Azul para Siempre
Por Fabiola
Azul Grandchester
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Capítulo II
Lo buscó con la mirada y lo vio caminando lentamente por el jardín dirigiéndose al estacionamiento, abriéndose amablemente paso entre los invitados. Se dijo a sí misma que era lo mejor. Entonces observó el balcón donde estaba.
Había un par de mesas y varias bancas talladas en una hermosa piedra caliza. En el fondo estaba una silla colgante para dos personas, con grandes cojines. Un lugar muy cómodo. Se dirigió hacia él y al sentarse y comenzar a mecerse lentamente, recordó la última vez que había estado ahí. Fue hace mucho. Uno? No, dos años. Sí, más de dos años, fue en la fiesta de año nuevo que la compañía para la que ella trabajaba en ese entonces hizo en honor de sus clientes. Antes de que ella renunciara para iniciar el programa de radio con Pauna.
Se había escabullido allí con Terry, a quien conoció dos o tres días antes de esa reunión, por un asunto de trabajo, cuando ambos estaban en Chicago. Él había sido invitado a la fiesta de año nuevo pues rápidamente se convirtió en el mejor cliente de dicha compañía, una editorial de medios impresos, revistas en su mayoría, que se dedicaba a la crítica y promoción artística. Candy había trabajado con gusto en esa compañía, igual que Pauna, pero ambas renunciaron para perseguir el sueño que compartían: producir y conducir un programa de radio.
- Dónde nos sentamos Terrence y yo aquella noche? - se preguntaba ella - Precisamente en este lugar. En esta silla.
Entonces recordó que ahí la besó por primera vez. Cómo olvidarlo, estaban riendo y meciéndose en la silla colgante, y así sin más atrajo con su mano la espalda femenina hacia él y la besó. Largamente. Dulcemente.
- No me voy a enamorar de usted, Sr. Grandchester – le dijo ella después de ese beso, mientras él aun la sujetaba contra sí mismo.
- Mejor no digas algo que no puedas cumplir, pecosa - le dijo él besándola de nuevo.
Y a decir verdad, no sabía si lo había podido cumplir. Si analizaba lo que sentía por él, qué mas podía ser si no amor? Aunque no estaba acostumbrada a expresar sus sentimientos ni en palabras ni con acciones desmedidas, y ciertamente no lo había hecho con él; reconocía que sentía por Terry algo puro… desinteresado… sencillo… profundo… tierno… dulce.
Sentada en ese lugar recordó. Él la había besado por primera vez ahí. Ahí mismo. Y desde ese día su vida no fue igual. La que había sido una existencia solitaria y sombría se convirtió en una llena de vida. Ella tenia fama de tener muchos amigos y siempre estar de buen humor, pero nadie la hacia sentir como él.
Y aunque es cierto que ella no compartía muchas cosas de su pasado y sus miedos y temores presentes con él, al mismo tiempo la hacia sentir tan segura, tan dueña de sí. Y es que con él no tenía que fingir. No había necesidad de mostrarse siempre contenta o comprensiva con todo el mundo. Podía ser ella en todo momento. Molesta al límite si así lo ameritaba la ocasión. Alegre y feliz hasta puntos frenéticos; o tal vez triste y llorosa si de pronto el día le había traído malos recuerdos. Si tan solo ella entendiera por qué se le hacia tan difícil sincerarse por completo con él, explicarle, contarle, hablarle. Había tantas cosas que le dolían y que quisiera compartir con Terry, pero aún no podía.
Y él siempre estaba ahí, no hacía preguntas, solo estaba. La rodeaba con sus fuertes brazos, la recostaba en su pecho y solo le decía "Qué puedo hacer para verte feliz?" el solo escucharlo decir eso ya le devolvía la felicidad.
Entonces ella jugaba a portarse como una niña malcriada y le pedía mil cosas. Apaga tu celular para que nadie nos interrumpa en todo el día. Déjame manejar, manejar me relaja. Quiero una manzana de esas cubiertas de dulce rojo. Y él la complacía en todo. Eran tan pocas las ocasiones en que ella se mostraba vulnerable, melancólica, que no podía mas que complacerla, y a pesar que nunca se enteraba de las razones de sus tristezas, la acompañaba silenciosamente. Ella estaba segura que no se permitiría que nadie nunca jamás la viera en ese estado de vulnerabilidad. Nadie, excepto él la había visto así. Y ahora ya no estaba. Se había ido. Ella lo había hecho irse. Ella.
