El primer capítulo...
De Amor y venganza
Capítulo I
Bailando con Osos
Dean Winchester despertó encerrado en un lugar que no conocía. La cabeza le daba vueltas por la resaca y el golpe que lo había dejado fuera de combate. Se levantó de la pequeña cama donde le habían acostado.
Sólo llevaba una camiseta negra de cinco tallas más grande y un bóxer que afortunadamente si eran de su talla. Bajó los pies al suelo y logró llegar inestablemente ante la puerta de la habitación. Estaba cerrada por fuera, posiblemente un candado o un pestillo.
Miró alrededor. El lugar era impersonal, una mesa de escritorio vacía, un par de sillas y la cama de un cuerpo dónde había despertado. Sin cuadros, sin espejos, sin ningún aparato eléctrico, sólo un sinfonier de cuatro cajones totalmente vacío y un foco en el techo que se conectaba con el movimiento.
Se dejó caer en el colchón, tratando de recordar que hacía ahí. Le dolía la cabeza. Hacía mucho tiempo que no salía solo a la calle y el letrero de esa taberna llamó su atención con la promesa de algo de comida que no supiera a hospital. Había elegido perfectamente su vuelta al mundo real.
Pero estaba harto de soportar las pullas de Benny durante las últimas semanas. Que si "tienes que reponerte", que "madura, el mundo no se acaba porque tu hermano esté muerto" y lindezas similares que fingía escuchar para que el vampiro le dejara en paz. El hecho es que desde que salió del hospital no había pisado solo la calle hasta el día anterior.
Tenía una buena excusa, había pasado unos meses en coma y su cuerpo apenas recuperaba tono muscular y le daba rabia salir con muletas o con bastón como si fuera un viejo indefenso. Por eso había dejado la muleta en casa y por eso cuando se tomó su gumbo y notó que era incapaz de volver solo a casa decidió buscar una buena excusa para sus vacilantes movimientos: emborracharse.
Fue una mala idea. Encontró a Sam, estaba vivo y tenía esos ojos oscuros que sin ser demoníacos le daban escalofríos. Lo había visto, su hermano había vuelto a huir de él y no comprendía por qué. Mientras presionaba sus sienes alguien abrió la puerta. Era la mujer que había gritado cuando la tocó.
- ¡Oh! ¡Mierda! - exclamó - ¿Me habéis secuestrado? ¿Qué habéis hecho con Benny?
Samia Peltier contempló en silencio a Dean Winchester. Como humano, el cazador de monstruos no era precisamente bajo, pero allí, con la familia de su esposo, con los habituales del "Santuario" si podía parecer incluso pequeño. Pero era atractivo (No tenía nada que ver que estuviera totalmente enamorada de Dev, tenía ojos, y ese humano, a pesar de la camiseta de Remi que le llegaba a media pantorrilla, a pesar de la descuidada barba y de la dejadez del cabello, y a pesar del aluvión de sensaciones y recuerdos que la habían abrumado cuando la tocó, era muy atractivo).
- ¿Estás bien? – Dean se levantó y se acercó a la Dark Huntress que con esos taconazos le sacaba por lo menos una pulgada de altura.
- No te acerques Winchester – ordenó la cazadora con más dureza de la que pretendía.
- Tranquila – levantó las manos el pecoso – no voy a besarte ni nada de eso, no soy un suicida.
Samia se rio ante la ocurrencia del Winchester. Aún estaba algo sensibilizada desde que la tocó. Ella no había tenido una vida fácil, Dev, los Peltier, sus amigos, la mayoría podían rivalizar con ella en ese sentido. Pero Dean Winchester le había impactado profundamente. No conocía a nadie que hubiera sufrido lo que había percibido en él y que fuera capaz de seguir con los pies en el suelo. Sus poderes le habían hecho sentir el dolor del humano durante unos segundos y ya había tenido demasiado con ese tiempo.
- Te he traído ropa, la tuya estaba un poco manchada – dijo dejando sobre la cómoda pantalones, camisas, camisetas y mudas que había convocado Dev – vas a pasar un tiempo aquí, así que podemos hacer una lista de cosas que puedes necesitar.
- Necesito ir al baño – replicó guasón el "prisionero"
- Está al final del pasillo – al notar la sorpresa del cazador, Samia explicó – puedes salir de esta habitación, e incluso puedes bajar al bar, pero si quieres salir del "Santuario" tendrás que decirnos dónde quieres ir y uno de nosotros te acompañará.
