Bueno, este ha sido un capítulo complicado donde los haya… la trama es bastante confusa y hasta que no estoy completamente convencida de que el lector lo va a entender no dejo de cambiarlo ¡y eso me está volviendo loca! xD
Además que aún queda mucha trama por desvelar, como varias condiciones acerca de la maldición de Aka y su gente. Pero bueno, todo eso ya vendrá en la tercera parte de esta isla, que procuraré actualizar cuanto antes. Por ahora, disfrutad de esta segunda parte ^^
KittieMi: me alegro de que pienses eso, espero que la trama te siga interesando :) ¡Gracias!
Uzumaki–neechan: Jajaja sí será de amor, ya sabes que no puedo resistirme al romance, y muchas gracias por leerme siempre, significa mucho para mí. ¡Gracias!
Los personajes de OP no me pertenecen, pero sí parte de la trama y sus OCs.
- Diálogos.
"Pensamientos"
Memorias/Flash backs/Sueños
Canciones
"Libros/Escrito/Cuentos"
Capítulo 2: Isla Gōsuto (parte II)
Ante la voz alarmada de Killer, Eustass Kidd no necesitó que se lo repitiesen. Subió a toda prisa las escaleras y atravesó el pasillo del tercer piso hasta la habitación desde la que había salido la voz de su primer hombre. Entrando de golpe y enfocándose directamente hacia el baño, se situó junto al rubio en el último momento, justo a tiempo de llegar a atisbar lo que parecía una larga melena azul atravesando el suelo de la bañera de la que aún caía agua.
Frunció el ceño y avanzando un par de pasos se inclinó junto al grifo de agua y lo cerró. Después palpó con la mano la superficie de la bañera y frunció el ceño. No había ninguna puerta por la que nadie hubiese podido huir, acaso… ¿acaso realmente acababan de ver un fantasma? Se volvió hacia su compañero, cuyo pecho aún se agitaba algo más de lo habitual a causa de la inesperada sorpresa.
- Killer, ¿qué cojones ha sido eso?
El rubio respiró profundamente y se encogió de hombros, recuperando su antigua actitud.
- Parece que no estamos tan solos como creíamos.
- Primero los zombies y ahora fantasmas. ¿Qué es esta isla, Killer? ¿No dijiste que era propiedad del Gobierno Mundial? – Preguntó Zombi, quien junto con Kabuto habían presenciado lo mismo que su capitán.
El rubio negó con la cabeza.
- Realmente no sé qué tiene de especial esta isla para el Gobierno. Nadie más que Shirohige ha logrado salir de aquí del mismo modo que entró.
Aquello llamó la curiosidad de Kidd.
- ¿Qué insinúas con eso?
- Que hay algo en esta isla que puede complicarnos el viaje, Kidd. Y que deberíamos encontrar cuanto antes a los desaparecidos si no queremos zarpar en tres días sin ellos.
El silenció reinó durante unos segundos hasta que Kidd volvió a sonreír.
- En ese caso será mejor volver con el resto, hay que decirles como llegar hasta aquí. Y de paso… asegurarnos de que ningún fantasma o cadáver se pasea por la zona sin que seamos conscientes de ello.
- ¡¿Cómo que a qué vienes esto? ¡Padre! ¡Hay vivos en nuestra casa! ¡¿Cuándo pensabas decirme que la habías "anunciado" como posada para los desafortunados viajeros que vienen a la isla?
- Aka, ¿cómo iba yo a suponer que nos los encontraríamos antes de mañana? No creí que pasarían de la posada de los Uragiri…
La joven le miró, con sus ojos rojos brillando más preocupados y furiosos que nunca.
- ¡¿Cómo iban a quedarse con ellos? Sabes perfectamente que mañana a las doce de la mañana será el momento en que el Tratado quede anulado, lo que significa, ¡y lo sabes muy bien!, que los Uragiri no querrán que nadie les moleste esta noche porque han de prepararse para el ritual de mañana.
El anciano fantasma suspiró y miró a su hija con mirada cansada.
- Escúchame, Aka… ¿nunca has pensado en volver a vivir? ¿En salir de esta isla para recuperar la vida que nunca te permitieron tener?
Aquellas palabras ensombrecieron la mirada de la joven fantasma. Cerró sus ojos rojos y agachó el rostro de tal forma que su flequillo recto le hiciese sombre sobre los párpados cerrados. Con una mano, se apartó varios mechones de su larga melena lisa y los colocó tras su oreja.
- No puedo abandonar el lugar, padre, y eso tú lo sabes bien. Estamos condenados a vagar por estas tierras hasta que en algún momento el mundo explote y acabamos muriendo definitivamente con él.
El anciano miró los cabellos azul claros de su hija con mirada triste.