Quedándose en silencio un momento y repasando esas emociones que él y solo él despertaba en ella, lo entendió. Una lágrima recorrió su rostro y la hizo despertar del trance en el que estaba.
Se levantó del lugar lentamente y, apoyándose en el barandal, lo que había sido una lágrima solitaria entonces se convirtió en un llanto profuso, continuo. Dentro de su pecho sentía un dolor tan grande que se le estaba escapando por los ojos a manera de gruesas gotas. Se limpió la cara y los ojos, intentando calmarse pero cada vez que se despejaba la mirada, de pronto esta se le humedecía de nuevo y desobedeciéndola volvía a llorar y para colmo de males, hasta estaba sollozando. Terry, Terry, mi amor.
Mirando a través de su nublada vista vio a lo lejos que él se había entretenido en el estacionamiento. Tal vez aun el valet parking no le traía su coche. No podía dejarlo ir. No a él. Que había sido mucho más que su novio en estos dos años, había sido su amigo, su apoyo, su familia. Su todo.
Bajó corriendo la escalinata desde el balcón y cruzó el jardín exterior del club en una carrera desenfrenada. Se limpió los ojos de las lágrimas que aun salían abundantes y lo vio. No se había entretenido con el valet parking, su coche ya estaba listo y esperándolo, solo se había detenido a platicar con un compañero de trabajo.
Detuvo su carrera para tener tiempo de limpiarse el rostro mientras caminaba hacia él, aun estaba lejos pero conociendo a Roger, el compañero con el que platicaba, éste lo tendría sin duda mareado con alguna historia eterna. Eternamente aburrida.
Cuando le faltaban escasos cien metros de verde pasto por cruzar lo vio despedirse encaminándose al auto. No podía dejarlo ir. No después de como le había hablado. No podía dejar pasar una sola noche después de las cosas tan duras que le dijo.
Aun no sabía que hacer ante su propuesta, no sabía si aceptaría casarse con él o si vivir juntos era buena idea, tenía tanto miedo de que no funcionara que era más fácil negarse.
Lo único que sí sabía en ese momento era que si lo dejaba ir pasaría la peor de las noches, llena de culpa y dolor. Y él era demasiado orgulloso. No podía dejarlo mucho tiempo a solas con su orgullo o éste lo convencería de no aceptarla nunca más de vuelta.
Al verlo alejándose empezó a correr de nuevo ahora ya entre los invitados, cruzó sin importarle la pista de baile, sorteando a las parejas que tenían la mala fortuna de cruzársele en este momento en el que a ella se le antojaba que todo ser humano que no fueran Terry y ella deberían simplemente desaparecer de la faz de la tierra.
Sin darse cuenta empujó a Pauna y sin voltear continuó su carrera. Ésta se quedó viendo a Candy mientras se alejaba a toda prisa preguntándose por qué la joven correría de esa forma para alcanzar a Terry, a quien ya había alcanzado a ver en el estacionamiento, pues sólo un cerco de madera con algunas enredaderas separaba los jardines donde se llevaba a cabo la fiesta, del estacionamiento que el club había asignado como privado para los asistentes de dicha reunión.
– Ojala no hayan peleado - pensó la atractiva rubia de ojos azules.
Pauna Couret y Candy se habían conocido un par de años atrás mientras trabajaban juntas para la editorial; y, a pesar de que Pauna era diez años mayor que Candy, simpatizaron inmediatamente; aunque fue durante una larga estancia en Chicago que se hicieron realmente amigas.
Ahora en NY, Pauna, Patty, Annie y Candy eran un grupo que disfrutaba mucho la mutua compañía, juntas paseaban, iban al cine o a veces de compras, a pesar de que Pauna compartía la aversión de Candy hacia los centros comerciales, siempre atestados y llenos de ruido, y en realidad solo iban cuando sus otras dos amigas las llevaban prácticamente a rastras.
Sin embargo disfrutaban mucho cuando las cuatro salían a cenar, al teatro, se quedaban en casa a probar en ellas mismas cuando alguna osaba cocinar algo, o cuando simplemente querían estar entre mujeres; aunque salían a menudo con los caballeros, pues sus respectivas parejas a raíz de verse tanto también se habían tomado aprecio.
Pauna recordó en ese momento la plática que tuvo con su joven amiga esa misma noche hacía un rato. Las dos amigas y colaboradoras estaban felices de la vida con la asistencia de tanta gente a la fiesta que habían organizado. Con el éxito de ésta el programa de radio que pensaban producir y conducir en conjunto era prácticamente un hecho. Un hecho de la vida real, como decía Pauna.