- ¿Esto es como una libertad vigilada? – los impresionantes ojos verdes se entrecerraron confusos en el rostro extremadamente delgado, todavía – aún no me has dicho que le ocurrió a mi amigo.
- Está bien, se fue y te dejó a nuestro cargo – Samia salió dejando la puerta abierta
La ropa que había traído su guapa guardiana era de su talla y del estilo que solía usar, aunque esta era nueva y no de segunda mano. El tejido era de buena calidad y parecía recién salida de alguna tienda.
Dean Winchester asimiló su nueva situación rápidamente: estaba encerrado en un bar de monstruos y de momento no le harían daño. No es que le asustara lo que pudieran hacerle, pocas cosas había ya que pudieran asustarle o hacerle daño, quizás ahí pudiera averiguar quién mató a Sam y quien era el puto Stryker.
Bajando de nuevo al bar, que a esas horas de la mañana estaba desierto, se cruzó con quien le había dejado KO, ¿o no? No, era otro, esos tíos eran jodidamente idénticos, casi dos metros de altura, complexión de armarios roperos, rubios y de ojos azules. Pero la forma de moverse e incluso de mirar, no era la misma. Éste no era el lavaplatos, ni el portero. Era uno de los otros dos.
- ¿Puedo? – señaló la entrada de servicio del "Santuario"
- Está cerrado – advirtió el oso que cargaba con un maletín de bricolaje – pero sí, claro, pasa.
Quinn Peltier dejó sus herramientas junto a la puerta y lo siguió al local. El pecoso no dijo nada, suponía que tenían orden de vigilarlo además el tipo no parecía odiarle, de momento. Echó un vistazo al bar, los menús, el ambiente ahora limpio y libre de humos que por la noche se volvía acogedoramente denso. Fue directo a la salida y como suponía estaba asegurada con una buena cancela.
El cuarto clon no hizo ademán de detenerlo o molestarle en ningún momento, simplemente permanecía allí, observando sus movimientos con algo de curiosidad. Dean se volvió hacia él comenzando a perder la paciencia.
- Quiero salir
-Yo estoy ocupado en este momento, pero si me dices dónde quieres ir alguno de nosotros te llevará – explicó amablemente
- No necesito que nadie me lleve, sólo quiero salir de aquí
- Lo siento, no – Quinn se dio la vuelta y casi chocó con Remi encogiéndose y apartándose de su camino, aunque fueran casi idénticos bastaba contemplar los ojos de ambos para no volver a confundirlos, el oso amable tenía una mirada dulce y comprensiva, el otro, digamos que era la confirmación empírica de que el azul es el color del frío – hola hermano
- ¿Te está molestando nuestro invitado? – Dean percibió una furia contenida en el otro oso que no iba dirigida hacia él, pero que lo volvía peligroso y violento.
- No, sólo se está acostumbrando a estar aquí – Quinn iba a dar una palmada en el hombro a su hermano para irse pero cambió de idea ante la furia de sus helados ojos – tengo que irme, Remi, Aimèe dijo…
- La escuché – cortó abruptamente el recién llegado – se exactamente qué dijo Aimèe.
Quinn bajó la mirada, y asintiendo resignado se marchó. Dean casi sintió su marcha pues este tipo, aunque físicamente idéntico no tenía nada en común con el que se había ido. El oso arcadiano le arrojó un delantal y le indicó que lo acompañara al trastero.
-Oye amigo, no estoy aquí por gusto, no pienso ponerme a trabajar…
- No soy tu amigo humano – el arcadiano tomó a Dean por la solapa de la camisa intentando intimidarlo, posiblemente lo hubiera conseguido con cualquier otro al que hubiera levantado con la facilidad con que lo hizo con el cazador, pero el pecoso no era de los que se asustan fácilmente – yo tampoco te estoy aguantando por gusto.
- Pues deja que me marche.
- Prefiero romperte la crisma, sabes lo que somos y no queremos humanos entrometidos que nos molesten, ¿lo entiendes pequeño?
Lo de pequeño lo mosqueó, no por la estatura que era evidente, sino por la edad, ¿Qué podía tener ese tipo? ¿Veintiséis o veintisiete años? ¿Treinta como mucho? ¡Qué demonios! Estaba harto, harto de dejar que lo manejaran como un pelele desde que despertó en el hospital. De ver la lástima en la cara de los doctores, enfermeras, en la de Benny. ¡El pobre Dean Winchester no tiene fuerzas ni para levantar la cabeza de la almohada! El pobre Dean Winchester no es capaz de mover las piernas. El pobre Dean Winchester se quiebra si algo le recuerda a su hermano.