- Hija… creo que estos piratas podrían sacarte de aquí. Al contrario que los demás que han desembarcado en nuestra isla, ellos no están asustados, y eso puede ser una señal. Están dispuestos a encontrar a sus compañeros aunque eso signifique enfrentarse a los Uragiri…
- Eso no prueba nada – le interrumpió ella mientras caminaba de vuelta a la posada –. Simplemente demuestra que son unos insensatos – le dirigió una mirada sombría –. Y no pienso dejar mi destino en sus manos. Hace tiempo que dejé de confiar en nadie.
Y sin perder un segundo, atravesó la pared que daba a la cocina de la posada, pues sabía que durante los tres días que tardase en cargarse la Log Pose de sus "invitados", éstos querrían comer, y ante todo, lo primero que querrían aquella tarde sería cenar. Maldijo para sus adentros mientras, sin necesidad de tocar los botones de la cocina, encendía con una mano el fuego y con la otra cogía una sartén.
Comenzó su labor sin muchas ganas. Ella no necesitaba comer. Hacía años que había dejado de necesitarlo, tantos como años tenía el Gobierno Mundial. Frunció el ceño mientras el beicon comenzaba a tostarse sobre un poco de aceite. ¿Qué estaría tramando su padre? El Tratado no podía romperse, eso ya lo tenía claro, así pues… ¿cómo pensaba que ella podría abandonar la isla si con el Tratado activo no podía ni rozar el agua de la playa sin recibir una fuerte y mágica dolorosa corriente eléctrica recorriendo cada una de sus células de ectoplasma? Apretó los dientes y aceleró su actividad hasta que un ruido a sus espaldas llamó su atención.
Se volvió bruscamente hacia la puerta de la cocina, pero allí ya no había nadie. Suspiró aliviada, sólo le faltaba otro susto como el de la ducha para terminar de mejorar su ya de por sí pésimo ánimo aquel día. Se giró de nuevo hacia el fuego de la cocina, cuando toda su visión se volvió roja. Sangre. Sangre fluyendo, órganos, oscuridad y semi–luz… y un jadeo ahogado de fondo. De haber tenido su corazón latente, este habría estado a punto de salírsele del pecho al reconocer lo que estaba observando.
Un cuerpo. Más concretamente, el cuerpo del rubio que había interrumpido su ducha minutos antes. Pero eso no era lo peor.
Se alejó rápidamente de él con expresión aturdida y el rubio cayó de rodillas al suelo, apoyándose con un brazo sobre el respaldo de una de las sillas de la larga mesa de la habitación.
- ¿Qué has…? – Comenzó a preguntar antes de alzar el rostro para mirarla otra vez.
Ella sintió un escalofrío. Hacía años desde la última vez que había hablado con ningún ser vivo y no sabía si estaba preparada para afrontar sus reacciones de terror, pero aquel parecía ser el deseo de su padre.
Killer logró calmar su acelerado corazón lo suficiente como para ponerse en pie una vez más y llevarse una mano al dorso, donde la cabeza de la joven se había introducido al girarse para volver a cocinar. Si bien no había sentido dolor, la sensación había sido de lo más extraña. A su tacto, ella era intangible, y no obstante, había sentido con total claridad como si una fría nube o algo de similar tacto le atravesase el cuerpo. Se quedó mirando a la chica de pelo azul y ojos rojos y su vista reparó en cada detalle de su figura.
No cabía duda de que se trataba de la joven que momentos atrás se había estado duchando en una de las habitaciones pero…
- ¿Por qué necesita ducharse un fantasma? – Preguntó con calma, sorprendiéndola, pues ella ya se había vuelto a poner a cocinar.
- En ocasiones necesito recordar cómo era estar viva – murmuró ella, en voz baja.
Killer la observó mejor. Parecía tener unos 18 años físicamente, aunque quién sabía cuántos podía llevar muerta. Tenía la piel muy pálida, aunque seguramente en vida habría sido más normal, pues parecía que todo su ser era más pálido ahora que estaba constituido de ectoplasma de lo que habría sido en carne y hueso. Pero lo que más llamaba la atención era que se podía ver a través de ella. No como si no estuviese allí, ni mucho menos, pero se podía distinguir que no era sólida, y otro pequeño detalle a tener en cuenta eran los dos pequeños centímetros que separaban sus pies del suelo.
- ¿Qué se supone que haces cocinando? Tenía entendido que los fantasmas no comíais – Inquirió él con tranquilidad mientras se sentaba en una silla y observaba a la joven hacer su tarea con absoluta dedicación.
- Mi padre es el dueño de esta casa. Sólo le ayudo para que estéis cómodos en vuestra estancia – le miró con curiosidad –. ¿Eso es todo por lo que me vas a preguntar? ¿Qué hay de las preguntas acerca de si puedo volar o si puedo tocar otros objetos?
