Capítulo 1
Maldiciendo al escuchar el timbre de la puerta, Hermione se quedó dónde estaba, bajo la varita, confiando en que fuera quien fuera, se cansaría y se marcharía, dejándola en paz para poder seguir limpiando.
Sin embargo, el timbre volvió a sonar, esa vez de manera imperiosa. Alguien estaba apretando con fuerza.
Hermione volvió a gruñir entre dientes, y salió del vestidor del piso inferior sintiéndose húmeda y acalorada. No le hacía ninguna gracia que interrumpiera su atareada sesión de limpieza mientras sus hijos gemelos estaban en el colegio. Se puso de pie, apartándose los suaves rizos castaños de la cara antes, trató de acomodarse un poco con un pase de varita, para dirigirse a la puerta de entrada de la casa que compartía con sus dos amigas y sus hijos gemelos. La abrió de golpe.
—Mire, yo...
La frase se quedó sin terminar, su voz suspendida en el aire por el asombro mientras miraba fijamente al hombre que estaba en el umbral.
Shock, desconfianza, miedo, ira, pánico y una punzada de algo que no supo reconocer hizo explosión en su interior como un cañonazo, con una intensidad tan poderosa, que se quedó temblorosa y débil.
Por supuesto, él iba vestido de forma inmaculada, con traje oscuro e impecable camisa azul. Ella, en cambio, llevaba sus vaqueros viejos y camiseta amplia. Aunque en realidad no le importaba el aspecto que tuviera. Después de todo, no tenía ninguna razón para querer impresionarle... ¿verdad? Y desde luego, no tenía ninguna razón para desear que él la viera como una mujer deseable, arreglada y vestida para su aprobación.
Tuvo que apretar los músculos del estómago para contener el escalofrío que amenazaba con traicionarla. El rostro que la había perseguido en sueños y en sus pesadillas no había cambiado, ni tampoco envejecido. Si acaso parecía todavía más viril y hermoso de cómo lo recordaba. La verde mirada que la había hipnotizado entonces era tan seductora ahora como lo fue entonces. O tal vez se había dado cuenta al instante de su poderosa sexualidad porque ahora era una mujer, y no casi una niña como entonces.
La incredulidad que la había dejado sin palabras se había derretido como la nieve al sol, dando paso a un peligroso latigazo de miedo y horror en el interior de su cabeza... ¿Y de su corazón? ¡No! Fuera cual fuera el efecto que una vez provocó en su corazón, Harry Potter no tenía el poder de llegar ahora a ella. Sin embargo, de sus labios carnosos y naturalmente coloreados salió la pequeña y traicionera palabra:
-Tú.
Los ojos verdes de Harry despidieron un brillo de arrogancia y desprecio. Ojos del color del Avada Kedavra, propios de un hombre que era dueño de la magia más poderosa de todo el mundo mágico.
Hermione empezó a cerrar la puerta de forma instintiva. Deseaba cerrársela no solo a Harry, sino a todo lo que él representaba. Pero él fue más rápido, agarrando la puerta y abriéndola de modo que pudo entrar al vestíbulo. Luego la cerró tras de sí, dejándolos a ambos encerrados en el pequeño espacio doméstico que olía demasiado a canela y manzana.
Aunque el olor era fuerte, no fue lo bastante como para protegerla del aroma de él. Un escalofrío le recorrió el vello de la nuca y luego descendió por la espina dorsal.
Aquello era ridículo. Harry no significaba nada para ella ahora, como tampoco lo había sido aquella noche... pero no debía pensar en ello. Debía concentrarse en lo que era ella ahora, no en cómo era entonces. Y debía recordar la promesa que les había hecho a los gemelos cuando nacieron. Dejaría el pasado atrás. Lo que nunca hubiera imaginado era que aquel pasado fuera en su busca.
-¿Qué estás haciendo aquí? -inquirió, decidida a controlar la situación-. ¿Qué quieres?
