Capítulo 2.
Lisette estaba en la cama, durmiendo, o al menos eso intentaba. Ya había pasado una semana desde que había ido al Black Rose, una semana desde haber visto a ojos-verdes, como había comenzado la pelinegra a llamar, en secreto, al portero del equipo de dicho instituto. Viendo que no podía dormir, se decidió a levantarse. Cualquier otro día tendría que estar en clase, pero ese día no iba a ir. Tenía que ir al médico, y eso la ponía nerviosa. Era una simple revisión, ordenada por su padre, pero estaba preocupada. No sabía que le dirían, y odiaba no saber. Intentó apartar esos pensamientos de su mente mientras cogía el vaso de agua del escritorio, y se fijó en el dibujo que había terminado el día anterior, a medianoche. Sonrió, se sentó en la mesa y cogió el lápiz verde, para pintar los ojos del chico.
–Así mucho mejor – murmuró la chica cuando hubo acabado, mirando orgullosa su obra.
Volvió a tumbarse en la cama, con intención de dormir. No quería llegar al médico con ojeras, eso solo empeoraría las cosas.
[*]
Lisette se limitó a bajar la mirada mientras el doctor hablaba. Le habían hecho los tests rutinarios, unos análisis, la midieron, la pesaron, y ahora sacaban conclusiones, el doctor y su padre. La mirada de su padre se había endurecido, y la chica intentaba evitar mirarle. Se sentía mal, ni siquiera ella entendía las razones de lo que hacía. Pero simplemente no se le apetecía comer, eso era todo.
–Ya conoces como va esto, Lisette – habló el doctor, intentando ser amable – Se suponía que lo habías superado, ¿por qué has vuelto a dejar de comer?
–No he dejado de comer – murmuró sin levantar la mirada – Simplemente no me entra la comida.
–Debes comer. Conoces los riesgos de la anorexia, si mal no recuerdo en Francia incluso llegaste a estar hospitalizada. No creo que quieras volver a vivir esa situación.
Claro que no quería volver a vivirla, pero ella no podía decidir cuánta comida podía su estómago soportar. Desde siempre había comido poco, es cierto que el verano pasado había comido menos de lo acostumbrado llegando a, como bien había dicho el doctor, tener que estar hospitalizada, pero la chica no lo veía como algo tan grave. Estar delgada no era algo malo, es más, su mayor problema sería estar más atractiva. Su cuerpo podía funcionar perfectamente con los alimentos que tomaba.
–Lisette... Tu padre me ha dicho que no quieres acudir a terapia, ¿es eso cierto? – la pelinegra asintió débilmente. El doctor suspiró, antes de continuar – Por ahora simplemente haremos una revisión cada semana, si prometes seguir una dieta equilibrada y comer bien.
La chica escuchó atentamente todo lo que le decía el doctor, asintiendo levemente de vez en cuando. Lo último que quería era tener que acudir a esa horrible terapia en la que la trataban como a un bicho raro, hablando con gente que decía entenderla cuando no lo hacen en absoluto. Ellos no lo entienden, nadie la entendía. Estaba sola contra el mundo, y si no se le apetecía comer nadie tenía por qué decirle que lo hiciese.
[*]
Lisette sacó una pequeña libreta de su bolsillo para escribir una nota mientras caminaba. Su padre había decidido que no iría a las clases de la tarde, por lo que tenía que avisar a los profesores, y pensaba dejar una nota a Airi, avisándola. La metió por las rendijas de la taquilla de su amiga, antes de ir al campo de fútbol, donde esperaba encontrar al entrenador, para avisarle que tampoco iría al entrenamiento esa tarde. No creía que le fuese a decir nada, pero aún así estaba un poco nervioso. Verdaderamente no iba porque a su padre le había dado por ahí, no tenía ninguna excusa, y no se le daba bien mentir.
–¡Lisette! ¿Qué haces aquí? – preguntó Itsumi, quien estaba a la espalda de la chica.
–Venía a decirle al entrenador Kidou que no puedo venir al entrenamiento esta tarde... – respondió ella al pelirrojo - ¿Sabes dónde está?
–Acaba de irse, tenía que hablar con no sé quién, pero si quieres se lo puedo decir yo. ¿Por qué no vienes?
–Estuve hoy en el médico y me mandó echar unas gotas en el ojo con las que no puedo ver – mintió ella, ya había dicho que tenía que ir al oculista, por lo que era una mentira bastante creíble.
–Ahh, vaya... Pero, ¿estás bien?
–Sí, sí, no es nada, tranquilo – respondió ella sonriendo, antes de cambiar de tema – ¿Entonces se lo dices tú al entrenador? Me harías un gran favor, la verdad.
–Tranquila, ya se lo digo yo. Mejórate, ¿vale?
–Claro, muchas gracias Itsumi.