El cazador se enfureció, no podía quedarse ahí. Si Benny lo había abandonado (como todos) no se iba a sentar a esperar que alguien tirara de él. ¿Qué era difícil? Lo tenía asumido ¿Cuándo en su puñetera vida algo había sido fácil? Y ahora todos su instintos le impulsaban a arrojarse sobre Remi y molerlo a palos, con suerte el bruto ese lograría matarle y dejaría de…
Lo hizo, golpeó con todas sus fuerzas al muchacho de casi dos metros de alto y el doble de ancho que él, que respondió a su ataque con ganas. El primer zarpazo de aquel tío lo envió volando sobre unas mesas a los pies de lo que parecía un altar. Dean se levantó limpiándose la sangre de los labios murmurando un "hijo de puta" que le salió del alma.
Remi lo vio todo rojo, quería machacar a ese humano, nadie, nadie mencionaba a su madre y menos ese intruso que no traería nada bueno al Santuario. Rugiendo como el oso que era, se transformó. Dean alucinado, tuvo el tiempo justo para esquivar el furibundo ataque. Se alejó del altar que sobrevivió milagrosamente cuando el oso se frenó y le siguió por todo el bar.
El cazador no podría seguir esquivándolo muchos minutos más, su baja forma física, más que evidente, le estaba pasando factura, sus músculos dolían por el esfuerzo comenzando a cargarse, el cansancio trababa sus movimientos cada vez más torpes y el último zarpazo había pasado alarmantemente cerca de su cuello.
Asfixiado e incapaz de dar un paso más cogió una de las sillas y la interpuso entre él y el gigantesco animal que erguido sobre sus patas traseras lanzó otro demoledor zarpazo arrancándosela de la manos "Estoy muerto" pensó Dean.
Otro oso apareció en la puerta y corrió hacia ellos. Ambos osos se encararon, rugiéndose como si fueran dos personas discutiendo. El humano levantó una de las sillas que había derribado en su huida y se dejó caer en ella tratando de recuperar el aliento mientras uno de los osos parecía ganar la disputa y el otro se retiraba mirándole con odio. Bueno, al parecer le había salvado la campana.
- Dijo que tú empezaste – la osa se había convertido en una guapa mujer apenas unos centímetros más baja que él, de largo y sedoso cabello rubio, y unos ojos tan azules como los de todos sus hermanos, aunque estos estaban llenos de comprensión
- Es cierto, quería enfadarlo – reconoció Dean levantando la cabeza de entre los brazos cruzados sobre el respaldo de la silla.
- ¿Por qué harías eso? – el cazador se encogió de hombros indiferente y la muchacha notó que Remi lo había alcanzado cuando volvió a limpiarse con la mano la sangre que brotaba de sus labios – estás herido
- Ese oso atiza bien – masculló indiferente.
- Remi no es mala gente, sólo pierde los estribos con facilidad – Aimèe defendió a su hermano - y tú tampoco tienes que ser un mal tipo si Ash nos pidió que te quedaras aquí.
- No conozco ningún Ash… que esté vivo – Dean miró la puerta con unas ganas locas de irse de aquel lugar - ¿Qué demonios es este sitio?
- Sígueme Dean Winchester tienes algo que saber sobre nosotros.
Dean suspiró, como si fuera tan sencillo. Ahora mismo sus piernas eran incapaces de sostenerle por sí solas. De todas formas se levantó y trató de dar unos pasos. Al perder el apoyo de la silla tropezó y se hubiera dado de bruces contra el suelo si no hubiera habido una mesa en medio para detener la caída.
Aimèe se volvió y sin decir nada lo sujetó por la cintura. Dean tampoco dijo nada y dejó que lo ayudara. Aunque pesaba casi treinta libras menos de su peso normal, le sorprendió que la muchacha lo manejara con tanta facilidad. "debe ser porque es una osa" pensó dolorido y avergonzado.
Ella lo ayudó a llegar al dormitorio que le habían asignado y le sentó en la cama acercando una silla para sentarse y contarle todo lo que debía saber si se iba a quedar allí.
Los ojos del humano estaban perdidos en algún lugar al que no podía llegar. Le recordaba a Fang, cuando el lobo trataba de ocultarle alguna herida o algo malo que le hubiera ocurrido. Y no era sólo la mirada, la extrema debilidad, la delgadez, era como cuando su marido había estado "en coma" y consiguió sacarlo del mundo de pesadilla dónde vivió unos meses.