Tal vez la boca de Harry fuera estéticamente perfecta, con aquel fino labio superior que equilibraba la promesa de sensualidad de su grueso labio inferior. Pero no había nada de sensual en el rictus de labios apretados que tenía ahora, y sus palabras resultaron tan frías como el aire glacial que hacía en el exterior del hotel de Londres en el que la había abandonado aquella mañana de invierno.
-Creo que conoces la respuesta a eso -dijo él con el mismo acento de niño rico que Hermione recordaba-. Lo que quiero es a mis hijos. Para eso he venido.
-¿Tus hijos?
Salvajemente orgullosa de sus hijos gemelos, e igualmente protectora con ellos, Harry no habría podido decir nada que hubiera garantizado de tal modo la ira de Hermione. La furia coloreó la suave perfección de las normalmente calmadas facciones de Hermione, y sus ojos marrones expresaron la fiera pasión de sus sentimientos.
Habían pasado más de seis años desde que aquel hombre la tomó, la utilizó y la abandonó como si no fuera... nada. Una prenda barata que había comprado impulsivamente y de la que, a la luz del día, se había desprendido por su vulgaridad.
Oh, sí, sabía que sólo podía culparse a sí misma de lo sucedido aquella nefasta noche. Ella fue la que coqueteó con él, aunque fue un coqueteo inducido por el alcohol. Por mucho que tratara de disculpar su comportamiento, seguía avergonzándola. Aunque no su resultado, sus amados y preciosos hijos. Ellos nunca podrían avergonzarla, y desde el momento en que nacieron ella decidió convertirse en una madre de la que pudieran sentirse orgullosos. Una madre con la que pudieran sentirse seguros, y una madre que, por mucho que lamentara el modo en que habían sido concebidos, nunca desearía volver atrás en el tiempo y evitar su concepción.
Sus hijos eran su vida.
Y eran suyos.
—Mis hijos —comenzó a decir Hermione, pero él la interrumpió.
—Mis hijos, querrás decir. Sabes perfectamente que en el mundo mágico el primogénito varón es lo más preciado para una familia y más aún para una familia como la mía.
—Tú no eres el padre de mis hijos —continuó Hermione con firmeza y por supuesto mintiendo.
—Mentirosa —respondió Harry, metiendo la mano en el bolsillo de la chaqueta para sacar una fotografía que le puso delante.
Hermione palideció. La fotografía había sido tomada en el aeropuerto de Londres, cuando fueron a despedir a su amiga Luna, que volaba a Italia. El parecido entre los gemelos y su padre resultaba cruelmente indiscutible. Los dos niños eran la viva imagen de Harry. Incluso en ocasiones adoptaban sin darse cuenta un aire arrogante y masculino, como si en lo más profundo de sus genes conocieran al hombre que les había dado la vida.
Al observar como el color iba y venía del rostro de Hermione, Harry se permitió el lujo de dirigirle una mirada triunfal.
Por supuesto que los niños eran suyos. Lo había sabido en cuanto vio la foto que le dio su hermana. El extraordinario parecido que tenían con él le había provocado un escalofrío de emoción.
La agencia privada que contrató no tardó mucho tiempo en encontrar a Hermione. Harry frunció el ceño ante los comentarios del informe que había recibido, en el que se daba a entender que Hermione era una madre devota dedicada a criar a sus hijos y que seguramente no los entregaría de buena gana. Pero Harry había decidido que la devoción de Hermione hacia sus hijos podría ser la mejor arma para asegurarse de que se los entregara a él.
—Mis hijos tienen que estar conmigo, en Potter Manor que es su hogar y que a la larga terminarán heredando. Según nuestras leyes, me pertenecen a mí.
—¿Pertenecer? Son niños, no objetos, y ningún tribunal de este país permitirá que los apartes de mí.
