Disclaimer: Los personajes y las situaciones que les recuerden a Twilight no me pertenece, esta inspirado bajo la obra de Stephenie Meyer. Y la historia es de Sophie Kinsella.

Capítulo 1

¿Cuánto tiempo llevo despierta? ¿Ya es de día?

Me siento fatal. ¿Qué pasó anoche? La cabeza me duele un montón. Está bien, no volveré a beber. Nunca más.

Estoy tan mareada que no puedo ni pensar, no digamos ya…

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Uf. ¿Cuánto llevo despierta?

Tengo la cabeza a punto de estallar y noto una especie de niebla. Me muero de sed. Ésta es la resaca más monstruosa de mi vida. No volveré a beber nunca más.

¿Eso es una voz?

No, tengo que dormir…

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¿Cuánto llevo despierta? ¿Cinco minutos? ¿Media hora? No es fácil saberlo.

¿Qué día es hoy, por cierto?

Permanezco tendida e inmóvil. Siento un martilleo rítmico en la cabeza, una especie de taladradora gigantesca. Tengo la garganta seca, me duele todo. Noto como si mi piel fuese papel de lija.

¿Dónde estuve anoche? ¿Qué pasa con mi cerebro? Es como si hubiese descendido una niebla que lo cubre todo.

No volveré a beber. Debo de haber sufrido una intoxicación etílica o algo así. Me esfuerzo en recordar la noche anterior, pero lo único que me viene a la cabeza son tonterías. Recuerdos, imágenes del pasado que surgen al azar, una especie de iPod embarullado.

Unos girasoles balanceándose sobre un cielo azul…

Bree recién nacida, con el aspecto de una salchichita rosada, encima de una manta…

Una bandeja de patatas fritas en una mesa de madera, el calor del sol en la nuca, mi padre sentado enfrente con un sombrero Panamá, fumándose un puro y diciéndome: «Cómetelas, cariño»…

Aquella carrera de sacos en el colegio… Ay, Dios, ese recuerdo otra vez, no. Intento cerrarle el paso, pero es demasiado tarde, ya se ha colado… Tengo siete años y voy ganando con una ventaja kilométrica, pero me resulta tan incómodo estar ahí delante yo sola que me detengo y espero a mis amigas. Ellas me dan alcance y entonces, en medio de la melé, tropiezo y llego la última. Todavía siento la humillación, oigo las carcajadas, noto el polvo en la garganta y el sabor a banana…

Espera. Obligo a mi cerebro a estarse quieto un instante.

Bananas.

Entre la niebla, otro recuerdo brilla tenuemente. Hago un esfuerzo desesperado por recuperarlo, por darle alcance… Sí. Ya lo tengo. Cócteles de banana.

Estábamos en una disco tomando unos cócteles. Es lo único que recuerdo. Esos malditos cócteles de banana. ¿Qué demonios les habrán puesto?

Ni siquiera puedo abrir los párpados. Los noto pesados, cerrados a cal y canto, como aquella vez que usé unas pestañas postizas con un pegamento medio chungo y, al día siguiente, cuando entré dando tumbos en el baño, vi que tenía un ojo totalmente pegado y una cosa negra encima que parecía una araña muerta. Muy atractiva, Bella.

Con cautela, deslizo una mano hacia mi pecho y oigo un crujido de sábanas. No suenan como las de casa. Hay un extraño aroma a limón en el aire y llevo puesta una camiseta de algodón que no reconozco. ¿Dónde estoy?

No me echaría un ligue, ¿no?

Uau. ¿Le fui infiel a Chucho Jake? ¿Llevaré la camiseta talla extra de algún chico cachondo? ¿La habré tomado prestada para dormir después de una noche de sexo apasionado? ¿Por eso me siento magullada y dolorida?

No, no he sido infiel en mi vida. Me habré quedado en casa de alguna de las chicas. Tal vez si me levanto y me doy una buena ducha… Abro los ojos con gran esfuerzo y me incorporo unos centímetros. Mierda. ¿Qué demonios…?