- Tu amigo dijo que habías estado muy enfermo y que empezabas a recuperarte – la miró por un breve instante y asintió antes deshacer el nudo de las botas – que fuiste atacado por Daimons.
- ¿Así llamáis a los vampiros rubios que chupan almas?
- Si – él volvió a asentir sacándose el calzado – puedes acostarte, para lo que te voy a decir no es preciso que te agotes más.
- Gracias – murmuró el cazador tumbándose de lado sobre la colcha
- Es una historia larga, hace mucho tiempo, cuando los dioses olímpicos influían de cerca en el curso de la historia y se mezclaban con los humanos el dios Apolo creó una nueva raza de mortales más altos, más fuertes, y con más poderes mentales que los que había creado su padre Zeus. El padre de los dioses los envió a vivir a la isla de la Atlántida, donde esperaba que vivieran en paz sin atacar a sus propias criaturas, los humanos – Dean había cerrado los ojos y creyó que dormía, hasta que un "continúa" la animó a seguir con su historia - Los apolitas, llamados así por su creador, combatieron a los griegos en su creencia de ser mejores y poder ir después contra los mismos dioses. Los humanos se dieron cuenta de que luchar no los llevaría a ningún sitio, por lo que idearon un plan para que Apolo cambiara de bando. Eligieron a la mujer más hermosa nacida entre la raza humana, Ryssa y se la entregaron a Apolo como amante.
- Y funcionó – se rio calladamente el cazador – bien por los humanos
- Funcionó. Se enamoró de ella y la dejó encinta. Cuando la reina de los apolitas se enteró, envió a un grupo de asesinos para que acabaran con la vida de la madre y del niño fingiendo ser el ataque de un animal salvaje, de modo que Apolo no se vengara de los apolitas.
- Pero lo supo
- Sí, dicen que destruyó la Atlántida y hubiera acabado con todos los apolitas si no lo hubiesen detenido los otros dioses griegos.
- Odio a los dioses de cualquier tipo – Aimèe sonrió, ahora mismo el cazador era como uno de sus sobrinos cuando estaba enfermo y ella les contaba un cuento, incluso parecía más joven.
- Como no podía destruirlos a todos ya que si lo hacía se destruía a sí mismo y al mundo tal como lo conocemos, los maldijo a vivir en la oscuridad y a alimentarse de la sangre de su propia raza.
- Lo dicho, ese Apolo era un capullo
- Stryker estaría de acuerdo contigo
Ante el nombre que lo había torturado en sus pesadillas desde que fue capturado por el grupo de Daimons que mataron a Sam, Dean se levantó como un resorte sentándose frente a la osa y mirándola con una intensidad que hizo creer a la cabeza de la familia Peltier que el humano se había vuelto loco.
- ¿Estás bien? – los ojos azules de la bearswan contemplaron preocupados al cazador.
- Sí, ¿Has dicho Stryker? – masculló con la boca seca Dean – ese tipo mandó que me torturaran…
- ¿Qué?
- Ordenó a un grupo de vampiros oxigenados y a una cosa de una sola pata a torturarme durante semanas, qué es, ¿Una especie de alfa? – el cazador se había alterado mucho y Aimèe no sabía qué hacer para calmarlo.
- Stryker era el hijo de la reina apolita y también es el primogénito de Apolo, cuando su padre maldijo a toda su raza también lo maldijo a él, y eso no es todo, como Ryssa tenía veintisiete años cuando murió, todos los apolitas mueren al cumplir los veintisiete envejeciendo rápidamente hasta convertirse en polvo.
- Casi me da pena el bastardo, el Apolo ese es un desgraciado.
- Stryker descubrió la manera de prolongar sus vidas, absorbiendo almas humanas antes de los veintisiete. Pero se agotan rápido, y necesitan alimentarse cada poco tiempo. Por ello Artemisa creó a los cazadores oscuros, para que mataran a estos apolitas corruptos a los que conoces como Daimons y liberaran las almas que absorben antes de que se conviertan en sombras.
- Cazador Oscuro – murmuró Dean - ¿Es eso lo que queréis de mí?
- No – exclamó como si el humano se hubiera vuelto loco – no, de ninguna manera, además para ser cazador oscuro hay que morir en unas circunstancias que hagan que tu alma clame por venganza, y es entonces cuando Artemisa te ofrece la ocasión de vengarte a cambio del servicio eterno.