—¿Eso crees? Estás viviendo en una casa que pertenece a tu amiga, sobre la que pesa una hipoteca que ya no puede seguir pagando. No tienes dinero propio ni trabajo. Nada. Yo, por otro lado, puedo darles a mis hijos todo lo que tú no puedes: un hogar, una buena educación, un futuro. Sabes mejor que nadie que cuando cumplan cierta edad ellos deben ir a Hogwarts, pero antes de eso deben ser educados para lo que han nacido. ¿o qué esperabas? ¿qué cumplieran los 11 años y fueran a Hogwarts con una beca, cuando sabes perfectamente todo lo que su apellido les puede dar?
Aunque Hermione estaba asombrada por lo exhaustivamente que la había investigado, seguía decidida a mantenerse en sus trece y no permitir que la abrumara.
—Tal vez. Pero, ¿puedes darles amor y la seguridad de que son queridos? Por supuesto que no puedes... porque tú no les quieres. Sería imposible, porque no les conoces.
A ver qué respondía a eso. Pero mientras soltaba su desafiante argumento, el corazón le advirtió de que Harry había sacado un tema que no podía ignorar y al que finalmente tendría que enfrentarse.
-Sé que algún día querrán saber quién es su padre y cuál es la historia de su familia —aseguró – Y más aún cuando los brotes de magia espontánea empiecen.
No le resultó fácil admitirlo, como tampoco lo había sido responder a las preguntas que los niños ya le habían hecho.
Les había dicho que sí tenían un papá, pero que vivía en otro país. Y que esas cosas extrañas que siempre pasaban alrededor de ellos, era porque eran especiales, y que cuando llegara el momento tendrían una varita así como ella y sus tías. Aquellas palabras le habían recordado lo que le estaba negando a sus hijos debido a las circunstancias en las que habían sido concebidos. Algún día, sin embargo, sus preguntas serían las de unos adolescentes, mucho más complicadas. Apartó la mirada de Harry para esconder instintivamente las lágrimas.
El problema de contarle a los niños cómo habían sido concebidos pesaba sobre su corazón y sobre su conciencia constantemente. Por el momento habían aceptado que, igual que otros muchos niños con los que iban al colegio, su padre no vivía con ellos. Pero algún día empezarían a hacer más preguntas, y Hermione había deseado desesperadamente no tener que contarles la verdad hasta que fueran lo suficientemente mayores como para aceptarlo sin juzgarla.
Ahora Harry había despertado todas aquellas ansiedades que ella había tratado de dejar a un lado. Lo que más deseaba en el mundo era ser una buena madre, darles a sus hijos el regalo de una infancia a salvo llena de amor. Quería que crecieran sabiéndose queridos, seguros y felices, sin la carga de tener que preocuparse de las relaciones de los adultos. Esa era la razón por la que estaba decidida a no tener nunca ninguna relación con nadie.
Un desfile cambiante de «tíos» y «padrastros» no era lo que quería para sus hijos.
Pero ahora Harry, con sus preguntas y sus exigencias, la estaba obligando a pensar en el futuro y en la reacción de sus hijos ante la realidad de su concepción. El hecho era que no tenían un padre que los quisiera. El pánico y la furia se apoderaron de ella.
—¿Por qué estás haciendo esto? —inquirió—. Los niños no significan nada para ti. Tienen cinco años, y ni siquiera has sabido que existían hasta ahora.
—Eso es verdad. Pero en cuanto a lo de que no significan nada para mí... te equivocas. Son de mi sangre, y eso significa que tengo la responsabilidad de asegurarme de que se críen con su familia, rodeados de la magia, la cual tu no les inculcas, y no entiendo por qué. No iba a hablarle de las familiares emociones que había experimentado al ver la fotografía de los gemelos. Harry seguía sin entenderlo él mismo. Sólo sabía que aquel sentimiento le había llevado hasta allí, y allí se quedaría hasta que Hermione le entregara a sus hijos.
