nos recibe -. Apple Inc. o algo así creo que se llamaba.
-Ah, sí. Ése está cerca de mi apartamento.
-Oye, Chris -me interrumpe un hombre con el uniforme del R.P.D. Es Elliot, un buen colega -. ¿Para cuándo otra ronda?
-Cuando quieras, pero la próxima la pagas tú, capullo.
Oigo cómo se ríe mientras me alejo. Jill y yo subimos una pequeña escalera que comunica con la entrada de la comisaría, pero en vez de coger por ahí, la hago girar a la izquierda, hacia el ala de los detectives. Accedemos a un estrecho pasillo en el que vemos a más polis tomar café y comer rosquillas.
Parece que se han puesto todos de acuerdo a la hora de desayunar...
Me detengo frente a una puerta doble verde y la empujo hacia el interior. Pudo notar cómo el calor de los calefactores entra por mis botas agradeciéndolo. Hace un frío de narices, y no nos arreglan los calefactores. Siempre están estropeados. Los detectives sólo levantan la cabeza cuando escuchan nuestros pasos, pero vuelven a su trabajo.
Apenas los conozco. Sólo de haberme cruzado con ellos en los vestuarios, o por la comisaría, pero poco más. Este departamento suele mantenerse un poco más margen que el resto. Pasamos rápidamente por las mesas atestadas de ordenadores, carpetas y fotocopiadoras y volvemos a adentrarnos en otro pasillo.
-Es como un laberinto. Dios, espero recordar el camino de vuelta - comenta Jill con gesto de pánico. Su gesto me hace reír.
-Nosotros lo llamamos la serpiente.
Jill sonríe negando en silencio. Dios, qué sonrisa más cálida. Me estoy volviendo loco. ¿Qué diablos me está pasando hoy? Nunca me había sentido tan... blando con una mujer. Bajamos las escaleras que nos conducen hacia el sótano, donde se encuentran los vestuarios. Por fin.
-Oye, ¿puedo preguntarte algo? -le pregunto mientras giramos a la derecha en el pasillo que nos lleva hacia nuestro destino. Observo su rostro. Duda. Creo que sé lo que está pensando.
Si le voy a preguntar si tiene novio.
Nos detenemos ante la puerta que conduce a los vestuarios y me mira indecisa. Tras pensarlo unos segundos, responde con un murmullo:
-Claro.
-¿Qué tal con Irons?
Su rostro se relaja.
Bingo.
Sin embargo, de inmediato se transforma en algo parecido al asco. Vaya, parece que se va a unir al carro de los que odiamos al jefe de policía. No es para menos. Su actitud de cabrón arrogante le delate.
-Me ha dejado un poco... -medita un poco - confundida. Sí, ésa es la palabra que mejor lo define. Es como si estuviera loco. Cuanto más lejos esté de él, mejor.
-No lo has podido explicar mejor -le sonrío mientras empujo la puerta y enciendo las luces -. Si por él hubiera sido, me hubiera echado el primer día. He tenido muchas discusiones con él. Es por Wesker que sigo aquí.
Jill arquea una ceja sorprendida. Mi respuesta parece haberla dejado un poco perpleja. ¿Pensará que soy un tipo que voy buscando pelea cuando tengo la ocasión? No creo que sea el momento para causar una mala impresión, pero es cierto que Irons es especial.
Observo nuestras taquillas durante unos instantes y veo ropa amontada frente a la taquilla más alejada, una de las tres que estaban libres. Otra será para Richard con toda probabilidad. Lo que me pregunto es cómo él ya tenía su uniforme y Jill no. Estoy tentado por preguntar, pero decido callarme. Miro de reojo mi taquilla, y noto que las pulsaciones se me aceleran.
Está todo desordenado. Menos mal que está bien cerrado. Pensaría que soy un completo desastre. Aunque bueno, mi despacho está manga por hombros. Forest siempre me lo recuerda, pero nunca le hago caso. Me entiendo en mi desorden, y eso es algo que nadie comprende, ni siquiera los que me conocen bien.