Recordó entonces cómo las dos se levantaron de la mesa donde estaban con sus parejas y se dirigieron al tocador. Al pasar vieron a Annie y a Archie bailando animadamente en la pista.
– Annie está que se muere del miedo por el parto – le dijo Candy a Pauna al oído mientras caminaban señalando el embarazo de ocho meses que portaba feliz Annie junto a su esposo.
– Me encanta verla tan contenta, esta enorme pero irradia felicidad, que maravilla! – contestó Pauna visiblemente emocionada.
Entraron al baño y mientras se retocaban el maquillaje era inevitable conversar. Candy se miraba fijamente al espejo y su amiga no pudo evitar preguntar qué tanto se veía en él.
- Es que realmente…. Digo…. Estoy sorprendida Pauna… Qué bonita soy! – las dos rieron de buena gana ante la ocurrencia de Candy, aturdiendo a las estiradas damas socias del elegante club que se encontraban en el baño, cosa que no tomaron en cuenta y siguieron riendo como si nada.
- Claro, también serán que las tres copas de vino que he tomado, ya me quitaron toda lucidez.- continuó la más joven sonriendo y guiñándole un ojo a su amiga.
- Amiga, creo más bien, que nunca habías estado tan lúcida como ahora – Pauna le había dicho muchas veces a Candy lo linda que era, pero esta ultima simplemente no lo creía o se hacia la loca, como decía Pauna – basta ver cómo te mira ese hombre que tienes a un lado. Perdona que te lo diga otra vez, pero que guapo es, qué bárbaro. Ya viste cómo se le quedan viendo todas y cada una de las mujeres en este lugar? Es que no dejan de coquetearle. Te fijaste cómo Elisa no deja de mirarlo descaradamente?– al parecer Candy no sabia de quien hablaba, pues hizo una mueca que su amiga entendió rápido – la de contabilidad del club, Elisa, la que en la cena en el Cambalache cuando nos reunimos para afinar los detalles de esta reunión no paró de presumirnos sus hazañas, Elisa, por Dios Candy, que despistada eres, te digo que ese hombre te trae loca! – su amiga simplemente no la ubicaba, y se le quedaba viendo con cara de desconcierto, lo que hizo reír fuertemente a Pauna y Candy la secundó.
- Así que Elisa le esta coqueteando a Terry? No lo he notado. – dijo Candy mientras se aplicaba otra capa de labial frente al espejo.
- Ya me di cuenta. Pero no te preocupes, se nota que él no tiene ojos para nadie más que para ti y para ese vestido negro que esta noche se te ve hermoso déjame decirte. Pero dime ya en serio – le preguntaba mientras se sentaba en un cómodo sofá mientras su joven amiga terminaba de retocarse – cómo van ustedes? Yo lo veo a él feliz, pero tú cómo te sientes?
- Pues es un hombre maravilloso, muy atento, caballeroso, educado, siempre esta al pendiente de mi, me apoya en todo.
- Verdad que ahora no me odias tanto por haberte obligado a ir a aquella reunión en Chicago, a la galería de mi amigo Javier? De haber sabido hubiera ido yo! – le dijo entre risas, para luego continuar - No te creas yo no cambio a mi Bob por nada del mundo, mi güerito hermoso - Pauna dejó escapar un suspiro mientras recordaba a quien, como ella misma decía, era el amor de su vida.
- Si lo pienso bien creo que jamás hemos discutido acerca de nada, a pesar de que él tiene el carácter muy fuerte y yo claro amiga… no me quedo atrás, tú lo sabes. Todo va bien, tranquilo.
- Me da tanto gusto por ti, te lo mereces amiga – decía Pauna de corazón, entre ellas había una amistad en verdad sincera y desinteresada. Se entendían perfectamente, casi sin palabras, como si de alguna manera estuvieran conectadas.
- Y de matrimonio no han hablado? – continuó la rubia-. Mira que un bebé de ustedes dos sería precioso – Candy al escuchar eso se puso pálida.
- Matrimonio?... un bebe?... espera… no, no hemos hablado de eso. Yo creo que las cosas están bien así, para que apresurarlo? Estamos disfrutando esta etapa y no vale la pena pensar en nada más.
- Amiga pero en algún momento hablaran de eso, tu tienes veintiocho y él tendrá qué treinta, treinta y uno?
- Treinta y uno.