Killer sonrió bajo su máscara. La joven parecía habituada a aquel tipo de preguntas estúpidas.
- Bueno, es obvio que puedes tocar objetos ya que estás cocinando y antes pude ver como algunas gotas de agua resbalaban por tu piel en la ducha – dijo él, causando un tremendo sonrojo en las mejillas de ella –, aunque no estoy seguro de si es algo que puedes controlar a voluntad, ya que también te he visto atravesar objetos y ver a través de… mí. Y en cuanto al tema del vuelo… no es algo relevante. ¿Cuál es tu nombre?
Ella sonrió, algo más relajada por el rumbo que había tomado la conversación.
- Aka, Aka no Shi. Y tú debes de ser Killer.
- ¿Ya sabías de nosotros?
Ella negó con la cabeza de espaldas a él mientras terminaba de cocinar el primer plato, huevos con beicon, y comenzaba a calentar varias ollas de sopa para alimentar a toda la tripulación.
- No pude evitar colarme en el territorio de los Uragiris para veros desembarcar. Tú capitán parece muy… temperamental – finalizó con una sonrisa.
- Sí que lo es, ya lo comprobarás en cuanto llegue. ¿Qué es eso de los Uragiris?
Aka dejó la sopa calentando al fuego y se sentó sobre el suelo frente al rubio, quien pudo comprobar que ella seguía flotando un par de centímetros sobre el piso. Ella le miró bastante seria.
- Verás, en lo que respecta a esta isla, sabrás que es pertenencia del Gobierno Mundial – dejó salir el nombre con un profundo desprecio que no pasó desapercibido para Killer, quien entrecerró los ojos mirándola con seriedad –. Pero no siempre fue así, y eso es lo que ha acabado provocando esta división. Los Uragiris son traidores que accedieron ante las peticiones del Gobierno únicamente para poder volver a vivir. Creo que ya habéis visto el resultado de ese pacto – murmuró ella con expresión sombría.
Killer comprendió.
- ¿Quieres decir que la recepcionista de la posada del otro lado del bosque es una… revivida?
Ella asintió.
- Algo así. Tras una guerra que hubo hace muchos años – no quiso especificar cuántos – nuestra sociedad fue aniquilada. Todos morimos en aquella batalla sin sentido para después despertar como… bueno, ya me ves. Como fantasmas.
- Pero si todos moristeis… ¿cómo puede ser que…?
Ella sonrió ante la impaciencia del rubio.
- Porque nunca llegamos a morir.
- ¿Y cómo explicas tu condición entonces, mocosa?
Aquella voz les hizo girar el rostro hacia la puerta, donde un atento pelirrojo mantenía su mirada fija en la joven y su atención en su historia.
- ¡Kidd! ¿Y la tripulación? – Preguntó Killer, levantándose de su sitio.
- Vienen detrás – caminó hasta ellos y miró a la joven, reconociendo su pelo azul al instante –. ¿Es normal ese color de pelo?
- Tanto como tu color de labios, pirata – contestó ella con firmeza y suavidad al mismo tiempo.
Eustass Kidd sonrió y se sentó apoyado en el respaldo de una silla junto a su compañero.
- Sigue hablando, peliazul. ¿Cómo es que si no estás muerta, eres un fantasma?
- Por una maldición. En aquella guerra, mi corazón fue atravesado por el filo de la luna, el filo de una espada de suma rareza. Es única en su especie. Y fue esa herida la que me arrancó de mi cuerpo antes incluso de darme tiempo a morir. De haber muerto, mi espíritu no estaría aquí.
- Creo que no te entiendo del todo, Aka – insistió Killer.
Ella suspiró y subió la camiseta fantasma que la cubría, incluso se apartó el sujetador para dejarles ver, justo debajo de la curva de su pecho izquierdo, lo que parecía una cicatriz producida por el filo de una espada.
- ¿Veis el corte horizontal que tengo bajo el pecho? Es la marca de la maldición. A estas alturas, esa piel ya debería ser del mismo color del resto del cuerpo, pero por representar lo que representa, aún es de color rojo. Trataré de explicarme mejor – dijo cerrando los ojos –. Durante la guerra, hubo varios miembros del bando enemigo que sobresalieron por sus habilidades, entre ellos, un médium de grandes habilidades con la espada. Y aquel tipo fue mi oponente. Yo no era una eminencia en el mundo de la espada, pero tenía un nombre y la responsabilidad de defender a mi gente, con lo que me lancé a la batalla sin medir las consecuencias. Supongo que lo que más me afectó fue el miedo y aquello causó una derrota tan rápida.
- ¿El miedo? – intervino Kidd.