-Bueno, creo que ahí tienes tu uniforme -digo rompiendo el silencio que se había formado. Creo que aún está digiriendo todo lo que le he contado -. Estaré fuera esperando, para darte algo más de intimidad -se ruboriza al oír la palabra. Noto que me voy excitando por momentos.
Para. Para. No la asustes. ¿De verdad quieres que se lleve de ti esta impresión en su primer día?
Mi respiración se vuelve más agitada. Necesito alejarme... o no respondo de mis actos. ¿Cómo puedo perder la cabeza de esta manera?
Es una chica muy atractiva, sí. Pero es tu compañera, recuerda. Nada de sexo.
-La llave tienes que pedirla en recepción, a Julia -le informo mientras me paso la mano por el pelo. Es algo que hago cuando estoy nervioso -. Cualquier cosa que necesites, sólo dame una voz.
Madre mía...
Es lo primero que se me viene a la cabeza cuando Chris cierra la puerta. Tomo asiento junto a mi uniforme perfectamente doblado y planchado. Si al principio me había sentido nerviosa y temerosa, ahora... excitada.
¡Qué bombonazo!
Cómo miraba. Qué ojazos marrones. Qué cuerpo tan bien esculpido. Debe pasar bastantes horas en el gimnasio. Pero seguro que está pillado.
¿Y por eso no te apartaba la mirada?
Niego en silencio. Tonterías. Se trata de un colega del trabajo. No puedes pensar así. ¿Qué pensarían los demás si se enteran de que hay algo entre nosotros? ¿Rendiríamos igual en el trabajo? Tengo que olvidar toda esta mierda de inmediato.
Veo que me han dejado dos uniformes. El primero es un uniforme de policía para patrullar por las calles. Está formado por una gorra, una camisa blanca de botones con el logo del R.P.D. bordado y una falda. Vaya, lo que viene a ser el atuendo del verano. Tal vez pueda combinarlos también con pantalones.
Me pongo a mirar el otro uniforme. El uniforme de guerra, como yo lo llamo. Me comentaron por teléfono que lo podían personalizar a mi gusto, y así ha sido. Les dije que lo quería azul, con hombreras y una boina. Todo es perfecto. Es hora de que me los pruebe.
Me sonrojo al pensar que Chris está al otro lado, esperando. No debo pensar más en ello. Debo comportarme como una profesional. Me desabrocho la camisa verde con bastante parsimonia sin dejar de pensar en todo lo que ha ocurrido desde que he llegado a la comisaría.
Estoy convencida de que no voy a tener tiempo para aburrirme. Pude oír cómo Wesker metía bullas a los nuestros cuando me fui. Sin duda, es lo que necesito en estos momentos. Dejo mi camisa a un lado pensando que debo ir a comprarme ropa interior sin falta. Aún tienen que llegarme varias cajas, y entre ellas están la mayoría de mis sujetadores y bragas.
Me quito la correa del pantalón y me los bajo de un tirón. Y por último, esos zapatos de tacón que me están matando los pies. No estoy muy acostumbrada a ellos, pero creía necesario estar presentarme mi primer día teniendo en cuenta que aún no tenía el uniforme.
Decido empezar por el uniforme oficial. Me meto la camiseta por los brazos y la estiro hasta que me queda bien. Encajo las hombreras para que queden a la altura y me observo sin poder evitar sonreír.
Mírate. Estás echa toda una poli.
El pantalón, gris, sólo tiene un botón para abrocharlo y un cinturón. Gracias a él, puedo ajustarlo perfectamente a mi cintura. Considero que estoy en buena forma, e intento cuidar mi dieta. Vuelvo a sentarme en el banco de madera y me pongo las botas. Le hago los nudos a los cordones y me coloco la boina.