—No debe haber sido fácil para ti criarlos desde el punto de vista económico.
¿Harry le estaba ofreciendo sus simpatías? Hermione desconfió al instante. Sintió deseos de decirle que lo que no había sido fácil fue descubrir con diecisiete años que estaba embarazada de un hombre que se había acostado con ella y luego la había abandonado, pero se contuvo.
Harry hizo un gesto señalando el vestíbulo.
—Aunque Luna fuera capaz de hacer frente a los pagos de la hipoteca de la casa, ¿has pensado en lo que ocurriría si alguna ella o Ginny quisiera casarse y mudarse? En este momento tú dependes económicamente de su voluntad. Como buena madre, querrás naturalmente que tus hijos tengan la mejor educación posible y una vida cómoda. Yo puedo proporcionarles ambas cosas y darte a ti el dinero necesario para que puedas vivir tu propia vida. No debe ser muy divertido para ti vivir atada todo el tiempo a dos niños pequeños.
Hermione se dio cuenta de que había hecho bien al desconfiar cuando captó por completo el significado de las palabras de Harry. ¿De verdad esperaba que le vendiera a sus hijos? ¿No se daba cuenta de lo obscena que resultaba aquella oferta? ¿O, sencillamente, no le importaba?
La determinación de Harry hizo que fuera cauta en su respuesta. Su instinto le advertía de que tuviera cuidado de no hacer algún comentario sobre la dura situación económica que estaban atravesando por si Harry trataba de utilizar aquella información contra ella más adelante. En lugar de reaccionar con la ira que sentía, dijo:
—Los gemelos sólo tienen cinco años. Ahora que van al colegio muggle y he pensado en buscar trabajo, antes no podía porque los gemelos eran muy pequeños y me necesitaban aquí con ellos. En cuanto a divertirme... los niños me proveen de toda la diversión que quiero o necesito.
—Me disculparás si te digo que me resulta difícil de creer, teniendo en cuenta las circunstancias en las que nos conocimos —fue la cruel respuesta de Harry.
—Eso fue hace seis años, y en circunstancias que...
Hermione se detuvo, ¿Por qué tenía que explicarse delante de él? La gente más cercana a ella, sus amigas, sabían y comprendían lo que había conducido a un comportamiento inconsciente que había terminado con la concepción de los gemelos.
El amor y el apoyo de sus amigas nunca le había faltado.
Después de todo, no le debía nada a Harry, ni mucho menos debía revelarle las vulnerabilidades de su adolescencia.
—Eso fue entonces —se corrigió—. Ahora es ahora.
La mirada de superioridad que le estaba dirigiendo Harry provocó que Hermione sintiera deseos de decir. «Te equivocas. No soy lo que tú crees. Aquella noche no era yo». Pero el sentido común y el orgullo hicieron que se mordiera la lengua.
—Estoy dispuesto a mostrarme muy generoso contigo económicamente hablando si me entregas a los gemelos — continuó Harry—. Muy generoso, ciertamente. Todavía eres joven.
De hecho, a Harry le sorprendió descubrir que la noche en que se conoció, ella tenía recién diecisiete años. Vestida y maquillada como estaba, dio por hecho que era mucho mayor.
Harry frunció el ceño. Si hubiera tenido el control sobre sí mismo aquella noche, no se habría acostado con ella fuera cual fuera su edad. Pero lo cierto era que no había tenido control sobre sí mismo. Estaba inmerso en la furia y con una sensación de frustración que no había experimentado nunca antes de aquella noche. Una tormenta de amarga y fiera emoción que le había llevado a comportarse así y que, para ser sincero consigo mismo, todavía azuzaba a su orgullo.
Otros hombres se jactarían de semejante comportamiento, pero él siempre se había considerado por encima ese tipo de cosas. Se había equivocado, y ahora la evidencia de ese comportamiento aparecía ante sus ojos bajo la forma de sus hijos. Harry creía que tenía la obligación de asegurarse de que ellos no sufrieran por aquel comportamiento. Por eso estaba allí.