La chica pasó a su lado para salir y él la paró para darle dos besos, antes de irse él también pero en dirección contraria. Lisette se quedó un rato parada, sorprendida por lo que el delantero acababa de hacer. No estaba acostumbrada a ese tipo de cosas, es más, ni siquiera le gustaban. Era demasiado desconfiada como para andar saludando a la gente o despidiéndose así. Tal vez debía decirle que esos gestos la hacían sentir incómoda, pero el chico ya se había ido. Pensó que era mejor dejar las cosas como estaban y no pensarlo más, así que se dirigió a la salida. Había dicho a su padre que iría caminando hasta su casa, aunque en ese momento ya empezaba a arrepentirse. Por una parte quería estar a solas, pensar en lo que el médico le había dicho y en sus propias cosas, pero por otra sabía que el pensar en ellos no haría más que darle dolor de cabeza.
Pasó por delante de una pastelería y se le ocurrió que, tal vez, si le llevaba a su padre unos dulces y comía alguno delante de él, la bronca no sería tan gorda. Entró en la tienda y se quedó un buen rato mirando la cantidad de pasteles que había, de todos los tipos y sabores. No podía elegir, tenían todos muy buena pinta. Finalmente se decidió por coger un par de ellos de naranja, que sabía que a su padre le encantaban, y uno de menta para ella.
–¿Cuánto es? – preguntó a la dependienta.
–7,38 querida – respondió muy amablemente la señora. Lisette sacó la cartera del bolsillo, y comenzó a ponerse roja cuando se fijó en que solo le quedaba un billete de 5, insuficiente para pagar los pasteles.
–Verá, es que... – estaba empezando a murmurar, mientras deseaba que la tierra la tragase, cuando alguien intervino.
–Aquí tiene.
La chica se giró y vio al portero del Black Rose, el amigo de Airi. Se sorprendió mucho al verle, y más cuando se fijó en que estaba pagando sus pasteles, ¿cómo había podido darse cuenta de que no le alcazaba el dinero, si prácticamente no había dicho ni una palabra? No podía dejar de mirarle, hasta que se dio cuenta de que él también la miraba y bajó la vista, más avergonzada si es que eso era posible. Ambos salieron de la tienda sin decir palabra, y cuando estuvieron fuera Hyoma le tendió la bolsa con los pasteles a ella.
–Muchas gracias – murmuró ella cogiéndola – Ohh, vamos, dile algo, no puedes quedarte así. Mañana le daré el dinero a Airi para que te lo lleve.
–No hace falta, puedes considerarlo un regalo – respondió él. Airi alguna vez les había hablado de la pelinegra, por lo que sabía que ella no iba a decir nada más, así que decidió ser él quien hablase - ¿No deberías estar en clase?
–Sí, pero es que he tenido que ir al médico y ahora iba para casa – respondió ella, sorprendida de que el portero intentase mantener una conversación con ella. Probablemente solo estaría siendo educado.
–Espero que no sea por nada grave.
–No es nada, gracias – Lisette esbozó una tímida sonrisa.
La chica comenzó a caminar hacia su casa, con el portero caminando a su lado. La pelinegra se dio cuenta que en realidad no era tan antipático como le había parecido, en realidad era muy amble y agradable. Un par de niños pequeños los pararon, preguntando al portero cuando volvería a verlos, Lisette los reconoció como integrantes del equipo infantil de Teikoku.
–Tienes una novia muy guapa – dijo uno de los pequeños, pero antes de que alguno de los dos pudiese replicar su madre le llamó y tuvo que irse.
–¿Así que juegas alguna vez con los pequeños? – preguntó ella sin levantar la mirada del suelo, intentando cambiar de tema y obviar las palabras del niño.
–De vez en cuando me paso por allí y juego un rato... Pero ellos se lo toman todo demasiado en serio.
La pelinegra sonrió. A pesar de que en el fondo era muy buena persona, Hyoma parecía esforzarse por parecer justamente lo contrario. No entendía por qué lo hacía, pero bueno, ella no entendía muy bien a las personas en general. Ya le costaba bastante entenderse a ella misma, como para intentar entender al resto del mundo.
–Rima dijo que te gusta el fútbol... – comentó él cuando casi estaban llegando a casa de la chica - ¿Juegas?
–En realidad ayudo al equipo, soy la gerente. Algunas veces he jugado en plan broma con ellos en algún entrenamiento, pero no se me da muy bien – ella misma se sorprendió de lo poco que le costaba hablar con el portero, se sentía muy cómoda y no le costaba pensar lo que tenía que decir, como hacía siempre. Tendía a ponerse nerviosa y liar las palabras, pero cuando hablaba con él no parecía pasarle – Tú eres el portero, ¿verdad?
–Sí. El mejor potero del mundo.
–Ya será menos – rió ella. El egocentrismo de él le resultaba extrañamente divertido.
–Algún día deberías venir con Airi a ver un partido... Y luego me dices lo que piensas. ¿Te parece?
Mientras tanto ya habían llegado a casa de la chica y se encontraban en la portilla de esta. Desde la ventana del salón, un chico de pelo rubio y ojos azules la vio, y decidió salir a recibirla. Se mostró confundido cuando la vio llegar con un chico, su hermana era demasiado tímida. No creía que tuviese ningún amigo que no estuviese en el equipo de fútbol, exceptuando a Airi, claro. Sin embargo, la pelinegra parecía encontrarse cómoda hablando con él y, por alguna extraña razón, eso incomodaba al rubio.