- Sí. Mientras me encaminaba hacia él, pude verlos a todos. A todo aquel que él rozaba con el filo de su espada, todo aquel cuya sangre rozase ese puro metal blanco, caía al instante. O al menos su cuerpo, ya que su espíritu permanecía en la misma posición que instantes antes había estado su cuerpo. Cuando vi aquello, me sentí insignificante, incapaz de dar ayuda a los que eran de mi mismo bando. Pero no tuve tiempo para reaccionar. Cuando mi espada chocó un par de veces contra la suya, él murmuró algunas palabras y sin previo aviso desapareció – Aka se dio la vuelta y con la camiseta aún subida les mostró la espalda, donde otra cicatriz horizontal a la misma altura de la delantera decoraba dolorosamente su piel –. Apareció por mi espalda. Eso fue todo lo que supe antes de sentir el mayor dolor que he sentido en toda mi vida. Vi aparecer el filo de su espada ante mis ojos manchado de sangre. MI sangre. Me había atacado por la espalda. Era un movimiento cobarde pero certero, ya que en menos de un segundo… me sentí morir. Aunque mi destino fue el mismo que el de mis compañeros.
Killer asintió y Kidd permaneció serio mirando las cicatrices hasta que ella se bajó la camiseta y sacó la sopa de las ollas para comenzar a servirlas, pues ya se podían oír a lo lejos las voces del resto de la tripulación.
- ¿Y tu cuerpo?
- De haber muerto mi cuerpo, yo habría muerto con él, y no estaría hoy aquí.
Aquello les sorprendió y la miraron fijamente.
- ¿Quieres decir que tu cuerpo está en alguna parte del mundo, que ese enemigo se lo llevó? – Preguntó el rubio, aturdido.
- Eso mismo. La maldición es muy sencilla: si el cuerpo vive, yo vivo; pero si por el contrario el cuerpo muere, yo moriré también.
- Es una situación interesante – murmuró Kidd –. ¿Cuánto hace que eres así?
Ella dudó unos momentos y otra voz aprovechó la situación para contestar en su lugar.
- Mañana harán ya 800 años.
Los ojos de los tres presentes se abrieron de golpe pero por diferentes motivos. Kidd y Killer por incredulidad, y los de Aka por molestia al reconocer la voz de su padre.
- ¡Padre! – Gritó con enfado.
- ¡¿800 años? ¡Pero es imposible que tu cuerpo se siga manteniendo entero después de tantos años! ¡Deberías haber desaparecido ya! – Exclamó Killer.
Ella suspiró y apartó la mirada mientras Kidd la estudiaba con detenimiento.
- Esa edad… te sitúa en pleno siglo vacío.
Killer ató cabos de inmediato. Miró a su capitán.
- Kidd, esta isla es el mayor secreto del Gobierno. ¿No lo entiendes? Durante los cien años vacíos que hay en nuestra historia aquí se libró una batalla que ellos – dijo señalando a los fantasmas – son los únicos que pueden contar al mundo. Por eso el Gobierno la protege tanto, Kidd. En esta isla se guarda su más oscuro secreto… su pasado. ¿Verdad, Aka?
La joven se levantó y terminó de servir los platos mientras la tripulación entraba por la puerta de la posada. Al parecer, Zombi y Kabuto ya les habían puesto al día con respecto a los fantasmas, pero la visión de Aka y de su padre les aturdió igualmente mientras tomaban asiento.
Kidd le dirigió una mirada a la joven con la que pretendía exigir una respuesta, pero en cuanto hubo terminado de servir la comida, la peliazul atravesó la pared y se perdió en el bosque. Su padre suspiró.
- Como tú has dicho, hijo, nosotros somos los únicos conocedores de la verdadera historia. Aparte de quienes lean los poneglyphs, claro.
- ¿Y por qué le molesta?
Su padre mostró una mirada triste.
- Veréis… aunque parezca una locura… ella ha vivido más que nadie. Ha visto bondad y maldad, vida y muerte, amor y desamor… pero es la primera vez que siente que debe ayudar.
- ¿Ayudar?
- Escúchame bien, hijo – dijo dirigiéndose al pelirrojo –. Si ella ha sido sincera con vosotros es porque está convencida de que vais a morir llevándoos el secreto a la tumba del mismo modo que murieron otros antes que vosotros. Pero yo aún tengo esperanza. Quiero creer que mi hija aún puede volver a vivir y para ello… necesitaré vuestra ayuda.
- No tenemos por qué hacerlo, anciano. No os debemos nada como para hacer algo por vosotros.
Él viejo sonrió.
- Es cierto, no nos debéis nada… pero te diré algo, hijo… Aka es la única que puede salvar la vida de tus compañeros desaparecidos en este momento.
Continuará…
