No lo resistí, se me ocurrió de repente xD uwu.
Decencia.
—No se te vayan a caer esas cajas, Miguel.
—¡Claro!
Dio un paso con cuidado, evitando la brusquedad de él.
Su rostro se retorció en susto cuándo la pila de cajas tembló un poco, pero regresó a su posición original, Miguel exhaló y aprovechó para afirmar el agarre que tenía en la orilla.
—¿Dónde dejo estás cosas mamá Elena?
Se movió a la izquierda y una mueca de terror emergió de nuevo en su rostro cuándo las cajas se movieron contra lo esperado más a la derecho, el mexicano se inclinó y balanceó la pila, cuidando que éstas no cayeran sobre el suelo con una posición muy incómoda y cómica. Elena le observó, dándose su tiempo aún cuándo a Miguel le temblaban las rodillas por la fuerza y el cansancio, apuntó al umbral de la famosa cara Rivera con sus añejas manos.
—Por la entrada, Mijo.
Miguel caminó, segundos que para él era eternos ante el espantoso pensamiento de caer y que todo el contenido quedará disparado sobre el suelo. Pero estaba más temeroso ante la premisa de ser recibido por la chancla de su abuela por su descuido y echar a perder el material para la zapatería.
Dejó las cajas sobre el suelo, sacudiendo el poco sudor que se coló en sus manos. Era algo cansado ayudar a su abuela en la mañana, sobre todo con ésta moviéndolo a un lado a otro aprovechando su reciente crecimiento como ser humano y que ella ya estaba cansado para hacer tanto trote.
Una mueca nace en su cara, mentira, seguramente sólo quería explotarlo, como su familia, como Hiro, como todos.
—¿Es todo?
—Sí, gracias mijo.
Miguel negó, encogiendo los hombros para restarle importancia. Sin poder decir que era un placer, porqué siendo sinceros, no lo era. A nadie le gustaba trabajar desde temprano, maldecía a Hiro que seguramente a estas horas debía estar dormido.
—¿Te quedarás a almorzar? —preguntó ella, acercándose a checar sus mejillas que para su pensamiento estaban algo escuálidas. Necesitaba servirle más.
—No, tengo que hacer otras cosas...
Oh...
Elena arrugó los labios, sabiendo a dónde iba esa oración titubeante. Otro almuerzo sin él, desde que estaba con ese mentado chino, ya casi no pasaba tiempo con la familia.
Además, que se veía más diferente, pero no podía encontrar con exactitud con él.
—Me estás lastimando, mamá.
Sujetó más fuerte la barbilla, inspeccionando bajo su severa mirada su rostro. Sus ojos, su pelo, su nariz, parecía que todo estaba viendo, exceptuando que estaba más flaco a como lo había visto. Seguramente era culpa de ese chino, giró el rostro de su nieto sin cuidado.
Ohhhh.
Fruncio el ceño al notar algo diferente en su nieto, exactamente algo habitando cómodo y pomposo en su angelical nieto.
—¿Miguel?
Miguel retrocedió , huyendo de ella y sus peligrosas manos.
—Iré por ahí ... —mencionó, dando una vuelta de forma lenta, dándose una exitosa escapada para ya dar por terminada ese tema. Ese ceño fruncido no le agradó —, y como ya terminamos aquí ...Creo que ya es mi hora de...
—Miguel.
Lo llamó, Miguel da un brinco en su sitio y retrocede de inmediato al escucharla, teniendo esa influencia en él por ese tono. Con ese tono neutro y seco que hace al Rivera estremecerse hasta la médula. Mama Elena sólo lo usaba cuándo iba a reprenderlo por algo, qué era casi siempre, la mayoría del tiempo.
El nombrado usurpa su camino hacia la salida, quedándose estático, y los brazos apegados a él volteó de inmediato.
—¿Sí?
—¿A dónde vas?
Miguel lo siente, Mamá Elena deletreó en cada palabra una orden. Ese voz autoritaria que le indica que quiere una respuesta de inmediato, Miguel se sacudió, él ya era un adulto. Él ya podía manejar a Mamá Elena.
—¿Y bien?
—¡Eh...! Yo ...¡Eh!
Mentira, no podía todavía con su abuela. Él no llegaba a esa parte de su adolescencia que le permitía enfrentarse a ella y su aterradora chancla, jugó con el cierre de su chamarra, subiendo y bajando con lentitud, aún pensando en procesar alguna frase coherente.