Busco un espejo donde poder mirarme. Me gustaría observar el resultado. A mí derecha veo una puerta medio abierta, y no decido echar un vistazo. Nada más empujarlo, compruebo que es un cuarto de baño. No hay luz, pero veo varios lavabos. Activo el interruptor y se hace la luz.
No puedo evitar sonreír al ver a la chica reflejada en él. Estoy... imponente. Es la única palabra que me sale. Estoy deslumbrante, como diría Dick. Si él me viera ahora... Niego inmediatamente. No debo seguir por ahí o echará a perder ese momento. Doy una vuelta completa, y satisfecha con el resultado, vuelvo a la taquilla.
Me siento y paso a probarme el otro uniforme. Parezco una chica yendo de compras al centro comercial. Me doy cuenta inmediatamente de que voy a necesitar zapatos cómodos. Ese estilo de botas no pegan nada con la falda. Tras abrocharme la camisa y la ponerme la falda vuelvo al baño para ver qué tal me queda.
De nuevo, me quedo asombrada. Aún no me puedo creer que yo, que he escapado tantas veces de ellos, trabajo a sus órdenes. Miro de reojo a la puerta de entrada, que no se mueve. ¿Y si Chris ve que tardo mucho y decide entrar? No quiero ni pensarlo.
En el fondo, lo deseas.
Ni hablar. ¿Aquí, en los vestuarios? ¡Venga ya! Lo más deprisa que puedo me despojo de esta vestimenta y me pongo el uniforme S.T.A.R.S. sin la boina. Ésa sólo la reservo para ocasiones especiales. Me ha traído suerte. Sí, soy un poco supersticiosa. Suspiro aliviada. No ha pasado nada. Mi mente es tan retorcida.
Abro la puerta y lo primero que encuentro es a Chris apoyado contra la pared consultando su reloj de pulsera. Al verme, sonríe aliviado y se despega de su sitio. Su uniforme, a diferencia del mío, está formado por un chaleco verde con una ranura para llevar un cuchillo, del que sale una empuñadura, y una camisa blanca debajo.
-¿Todo bien? -me pregunta con un tono de voz preocupado.
Es un buen tipo.
-Perfecto. Es hora de volver. Los demás se estarán preguntando dónde estamos.
-Haciendo novillos - bromea mientras nos ponemos en marcha.
-Eso era para el instituto.
Se ríe.
-Bueno, también se puede hacer en el trabajo.
Dios, ¿por qué sólo con hablar me produce nervios?
-¿Siempre llevas el cuchillo? -le pregunto para olvidar mis desvariados pensamientos.
-Nunca se sabe cuándo lo vas a necesitar -se encoge de hombros mientras subimos por la escalera. Asiento en silencio. De pronto, se para al llegar a la parte de arriba y me mira con decisión.
¿Y ahora qué?
Chris traga saliva con dificultad. Lo que va a decir le está costando horrores. Lo veo en su cara. Oh, dios. Cuando de pronto...
-Jill, quiero que desde el primer momento te sientas como en casa -no aparta su dulce mirada de mí -. Ser la única mujer en los S.T.A.R.S. ha debido ser un palo para ti. Sé que estás incómoda. En fin, quiero hacer todo lo posible para que te integres en este grupo de machitos llenos de testosterona.
Su comentario me hace reír. Así que machitos llenos de testosterona. Sí, creo que no lo ha podido explicar mejor. Estoy acostumbrada a trabajar con ambos sexos por igual, pero a la hora de la verdad, ¿de qué voy a hablar con ellos? ¿De cotilleos? ¿De ropa? No, a ellos les irá más las chicas, el deporte y los "jueguecitos" de tíos.
-Para, o me vas a hacer reír a mí también -comenta en tono divertido. Desde luego, sentido del humor no le falta.
Cuando por fin consigo que la risa abandone mi cuerpo enjuagándome las lágrimas con las manos, respondo.