Y no se iría de allí hasta que consiguiera lo que había ido a buscar.
Hermione sacudió la cabeza.
—¿Estás hablando de comprar a mis hijos? Harry percibió la hostilidad en el tono de Hermione y también lo vio en sus ojos. —Porque de eso estás hablando —le acusó Hermione, añadiendo con fiereza—, y si se me pasara por la cabeza permitir que entraras en sus vidas, lo que acabas de decir me ha hecho cambiar de opinión. No hay nada que puedas ofrecerme que me lleve a poner en peligro el futuro emocional de mis hijos admitiendo que tengas algún tipo de contacto con ellos.
Sus palabras causaron más efecto en él de lo que estaba dispuesto a admitir. Era un hombre poderoso y orgulloso, acostumbrado a obtener no sólo la obediencia de los demás, sino también su respeto y admiración. La crítica de Hermione le escoció. No estaba acostumbrado a que nadie le negara nada, y menos una mujer a la que recordaba como una fresca excesivamente maquillada y poco vestida que se había acercado a él sin tapujos.
Aunque ya no quedaba nada de aquella chica. Ahora estaba vestida con vaqueros desteñidos y camiseta ancha, con el rostro sin maquillar y el cabello naturalmente rizado. La chica que recordaba olía a perfume barato; la mujer que tenía delante olía a un manzanas y canela, olía a hogar. Harry reconoció que tendría que cambiar de estrategia si quería conseguir algo. Entonces cambió rápidamente de táctica y la retó:
—Tal vez no haya nada que pueda ofrecerte a ti, pero, ¿qué hay de lo que puedo ofrecerle a mis hijos? Tú has hablado de sus sentimientos. Me pregunto si te has parado a pensar en cómo se sentirán cuando crezcan y se den cuenta de lo que les has negado al no permitirles conocer a su padre.
—Eso no es justo —objetó Hermione enfadado, consciente de que Harry había dado con su punto vulnerable.- ellos irán a Hogwarts de la misma manera que yo. Aun si tengo que trabajar… - Harry la interrumpió
—¡Lo que no es justo es que les niegues a mis hijos la oportunidad de conocer a su propio padre, los privilegios de mi apellido y la cultura que les corresponde por derecho!
—¿Cómo tus bastardos? —la palabra le sonó amarga, pero tenía que decirla—. ¿Obligados a ocupar un segundo lugar tras tus hijos legítimos, y sin duda rechazados por tu mujer?
—No tengo más hijos, ni tampoco mujer.
¿Por qué a Hermione le latía el corazón tan fuerte, golpeándole contra la pared del pecho? A ella no le importaba si Harry estaba casado o no, ¿verdad?
—Te lo advierto, Hermione, quiero tener a mis hijos conmigo. Y lo conseguiré cueste lo que cueste.
A Hermione se le secó la boca. Le vinieron a la mente historias que había leído sobre niños secuestrados por su padre o su madre, que los sacaban del país. Harry era un hombre muy rico y poderoso. ¿y si se los llevaba y los ocultaba bajo un fidelius? Nunca los recuperaría. Lo había descubierto poco después de que la abandonara en ese cuarto de hotel, cuando pensó estúpidamente que volvería a buscarla. No era el mismo chico que ella había visto algunas veces en los pasillos de Hogwarts. Había sido una ilusa al pensar que el mismo chico amable, risueño y carismático del colegio había sido el mismo que se la llevo a la cama. Pero el hecho de leer todo lo pudo sobre él después que se graduó del Colegio de Magia, supo que el chico risueño y carismático había cambiado a uno frio y calculador, dispuesto a conseguir todo lo que se propone en la vida. La realidad de la situación la obligó a aceptar que la fantasía que había imaginado, en la que Harry se casaba con ella, era sólo eso, una fantasía surgida de la necesidad de que el la mirase como miraba a las chicas bonitas del colegio cuando ambos estudiaban.