- Comprendo – y comprendía, mucho más de lo que la osa podía imaginar – a cambio de una ridícula venganza venden su alma para siempre
Samia había escuchado parte de la conversación y se sintió ofendida por la simplificación que había hecho el Winchester de los motivos por los que tantos compañeros habían sido creados.
Entró en la habitación y sin acercarse al humano que podía sumirla en una agonía insufrible con sólo rozarla le recriminó que no tenía ni idea de lo que estaba hablando, que no sabía en qué condiciones se habían convertido cada uno de los cazadores de la diosa.
- Solo sé una cosa, guapa – con una frialdad que Remi estaba muy lejos de poder alcanzar el cazador aseguró – la venganza siempre es un mal negocio y hacer tratos por tu alma sólo conduce al desastre
- ¡Perdí a toda mi familia! – gritó Samia afectada por los sentimientos del cazador - ¡A mi bebé! ¡No digas que no tenía motivos!
Dean se levantó y la abrazó ante el horror de Aimèe que se convirtió en el asombro más absoluto cuando su cuñada se fue calmando entre los brazos del humano. Dean susurraba, "Ya está, te tengo, todo saldrá bien" y Samia rompió a llorar silenciosamente sobre su hombro.
- Lo siento – murmuró el humano cuando ya se había calmado, pero algo en su cara dejó estupefacto al pecoso - ¿Tú no tenías los ojos negros?
- ¡Sam! ¡Tus poderes!
- Tranquila Aims, no creo que por un rato sin ellos me vaya a ocurrir nada – la amazona había recobrado por unos momentos su aspecto anterior a su trato con Artemisa y sus ojos, ahora verdes, sonreían aún enrojecidos por las lágrimas
- Eres una de esos cazadores oscuros – Dean no necesitaba una confirmación que ambas le dieron
- Lo fue
- Lo soy, aunque mi alma me pertenece a mí desde que Artemisa me liberó.
- Entonces la esclavitud no tiene por qué ser eterna
- No somos esclavos – se enfurruñó la amazona – nos pagan por nuestro trabajo, y muy bien.
- Quiero decir, que podéis recobrar vuestra alma, pero seguís siendo cazadores…
- No, no es eso – Samia estaba confiando ciegamente en el humano sin entender por qué, sólo sabía que no le haría ningún daño contarle parte de su historia – cuando un cazador encuentra a alguien que lo ame sin límite, que esté dispuesto a todo por él, puede intentar recobrar su alma, pero para ello Artemisa ha de entregarle la roca dónde se guarda su alma. Entonces el cazador debe morir y la persona que lo ama debe colocar la piedra sobre su marca hasta que el alma vuelve al cuerpo y recobra su vida y su humanidad.
- Y tú tienes la piedra pero no has muerto.
- Vivimos tiempos muy difíciles y mis poderes pueden ayudar, pero yo soy un caso diferente.
- Claro – Dean sonrió irónicamente, pero se guardó su opinión, lo que le habían contado había sido muy útil – una última pregunta, si un cazador oscuro muriera sin más, ¿Recobraría su alma?
- No, se convertiría en sombra – se estremeció la mujer – condenada a vagar eternamente en el velo que separa el mundo de los vivos del mundo de los muertos, pasando hambre y sed y sin que nadie pueda calmar su sufrimiento jamás
- ¡Qué!
- Estás agotado, y tú también Sam, vamos a dejarle descansar un poco – Aimèe obligó al cazador a meterse en la cama y salió de la habitación con su cuñada.
Dean ya estaba seguro de porqué estaba allí y porqué esa gente le había contado todo eso. Sam debía ser un Cazador Oscuro. Y la única forma por la que se había convertido en uno era porque había creído que él le había abandonado. Pero abandonar a su hermano era algo que no había hecho en toda su vida "Y ahora tampoco lo haré"
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Sam no podía descansar, hacía meses que no pensaba en su hermano, en cómo habían llegado a esta situación. Su relación con Amelia había sido un error dentro de otro error y las consecuencias que había tenido para ella, para su marido, para Dean… no habían sido menos graves que las que estaba sufriendo él ahora mismo.
Don había matado a Amelia porque descubrió que su esposa quería volver con Sam. Ahora sabía que el único responsable era él por haber intentado volver a una vida que nunca había sido la suya, aunque durante meses culpó a su hermano por enviarlo en ayuda de Amy para que no cazara a Benny. Todo había surgido de ahí.