—¿Iras con tu novio el chino?
—Mamá Elena, ya hablamos de eso. Hiro es mitad japonés.
—Todos son iguales, Miguel —respondió, como el hecho de confundir nacionalidades no fuera tan importante —no has respondido.
—Yo...Am ...—Se encontraba nervioso, tan nervioso que las manos que tenían entrelazándose —Hiro...Mi novio ...
Dios, no sabía que decía, no sabía ni como comenzar. Sentía un escozor en la lengua, las palabras quemaban como lava dentro de su garganta. Entre más la mirará su abuela, él sentía que su corazón desesperaba, le faltaba poco para salir.
Tragó saliva, y éste se pasó como fuego lastimándole. Al final, desistió y prefirió meter su mano a sus bolsillos. No podía con su abuela y su mirada tan pesada. La abuela estrechó la mirada, Miguel sintió el peso. Era una batalla de miradas, un choque de fuerza y determinación.
Miguel no pudo más, miró de nuevo, la sonrisa quebrándose entre ansiedad y pesar.
Al final, la abuela regresó a su labor doméstica, dejando al mexicano amargo el estómago.
—Bueno... —la abuela suspiró, ese suspiro pasó tan lento que Miguel quedó congelado, Elena, le dio una mirada de soslayo y volteó en un paso acompasado a la calle. Como si no acababa de perforarle la mirada, como si no le hubiera dado a su nieto el peor de los infartos —, ya lo sabía.
Miguel quedó extrañado. Mirando a su abuela, esperando algún indicio de que continuará con la conversación, de que no le dejará con esa duda carcomiendo sus entrañas y sus pensamientos.
Elena comenzó a barrer, olvidando el asunto, el sonido de las hojas removidas, desesperaba un poco al menor de los Rivera, al final, la estricta abuela decidió acabar con su martirio en una sola frase que destruyó con la vergüenza del mexicano.
—¿Mama Elena?
—Ya me lo veía venir —comenzó pensativa, deteniendo la escoba y apoyando una de sus manos en ella. Elena tenía un rostro al cielo, como si lo hubiera estado reflexionando desde hace mucho, continuó con un suspiro pesado — bien decían...Todos los músicos son iguales.
De acuerdo, eso no lo vio venir.
—Músico ...—susurró Elena con fastidio, todavía le sabía algo amargo la decisión de su nieto, pero al final, la aceptaba, porqué eso hacía la familia —, este muchacho.
—Mamá Elena, no lo entiendo.
Elena frunció el ceño, podrá ser vieja. Pero tenía más experiencia de lo que ese muchacho creía, cuándo Miguel corría, ella ya había dado dos vueltas a la manzana.
—Mijo —llevó su arrugada mano al cuello, cubriendo la convexa con lentitud —, si empezarás de calenturiento con tu novio, sólo no lo hagas en la casa, mijo —aconsejó, el rostro de Miguel desfigurándose aturdido — ten más respeto por tu familia, mijo.
Miguel de inmediato toca la misma zona que su abuela, imitándola con un gesto hórrido.
—Tu novio debe tener más consideración. Los Rivera somos gente decente. Eso en tu cuello se ve mal. —Regresó a la entrada, sus pies cansados llevándolos a la cocina —Ahora, iré a hacer el almuerzo.
Todo regresó a él, como un baldo de agua fría que le choca y le congela hasta los huesos. Su mandibulo quedo tan abierta que la abuela le sugirió que le cerraría o entrarían moscas.
De pronto, hizo conexión, la voz de Hiro, su sonrisa maliciosa y una sutil despedida con un beso en el cuello.
¡Qué no era un maldito beso! ¡Ese...!
Algo para que no me extrañes, nos vemos.
—¡Mama Elena! ¡No es lo que crees! —gritó, cubriendo la zona atacada por el Hamada, pero la señora hace una negación sin darle objeción a sus palabras.
—Haz de tu trasero lo que quieras, pero recuerda que somos gente decente —dijo de nuevo. Más ofendida por el hecho de que estuvieran haciendo cosas indecorosos en su casa.
Miguel queda atraviado, viendola entrar por el enorme portón y desaparecer. Reaccionó lo suficiente para agarrarse el cabello, desesperado y en lamento.
Agggh, ¿cómo podía explicar esto?
¡Hiro iba a pagar por ésto!
Notas finales.
¡Gracias por leer hasta aquí!