Era cierto que Harry podría darle más cosas materiales a los niños que ella, y le vino a la cabeza el desagradable pensamiento de que podría llegar el día que Harry había previsto cruelmente, en el que los gemelos podrían culparla por privarles de la riqueza de su padre, y lo que era más importante, de llegar a conocerle. Los niños necesitaban una figura masculina fuerte en su vida. Todo el mundo lo sabía. Se había estado preocupando secretamente por la falta de influencia masculina en sus vidas. Pero aunque a veces había sentido la tentación de encontrar una solución a aquel problema, nunca pensó que la solución llegaría bajo la forma del padre biológico de los niños. Ella confiaba en encontrar una figura tipo abuelo cariñoso, porque tras el nacimiento de los gemelos había decidido no volver a arriesgarse a tener una relación con un hombre que pudiera convertirse en una presencia sólo temporal en la vida de sus hijos. Prefería permanecer célibe antes que arriesgarse a eso. En su opinión, lo cierto era que los niños funcionaban mejor si sus padres tenían una relación estable, una madre y un padre comprometidos con su bienestar.
Una madre y un padre. Se sintió invadida por la sensación de estar al borde de un precipicio. Era consciente de que la decisión que tomara ahora afectaría a sus hijos durante el resto de su vida.
Admitió para sus adentros que desearía que sus amigas estuvieran allí para ayudarla, pero no estaban. Tenían su propia vida, y los niños era responsabilidad de ella. Su felicidad estaba en sus manos. Harry estaba decidido a tenerlos.
Acababa de decirlo. Era un hombre rico, poderoso y carismático que no tendría ningún problema en convencer a los demás de que los niños deberían estar con él. Pero ella era su madre. No podía permitir que los apartara de ella, más por el bien de los niños que por el suyo propio. Harry no les quería; sólo quería tenerlos. Hermione dudaba de que fuera capaz de entender lo que era el amor. Sí, podría cubrir sus necesidades materiales, pero los niños necesitaban mucho más que eso, y sus hijos la necesitaban a ella. Los había criado desde que nacieron.
Si no podía evitar que Harry reclamara a sus hijos, entonces les debía asegurarse de que ella seguiría a su lado. Harry no querría, por supuesto. La despreciaba.
El corazón comenzó a latirle con excesiva fuerza y demasiado rápidamente mientras luchaba contra la solución que estaba proponiendo su cerebro, pero ahora que aquel pensamiento estaba allí no podía ignorarlo. Harry había dicho que haría cualquier cosa con tal de que sus hijos vivieran con él. Bien, pues tal vez Hermione debería poner a prueba su afirmación, porque sabía que no habría ningún sacrificio que ella no fuera capaz de hacer por su bien. El reto que pretendía proponerle era muy arriesgado, pero estaba preparada para asumirlo por el bien de los niños. Después de todo, era un desafío que probablemente iba a ganar, porque Harry nunca aceptaría los términos que estaba a punto de proponerle. Estaba convencida de ello. Dejó escapar el aire que estaba conteniendo.
—Dices que los niños tienen que estar contigo, ¿verdad?
—Así es.
—Tienen cinco años y yo soy su madre.
Hermione aspiró con fuerza el aire con la esperanza de su la voz no le temblara por el nerviosismo que estaba tratando de contener.
—Si de verdad te importa su bienestar, entonces debes saber que son demasiado pequeños para separarse de mí.
Harry se vio obligado a admitir que tenía algo de razón.
—Tienes que tener muy claro por qué quieres a los gemelos, Harry —presionó Hermione—. Y estar seguro de que no se trata únicamente del capricho de un hombre rico. Porque la única manera en que permitiré que estén contigo es si yo estoy con ellos... como su madre y como tu esposa.