El marine tenía un severo síndrome post-traumático debido a meses de torturas cuando fue capturado por un grupo talibán mientras estuvo destinado en Afganistán. No aceptó que su mujer se planteara el abandonarlo, mató a Amelia accidentalmente, la empujó cuando discutían al enterarse de que se había visto con el cazador y la muchacha se desnucó al caer contra el borde de un armario.
Después, al comprender lo que había hecho, el soldado llamó a Sam por teléfono para contárselo y culparle por ello, después se suicidó. Sam llegó a tiempo de ver cómo la policía sacaba los cadáveres de la casa.
Todas las imágenes de aquellos días volvían más crudas, más nítidas. Dean alejándolo de allí para que la policía no lo inculpara. El entierro, dónde el padre de Amelia lo abrazó roto de dolor diciendo que ojalá le hubiese elegido a él.
Las continuas discusiones contra su hermano que aguantaba el chaparrón y seguía a su lado hasta que no pudo más. Sam se dio cuenta muy tarde de que Dean no se fue porque lo echó de su lado literalmente docenas de veces, sino porque no podía soportar por más tiempo el ver cómo se autodestruía.
Apenas un mes después de irse los Daimons atraparon a su hermano. Lo torturaron durante semanas hasta que lo obligaron a matarle, y ahora era un cazador oscuro que había consagrado la eternidad al servicio de una diosa para salvar las almas de las personas. Y aunque la suya estaba en posesión de Artemisa, no era como cuando Castiel lo sacó de la caja, conservaba todos y cada uno de sus sentimientos.
No pudo contactar con Acheron a través de la web de cazadores oscuros. T-Rex debía estar ocupado con todo ese asunto de los Spathi que habían eliminado a los cazadores de San Francisco. Si quería saber cómo se había tomado Dean su "residencia" en el "Santuario" debería llamar a los Peltier directamente.
- ¡Erika! ¿Tienes el teléfono del Santuario? – gritó llamando a su escudera
- No jefe, pero seguro que viene en su página web – la joven se recogió el largo cabello negro en una cola y sonrió coqueta – si vas a pedir comida o hacer una reserva me puedo encargar yo…
- No gracias Erika, sólo necesito el teléfono
La chica se encogió de hombros y se quedó mirando descaradamente al cazador oscuro, que tenía la camiseta a medio quitar dejando ver unos abdominales de vértigo y un cuerpazo que ni el de Ravyn Kontis. Le puso la mano en el pecho, se notaba que su nuevo cazador era realmente nuevo, carecía de la violencia que rodeaba a los más antiguos.
- Erika, por favor, ¿quieres dejar de tocarme? – sonrió Sam divertido
- ¡Oh! ¡Lo siento! ¡No me había dado cuenta! – los ojos de la muchacha de color caramelo se desviaron avergonzados, pero no apartó la mano de su pecho – jefe, eres duro como una roca.
- Ya basta Erika – el tono bastó para que obedeciera, el breve momento de complicidad con su nuevo cazador desapareció entristeciendo a la joven
- Sí jefe, no hay problema, en seguida te busco ese número
Sam no era como Ravyn, ella realmente no había tenido un cazador propio hasta que le asignaron al Winchester, sólo hacía sustituciones temporales y Ravyn, bueno, su familia había sido asignada al were-lepard durante generaciones enteras y ahora, tras un par de experiencias terribles con los cazadores que cubrían la baja de Ravyn, que fueron asesinados por humanos, Erika tenía su primera misión como escudera a tiempo completo. No quería fastidiarlo, y encima el nuevo era un auténtico bombón.
- No te preocupes, yo lo haré – dijo Sam acabando de quitarse la camiseta - ¿sabes dónde están las toallas?
- Si claro – la escudera se puso roja como la grana al imaginarse a su jefe recién salido de la ducha con una minúscula toalla rodeando su cintura estrecha y las gotas de agua rodando por su pecho hasta… Tosió – Ejém, ahora te la traigo jefe.
- No voy a repetirte más veces que me llames Sam
- Si je… Sam, señor…
La chica corrió a buscar la toalla aturdida mientras el cazador sacudía la cabeza, resignado, si Dean estuviera aquí, él… Volvió a sacudir la cabeza al recordar cómo era todo entre ellos no hace mucho. Aunque ahora pareciera una eternidad.