–¡Lisette! – gritó a la chica saliendo de casa. La aludida se giró y miró con sorpresa a su hermano, no esperaba verle ahí – Ya es tarde, deberías entrar.
–Voy ahora, Rémi – dijo al rubio, antes de girarse para despedirse del portero – He de irme...
La chica no necesitaba girarse para saber qué cara estaría poniendo su hermano. Probablemente se reiría de ella, como siempre hacía, para después burlarse de su timidez. Él nunca había tenido problema alguno en hablar con gente que no conocía, y desde siempre había sido todo un conquistador. Se le daba bien hablar con la gente, y solía caer siempre bien. Eso hacía enfadar a Lisette, que siempre se había sentido una extraña con toda su familia francesa a la que tan bien se le daba tratar con la gente. No quería escuchar las burlas de su hermano, eso fue lo que la empujó a hacer algo que nunca haría en otra situación.
–Me pensaré lo del partido – se despidió dando al portero, que no se lo esperaba, un beso en la mejilla – Nos veremos pronto.
Lisette entró en la casa, sonriendo al pasar junto a su hermano y ver la expresión confusa de este. A pesar de la vergüenza que pasaba ahora que lo pensaba, había merecido la pena solo por fastidiar a su hermano.
–¿Se puede saber quién era ese, hermanita? – pregunto Rémi una vez que estaban ambos en el salón.
–Un amigo de Airi que me presentó el otro día. ¿Dónde está papá?
–Tuvo que ir a trabajar. ¿Así que es amigo de Airi? ¿Y por qué te acompañó hasta casa?
–Paré a comprar unos pasteles y nos encontramos, así que estuvimos hablando – por nada del mundo iba a contarle todo lo que había pasado en la pastelería - ¿Y tú qué haces aquí? ¿Pasó algo en Paris?
–No, tranquila, no pasó nada. Papá me llamó y me contó que habías vuelto a dejar de comer, por eso estoy aquí.
–¿Es que piensa que porque tú estés aquí voy a comer más o algo? Dios, con esa cara que tienes lo único que va a conseguir es que lo poco que coma lo vomite.
Era tímida y nunca diría nada a mal, excepto a su hermano. No le soportaba, era un chulito engreído y mujeriego que se creía que por ser tres años mayor que ella podía tratarla como a una cría pequeña. Estresante. Así se podía definir a Rémi.
–Deja de decir burradas, Lis. Solo estoy aquí para vigilarte mientras papá no está. Además, te vendrá bien estar con tu familia.
–Uff, sí, me va a venir de perlas tener que soportarte...
–Agg, no hay quien te soporte cuando te pones así. Vete a tu habitación a cambiarte y hacer los deberes, ya hablaremos después.
Lisette subió a su habitación sin quejarse. Tampoco es que quisiera pasarse más tiempo aguantando a la pesadilla de hermano que tenía. Cogió el móvil y llamó a una compañera de clase para preguntarle los deberes. Había quedado de llamar a Airi, pero a esa hora debía estar en el club de teatro, por lo que decidió que la llamaría más tarde.
[...]
La pelinegra miraba la hora, deseando que llegase el momento en el que Airi ya estaría en casa y podría hablar con ella. Después de lo que le habían comentado, tenía que hablar con ella sí o sí. Había estado pensando si decirle lo de la anorexia, pero la pelimorada ni siquiera sabía que había estado ingresada ni que ya la había padecido en Francia el verano pasado, por lo que creía que, al menos por el momento, era mejor no decirle nada. Además, seguramente Airi se preocuparía en exceso y acabaría estresándola aún más.
–¿Qué tal estás, ma chérie? – dijeron al otro lado de la línea nada más descolgar el teléfono.
–No tan bien como tú, my good lady – contestó la pelinegra, alegre. Agradecía poder hablar de algo que no fuese lo que le había dicho el médico - Ya me han contado que hiciste algo interesante en la hora de la comida.
Estuvieron hablando un buen rato, hasta que se hizo tarde y llamaron a Airi para que se fuera a bañar. Lisette se despidió de ella y dejó el teléfono en la mesita. Al dejar de hablar con su amiga volvieron a su mente los sucesos del día. Las palabras del médico retumbaban en su cabeza, y que Rémi estuviese en casa no era precisamente algo bueno tampoco. ¡Ahh, Rémi! Había olvidado contarle a Airi que estaba en Japón. Bueno, ya se lo contaría cuando la llamase más tarde. Seguramente Airi no iría a su casa hasta que el rubio se fuera, la pelimorada no soportaba que intentase coquetear con ella. Pero por encima de todas estas cosas, estaba Hyoma. La pelinegra no podía parar de pensar en el portero, y lo amable que había sido. Apuntó mentalmente que debía devolverle el favor, y también que había prometido que iría a algún partido... Sí, definitivamente la hora que tenía que pasar antes de que Airi la llamase iba a hacérsele eterna.
(Continuará...)