Estoy en una habitación sumida en la penumbra, sobre una cama metálica. Hay un panel con botones a mi derecha. Un ramo de flores en la mesilla de noche. Tragando saliva mentalmente (en la boca no me queda), veo que en el brazo izquierdo tengo un gotero conectado a una bolsa de suero.

Esto es increíble. Estoy en un hospital.

¿Qué pasa aquí? ¿Qué ha pasado?

Trato de que mi cerebro recuerde, pero no es más que un gran globo vacío. Necesito una taza de café bien cargado. Me propongo escudriñar la habitación para vislumbrar alguna pista, pero mis ojos no están para pesquisas. No quieren información; sólo colirio y tres aspirinas. Débilmente, vuelvo a desplomarme sobre la almohada, cierro los ojos y aguardo un poco. Vamos. Tengo que recordar qué pasó. No es posible que estuviera tan borracha, ¿no?

Me aferró a mi único retazo de memoria como si fuera una isla en medio del océano. Cócteles de banana… cócteles de banana… Haz un esfuerzo… piensa…

Las Destiny's Child. ¡Sí! Ahora me vienen algunos recuerdos. Poco a poco, a trozos. Nachos con queso. Esos horribles taburetes de la barra con todo el vinilo roto.

Habíamos salido con las chicas de la oficina. Esa disco tan cutre con el techo de neón rosa en… Donde sea. Yo estaba sola con mi cóctel, completamente deprimida.

¿Por qué me sentía tan fatal? ¿Qué había pasado?

Las bonificaciones. Claro. Una fría decepción muy conocida me oprime el estómago. Y Chucho Jake no se presentó. Doble palo. Aunque eso no explica que esté en un hospital. Aprieto los párpados, contraigo los músculos de la cara para tratar de concentrarme. Me recuerdo bailando frenéticamente una canción de Kylie Minogue y cantando We Are Family en la zona de karaoke, las cuatro juntas, tomadas del brazo. Me acuerdo vagamente de haber salido dando tumbos en busca de un taxi.

Pero más allá de eso… nada. Vacío total.

Es extraño. Le mandaré un mensaje a Rosalie y le preguntaré qué pasó. Alargo la mano hacia la mesilla y entonces caigo en que no hay teléfono. Ni en la silla ni en la cómoda.

¿Y mi móvil? ¿Dónde están mis cosas?

Ay, Dios, ¿me atracaron? Tiene que ser eso. Algún adolescente encapuchado me dio en la cabeza, me fui al suelo y llamaron a una ambulancia…

Me asalta una idea más horrenda todavía: ¿qué ropa interior llevaba?

No logro evitar un gemido. Eso sí podría ser fatal. Quizá llevaba las andrajosas bragas verdes y el sujetador que sólo me pongo cuando la cesta de la ropa sucia está llena. O ese tanga limón descolorido, con los bordes deshilachados y la tira de Snoopy.

No podía ser nada muy elegante, desde luego. No te vas a poner algo así para estar con Chucho Jake. Sería un desperdicio. Haciendo muecas de dolor, giro la cabeza a uno y otro lado, pero no veo ropa. Los médicos deben de haberlas quemado en el Incinerador Especial de Lencería Andrajosa.

Y sigo sin tener ni idea de qué estoy haciendo aquí. Me noto la garganta seca, me muero por un vaso de naranjada fresca. Y ahora que lo pienso, ¿dónde están los médicos y las enfermeras? ¿Acaso me estoy muriendo?

—¿Hola? —llamo débilmente. Mi voz suena como un rallador arrastrado por un suelo de madera. Aguardo un momento, pero todo continúa en silencio. Nadie puede oírme a través de esa puerta tan gruesa.

Entonces se me ocurre apretar un botón del panel. Elijo el que tiene la silueta de una persona y al cabo de unos instantes se abre la puerta. ¡Ha funcionado! Aparece una enfermera de pelo gris y uniforme azul oscuro. Me sonríe.

—¡Hola, Bella! ¿Te encuentras bien?

—Umm, sí, gracias. Tengo sed. Y me duele la cabeza.

—Ahora te traeré un calmante. —Me da un vaso de agua y me ayuda a incorporarme—. Bébete esto.