Encontró el teléfono del bar y llamó mientras esperaba que Erika volviera con la toalla. Rebecca Peltier cogió su llamada, la osa Katagaria le dijo que Dean había despertado y que estaba bien. Era suficiente, no quería más detalles. Se hizo el propósito de considerar el Santuario un sitio prohibido mientras su hermano estuviese allí. De todas maneras tampoco podría ir demasiado, Samia Peltier era una Dark Huntress, si permanecían más de unos minutos en el mismo lugar sus poderes se irían debilitando hasta volverlos humanos.
Era una de las reglas de los de su clase, no eran muchas, eran sencillas y eran las siguientes:
No exhibir los poderes ante humanos no iniciados.
Ser parte del mundo, pero no participar en él.
No presentarse ante un dios
No dejar que te toque la luz del sol.
Un Dark Hunter inconsciente, es un Dark Hunter muerto.
No se permiten las relaciones sentimentales.
Nunca tocar a tu Escudero.
No conservar familia, ni amigos que te hubieran conocido antes de tu muerte.
Ningún Daimon se escapa con vida.
No hablar de lo que eres.
No estar en presencia de otros Dark Hunters.
Lo que le hagas a otro Dark Hunter, lo sentirás diez veces más.
Caminar siempre solo.
Mantener la marca escondida.
Eran simples, escuetas y conocía las consecuencias de no cumplirlas, en unos casos la muerte y en otros una cacería sangrienta cuyo resultado también sería la muerte. Pero aunque no pudiera volver a ver a su hermano por lo menos se aseguraría de que continuaba adelante con su vida.
Erika volvió con las toallas y las dejó en la silla que había junto a la entrada del búnker. Al menos lo de no entrar bajo ningún concepto sí lo había aprendido la díscola escudera.
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- Jaque mate – Medea sonrió a su rival al que había vuelto a derrotar vergonzosamente – Davyn, Davyn ¿Cuándo vas a aprender a concentrarte debidamente?
- Eres buena – el Daimon recogió las piezas de marfil y ébano y las guardó en su caja – solo un par de veces más y te derrotaré
- Sigue soñando amigo.
La Spathi, pensativa, recogió el tablero. Desde allí podía escuchar la tremenda pelea que sus padres tenían en el salón del trono. Seguro que se trataba otra vez de lo mismo: Zephyra había ordenado la muerte del humano Sam Winchester antes de que su padre obtuviese el alma del envase de Lucifer.
- Son incorregibles – murmuró cansada
Davyn no dijo nada. Siguió a su princesa hasta la sala dónde Stryker yacía sangrando aparatosamente por la paliza que le había infligido su esposa. El Daimon disimuló una burlona sonrisa. Odiaba a su rey como no creía que su propia familia lo hiciera. Y si Stryker supiera de su doble juego no sería el único en esa habitación al que el hijo de Apolo arrebataría la vida sin dudar un segundo.
Pero el hasta hacía poco tiempo lugarteniente del señor de los Daimons no se traicionaría a sí mismo. No lo había hecho en más de once mil años y no lo iba a hacer ahora. Davyn seguía siendo la mano derecha de Stryker a pesar de haber perdido su puesto a favor de Medea, y aunque no dudaba en demostrar su disgusto a la menor ocasión, realmente, no podía estar más feliz por ello.
- ¡Ya basta madre, padre! – La pequeña Spathi se interpuso entre sus progenitores – Padre, mi madre tiene razón, tu plan era la destrucción por la destrucción, debes aceptar que no se hubiese conseguido nada, que nadie hubiera conseguido nada.
- No me importa – los ojos azules como el hielo del rey de los Daimon miraron con desprecio a su única hija, porque ya no consideraba a Urian vástago suyo, después de su deleznable traición – Apolo, Afrodita, Acheron, Apollymi… todos los que se han cruzado en mi camino, morirán.
- ¡Y tú también grandísimo capullo! – le gritó Zephyra - ¡Y yo! ¡Y mi hija! ¡Y el universo al completo!
- Eso no es exacto del todo – enjugándose la sangre que brotaba de su labio, Stryker se sentó en su trono pesadamente – si mi plan hubiera dado resultado habríamos sustituido a los dioses, nos habríamos desecho de un solo golpe del panteón olímpico, del atlante y del sumerio y los ángeles del panteón cristiano serían nuestros esclavos.