- Bueno pues tienen ya juntos un par de años y pienso que están en buena edad para pensar en enseriarse, que opinas?
- Que esas cosas no tienen nada que ver con la edad, además sabes como pienso, no se si yo un día quiera casarme.- dijo Candy rotundamente.
Pauna se le quedó viendo con un dejo de tristeza en sus grandes ojos azules, efectivamente sabía cómo pensaba su amiga y estaba enterada del miedo que tenía a ser de alguien, a depender de alguien; pero en el fondo esperaba que ese guapo y dulce hombre lograra lo impensable y la convenciera de que el amor de hecho sí puede durar para toda la vida.
- Bueno, ya no hablemos de esto, vamos – se levantó viendo que Candy estaba lista y se acercaba a la puerta, la alcanzó ahí y le dio un fuerte abrazo – te quiero mucho amiga, de verdad.
- Yo también - contestó Candy.
- Esta noche es nuestra noche. Y ese programa de radio nos va a quedar fabuloso, pero en grado superlativo! Tengo algo que decirte, espera – la detuvo del brazo, pues Candy ya se disponía a salir del lugar hacia los jardines.
- Como es obvio verdad…. – le decía presumida, mientras le guiñaba un ojo - esto es un éxito de fiesta, hemos logrado que muchos patrocinadores nos ofrezcan su apoyo, pero lo mejor es que a última hora, hoy, conseguí un descuento del cuarenta por ciento en el costo del club por ofrecer esta recepción. Y como sabrás con lo que nos patrocinaron las galerías de Chicago cubrimos el otro sesenta sin problemas.
- Qué? Pero que buena noticia! Podemos usar el resto de presupuesto en la producción del programa. Cómo lo lograste?
- Amiga ya te lo he dicho antes, pero te lo repito ahora: tu y yo juntas no hay quien nos pare! Las Ángeles de Charlie son nada junto a nosotras!!! – le dijo Pauna con su habitual e irreverente sentido del humor.
- Totalmente de acuerdo! – dijo Candy riendo animadamente.
Sonoras carcajadas llenaron el silencioso y elegante cuarto de baño. En verdad estas dos tenían ya mucho tiempo de ser más que amigas, cómplices.
- Vamos a apurarnos, no sea que mi Bob y tu príncipe encantado ya estén aburridos; anda, vamos.
- Me late! –dijo Candy, haciendo estallar una risa espontánea en su amiga Pauna, a quien le causaba mucha gracias cada vez que Candy hablaba así como una pequeña niña. – Además – continuó Candy -, Terry me dijo que quería platicar conmigo a solas cuando regresara a la mesa.
- Qué querrá?
- Ni idea. Estaba muy raro.
- Tal vez quiere pedirte que te cases con él!
- Qué?! No, no lo creo. Claro que no. – le contestó algo contrariada.
- Bueno, tal vez no aguanta mas y quiere besarte apasionadamente en uno de los románticos balconcillos del club. – este comentario hizo sonrojar a Candy, lo que le cayó muy en gracia a su amiga, quien sabia bien que la relación de ellos dos hacia ya tiempo había dejado de ser platónica.
Lo que no sabia es que sus palabras le recordaron la noche anterior a su joven amiga; noche que había pasado en la casa de su novio, y aunque no era la primera vez, hubo algo diferente, como si él se le hubiera entregado de una manera mas rotunda, la había hecho suya como diciéndole sin palabras toda la pasión que sentía por ella. Había sido una locura, una deliciosa locura.
Así con el rostro enrojecido por los recuerdos y el corazón palpitando aceleradamente se acercaron a su mesa, al tiempo que Terry se levantaba para tomarla de la mano, mientras le decía a Pauna.
– Pauna, lo siento, me llevo un momento a mi mujer, te molesta? – su mujer? pensó Candy, quien lo miró de reojo para encontrarse con su sugestiva mirada, para luego desviar rápidamente la vista al suelo, intentando ocultar el rabioso color en sus mejillas. Y es que para ella recordar la noche anterior en sus brazos y tenerlo ahí mirándola de aquella forma como si quisiera desnudarla ahí mismo y además llamándola "su mujer", era para volverse loca.
- Claro que no, Terry, vayan. Aquí los esperamos. – la sonrisa de Pauna se hizo aun mas amplia al ver el rostro de su amiga, quien obviamente no podía estar mas apenada.
- Ojala - pensaba Pauna al recordar esto mientras su amiga se alejaba inmisericorde para los que se encontraban a su paso -, ojala no hayan peleado.
Continuará…