—Gracias —le digo después de tragarme el agua—. Entonces… supongo que esto es un hospital, ¿no? ¿O quizá es una especie de spa de alta tecnología?

La enfermera se echa a reír.

—Lo lamento, pero es un hospital. ¿No recuerdas cómo llegaste aquí?

—No —contesto meneando la cabeza—. Estoy un poco confusa.

—Es que te diste un buen golpe en la cabeza. ¿Te acuerdas de algún detalle del accidente?

Accidente… accidente… Y de pronto me viene todo de golpe, como en una ráfaga. Claro. La carrera detrás del taxi, el suelo mojado, el resbalón con mis malditas botas de ocasión…

Vaya. Debo de haberme dado un buen porrazo en la cabeza.

—Sí. Creo que sí —digo—. Más o menos. Y… ¿qué hora es?

—Las ocho de la noche.

¿Las ocho? Uau. ¿He estado inconsciente un día entero?

—Yo soy Maureen. —Me quita el vaso de las manos—. Te han trasladado a esta habitación hace unas horas. Hemos mantenido ya varias conversaciones, ¿sabes?

—¿Ah, sí? —me sorprendo—. ¿Y qué dije?

—Te costaba hablar, pero no parabas de preguntar si una cosa era… ¿«estropajosa»?—Frunce el entrecejo—. O «andrajosa» quizá.

Fantástico. No sólo llevo una ropa interior andrajosa: además lo voy comentando con desconocidos.

—¿Andrajosa? —Finjo sorpresa—. No tengo ni idea.

—Bueno, ahora pareces coordinar perfectamente. —Maureen me ahueca la almohada—. ¿Quieres que te traiga algo más?

—Me encantaría un jugo de naranja. Y no veo por aquí mi teléfono y mi bolso.

—Todas tus pertenencias deben de estar a buen recaudo. Voy a comprobarlo. —La enfermera sale y me quedo contemplando la habitación silenciosa, todavía medio aturdida. Sólo he conseguido montar una esquinita del rompecabezas. Aún no sé en qué hospital estoy, ni cómo llegué aquí, ni si habrán avisado a mi familia. Y además, hay una sensación que no me abandona…

Recuerdo que tenía muchas ganas de volver a casa. Sí, exacto. No paraba de decir que debía llegar a casa, porque tenía que levantarme temprano al día siguiente. Porque…

Oh, no. ¡Joder!

El funeral de papá. Era a las once. Lo cual significa…

¿Que me lo he perdido? Instintivamente trato de levantarme, pero empieza a darme vueltas la cabeza. Al final, me dejo caer otra vez a regañadientes. Si me lo he perdido, qué se le va a hacer. Ya no tiene remedio.

No es que yo conociera demasiado a mi padre; él nunca pasó mucho tiempo conmigo. Era más bien como un tío, esa clase de tío pícaro y gracioso que te trae caramelos en Navidad y huele a cigarrillos y alcohol.

Tampoco fue una sorpresa tan tremenda su muerte. Le iban a hacer un gran bypass en el corazón y todo el mundo sabía que había un riesgo del cincuenta por ciento. Aun así, debería haber ido al funeral con mamá y Bree. Al fin y al cabo, Bree sólo tiene doce años y es una niña muy tímida. Tengo una visión repentina de ella, sentada al lado de mamá en el crematorio, aferrada a su harapiento león de peluche azul y con un aspecto muy serio bajo ese flequillo de pony escocés. Todavía no está preparada para ver el féretro de papá, o por lo menos no sin que su hermana mayor la tome de la mano.

Mientras permanezco tendida, imaginándome los esfuerzos de mi hermana para comportarse con valentía, como una persona mayor, noto una lágrima en la mejilla. Hoy era el funeral de mi padre. Y yo aquí, en un hospital, con dolor de cabeza y una pierna rota. O algo parecido.

Y encima, mi novio me dio plantón anoche. De pronto soy consciente de que estoy sola. ¿No tendrían que estar aquí mis amigas y mi familia, todos muy preocupados alrededor de la cama, tomándome de la mano?