- Eso no es cierto, señor – se atrevió a intervenir Davyn – Sam Winchester es sólo un humano marcado por el panteón cristiano…
Sin mediar palabra Stryker lanzó un rayo de energía que golpeó a su subalterno lanzándolo contra la pared. El Daimon se levantó trémulo, apoyándose en la roca del muro a su espalda. Había osado corregir a su jefe y debía dar gracias por no haber sido volatilizado, ese psicópata había asesinado a su propio hijo por contradecirle, que no le hubiera matado a él era algo realmente nuevo.
- Lárgate de mí vista comandante, a partir de ahora recibirás mis órdenes a través de Medea y si te vuelvo a ver en mi presencia desearás haber muerto hoy – ordenó fríamente el Rey
- Sí, mi señor.
Davyn salió de allí sin poder creer que conservaba su vida, se había arriesgado demasiado y había pagado las consecuencias. El rayo de energía lo había golpeado justo dónde los Daimon "normales" llevaban la marca de su raza, ahora volvería a llevar esa marca que durante once mil años había sido el símbolo de su cobardía.
Odiaba a ese psicópata con una intensidad solo comparable a su paciencia. Medea lo encontró en sus aposentos, sentado en la oscuridad.
- Lo siento Davyn
- No tiene importancia – el soldado miró a su superior y sonrió con tristeza – él nos salvó de una muerte espantosa.
- Y nos condenó a una vida espantosa – murmuró ella
- No dejes que te oiga hablar así, te mataría…
La mujer, que, como todos los Daimons no aparentaba más de veintisiete años, se sentó en el diván, codo con codo, con el único que se atrevía a retarla al ajedrez. Era como un hermano, esos últimos años, desde que se unió a la corte de Stryker, Davyn había sido su confidente y su apoyo, y le dolía lo que su padre le había hecho.
- Mereces respeto amigo mío – dijo dejando su delicada mano entre las nervudas del Spathi – eres el hombre más leal de mi padre.
- Sobrepasé mis atribuciones, mi señora – dijo ocultando la marca – y fui castigado por ello, es justo.
Pero no era justo y ambos los sabían. Tarde o temprano Stryker se encontraría con la horma de su zapato y aún no lo había hecho porque el único que tenía la capacidad para pararlo no lo haría para no perder a su madre. Aunque, en los últimos tiempos el rey de los condenados estaba jugando con un poder que no podría controlar.
Y Davyn estaría allí para ver su caída. En primera fila, dispuesto a vengarse de un ser que había convertido once mil años de vida en once mil años de infierno. Porque todo lo que tenía el Spathi que agradecer a su señor era que le hubiera obligado a sacrificar a su amor, a sacrificar a la persona que le había hecho como era, que compartió su vida hasta que las almas de las que se alimentaba lo volvieron loco.
Roth había sido todo para él desde que su tribu descubrió que jamás daría más miembros a la misma. Fue repudiado con doce años y durante meses anduvo perdido en la oscuridad hasta que el Daimon lo encontró, a punto de morir de hambre y lo recogió a su lado.
Davyn nunca quiso convertirse en Daimon, pero Roth sí lo era y además era amigo desde la infancia del hijo del legendario rey de los Apolitas. Lo amó desde el primer momento que fue amable con él. Lo admiraba como no podía admirar a nadie más. Roth llevaba el cabello corto y tenía los ojos grises y expresivos. Era tan alto como Urian, pero sus gestos eran mucho más contenidos y amables. Y era un Agkelos, sólo tomaba almas de humanos corruptos, asesinos o criminales.
Ese fue su final, esas almas acabaron con su cordura y el mismo Stryker le ordenó que le diera paz. Davyn siempre agradeció a su rey que no permitiera que cualquier otro cazara a Roth. No sintió ningún remordimiento cuando le quitó la vida porque realmente, lo que hacía era liberarlo, Roth era además un Iluminati, un Spathi de primer nivel, su esencia estaba destinada a reencarnarse de nuevo.
No ocurrió así. Una vez muerto su esencia fue destruida por completo. El rey de los Daimons no creyó oportuno correr el riesgo de permitir la reencarnación. Y Davyn que hasta ese momento había sido un Anaimikos, despreciado por los otros de su raza al depender de Roth hasta para alimentarse, se convirtió en Agkelos en honor a su amor.
Urian lo tomó bajo su mando, y acabó convirtiéndose en el único en el que el hijo del Rey podía confiar. Aún lo hacía, a pesar de ser un proscrito, de estar a las órdenes del mayor enemigo de los Daimons. Porque Davyn tenía muy claro a quien debía lealtad, y no era al Rey que impidió que el ser más importante de su existencia volviera a su lado.
Continuará_