-Eres muy amable, Chris. Es precisamente lo que necesito.
-Estoy convencido de que los demás piensan lo mismo que yo. Barry me ayudó a mí a adaptarme. Además -me guiña un ojo -, ser la primera mujer en los S.T.A.R.S. de Raccoon City va a tener su ventaja. Abrirá la puerta a más, compañera.
-Eso espero, compañero.
Me tiende la mano y yo se la estrecho gustosamente, embriagándose con su tentador tacto. No sé por qué, pero me da la sensación de que hemos hecho una especie de pacto.
Mi sentido de la protección vuelve a activarse. Creo que estoy haciendo lo correcto. Cualquiera nueva incorporación merece el respeto y la admiración de los demás. Nos jugamos la vida a diario. Y Jill no es una excepción. Cuando llegamos a la sala de los S.T.A.R.S., veo que Wesker está tranquilamente sentado en su mesa bebiendo algo de una taza.
Al vernos, se levanta inmediatamente y, aunque tiene las gafas de sol puestas, sé que me está mirando. Asiento con la cabeza indicándole que no hay ningún problema. Tomo asiento y sonrío a Barry, que me escruta con la mirada. Cómo me conoce el viejo. Me nota... diferente.
-Jill, ésta va a ser tu mesa. La compartirás con Richard Aiken. Ya sabes que los dos equipos trabajamos a horas diferentes, y como dispones de un espacio...limitado, tenemos que aprovecharlo. No tienes ningún inconveniente, ¿verdad? -le dice Wesker señalando a la que está detrás de mí. Jill niega. Doy un pequeño respingón.
Vamos a trabajar espalda con espalda.
Incluso puedo notar cómo nuestras miradas se cruzan brevemente a través de la pantalla apagada de su ordenador. ¿Estará pensando lo mismo que yo? No lo creo.
-Irons te ha dejado un pequeño obsequio -continúa hablando el capitán. Observo que sobre la mesa están los regalos que le dan a todos los miembros que entran nuevos: un reloj y una taza personalizada con nuestro nombre para la oficina.
-Vaya, gracias -logra decir Jill observando la taza.
Los miembros del equipo Bravo se han retirado. Aún no es turno, y además, tanta aglomeración de gente hace que la habitación resulte demasiado calurosa. Veo que Wesker sigue diciéndole cosas a Jill referentes a su puesto, pero centro toda mi atención en Barry, que no deja de mirarme.
Barry es mi mejor amigo. Me conoce casi como si fuera mi padre, y eso que sólo hace un año que nos dirigimos la palabra. Se incorpora un poco en su asiento y acerca su cara a mi ordenador para cuchichear. No quiere que nadie más se entere de lo que me va a decir.
-Te ha entrado fuerte - me susurra mirando con desconfianza de un lado a otro.
Tardo unos segundos en asimilar lo que me está diciendo. Sonrío para intentar quitarle hierro al asunto. Esta vez, por mucho que le digo que es el hombre del tiempo, no está acertando. Definitivamente...no.
-No entiendo de qué estás hablando.
Pero sí lo sé. Jill. Nuestra nueva y sagaz compañera. Barry, gracias a su experiencia, es capaz de detectar señales en las mujeres que yo no soy capaz. Lleva casado con Kate cerca de diez años, y tiene dos niñas a las que he visto en varias ocasiones. Son encantadoras, como su padre.
-Vamos, Chris -se inclina un poco más hasta quedar su boca a la altura de mi oído. Por el rabillo del ojo, veo que Wesker nos observa -. No te hagas el tonto. Te gusta. No te he visto mirar a una mujer de la misma forma que lo has hecho con ella.
-¿Me estás llamando picha brava, viejo?
Ambos nos reímos. Desde luego no estoy todos los días con una mujer distinta, pero sí me gusta de vez en cuando darme algo de libertad. Todo hombre lo necesita. No sé, tal vez debería centrarme un poco más en el trabajo.