Bueno. Supongo que mamá habrá ido al funeral con Bree. Y a Chucho Jake que le den. Pero Rosalie y las demás… ¿dónde se han metido? Cuando pienso que todas fuimos a visitar a Jessica cuando le extirparon un uñero… Prácticamente acampamos en el suelo de su habitación y le llevamos café de Starbucks y revistas. Y luego, cuando ya estaba curada, le pagamos una sesión de pedicura. ¡Todo por una uña!

Yo, en cambio, he estado inconsciente. Con un gotero y todo. Pero, como es evidente, a nadie le importa.

Fantástico. Asquerosamente fantástico.

Otro grueso lagrimón se me desliza mejilla abajo, justo cuando se abre la puerta y entra Maureen. Trae una bandeja y una bolsa de plástico. «Bella Swan», pone en un lado.

—¡Ay, querida! —exclama al ver que me enjugo las lágrimas—. ¿Te duele? —Me tiende una pastilla y un vasito—. Esto te irá bien.

—Muchas gracias. —Me trago la píldora—. Pero no es por eso. Es mi vida. —Abro las manos, impotente—. Es un desastre completo. De principio a fin.

—¡Nada de eso! —dice Maureen en plan tranquilizador—. Las cosas a veces pueden tener mal aspecto…

—Créame. Lo malo no es su aspecto.

—Estoy segura…

—Mi supuesta carrera profesional no va a ninguna parte. Mi novio me dejó plantada anoche. Y no tengo un penique. En casa hay un escape en el fregadero y una asquerosa agua marrón se filtra en la planta baja —añado, recordándolo con un escalofrío—. Los vecinos acabarán poniéndome una demanda. Y mi padre acaba de morir.

Se hace un silencio. Maureen parece patidifusa.

—Bueno, todo eso suena… umm, un poco complicado —dice por fin—. Pero ya verás como las cosas mejoran pronto.

—¡Eso me decía mi amiga Rosalie! —Me viene el recuerdo repentino de sus ojos brillantes en medio de la lluvia—. Y mire, ¡he terminado en un hospital! —Me señalo a mí misma, desalentada—. ¿Cómo quiere que mejore?

—Pues… no sé, querida. —Sus ojos se mueven inquietos, como buscando ayuda.

—Cada vez que pienso que todo es un asco, ¡aún se pone más asqueroso! —Me sueno la nariz y suspiro—. ¿No sería fantástico que por una vez, aunque sólo fuera por una vez, se arreglara todo por arte de magia?

—La esperanza es lo último que se pierde, ¿no? —Me sonríe compasiva y extiende la mano para recoger el vasito.

Se lo doy y, al hacerlo, reparo de golpe en mis uñas. ¡Vaya! ¿Qué demonios…?

Mis uñas siempre han sido un muñón mordisqueado que trato de esconder. Éstas, en cambio, son increíbles… Impecables, pintadas de rosa claro. Y muy largas. Parpadeo, incrédula, mientras intento comprender qué ha ocurrido. ¿Fuimos a una sesión de manicura de madrugada y lo he olvidado? ¿Me puse unas uñas postizas? Deben de tener una técnica revolucionaria porque no veo junturas ni nada.

—Por cierto, tu bolso está aquí dentro —añade Maureen, dejando la bolsa en la cama—. Voy a buscarte ese jugo de naranja.

—Gracias. —Menos mal, porque creía que me lo habían birlado.

Ya es algo haberlo recuperado. Con un poco de suerte, todavía tendré batería y podré mandar unos mensajitos… Maureen se dirige hacia la puerta y yo meto la mano en la bolsa de plástico. Saco un elegante bolso Louis Vuitton con asas de piel de becerro, todo reluciente y con un aspecto carísimo.

Vaya, suspiro decepcionada. Éste no es mi bolso. Me han confundido con otra. Como si yo pudiese tener un bolso Louis Vuitton…

—Perdone, pero este bolso no es mío —le digo a la enfermera. Pero la puerta ya se ha cerrado.

Observo tristemente el Louis Vuitton y me pregunto de quién será. De alguna chica rica del fondo del pasillo… Lo deposito en el suelo, me desplomo sobre la almohada y cierro los ojos.


N.A: No mi querida Bella, ¡ese bolso es tuyo! Espero que el capi les haya gustado.